martes, 22 de marzo de 2011

Derechos Humanos y Pueblos Originarios

Daniel Tirso Fiorotto (UNO - ACTA)

Para el investigador Juan José Rossi, el invasor del continente americano impuso hace siglos divisiones que todavía sostenemos con candidez (hasta en las aulas) y sirven al imperialismo. Dice Rossi: “¿Qué filosofía de vida tenemos, los que hemos nacido aquí pero no nos consideramos ni indio, ni inmigrante, ni gringo?.

Durante el Congreso de Derechos Humanos desarrollado la semana pasada por la Central de Trabajadores Argentinos –CTA- en la sede del sindicato Agmer, con presencia de militantes de varios países, el historiador Juan José Rossi presentó nuevas miradas en torno de los pueblos originarios de Nuestra América y, lo dijo: con ánimo de llamar a la reflexión, y hasta provocar polémica.

Para el estudioso, autor de una quincena de libros sobre historia americana y distintas culturas nativas, la dicotomía originarios-no originarios está muy incorporada en el sistema y “no pasa de ser una estrategia sutil -y burda para el que quiera verla- instrumentada inteligentemente por el invasor para mantener hasta hoy el sometimiento global de la humanidad del continente”.

“Considero -al menos para reflexionar juntos- que, con muy buena voluntad de individuos y organizaciones, tanto unos como otros miramos la primera línea de árboles y perdemos de vista al bosque. Pero esta conciencia no es casual sino provocada por el sistema invasor”, dice Rossi, y se despacha luego contra el interminable “paternalismo” occidental.

“Creo que nos sumergimos en una lucha casuística y anecdótica y sin querer, por el peso del sistema (que ciertamente sigue siendo invasor), soslayamos, no sólo la pérdida profunda y solidaria de los derechos de la única especie humana que viene amasando la historia y filosofía propia del continente desde el ingreso del hombre hasta nuestros días, sino que directa o indirectamente somos funcionales al invasor de la humanidad continental como tal. Lo somos más allá de las importantes diferencias internas culturales que siempre las hubo aquí y en todas partes. Funcionales a un invasor con muchas caras que busca mantenernos ocupados en discutir quiénes tienen más o menos derechos, quiénes son originarios o inmigrantes, quiénes invasores y quiénes no, si católicos, protestantes o judíos… mientras desde una episteme y un poder foráneo muy experimentado y con renovadas estrategias nos mantienen ‘colonizados’ y sometidos epistemológica, cultural y económicamente a todos por igual”.

Desde una mirada que no pretende generar cambios inmediatos sino reflexiones profundas respecto de las nociones que tenemos sobre la filosofía americana, Rossi insiste: “el invasor, hoy replegado en sus torres de marfil occidentales (llámense FMI, club de París, comunidad europea, Banco Mundial, vaticano, etc.) intenta dividir la historia en dos, en antes y después, para establecer claramente que ellos siempre inauguran o plantan la verdadera humanidad, la civilización y la historia del continente para de ese modo apropiárselo sin escrúpulo, con argumentos filosóficos falsos. Pero la realidad es otra, aunque no seamos conscientes de ella. En efecto, en el continente hay un solo tipo de hombre, una filosofía y una historia que no pertenecen a algún grupo en particular sino a todos los emergentes de esta tierra”.

Las diferencias culturales existen, hay diversas culturas en América, pero no deben usarse para dividir a la humanidad local que es una, dice Rossi. Esa confusión sirve al invasor, sostiene, y deplora el paternalismo y la discriminación con que se trata en general a las culturas de pueblos originarios como extrañas al resto, desde el mismo instante en que se los nombra distintos, como ajenos a la historia.

Será difícil y hasta aventurada una crítica sobre el breve ensayo de Rossi mientras no se lea en forma completa el análisis de 20 carillas que redactó especialmente para el Congreso de esta semana.

Pero sí valen algunos párrafos subrayados aquí para señalar que existe esta nueva mirada, que el investigador está introduciendo nuevas herramientas para el análisis, y sin olvidar que esta interpretación proviene de uno de los estudiosos más notables de la actualidad, que además de docente universitario sobre historia americana es Director del Museo Yuchán de Concepción del Uruguay y del Ivy marä ey de Chajarí.

Para quienes no lo conocen: Juan José Rossi es autor de las obras “La máscara de América. El eje curvo de nuestra historia”, “América, el gran error de la historia oficial”, “Amores que matan desde hace cinco siglos”, “Arte y artesanía indígena de la Argentina”,

“Nombres nativos para nuestros hijos”, “Los charrúas”, “Los wichi”, “Los chané chiriguano”, “Los yámana”, “Permanencia de nuestra cultura prehispánica”, y sus aportes provocan toda una revisión del conocimiento sobre la historia americana.

