jueves, 14 de abril de 2011

Cuba: Congreso del Partido. La cuenta regresiva (Parte V)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Alguna vez escuche decir que Cuba avanzaría en la solución de la cuestión migratoria cuando ese tema dejara de ser parte del problema para ser parte de la solución y no les falta razón a quienes afirman que forma parte del diferendo con Estados Unidos. Para Cuba la emigración es el hecho político más relevante, persistente y voluminoso; el fenómeno interno que más influye en la actividad exterior y de enorme incidencia económica. Ningún análisis integral de la problemática económica y política nacional pudiera omitirlo; seguramente el Congreso no lo hará.

La emigración que es siempre un fenómeno de gran complejidad, adquiere para Cuba una dimensión política inusual y perfiles kafkianos. Si bien los que emigran desde la Isla disfrutan del privilegio de ser acogidos sin reparos en Estados Unidos, también lo es que no pueden reintegrarse a su país. La desmesura de uno y otro tratamiento no obedece a afectos norteamericanos hacía los isleños ni al deseo de las autoridades cubanas de sancionar a sus nacionales, sino a la naturaleza de un conflicto que impone su propia dinámica.

Aunque no existen cifras oficiales, los emigrados cubanos deben superar el millón de personas (un 10 por ciento de la población). Suponiendo que la partida de cada una de ellas impacte en otras cuatro, se trataría de un fenómeno que involucra a alrededor de cinco millones, lo que es casi la mitad de los habitantes. Ningún análisis de la problemática social y política cubana y ninguna estrategia de desarrollo pueden ignorar tales realidades. Seguramente el Congreso y la Conferencia del Partido, adelantaran reflexiones.

Las preguntas recurrentes son: cómo y cuándo tan complejo asunto se resolverá. Lo curioso es que tales interrogantes ya han sido respondidas. Se trata de normalizar las relaciones con las personas que han emigrado y aquellas que realizan trámites para hacerlo, crear las bases jurídicas para ello y realizarlo todo de modo soberano, transparente y ajustado a derecho.

En 1978, a menos de 20 años del triunfo revolucionario y del inicio de las oleadas migratorias, en momentos de enorme tensión con Estados Unidos y de auge de la contrarrevolución, cuando la emigración estaba altamente politizada; con lucidez y determinación, Fidel Castro auspició y condujo los primeros y todavía únicos diálogos con la emigración. Lo hizo de modo abierto y transparente, con inclusividad y sin discriminaciones y obtuvo resultados concretos. Entonces, no se necesitaron intermediarios y no se tomó en cuenta para nada al gobierno de Estados Unidos ni a las organizaciones contrarrevolucionarias de Miami y, en unos pocos días se lograron más resultados que todos lo alcanzados en los 33 años posteriores.

En aquellas jornadas, las autoridades cubanas, a solas con los emigrados, sin curas ni embajadores, reflexionaron acerca de la amnistía o el indulto de un elevado número de prisioneros que fueron puestos en libertad y, sin dilación avanzaron hacía medidas para la reunificación familiar, la inmediata normalización de las visitas y de contactos académicos, religiosos, culturales y de otro tipo. Entonces nadie podía esgrimir el argumento de que tal cosa se hacía en busca de ventajas económicas.

Debido a aquellos pasos y al compromiso personal de la alta dirección del país, parecía que la normalización estaba al alcance de la mano cuando en 1980 tuvo lugar el éxodo del Mariel, fenómeno que relanzó y politizó de modo negativo la problemática migratoria en su conjunto. No obstante en otra muestra de iniciativa e imaginación, las autoridades cubanas maniobraron y en 1984; precisamente en el área más difícil, alcanzaron el primer entendimiento sustantivo con los Estados Unidos: el Acuerdo Migratorio de 1984.

Con los entendimientos de los diálogos de 1978 y los acuerdos migratorios de 1984, pareció que la normalización migratoria era posible. No ocurrió así debido a que en marzo de 1985 salió al aire la llamada Radio Martí a lo cual Cuba ripostó con la suspensión de la ejecución del acuerdo migratorio de 1984 y meses después, Reagan emitió una Orden Ejecutiva que suspendió la emigración desde Cuba.

En 1994, en el contexto de la crisis generada por la caída del socialismo, el incremento de las salidas ilegales, así como del secuestro de naves y aeronaves, Cuba decidió “despenalizar la emigración por medio propios” lo que provocó la llamada “crisis de los balseros”, ante lo cual se efectuaron nuevas conversaciones migratorias de las que surgió un acuerdo mediante el cual la administración estadounidense se comprometió a descontinuar la práctica de admisión automática de los cubanos y devolver a Cuba a todas las personas detenidas en alta mar. De ahí surgieron luego los “pies secos y mojados.”

Lo cierto es que la parte más antigua de la emigración, comprometida con el anticastrismo y con suficiente poder económico para presionar a las administraciones norteamericanas es el mayor obstáculo que enfrentan los gobiernos de Estados Unidos y Cuba para avanzar en sus relaciones y de alguna manera es un factor que influye en los manejos internos del tema migratorio en Cuba.

No sería sensato esperar a una solución del diferendo con Estados Unidos para avanzar en la normalización de las relaciones con la emigración y regularizar en Cuba los procedimientos para emigrar; es a la inversa.

Tal vez para avanzar en la solución del diferendo con Estados Unidos y sanear la situación política nacional, el país deberá dar pasos resueltos respecto a la emigración y tal como se hizo en 1978, aplicar iniciativas audaces e imaginativas, concebir leyes que formen un marco jurídico apropiado, integrar a los emigrados al país y diseñar políticas correctas. Seguramente el Congreso encontrará los mejores caminos. Allá nos vemos.

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