martes, 22 de marzo de 2011

La humanidad ante sus inconsecuencias (Parte II)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

En 1945 las primeras explosiones nucleares pusieron fin a la II Guerra Mundial e iniciaron la Guerra Fría. Se trató de una excepcional coyuntura histórica en la cual se juntaron la prosperidad económica de los Estados Unidos, las ansias europeas por recuperar la democracia aplastada durante la ocupación nazi, el dinamismo de la reconstrucción y el júbilo por la descolonización. En la Unión Soviética y Europa Oriental, el comunismo prometía el paraíso en la tierra. La humanidad creyó poder disfrutar de una era de esperanza y paz.

No obstante, otra vez las razones políticas se interpusieron para que los Estados Unidos y la Unión Soviética, dos superpotencias que emergieron de la conflagración con inmenso prestigio y que habían sido aliados, más exactamente compañeros de viaje en la lucha antifascista, volvieran a la confrontación, esta vez con la presencia de armas nucleares.

En Fulton con Harry Truman a su diestra, Winston Churchill, declaró: “…Desde Stettein en el Báltico hasta Trieste en el Adriático ha caído sobre Europa un telón de acero…” La respuesta de Stalin fue tan ruda como honesta: “…Los alemanes hicieron la invasión de la URSS a través de Finlandia, Polonia, Rumania, Bulgaria y Hungría. Lo pudieron hacer porque tenían gobiernos hostiles a la Unión Soviética. Es sorprendente que se critique el hecho de que la Unión Soviética esté intentando que existan en estos países gobiernos leales…”

Así comenzó la Guerra Fría, caracterizada sobre todo por la carrera de armamentos, especialmente nucleares.

Una vez que Enrico Fermi y Leo Szilárd lograron reproducir una reacción en cadena atómica controlada, estuvieron creadas las bases teóricas para la construcción de la bomba atómica. De ahí que el proyecto Manhattan fuera sobre todo una búsqueda de soluciones ingenieras para crear un artefacto utilizable con fines militares. Cuando el 16 de julio de 1945 se realizo la primera prueba nuclear y en el momento en que se lanzaron dos bombas contra Japón, sobre la energía nuclear se conocía menos de lo que hoy se sabe sobre el planeta Marte.

No obstante con la audacia que da la ignorancia y el afán de lograr una paridad de fuerzas militares, todas las potencias, primero la Unión Soviética (1949) y luego Gran Bretaña (1952) y Francia (1960) se lanzaron a la carrera por poseer sus propias armas atómicas en una competencia que sólo Estados Unidos y la URSS estaban en condiciones económicas de llevar hasta sus últimas consecuencias.

En 1951, de modo experimental en un reactor nuclear en Idaho, Estados Unidos se generó electricidad y en 1956 en Gran Bretaña entró en servicio la primera planta electronuclear del mundo. De entonces a la fecha se han construido cuatro generaciones de reactores nucleares para diferentes usos, de los cuales se han construido cerca de mil. Ninguno es ciento por ciento seguro, nada garantiza fiabilidad a prueba de errores de operación ni invulnerabilidad ante problemas técnicos o actos humanos deliberadamente hostiles.

Con irresponsable liberalismo, los gobiernos de las principales potencias comenzaron a establecer plantas electronucleares, reactores para la investigación, buques y submarinos movidos por el átomo. Incluso abrieron esa rama al sector privado. A fines de los años cincuenta aparecieron los cohetes intercontinentales portadores de ojivas nucleares y la paridad devino destrucción mutua asegurada.

Aunque todavía no ha trascendido suficientemente a la opinión pública, pronto se supo que la apresurada expansión de la energética nuclear y de los reactores de investigación, no era totalmente inocente; cada uno de ellos era una fábrica de plutonio, un subproducto del uranio utilizable para fabricar bombas atómicas. Desde su origen y todavía hoy la energía nuclear con fines pacíficos tuvo también aplicaciones militares.

Aunque tomaron conciencia de la peligrosidad de la difusión incontrolada de la energía nuclear, quienes entonces gobernaban en las potencias hicieron poco para regular o detenerla. No obstante aquel frenesí disparó algunas alarmas acerca de lo que para la seguridad mundial podía representar la proliferación no sólo de las armas nucleares, sino de ciertos usos pacíficos.