De manera que, al tiempo que muestra los prejuicios y los intereses europeos que desacreditaban a las culturas americanas, hoy sostiene que los americanos nacidos aquí son herederos de una filosofía americana que puede mostrar una continuidad, más allá de las diferencias culturales que pueden observarse aquí como en otras partes del mundo.

“La relación clásica que establece la sociedad global entre los vocablos designantes (‘pueblos originarios’, ‘indios’, etc.) y los designados no es legítima desde lo histórico y filosófico-antropológico –afirma Rossi-. Más aún, es una interpretación errónea de la realidad continental basada en varios sofismas falsos que mantienen a la humanidad continental en un status quo de vil dependencia. Al respecto, nuestra reflexión será parabólica pues trataremos de entender cómo la ‘ciencia’ histórica paradójicamente ha distorsionado el devenir y el eje del proceso humano local. Lo cual obnubila nuestra mirada sobre los Derechos que nos competen, no por ser de tal o cual cultura, de uno u otro sector o por haber nacido antes o después, sino por el sólo hecho de ser de la especie Homo sapiens”.

Rossi provoca desde el título mismo de su breve ensayo: “Derechos Humanos y Pueblos ‘Originarios. ¿Hacia dónde vamos? Desestructurar la dicotomía impuesta por el invasor en el continente y mantenida por los sistemas político y educativo vigentes”.

“Entiendo que se imponen cambios ‘revolucionarios’, no en el sentido socio-político que aplican algunos filósofos ‘occidentales’ que no dejan de ser eurocéntricos y colonialistas, sino el de re-volver, dar vuelta la perspectiva hacia nosotros mismos. No mirar nuestra historia ‘desde’ Europa hacia aquí a partir del 1492 (con su episteme, estructuras e instituciones que se han propuesto anular lo legítimo local para reinar ellos y usufructuarnos), sino ‘enchufarnos’ en la realidad y el pensamiento milenario del territorio americano y, en nuestro caso, argentino, es decir, desde cuando entró el primer grupo humano al continente y a nuestra tierra, hace miles de años, y echó a rodar el fascinante proceso de la historia y cultura local hasta el presente”, sostiene el investigador.

Dice Rossi: “¿Qué filosofía de vida tenemos, qué historia nos respalda o qué seríamos los que hemos nacido aquí pero no nos consideramos ni indio, ni inmigrante, ni gringo? ¿Seríamos parias, una tercera humanidad, ‘mestizos’? ¿O, quizá, pertenecientes a algún grupo de la miserable escala que inventaron los europeos para dejar sentado que ellos estaban por encima de todos los nacidos aquí antes y después de su irrupción absolutamente casual y no prevista? ¿quizá alguien se considere ‘mestizo’ (o sea, fruto de la unión entre español e ‘india’), castizo (de mestizo y española), mulato (de español y ‘negra’), morisco (de mulato y española), saltaatrás (de chino e india), lobo (de saltaatrás y mulato), gíbaro (de lobo y china), albarazado (de gíbaro y mulata), calpamulato (de sambaigo y loba), tenteenelaire (de calpamulato y cambuja), noteendiendo (de tenteenelaire y mulata) o tornatrás (fruto de noteendiendo e india)? Téngase en cuenta que en la óptica del invasor no se trataba de engendrar un hijo ‘entre’ español e india sino ‘en’ o ‘con’ india o africana como mero receptáculo”.

El profesor Rossi sugiere otro abordaje del verdadero eje de nuestra historia “en el que la invasión ‘solo’ se inserta como incidente traumático pero superable. Invasión triunfante momentáneamente –admite- por la fuerza militar, el poder del dinero y la cruz oriental”. Vale reiterar los términos: “superable, “momentáneamente”.

Y termina su ensayo: “Vista desde los complicados problemas de supervivencia y frente a centros internacionales del poder militar, político, económico y religioso que presionan a través de sus influyentes Medios de Comunicación la propuesta puede parecer utópica, teórica o romántica. Medios que, a su manera, manipulan la forma de pensar y el estilo de de vida... llevándonos con sutileza al consumismo virulento como ideal de felicidad humana. Es difícil enfrentarse a este fenómeno social, al poder económico transnacional y al avance arrollador de la subyugante tecnología que tiende a desplazar lo humanístico y regional en tanto valores irrenunciables. Pero vale la pena intentarlo… De este modo considero que estaremos empezando seriamente a reencontrarnos y vivenciar nuestro derecho vertebral sobre nuestro patrimonio milenario y de los pueblos emergentes en el largo camino recorrido y por recorrer de la humanidad local”.

