jueves, 7 de abril de 2011

El Salvador: Los Inmortales de El Mozote

Cecilia Cabrera (COLATINO)

Como parte de una política institucional castrense que perseguía arrancar de tajo la base social de los insurgentes, bajo la lógica de “quitarle el agua al pez”, más de una millar de personas fueron masacradas en condiciones excepcionales de logística militar por tierra y aire. Han pasado 29 años y los alcances de esta masacre son impresionantes, víctimas y verdugos transcienden las fronteras nacionales y provocan reacciones encontradas tan distantes como los resultados de este abominable hecho.

“Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada y en una hermosa plaza liberada me detendré a llorar por los ausentes…”. Así comienza una de las más famosas interpretaciones del cantautor cubano Pablo Milanés, quien hace referencia al régimen del Gral. Augusto Pinochet cuando éste tomó por asalto el Palacio de La Moneda y terminó con las aspiraciones del gobierno socialista del Dr. Salvador Allende.

El eco de esta melodía vibra en cada historia que desgarró a América Latina bajo el oscurantismo del terror militar, y El Mozote, en el departamento de Morazán, El Salvador, no es la excepción. En ese lugar, el 10, 11, 12 y 13 de diciembre de 1981, el ejército salvadoreño masacró a más de un millar de personas por considerarlas afines a la insurgencia aglutinada en el FMLN.

Han pasado 29 años de esa barbarie que se dio en el marco de un conflicto armado que se prolongó por 12 años; sin embargo, son muchas las personas que visitan por primera vez, segunda, tercera… las calles de lo que fue El Mozote ensangrentado, y en una hermosa plaza liberada se detienen a llorar por los ausentes.

No es fácil escuchar los testimonios de los pobladores del caserío El Mozote, sin que se sienta un nudo en la garganta; la elocuencia con la que se expresan, acompañada de sus gestos y la intensidad de su voz reflejan el coraje y el desprecio que sienten esas personas de humilde hablar y vestir ante lo sucedido.

Es como si quisieran detener el tiempo y evitar la matanza de la que fueron víctimas sus seres más amados; incluso los niños y jóvenes, al ver a una persona extraña en el lugar, se le acercan y sin que se les pregunte cuentan los hechos como si ellos hubieran sido testigos presenciales de esos fatídicos días; lo importante ante todo es inmortalizar a los de El Mozote.

De las aulas a los campos de batalla

Como parte de las actividades didácticas formativas, la primera casa de estudios de El Salvador realiza con frecuencia actividades de extensión universitaria, donde los viajes de campo no son la excepción. Por eso desde muy temprano el jueves 24 de febrero partimos a Morazán para comenzar a tallar -a través de un viaje exploratorio- la práctica extracurricular evaluada que comprende visita a museos, charlas, entrevistas, recorrido por la zona y toma de fotografías.

Luego de unos kilómetros de haber partido del municipio de Perquín rumbo al caserío El Mozote, el vehículo en el que viajaba la comisión de la Universidad de El Salvador se detuvo por un instante en la calle pedregosa y angosta para preguntar por la ruta exacta hacia el lugar de la masacre. De inmediato sobró quienes nos acompañaron hasta la zona, y las primeras interrogantes surgieron: ¿Y ustedes de dónde vienen y a quién buscan…?

La respuesta los dejó complacidos: “Somos de la Universidad de El Salvador y pronto regresaremos con un colectivo de estudiantes de la Licenciatura en Periodismo”. Además les detallamos los objetivos académicos que la UES persigue al llevar a los estudiantes hasta los escenarios de la pasada guerra.

De inmediato los ojos húmedos delataron la nostalgia y la inquietud que embargaba a Cecilia Chicas Amaya quien exaltada expreso: “Yo soy prima de Rufina Amaya, la sobreviviente de la masacre de El Mozote y quiero contarles como el ejército mató a toda mi familia”. Número telefónico en mano y la dirección de su casa es parte de los primeros contactos de la agenda que los estudiantes desarrollaran en el lugar, el próximo 9 y 10 de abril cuando se realice un viaje de campo de la materia de Movimientos Sociales en El Salvador II.

