martes, 3 de mayo de 2011

El alarido en llamas

Silvana Melo (APE)

Cuando Graciela Araya chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta, no era una excluida. Era un mosaico des-privilegiado de un Estado que implica, como base constitutiva, la inequidad. Un monstruo multicéfalo, el Leviatán de Hobbes, que no desecha al estado de naturaleza fuera de las fronteras de su originario pacto social sino que sostiene su esencia en la médula de la violencia y la desigualdad.

Sólo soñaba una casa. Una casita. Con mesa y mantel y una cena tranquila después del arduo peregrinar pirquinero. Del derrotero penoso del colador cotidiano que a veces retiene la arenilla dorada. Y es una fiesta la migaja caída de la gran boca de la Barrick que quiere devorarse las entrañas del Famatina. Del cerro dorado que pone los pies para que la gente sin tierra le arrime sus chapas. Una casita. Nada más. Donde descansar los huesos y oír respirar a los niños como un duenderío de las madrugadas.

El pacto que encarna ese Estado donde ella no era una excluida es, dice Alessandro Baratta, “un pacto entre una minoría de iguales que excluyó de la ciudadanía a todos los que eran diferentes. Un pacto de propietarios, blancos, hombres y adultos para excluir y dominar a individuos pertenecientes a otras etnias, mujeres, pobres y, sobre todo, niños”. Y en la segunda pata de este pacto desigual dominante - dominado entrañó a las gracielas arayas de los arrabales del mundo. Puestas a ocupar el vértice de la historia donde se talan los sueños y se bajan las persianas del amanecer.

Cuando chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta era una silente, una invisible, una desterrada. Con su propio fuego se hizo ver. Brilló de pronto, como el oro que aparece muy de vez en vez en la rejilla.

Vivía con su familia en un campamento minero, con módulos de chapa. Ella y su marido tienen la espalda arqueada y se les clava el destino como una faca en la cintura. Viven de juntar el oro que se lleva el río. A veces los días y las noches desfilan como fantasmas envelados, desvelados, sin que el barro descuelgue un brillo mínimo en el torrente.

Ella soñó con una casa. Una casita breve, con bloques encimados, puerta y ventana como para asomar a las lluvias persistentes del verano. No más que eso. El intendente se la prometió una vez. Pero hay memorias tenues. Y planes definidos que la necesitan a Graciela Araya sin techo y en el borde para subsistir en su estructura destinada al sustento de los privilegiados. Que no es sin el descarte de los otros. Sin la desigualdad sistemática y sistémica. Sin la violencia intrínseca del despojo y la literal del castigo.

Cansada de esperar, harta de espiar por la mirilla los actos oficiales, con el desasosiego del no tácito, ni siquiera pronunciado, Graciela Araya se paró delante del palco donde el intendente de Famatina festejaba el aniversario del pueblo entregando viviendas. Buscó los ojos del intendente, quiso que la viera, deseó conectarle la tenue memoria. Pero vio la chapa de sus paredes sin ventana donde asomar a su puesta del sol pirquinera. Y pisó su suelo doméstico de tierra y piedras que se humedece a la noche cuando tiene que acalorar el catarro de sus niños a fuerza de pecho y nanas.

Cuando chasqueó el encendedor sobre su cuerpo empapado de nafta supo que ésa era su rebelión. Su pequeña y anónima revolución. El fuego y el olor de su ropa y de su carne quemada escandalizaron la fiesta social y el cumpleaños selectivo.

Su incendio público fue su insurrección personal. Pero también el grito extemporáneo de los silentes y los confinados. El alarido en llamas de los nadie.

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