Durante la charla breve que brindó en el congreso de derechos humanos, Rossi puso énfasis más en los interrogantes de su reflexión que en posibles conclusiones. Algunos de ellos: “¿Qué serían los mal llamados ‘inmigrantes’ y sus descendientes biológicos nacidos en este continente? ¿Europeos? ¿Inmigrantes en contraposición a ‘indios’? ¿Mancebos, gauchos, criollos? ¿O todos somos ‘nativos’ de esta tierra, es decir, ‘nacidos o ‘adoptados’ aquí’, con los derechos y obligaciones que tal realidad genera en los habitantes de todos los tiempos, región o pueblo? ¿Existen en América dos tipos de humanidades que generan DD diferentes? ¿Hubo o hay realmente un ‘ellos’ y un ‘nosotros’ a partir de la progresiva invasión occidental? ¿Hay ‘indios’ y ‘no-indios’, ‘originarios’ y ‘no-originarios’, ‘invasores’ e ‘invadidos’, ‘inmigrantes’ y ‘los otros’ con relación a la pertenencia y compromiso con esta tierra, con su filosofía y DDHH? ¿Alguna diferencia substancial por el sólo hecho de portar apellido foráneo o de ser, supuestamente, descendiente de algún nacido en Europa, Asia, África u Oceanía, cuya ascendencia, más o menos lejana, en definitiva se ignora y resulta irrelevante buscarla en función del compromiso del presente del colectivo continental?

Estos párrafos textuales de Juan José Rossi recalcan la filosofía común de los pueblos de América, más allá de sus culturas diversas y del menosprecio con que la miraba y la mira el occidental.

Dice, textual: “El respeto por el otro y el modus vivendi en y con la tierra; el tipo de trama social solidario; el ayllu o minga, entre otras manifestaciones, no surgieron por azar o salvajismo… La visión propia del universo fundamentó y fundamenta el estilo de vida, las estructuras sociales y los lazos de la gente entre sí y con los componentes de la naturaleza, ‘uno’ de los cuales es el hombre. Nuestro continente milenario tuvo y tiene su propio estilo de vida y genuina filosofía que, no por desconocida o tomada anecdóticamente por el sistema (como es el caso de cosmovisiones y mitología nativa), es inexistente o sin legítima fuerza”.

“Uno de los manifiestos más conocidos en occidente-cristiano y en América –quizá en el mundo entero– es, precisamente, el contenido de la carta que un jefe Seattle envió en 1855 al presidente Franklin Pierce quien propuso -para calmarlos y luego someterlos al pensamiento occidental de la propiedad privada- ‘comprar’ las tierras a los habitantes nativos Suwamish del noroeste del actual EE.UU. Como toda respuesta el jefe dictó, para ser transcripta en inglés porque el presidente desconocía el idioma Suwamish, la memorable carta en la que argumentaba de forma contundente y pacífica en contra del proyecto colonialista, que finalmente se puso en práctica. Una síntesis perfecta de su contenido filosófico-práctico lo encontramos en uno de sus párrafos que, a su vez, expresa tanto el pensamiento del nativo de América como sus actitudes cotidianas que aseguraban el equilibrio del medio ambiente: ‘La tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra’”.

“El jefe Seattle, un habitante del continente que vivió y luchó (‘aparentemente’ sin éxito) antes que nosotros, reflexionó: ‘Sabemos que el hombre blanco —término que no hace referencia al color de la piel sino a la filosofía y comportamiento de los invasores sean estos ingleses, holandeses, hindúes, egipcios o tunecinos— no entiende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que otro, porque es un extraño que llega en la noche a sacar lo que necesita. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el universo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras de sí sólo un desierto’”.

“Este es el derecho fundamental de todos, el subyacente ¿por qué? porque surge de una filosofía milenaria de esta tierra donde hemos nacido o hemos sido adoptados; de una filosofía gestada por la humanidad continental, no sólo para algunos que pretendan apropiarse de su riqueza y de su fuerza con exclusividad”.

“La filosofía de América apunta lejos –insiste Rossi-, sin demasiados y ampulosos discursos y tratados de filosofía y política, es decir, apunta a organizar lo existente para todos –subraya-, con una visión propia que no excluye a nadie, aún cuando genere diferencias notables en la praxis política. Por eso no son iguales el sistema de los incas y el de los guaraníes, el de los charrúas y diaguitas, el de los mapuches y el que debemos pensar nosotros. Todos sobre una misma base filosófica que nos identifique como auténticos hijos de esta tierra y no la del invasor empedernido”.

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