jueves, 28 de abril de 2011

Retroprogresismo (Parte III - Final)

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Alfredo Grande (APE)

“Pensar es no tener que pedir perdón”
(aforismo implicado)

Walter Bulacio, el símbolo. El 19 de abril de 1991, el joven de 17 años era detenido en una razzia antes de un recital. Murió una semana después. El reclamo de justicia marcó a una generación. Y la impunidad del caso mostró las complicidades de un sector de la Justicia con el poder político y policial. Hace veinte años, a Walter Bulacio lo llevaban detenido a la comisaría 35ª de Núñez, cuando estaba en las afueras del estadio Obras. Tenía 17 años. Una semana después murió producto de la golpiza que esa noche recibió en la seccional. Por el hecho fue acusado el ex comisario Miguel Angel Espósito. El caso se convirtió en un símbolo de protesta contra la represión y violencia policial. Y la causa judicial, que prescribió en el año 2002 y terminó con una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos contra el Estado argentino, resultó un caso modelo de impunidad de la Justicia y su connivencia con sectores del poder policial y político.
Recién en 2008, el gobierno de Cristina Kirchner solicitó a los gobernadores que derogaran los edictos policiales y normas locales que dan vía libre para privar de la libertad a una persona sin orden judicial. Verdú alertó que “la averiguación de antecedentes sigue vigente en todo el país, los Códigos de Faltas son peores que los que estaban en 1991, como por ejemplo el de la Ciudad. Y todas las reformas de los códigos se hicieron con un carácter represivo”.
Leonardo Rossi. PAGINA 12

