jueves, 31 de marzo de 2011

Signo de decadencia

Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

El combustible que alimentó el incendio de la crisis económica mundial que empezó hacia los últimos meses de 2007, fue proporcionado por los múltiples excesos que el predominio neoliberal promovió e impuso.

En ese sentido, varios órdenes de asuntos se entrelazan de forma compleja y sumamente problemática: el debilitamiento de los regímenes de seguridad social y Estado de bienestar; la “flexibilidad laboral” y el debilitamiento de los derechos laborales; el retraimiento de los salarios y la concentración brutal de la riqueza (de lo cual Estados Unidos es un ejemplo dramático y América Latina un escenario de devastación); el desarrollo de la transnacionalización de las inversiones, como un proceso que reta y subvierte la estabilidad de las economías nacionales; los procesos de globalización financiera, concomitantes a la desregulación generalizada de los flujos de capital financiero.
Al entrar en la segunda mitad del primer decenio del siglo XXI, la confluencia de todas estas tendencias da lugar a un cuadro paradójico y potencialmente explosivo: se han desarrollado nuevos y poderosos centros industriales (China el principal); en la mayoría de las industrias más importantes la oferta a nivel mundial sobrepasa a la respectiva demanda; el consumo ha devenido la fuerza principal que, desde el lado de la demanda, sostiene el crecimiento y da salida a esa enorme producción, pero, a su vez, ese consumo se sostiene en la deuda, la cual suple la deficiencia de los salarios pero demarca límites infranqueables; deuda y especulación financiera se han entrelazado en una telaraña de alcances planetarios.
La crisis comporta un derrumbe estruendoso de este complejo y riesgoso arreglo. Y, sin embargo, y a la luz de los antecedentes mencionados, sus implicaciones efectivas, con todo haber sido, y ser aún, muy serias, han sido menores de lo que cabría esperar. La única forma de explicar que la devastación no haya sido muy superior, se encuentra en la acción de los poderes públicos a nivel mundial: gobiernos, parlamentos, bancos centrales y organismos internacionales. Una acción a menudo confusa, contradictoria, errática, pero finalmente masiva a una escala sin precedentes históricos. Ello frenó la debacle de modo que hoy podemos decir que se logró cambiar el cauce por el cual pudo haber discurrido la historia. Lo cual tan solo nos recuerda que, después de haberlo asesinado muchas veces –con artillería proveniente lo mismo de la derecha que de la izquierda- Keynes conserva mucho mejor salud de lo que imaginábamos.
Y, sin embargo, frenar la catástrofe ha tenido un costo altísimo que se visibiliza en el gigantesco y creciente endeudamiento público que enfrentan los países ricos, casi sin excepción.
La magnitud excepcional de la deuda pública y, en particular, la amenaza de colapso de la deuda europea, da lugar a una especie de movimiento de retorno al punto de partida. La crisis ponía en cuestión todo el edificio anti-estatista y desregulador del neoliberalismo. Frenado el colapso sistémico gracias a la intervención en gran escala de los poderes públicos, emerge, como producto necesario de tal intervención, el problema de la deuda. A esta se asocia un cúmulo de amenazas –reales o fantasmales- que insuflan nueva vida al discurso neoliberal y a la derecha política, la cual hasta ese punto parecía difunta. En seguida, esta se envalentona y contraataca con furia.
Ha sido, en cierto modo, como al modo de un efecto dominó: tras el derrumbe de Grecia y los sucesivos ataques especulativos que, eventualmente, provocan la caída de Irlanda y mantienen en vilo a España y Portugal, se generaliza el consenso a favor de políticas fiscales altamente restrictivas, destinadas a frenar (y se supone que revertir) el crecimiento de la deuda. La ofensiva contra los regímenes de seguridad social, las instituciones del Estado de bienestar y los sindicatos es generalizada y violenta y no ha quedado encapsulada en los países donde la crisis de la deuda es más grave, sino que, con matices y gradaciones, tiende a reproducirse en muchos otros, no necesariamente en situación crítica. Gran Bretaña, bajo la conducción de Cameron, es un caso que, por extremo, resulta paradigmático. En Estados Unidos la deuda ha dado pretexto –en conjunto con el débil liderazgo de Obama y las vacilaciones de su política económica- al fortalecimiento del ala extrema de la derecha republicana. El panorama político y social, tanto a nivel federal como estatal, se vuelve tenso y enrarecido. Acontece incluso que muchos gobiernos estatales se mueven al borde del colapso presupuestario.
Se multiplican entonces las preguntas. En una perspectiva económica más bien estrecha, cabe interrogarse acerca de lo que una restricción fiscal tan severa podría implicar para una recuperación económica que ha sido débil y vacilante. Desde otra perspectiva, es válido plantearse si esto ratifica la persistencia de la crisis en el mediano y largo plazo, más allá de cualquier momentánea recuperación del crecimiento económico. Y, sin duda, está planteado un escenario de muy probable agudización de los conflictos sociales y políticos.
Pero resulta especialmente paradójico que se opte por un camino que lleva de retorno a los detonantes que empujaron hacia la crisis: la profundización de las desigualdades sociales, la concentración de la riqueza y el ingreso, el ataque a los derechos de las clases trabajadoras. Incluso el desmantelamiento, más o menos extensivo según los casos, de los sistemas de seguridad social. Con el agravante de que esta rediviva derecha neoliberal parece radicalizarse y quiere llevar las cosas más allá del peor de los escenarios previos a la crisis.
Innecesario insistir en lo que es obvio: sobre los grupos medios y las clases trabajadoras están siendo descargados los costos de la crisis. Menos evidente es la respuesta a una pregunta clave: ¿es que esto significa que el capitalismo perdió la capacidad -de que en otros tiempos sí dio prueba- para aprender de sus propios errores y enmendar el camino con un mínimo de sensatez?

Ese quizá sea el peor signo de decadencia.

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