lunes, 21 de marzo de 2011

La humanidad ante sus inconsecuencias (Parte I)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Las consecuencias que para los reactores de la central nuclear de la ciudad de Fukushima han tenido el terremoto y el tsunami que acaban de asolar a Japón reabre el debate nuclear que esta vez, como ya ocurrió con motivo de los accidentes de Three Mile Island (1979) y Chernóbil (1986), abarca no sólo las temibles bombas atómicas sino también a ciertos usos pacíficos de la energía atómica. Aunque sin demasiadas razones para el optimismo, tal vez ahora haya una mejor percepción de los riesgos que ello implica.

Ningún evento geológico, climático, meteorológico o suceso análogo posee perfiles místicos o demoniacos y es absurdo atribuir a la naturaleza cualquier intención maligna o benéfica. Hablar de ciclones asesinos, terremotos crueles o de tsunamis malditos es metafóricamente aceptable aunque científicamente tan incorrecto como suponer maldad en un tigre. En estos casos se trata de prosopopeyas mediante las cuales se atribuyen a la naturaleza atributos humanos. Sólo las personas, dotadas de conciencia y libre albedrio pueden escoger entre: hacer el bien o hacer el mal.

La prisa con que ante el desastre nuclear que amenaza a Japón algunos gobernantes rectifican decisiones mediante las cuales habían dispuesto la introducción de la energía nuclear o la prolongación de la vida útil de viejos reactores, indica lo irresponsable que habían sido; peor es el caso de aquellos que testarudamente, por extrañas razones, reivindican un presunto “derecho” a enriquecer uranio, incluso a poseer armas nucleares, simplemente porque “otros” lo hacen o las tienen.

En el siglo XX, el nivel de conocimientos científicos y los recursos tecnológicos dieron a la humanidad posibilidades, que según se ha evidenciado hasta la saciedad, no estaba en condiciones de administrar; entre otras cosas porque los sistemas políticos, las políticas imperiales y los modelos económicos vigentes no se encuentran a la altura del poder alcanzado. Los hombres aprendieron primero a destruirse que a convivir. La paradoja desmiente a la inteligencia y estremece la espiritualidad.

Semejante fenómeno ha conducido a actitudes soberbias e irresponsables, provenientes especialmente de los círculos del poder, de los militares, incluso de estamentos científicos que en conjunto han conducido a una concepción irracional del consumo y del bienestar, a un orden económico además de absurdo e injusto, guiado por la codicia que entre otras cosas, asume que progresar es crecer constantemente y acumular riquezas.

El corolario de esos y otros grandes equívocos ha sido una actitud arrogante hacía la naturaleza y una absurda concepción del futuro que llega a la estupidez que ha llevado a algunos charlatanes a sugerir que llegado a cierto punto, la humanidad puede optar por dejar el planeta y mudarse a otros mundos.

En esos y otros elementos se sustentan actitudes irresponsables capaces de poner en peligro la supervivencia de la especie humana, entre otras: la existencia de las armas nucleares, la explotación comercial de la energía nuclear en escalas desmesuradas, el derroche de petróleo y su extracción en aguas profundas, las manipulaciones genéticas, el uso de la informática, la nanotecnología y los controles del comportamiento con fines militares y de espionaje, la conquista del espacio, la carrera de armamentos y el desdén ante los problemas medioambientales, particularmente el calentamiento global.

La demencial carrera comenzó con las bombas atómicas. Aunque estaban equivocados porque la Alemania de Hitler no había avanzado lo que ellos suponían en el ámbito atómico, Albert Einstein hizo lo correcto al instar al presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt a apoyar las investigaciones nucleares para fabricar antes de que lo hicieran los nazis, una bomba atómica.

El proyecto Manhattan mediante el cual un grupo de magníficos científicos norteamericanos, entre los cuales hubo emigrantes, judíos y socialistas, crearon las tres primeras bombas atómicas fue una empresa justificada por la necesidad de la humanidad de derrotar de cualquier modo a al fascismo que ocupa Europa y partes de Asia y África y amenazaba a toda la humanidad.

No obstante el hecho de que gracias al heroísmo de los combatientes aliados, principalmente los soviéticos que avanzando desde el Frente Oriental y los norteamericanos, británicos y canadienses que desde Normandía derrotaron a la Alemania nazi en mayo de 1945, hizo innecesario la utilización de la bomba. Por su parte, aterrados ante la capacidad de destrucción mostrada por el artefacto probado el 16 de julio de 1945, un mes después de la rendición de Alemania, sus creadores suplicaron al presidente norteamericano que no utilizara la bomba atómica.

El resto de la historia es conocida. Harry Truman que había sustituido al fallecido Franklin D. Roosevelt en la presidencia de los Estados Unidos fue sordo a los reclamos y, en una absurda demostración de fuerza, sacrificó a las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

A pesar de su infausto debut las fabulosas posibilidades de la energía atómica sedujeron a generales, científicos, ingenieros y gobernantes que desde distintas ópticas y con diferentes propósitos creyeron ver en aquel avance un instrumento de poder o de progreso a cuya generalización se lanzaron sin saber exactamente lo que hacían ni poder medir las consecuencias de sus actos.

La ruptura de la alianza de Estados Unidos y la Unión Soviética que condujo a la victoria sobre los nazis y creó la Organización de Naciones Unidas como instrumento de cooperación y de paz, dio lugar al desencadenamiento de la Guerra Fría, a la carrera de armamentos y a la proliferación nuclear, verdaderos protagonistas de la postguerra.

Por otra parte, las fabulosas cualidades energéticas del uranio y las posibilidades de su utilización para la producción de las enormes cantidades de electricidad requeridas para la reconstrucción de Europa, la Unión Soviética y Japón; incluso para el desarrollo de algunos de los estados surgidos, como resultado de la descolonización, lanzaron a la humanidad a la aventura nuclear que 60 años después cobra tributos a quienes se han expuesto a excesivos riesgos.

Aun cuando se admita que el mundo ha ido demasiado lejos en el camino nuclear y se adquiera conciencia de que han existido comportamientos irresponsablemente, es impensable una renuncia a la tecnología atómica, lo cual implica reflexiones de fondo acerca de si la política de no proliferación debe ser extendida para frenar, no sólo el acceso a las armas nucleares, sino también el uso irresponsable y peligroso del poder del átomo.

El asunto es complejo, poco el espacio y el tiempo apremia. Luego les cuento más.

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