martes, 12 de abril de 2011

Colombia: El augurio

Alberto Pinzón Sánchez (especial para ARGENPRESS.info)

Una brisa fría me cruzó la cara cuando caminaba por la pista del aeropuerto de Bogotá aquella mañana brumosa de 1971. Un vetusto y destartalado avión DC-3, construido como bombardero en Chicago durante la segunda guerra mundial, ahora convertido en un carguero anacrónico y oxidado, me llevaría a las selvas del Vaupés a realizar el trabajo de campo y la monografía exigida para optar mi grado de Antropólogo de la Universidad Nacional.

Los viajeros éramos cuarto: piloto y copiloto, un ayudante un hombre de mediana edad con marcados rasgos de indígena, y yo. A señas el piloto me indicó el sitio que debía ocupar enfrente al ayudante, sobre unos cuantos bidones llenos con gasolina que constituían la carga; luego anudó con un lazo la portezuela del avión y a continuación el motor retumbó expulsando densas nubes blancas. Las hélices describieron un círculo invisible y un crujido móvil inició el viaje.

Es una bomba aérea, pensé, mientras por la claraboya empezaron a desfilar los grandes edificios del centro de la ciudad y luego las casa rojizas. Los automóviles se fueron tornando puntos movedizos y las colinas erosionadas que bordean por el Oriente la gran ciudad bogotana se convirtieron en profundas gargantas y vertientes montañosas surcadas por arroyos de aguas espumosas y veloces. Pasado un tiempo, la trepidación monótona interminable del motor y el olor penetrante de la gasolina de los bidones hicieron pesados mis parpados con ensoñaciones. Abajo un tapete inmenso e interminable de árboles selváticos, cortado por innumerables corrientes de agua barrosas orilladas por playones amarillentos que confluían en un inmenso río, sobre cuyo curso el avión empezó a sobrevolar.
El sacudón de llantas del avión sobre la tierra rojiza y fangosa de un claro selvático, habilitado como aeropuerto a un extremo del poblado indígena de Yavaraté, aligeró mis parpados y el verde brillante e intenso de la fronda selvática que ocupaba la claraboya o ventanilla del avión, golpeó con su luminosidad mis ojos.

Un grupo de de jóvenes indígenas vestidos de pantaloneta, nos saludaron con una prolongadísima vocal y de inmediato comenzaron a descargar las canecas del combustible y los demás bultos. Era el avión que la Prefectura Apostólica del Vaupés enviaba cada mes con provisiones, principalmente gasolina para los motores fuera de borda de las embarcaciones oficiales, que desde hacía una semana toda la aldea esperaba con impaciencia.

La aldea llamada en idioma indígena tucano Yaí- Vi o maloca del jaguar, estaba situada en un barranco rojizo cortado a tajo en la orilla del gran rió Vaupés, cerca de la desembocadura con río Papurí. En aquellos años, una decena de casas hechas con gruesos troncos y grandes techos de hojas de palma seca conformaban un callejón polvoriento terminado en un rústico atracadero de madera, en donde varias canoas musgosas amarradas resistían con rítmico vaivén el embate eterno del espumoso torrente fluvial. La luz solar se filtraba por entre la fronda de los árboles que rodeaban el aterrizadero, dándole una tonalidad verde nubosa y un vaho cálido y pegajoso que salía del suelo oloroso a agua oxigenada, me remplazó bruscamente el recuerdo del aire irrespirable a gasolina de la gran ciudad.

La expectativa cautelosa de los indígenas ante nuestra llegada, fue cediendo a medida que el jefe familiar del poblado o quien en ese momento hacía las veces de autoridad en la aldea, en un castellano sonoro a portugués, nos presentó ante las demás cabezas de familia. Luego añadió: - Ustedes, me llaman Manuel, pero mi verdadero nombre es Mandú-Yaí que quiere decir Hijo-Tigre. Y a continuación nos solicitó, explicáramos nuestra identidad y procedencia. Finalmente para regocijo de todos dijo que esa noche el poblado haría la celebración de bienvenida, que hacía varios días venían preparando.