Cuando ya casi nos despedíamos del lugar, la prima de Rufina Amaya trataba de capitalizar los escasos minutos que le quedaban: “Yo me salve porque me fui huyendo unos días antes a Honduras, estaba desesperada porque todos los días llegaba la Fuerza Armada y nos acusaba de delincuentes terroristas y de estar escondiendo armas”.

Mientras la prima de Rufina Amaya hablaba, otros testimonios se alternaban, entre ellos el de Tomás un ex combatiente que ahora vive en el cantón La Guacamaya: “Yo fui de la Brigada Rafael Arce Zablah (BRAZ) y el espíritu revolucionario lo llevo en la piel”, dijo en tono categórico, resume que ante la injusticia de ese entonces se vio obligado a buscar cambios para el país; “por eso me incorporé a la lucha armada”, manifestó con evidente satisfacción.

Su discurso dio la pauta a esta periodista para interrogarlo: ¿Considera que hay cambios en El Salvador con el gobierno de turno?; Su respuesta fue un rotundo sí, que acompañó con la siguiente explicación: “Lo que pasa es que no se puede hacer todo de la noche a la mañana, el proceso es lento pero seguro; y todos debemos empujarlo”. La prima de Rufina interrumpe: “Mire, yo tengo cinco hijos y me siento contenta porque el gobierno nos está ayudando con los útiles y el uniforme, y ahora ya viene el subsidio del gas...”

“¿Dígame usted cuándo se habían acordado de nosotros?”, interroga Tomás, “por eso digo que valió la pena alzar el fusil”; concluye este hombre que hoy se dedica a la agricultura y que no pierde las esperanzas de escribir toda su experiencia combativa que recoge desde 1974, cuando personalmente conoció a Rafael Arce Zablah y comenzó con su trabajo organizativo.

Mientras conversábamos con los adultos de El Mozote, Giovanni Chicas de 11 años y su amigo de 15 esperaban pacientemente para continuar narrando la masacre: “Cada ramo de rosas representa a las familias asesinadas”, se refiere a un lindo y bien cuidado jardín donde hay rosas de diversos colores. “Dentro del templo les dispararon hasta a los recién nacidos y este es el mural de los niños”, interrumpe su amigo; mientras señala la infinidad de nombres grabados en la pared, acompañados de sus respectivas edades que van desde escasos días de nacido hasta de 8, 9, 10,11 y 12 años.

Los niños y jóvenes conocen, viven y comparten todo el simbolismo que representa cada uno de los escenarios donde se les rinde tributo a sus ancestros. Todos tienen datos abundantes que decir; sin embargo, cuando se aborda la autoría de la masacre, son unánimes en señalar al Batallón Atlacatl y al Coronel Domingo Monterrosa Barrios, como los responsables materiales del triste y repugnante suceso de El Mozote.

“No se vayan sin conocer la casa de Israel Márquez, ahí asesinaron a todas las mujeres”, nos manifestaba una jovencita luego de vendernos unos dulces; “vamos, vamos…, si está cerca”, insistía una y otra vez, “además van a ver cómo quedaron las paredes después que los aviones aventaron bombas”. No cabe duda, los habitantes de El Mozote saben bien que cada visitante representa una arteria por donde circula la sangre que hace palpitar a sus seres queridos; “Porque ellos no han muerto, ellos viven…”, se lee en uno de los murales, a cuyo clamor se une también la Universidad de El Salvador.

Radio Venceremos, la frecuencia clandestina de la entonces insurgencia salvadoreña, fue el primer medio de comunicación que rompió el silencio y denunció ante el mundo la masacre de El Mozote; mientras sus pobladores, por temor a represalias del ejército, preferían hablar con reserva del tema en el campamento de refugiados de Colomoncagua, en Honduras. Sin embargo, hoy la situación es diferente y los habitante de El Mozote se han convertido en los portavoces más elocuente para que sus seres queridos vivan palpitantes en la memoria histórica de todos los pueblos.