En 1953 el presidente norteamericano Dwight Eisenhower acudió a la ONU para exponer el programa Átomos para la Paz, una propuesta que prometía el apoyo para la introducción de la energía nuclear con fines pacíficos, bajo el control y la supervisión de Estados Unidos, asegurando un manejo responsable y evitando la proliferación de las armas atómicas; cosa con la cual concordó la Unión Soviética en lo que resulto ser la única coincidencia estratégica de la Guerra Fría. En 1957 se creó la Agencia Internacional de la Energía Atómica de Naciones Unidas y en 1968 se adoptó el Tratado de No Proliferación Nuclear.

Ninguno de los esfuerzos fue ciento por ciento exitoso. Norteamericanos y soviéticos entregaron reactores y uranio enriquecido a países que consideraban aliados responsables, aunque algunos los usaron para adelantar investigaciones con fines militares y otros para producir plutonio que en algunos casos todavía almacenan y con el cual pudieran producir decenas de bombas atómicas o “armas sucias”. Ningún tratado y ninguna salvaguarda pudieron impedir que China, India, Pakistán, Israel, Sudáfrica y Corea del Norte construyeran armas nucleares.

No obstante las enormes dificultades derivadas de la peligrosidad de todos sus pasos, desde la extracción del mineral hasta sus demoniacas aplicaciones militares, la energía nuclear se instaló como un hito en el progreso de la humanidad que, aunque deberá replantearse muchos aspectos de su empleo, jamás podrá renunciar a ella; excepto que ocurriera el milagro imposible de un consenso para cambiar estilos de vida y expectativas de bienestar ligados al consumo de enormes cantidades de energía.

Actualmente funcionan en todo el mundo 436 reactores que producen cerca del 20 por ciento de la electricidad consumida por el planeta, proporción que es mucho mayor en algunos países altamente desarrollado. Para Francia significa casi el 80 por ciento, en Suecia es el 50, el 30 para Japón y Finlandia, el 20 en Estados Unidos y el Reino Unido. En todo el mundo existen alrededor de 50 reactores en construcción y en fase de intenciones y proyectos hay unos 200. Países como India y China sólo podrán sostener sus ritmos de desarrollo y alcanzar sus metas nacionales construyendo decenas de ellos.

La humanidad que recientemente ha fracasado en la búsqueda de una reflexión mundial madura y responsable acerca del calentamiento global, no puede ni soñar con un foro internacional apropiado para un debate planetario acerca del problema de la energía nuclear que, por otra parte presenta indiscutibles posibilidades y ventajas, entre ellas ser una alternativa al petróleo que se agota irremediablemente y proporcionar electricidad sin generar gases de efecto invernadero ni tributar al cambio climático.

Es preciso aclarar que a pesar de los enormes riesgos ambientales y para la seguridad humana que plantea la energética nuclear y que, como quedó demostrado en Chernóbil, un accidente puede tener implicaciones más allá de las fronteras de un determinado país, difícilmente una catástrofe en una instalación atómica pueda tener consecuencias globales, cosa que si ocurre con las armas nucleares cuya proliferación debe ser efectivamente impedida. La lucha debe centrarse en el desarme y no en el presunto derecho de ningún país a armarse de bombas atómicas con el pretexto de que otros las tienen.

Tal vez el lamentable incidente en la planta japonesa de Fukushima, el primero que no se debe a fallas técnicas o errores humanos sino a dos cataclismos naturales a la vez que, aunque estadísticamente remotos, eran predecibles, implique no tanto la renuncia a la energía nuclear, como una mayor responsabilidad en su introducción y operación.

No es la primera vez que la humanidad se convierte en rehén de sus propias creaciones aunque nunca lo había hecho de modo tan peligroso como al manipular irresponsablemente la energía atómica. Esta no es la única inconsecuencia del género humano, más exactamente de quienes ejercen el poder y con legitimidad y sin ella deciden sobre el destino de todos. Otra vez las acciones humanas pueden ser la causa del aniquilamiento de la especie.

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