jueves, 7 de abril de 2011

México: Hartazgos

Gerardo Fernández Casanova (especial para ARGENPRESS.info)

“Que el fraude electoral jamás se olvide”

¡Estamos hasta la madre! Así plasmó Javier Sicilia el hartazgo al que hemos llegado en México. Así de simple y así de contundente. La frase adquiere carácter de santo y seña para volvernos las caras en el espejo del otro que es igual a mí y con quien me identifico y que me identifica. ¡Todos somos Francisco Sicilia! Todos somos las víctimas de una guerra para la que jamás fuimos consultados y que no entendemos y, mucho menos, aprobamos. Todos somos Javier Sicilia, somos los padres y los hermanos, las madres y las esposas, los hijos y los amigos entrañables de los que han sido masacrados en esta guerra estúpida, más estúpida que todas las estúpidas guerras.

Escribo estas líneas en la mañana del miércoles 6 de marzo de 2011. Hoy por la tarde marcharemos en Cuernavaca y en otras ciudades del país y del extranjero, en airada demanda de justicia y de paz. Seremos muchos. Ya la indignación rebasó al miedo. Estamos hartos del engaño y de la manipulación. Sería un nuevo engaño que, después de las marchas multitudinarias, el espurio saliera con su acostumbrado atole con el dedo y convocara a sesudas reuniones de toma de compromisos, con amplia difusión mediática para lucimiento de demandantes comedidos y bien portados. No es el caso; quienes las promueven, con Sicilia a la cabeza, no son clientes para “salir en la tele”. No es la simple consigna de que si no pueden, mejor renuncien; sino la de que se vayan porque han demostrado que no pueden o no quieren por estar coludidos.

Nadie ha pedido que pacten con el crimen organizado. Son los manipuladores de la desinformación que, con las cejas levantadas, buscan desvirtuar la protesta. Hoy por la mañana, el nefasto conductor del noticiero de Televisa entrevista al, también nefasto, Secretario de Seguridad Pública y le pregunta respecto de la propuesta de Sicilia de pactar con el crimen (¿?). El entrevistado, envuelto en el disfraz de la honorabilidad y también con la ceja levantada, niega esa alternativa aduciendo que equivaldría a tolerar y consolidar el crimen. En paralelo ya se soltó la jauría de “apoyadores de la protesta” con despliegue de recursos mediáticos, que pretenden subirse al carro para luego desvirtuarlo. Habrá que estar alertas que ya sabemos cómo se las gastan.

¡Estamos hasta la madre! Ya no pueden seguir soportándose tantos agravios. Lo dicen los campesinos al clamor de “el campo no aguanta más” y los obreros, cada vez más reducidos en sus derechos; los migrantes y los desempleados; las amas de casa ante la carestía; los jóvenes que no tienen espacio para trabajar ni para estudiar; los empresarios pequeños y medianos desplazados por la competencia desleal de las importaciones. Todos agraviados por la torpeza y la corrupción de gobernantes y politicastros; por la violencia desatada y por la inseguridad; por la brutal injusticia acumulada; por la tremenda descomposición del entramado social y del estado.

Pero no es cosa de sólo protestar por lo que otros hacen y hacen mal o dejan de hacer. Esta movilización tiene que llevarnos a protestar contra nuestra cobardía y nuestra incapacidad para ejercer a plenitud la soberanía del pueblo; a reclamarnos por el egoísmo y la falta de solidaridad, por levantar los hombros e ignorar el reclamo de auxilio de otros que sufren agravios; por preferir la comodidad del adoctrinamiento televisivo que escuchar o leer la palabra de los que privilegian la verdad. Es tiempo de atender a los valores y a los principios, recrear una ética de la generosidad y la honestidad para normar las relaciones en la sociedad. De nada servirán mil movilizaciones, incluso con destituciones de gobernantes, si la sociedad se mantiene en la misma condición podrida que finca el éxito en el tener y en el dinero. Mientras esta aberración prevalezca nadie podrá erradicar el crimen y la violencia, por más ejércitos que se empeñen en buscarlo. Hay que emprender una real revolución de la conciencia y crear una nueva sociedad. Hay que recuperar el valor y la dignidad de la política, así como de la vocación sincera de servicio público; desterrar las prácticas del engaño y la corrupción.

Que los hartazgos dispersos se conviertan en el gran hartazgo de todos para gritar ¡Ya basta!.

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