Esa noche cuando la luna iniciaba su brillo por entre las nubes rojizas del atardecer, Mandú-Yaí vino a la casa donde los recién llegados descansábamos tendidos en unas hamacas, y nos condujo a la maloca de las ceremonias. Era más amplia que las demás y estaba barrida y desocupada. En la entrada principal un grupo de hombres pintaban sus cuerpos con dibujos cuadrados rojos y negros, hechos con una pasta de colores de achote y cenizas. A un lado las mujeres también se pintaban el cuerpo y la cara, pero con figuras redondas.

Una vez dentro de la maloca ceremonial, Mandú-Yaí sacó de entre un canasto de fibras, varios adornos con plumas rojas y amarillas de guacamaya atadas a una banda tejida que servía de corona y la colocó en su cabeza. Luego extrajo varias flautas de caña y las entregó a los jefes de cada familia. Se amarró unas cintas con cascabeles de nueces en los tobillos y se colgó un collar con protuberantes colmillos de jaguar, y en seguida invitó a los demás asistentes a proceder a sus adornos. Cuando todos estuvieron tatuados y ataviados; alumbrándose con una pequeña antorcha de luz rojiza hecha de la corteza de un árbol llamado turí, avanzó hacia el centro de la habitación llevando una vara delgada que terminaba en un sonajero y la manoteó fuerte haciéndola chasquear. Con pasos cortos fue hacia el rincón opuesto de la maloca y descolgó una vasija de barro que pendía de una de las vigas, llena con un líquido lechoso amarillento llamado Yagé. La tomó y fue a cada uno de los costados de la maloca en donde hacía una corta recitación. En seguida le ofreció a cada asistente una pequeña totuma con una porción del alucinante licor.

Lentamente el ambiente de la maloca ceremonial se fue impregnando de un olor intenso a humo de tabaco silvestre que los hombres fumaban y del sonido triste de las flautas de caña o zampoñas que empezaron a sonar. Las mujeres esperaban acurrucadas en el lado opuesto de la casa a que se iniciara la danza ritual, y cuando la luna estuvo a la altura de los ojos, Mandú Yaí volvió a aparecer portando en una mano, una mortecina luz rojiza salida de la pequeña antorcha de cáscara de turí y en la otra, un extraño cuerno como de 2 metros de largo elaborado con madera y arcilla llamado Yuruparí. Emitió un ronco y cascado bramido que produjo un silencio total, seguido de una larga y gangosa recitación y del ofrecimiento a cada hombre de una nueva toma de Yagé.

La danza era un caminar interminable en redondo de la maloca de hombres y mujeres descalzos, pateando con fuerza la tierra del piso a cada paso y produciendo un ruido mezclado del sonido cascado de los cascabeles atados a los pies, con las exhalaciones roncas y profundas de los danzantes. Pronto la monotonía se apoderó del recinto. La ruidosa danza interminable, las exhalaciones y quejidos, el humo espeso del tabaco silvestre, los tonos graves de las flautas de zampoña, las tomas de Yagé y las recitaciones gangosas, empezaron a enervar mis sentidos.

Hacía un calor selvático y en un instante, un sudor frío recorrió mi frente. El tun-tun externo me indujo una sensación de vértigo y nausea. El ruido monótono de la maloca se convirtió en el quemante retumbo de un fuerte aguacero tropical, y un destello de gotas candentes y pequeñas luces como de fuegos artificiales o luciérnagas que aumentaban y disminuían de tamaño ocuparon mi visión. Pensé que estaba entrando en un calidoscopio gigantesco sin salida y el vértigo aumentó la nausea y el torbellino de la embriaguez. El tiempo y el espacio empezaron confundirse en un torrente rojo de un inmenso río tropical sin desembocadura ni final; cuando oí a Mandú Yaí cerca balbuceándome algo sobre el color rojo de la antorcha de turí : -Todo es sangre, me dijo ¿Cierto?

40 años después, no se porqué razón, sigo pensando que Mandú Yaí se refería al destino de Colombia.

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