Hace muchos años, un sociólogo francés, Roberto Castel, escribió un libro que se constituyó en un analizador de la institución del psicoanálisis. “El Psicoanalismo: el orden psicoanalítico y el poder”. Mostraba cómo la profecía revolucionaria del descubrimiento teórico freudiano, había sido esterilizada de sus efectos políticos sociales. Una de las consecuencias de ese engendro ha sido el denominado “psicoanálisis individual”. Y la construcción de la coqueta Villa Freud. Mis “Crónicas de Trapo desde el psicoanálisis implicado” intenta ser lo opuesto a la esterilización. Pretende fertilizar el pensamiento político con una reflexión sobre la subjetividad, porque siguiendo a León Rozitchner, “el sujeto es núcleo de verdad histórica”. La historia tiene verdades y una de las verdades fundantes de la historia es la lucha de clases. Por eso mientras hay lucha hay esperanza. La negación de la lucha de clases no implica la armonía y la equidad, sino la hegemonía de una casta. Casta que no se reconoce como tal pero que es una de las marcas de las corporaciones, incluso de las mejores. En la corporación judicial los apellidos se repiten hasta el hartazgo. Se acerca más a mecanismos sucesorios y de herencia familiar, que de logros obtenidos por méritos académicos y experiencias laborales. El retroprogresismo es el equivalente teórico y político del psicoanalismo descripto por Roberto Castel. El progresismo encuentra tanto en su avance socialdemócrata como social cristiano, un muro de titanio: las inexpugnables corporaciones del modo capitalista, que es económico y cultural. El progresismo retrocede porque hay corrales que no está dispuesto a pulverizar, pero retrocede mirando para adelante, con lo cual suele chocar con algunos impresentables que lo miraban de atrás. No huye, simplemente recula. En la actualidad de nuestra horizonte electoral, colectoras mediante, el progresismo se encuentra con el muro de titanio de las corporaciones partidarias. El PJ y la UCR. La nueva ley favorece a ambas, y con el truco y quiero retruco de alianzas, pactos perversos, y los amores de estudiante de las fórmulas para gobernador, intendentes, incluso presidenciales, ya que sostienen hoy un juramento y mañana una traición, el voto obligatorio, y la atracción del orgasmo de urnas, el alucinatorio social democrático tendrá su ratificación popular. Es decir: las elecciones son la fiesta pagana del retroprogresismo. No se vota porque es democracia, es democracia porque se vota. Por lo tanto el voto es un fetiche y como dijo alguien inspirado, “si realmente sirvieran las elecciones, estarían prohibidas”. Pero como todo fetiche, tiene efectos sobre la subjetividad. El Mio Cid, muerto aun, pero todavía imponente en su cabalgadura, aterrorizaba al sarraceno. El retroprogresismo necesita fetiches, o sea, la mejor trenza de la china, aunque la china ya esté en otra. Por eso necesita lo que denomino el cultivo de la memoria heroica. Y no hay mayor heroísmo que la lucha contra todas las formas de tiranía. En eso coincidimos todos (al menos todos los que leen estas páginas) pero no coincidimos todos cuando digo que hay tiranías de ejercicio aunque no de origen. Viene a mi memoria cuando por decreto de Aramburu, estaba prohibido el nombre de Perón y el periodismo de la época decía: el tirano prófugo. El retroprogresismo de la época, que no tardó en sumarse a sectores reaccionarios, obviaba que había un tirano no prófugo y que era justamente Aramburu. En nuestra actualidad, el retroprogresismo no enfrenta a Scioli, vicepresidente con Néstor Kirchner, al que bien podríamos bautizar como el Cobos de Menem. No lo enfrenta, sino lo que ladea. Le pone al lado al enigmático Sabatella, mentor de un frente anti pro, otra de los deleites del retroprogresismo. En vez de pensar por qué el kirchenrismo coloca un cuerpo con tres cabezas para la ciudad, (lo que parece más digno de Vincent Price o Boris Karloff) busca reunirse con todas las cabezas todas, aunque sea un mismo kuerpo, o sea, está dispuesto a subir al tren fantasma sin problemas. Sabatella lo ladea a Scioli, lo compensa, en cierta forma lo blanquea o lo negrea, pero no le da ningún color. Es como llevar a pasear al rottweiler junto al caniche. Por eso el retroprogresismo puede ladearse por izquierda y por derecha, pero cuando se cae (siempre se cae) se cae por derecha. Y abre el paso a la negación histórica del voto que es la bota. Y volvemos a añorar las urnas, aunque durante un tiempo estarán bien guardadas. Los coparticipes necesarios de la salvaje dictadura no sólo fueron empresarios corporativos, sino también políticos, jueces, abogados, médicos, periodistas, etc. Y por omisión, legiones de mirones y mirandas como cantaba Maria Elena Wlash, auspiciaron y sostuvieron lo que en otros lares denostaban. Creo que siempre citado tero podría ser el logo de retroprogresismo. No hay mayor asignación y nada universal por cierto, que para el selecto grupo de empresas que extraen, contaminan, rompen todo, venden todo y ni siquiera sobras de las bestiales ganancias del banquete depredador dejan. Al retroprogresismo le apasiona marcar enfáticamente cambios, diferencias, decisiones a rajatabla, sintetizadas todas en el fetiche democrático del “nunca más”. ¿Por qué el nunca más excluyó a Walter Bulacio? ¿A qué edad, clase social, gustos musicales, color de piel, el “nunca más” prescribe?. ¿Por qué el nunca más excluyó a los masacrados de Cromagnon, y todavía algunos periodistas siguen hablando de “tragedia”? Y Marcelita Iglesias, la nena aplastada en el paseo de la infanta, que fue en realidad el asesinato de la infanta. La causa prescribió porque el nunca más, como la mentira, tiene patas cortas. ¿Y el hambre viene de Marte? Y los comics que el gobierno realiza para explicar la deuda externa que además sigue pagando, ¿se harán para los desnutridos, los enfermos, para todos los condenados de la tierra?. El retroprogresismo ni siquiera se lo plantea. Es más importante discutir por qué Pino Solanas se baja a la ciudad, que de todos modos no es lo mismo que abalanzarse, que pensar como el retroprogresismo ciego, sordo mudo y boludo, le dejó la ciudad servida al fascismo de consorcio de la Matrix Macri. Parece que la última esperanza es la Gendarmería, que en la provincia de Buenos Aires ladea a la bonaerense. El único antídoto que conozco contra el dengue retroprogresista es una dosis permanente de anti capitalismo (el serio, el salvaje, el grotesco, el feudalizado) y dosis graduales de batallas culturales que subviertan el orden de todos los cementerios, públicos y privados. Haber extraditado a Joaquín Perez Becerra a Colombia por parte del gobierno chavista va en el sentido contrario. Del socialismo del siglo XXI al feudalismo de siglos pasados. El retroprogresismo propicia, atrae, invoca y convoca aquello que dice detestar. Y además, nos llena de culpa cuando pretendemos pensar. Y de la culpa sólo salimos en una implicación colectiva y autogestionaria.

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