miércoles, 30 de marzo de 2011

Brevísima historia de la ONU (Parte III)

Jorge Gomez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Una vez que en Teherán (Nov.-Dic. de 1943) se hizo firme la decisión de crear un sistema mundial de seguridad colectiva con base en una organización internacional, Estados Unidos, Unión Soviética y Gran Bretaña a las que se sumó China, pusieron manos a la obra. El ambiente de unidad y colaboración, unido a la convicción generalizada de que era preciso evitar las grandes matanzas, la ruina y los enormes costos que la guerra moderna implicaba, crearon una coyuntura propicia.

El aporte político más sustantivo para tal clima lo realizó Roosevelt que, en la Carta del Atlántico suscrita con Churchill “en algún lugar de alta mar” el 14 de agosto de 1941 (luego se supo que fue frente a Terranova a bordo del crucero USS Augusta) y en la cual, ambos estadistas coincidieron en los principios que deberían de regir las relaciones internacionales una vez alcanzada la victoria, según la letra del documentos resumidos en: Cero conquistas territoriales por medio de la guerra, (2) Derecho de todos los pueblos a escoger su forma de gobierno y restablecer la soberanía de aquellos que la habían perdido, (3) Acceso de todos los estados, (incluyendo los vencidos) al comercio y las materias primas mundiales, (4) Colaboración económica para el progreso y la protección social, (5) Fin del nazismo y lucha contra la pobreza (7) Libertad de los mares, (8) Renuncia al uso de la fuerza (9) Desarme y freno a la carrera de armamentos.

Tales preceptos no sólo eran lo máximo a que entonces se podía aspirar, sino que, aunque no contenían un pronunciamiento expreso respecto al colonialismo, era un compromiso que tomaba distancia de los enfoques imperialistas y anticomunistas y en virtud del cual, a diferencia de lo ocurrido con la anterior conflagración mundial, la guerra dejaba de ser un negocio o un camino para nuevos repartos territoriales.

Semejante perfil, unido a la presencia de estadistas como Roosevelt, Churchill y Stalin, profundamente involucrados en la guerra y extraordinariamente poderosos, allanaron el camino para que las que entonces llamadas “potencias patrocinadoras”, iniciaran los trabajos que naturalmente no podían ser en Europa.

Lejos del ruido de las armas, en una bella y bien conservada mansión, decimonónica, en medio de los hermosos jardines de una bucólica barriada de Washington, entre el 21 de agosto y el 7 de octubre de 1944, sesionó la Conferencia de Dumbarton Oaks, que no fue precisamente una balsa de aceite.

El núcleo del evento estaba formado por los representantes de Estados Unidos, Edward Stettinius, Andrei Gromiko por la Unión Soviética y por China (entonces nacionalista) H.H Kung. En la apertura usó de la palabra Cordell Hull, Secretario de Estado de los Estados Unidos (1933-1944) que por su papel en la creación de la ONU obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1945.

Las bases de los trabajos fueron: los Estatutos de la Sociedad de Naciones, los 14 Puntos de Wilson, la Carta del Atlántico, lo acordado en la Conferencia de El Cairo, dos días antes de la de Teherán entre Roosevelt, Churchill y Chiang Kai-shek; los acuerdos adoptados en la capital persa y naturalmente las opiniones expresadas por líderes mundiales, diplomáticos, juristas y otros expertos convocados.

Si bien existían coincidencias de principios, hubo discrepancias que aludían no sólo a matices o a cuestiones de procedimiento sino a asuntos de fondo, entre otros: el nombre de la organización, la exclusión de los vencidos, las atribuciones de los órganos, en especial de la Asamblea General y el Consejo de Seguridad, la elección del Secretario General, las entidades regionales y otros. No obstante, las manzanas de la discordia fueron: el veto y el uso de la fuerza.

Naturalmente, las potencias “vencedoras” cosa que efectivamente eran (aunque se trata de una condición jurídicamente circunscripta a la contienda), apostaban por crear un marco jurídico que, a la vez permitiera el uso de la fuerza contra los países que hicieran peligrar la paz, las preservara a ellas mismas de que semejante recurso pudiera ser utilizado en su contra.

Las preguntas del momento fueron: ¿Cómo acordar el uso de la fuerza cuando hubiera una potencia involucrada? y ¿Cómo proceder cuando la paz fuera perturbada por una de los países con derecho a veto? Con razón muchos estados, especialmente los latinoamericanos sospechaban que el veto generaría impunidad. Pronto la vida les dio la razón.

Además del significado práctico del veto, los juristas presentes lo objetaron porque doctrinariamente plantea una contradicción con el principio de “igualdad soberana de los estados” y una anomalía según la cual, un solo Estado podía paralizar a toda la organización; incluso hubo lucidez para tratar de legislar para limitar el espacio para alianzas y componendas, estableciendo que en el Consejo de Seguridad no se permitiera la ausencia ni la abstención y, naturalmente se privara al país involucrado del derecho a votar a favor de sí mismo.

Aquellas preocupaciones se revelaron ciertas y explican por qué Inglaterra se abstuvo en la votación por la partición de Palestina (1948) pero no por qué la condena a Corea del Norte (1950) se votó sin la presencia de la URSS, por qué se permitió a Gran Bretaña y Francia vetar la Resolución propuesta por Estados Unidos cuando ellas fueron agresoras contra Egipto en 1956 y menos aun por qué, mediante el veto, la Unión Soviética paralizó a la ONU cuando se trató de considerar su intervención en Hungría; asuntos que trataré más adelante.

Las potencias que aspiraban a consagrar jurídicamente la condición de policías del mundo no estaban dispuestas a renunciar a sus prerrogativas pero, debido al carácter democrático de la cita, tampoco podían imponerla. Ante la falta de acuerdo se acudió al veredicto de los Tres Grandes que acordaron volver a reunirse en Yalta. Fue como poner la Iglesia en manos de Lutero. Luego les cuento. Allá nos vemos.

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