El Mozote es un caserío donde bajo engaños de que les regalarían comida, ropa y dinero, el “especialista en guerra contrainsurgente”, Batallón Atlacatl, reunió a las personas de más de 10 cantones de los municipios de Meanguera y Joateca, y las asesinó; pero antes de cometer el brutal hecho, seleccionó a sus presas para satisfacer salvajes placeres: “A unos los apuñalaron a otros los estrangularon, a las muchachas las violaron repetidas veces, y a los niños los lanzaban al aire con sus bayonetas…”, son parte de los testimonios que ahí se recogen.

La masacre fue una operación a gran escala donde el comandante del Batallón Atlacatl, Coronel Domingo Monterrosa Barrios, junto con cinco compañías apoyadas por varias guarniciones militares, ensayaron una táctica castrense tan antigua conocida como “Yunque y Martillo”, la cual consiste en acorralar al enemigo hasta hacerlo caer en la trampa.

Por eso sitiaron un amplio perímetro rural de los municipios de Meanguera y Joateca, formando así un bloque de contención a lo largo y ancho de la zona que no permitió la escapatoria de sus víctimas; posteriormente las tropas se dividieron el territorio en diferentes puntos, avanzando por laderas, cerros y ríos; hasta alcanzar su objetivo: matarlos a todos.

Lo sucedido en El Mozote y sus alrededores fue una réplica al estilo Vietnam que se ejecutó bajo la política denominada: “Tierra Arrasada” que consiste en terminar con todo lo que pueda ser útil al enemigo. El derramamiento de sangre comenzó el 9 de diciembre de 1981 en Arambala y un día después el operativo militar dejó su huella de dolor en El Mozote; la artillería de infantería pesada por tierra y aire siguió avanzando por los cantones de: Rancherías, Los Toriles, La Joya, Poza Honda, El Rincón, El Potrero, Yancolo, Flor del Muerto y Cerro Pando.

En el brutal operativo que pretendía arrebatar el poder ofensivo al FMLN y capturar la Radio Venceremos, participaron unos cinco mil hombres, quienes con infantería pesada se enfrentaron a una población campesina, desarmada y numéricamente desproporcional; cuyos clamores de piedad fueron ahogados con balas y bombas.

Los reclutas de Monterrosa eran un infierno, ellos junto con su mentor practicaban todo lo aprendido: asesinar en masa a niños, mujeres, hombres y ancianos. Se dice, además, que acostumbraban matar todo tipo de animales, les extraían las vísceras, hacían sangrientas sopas y se las bebían mientras coreaban: “Iremos a matar un montón de terroristas”. Esto, afirmaban, les daba fuerzas extraordinarias en sus operativos de limpieza, mientras realizaban “las cruzadas anticomunistas” como la de El Mozote. La masacre de El Mozote más parece una historia extraída para guión cinematográfico, que sacudió el tema de derechos humanos en El Salvador, y exigió de la comunidad internacional la depuración inmediata del Alto Mando de la Fuerza Armada. Además puso en evidencia la participación directa del gobierno de Estados Unidos, ya que fue en esta nación norteamericana donde se adiestró al Atlacatl, el primero de los cuatro Batallones de Infantería de Reacción Inmediata (BIRI).

Meanguera y Joateca son dos lugares donde el batallón Atalcatl sumó a su largo y oscuro expediente militar, otro brutal y cobarde hecho cuya herida histórica reclama justicia; por encima de una Ley de Amnistía que terminó premiando a los criminales de guerra de El Salvador. Ambos municipios que en el pasado fueron satanizados por las tropas del Coronel Domingo Barrios; cuando a su paso dejaron enormes y densas columnas de humo que se elevaban desde el paisaje montañoso, mientras se escuchaba por todos lados el estruendo de morteros y el tronar de artillería; ahora es un campo santo.

El saldo de masacrados en El Mozote es tres veces más que el de Guernica -la población que fue bombardeada durante la guerra civil española- han pasado 29 años y el dolor por los ausentes es profundo en sus habitantes porque cada uno lleva dentro la huella indeleble de lo sucedido. Pero en medio de estas calles y caminos vecinales que se tiñeron de sangre en aquel diciembre negro de 1981, se levanta la voz pujante de un pueblo que al unísono dice: ellos no han muerto, ellos viven en el corazón de su pueblo.

Cecilia Cabrera es docente de la Universidad de El Salvador.

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