jueves, 23 de junio de 2011

Argentina: Los represores también fueron violadores

Sandra Chaher (ARTEMISA)

La organización internacional de derechos humanos Women's Link Worldwide premió un fallo emitido en la República Argentina sobre la violencia de género durante la última dictadura militar. La sentencia, emitida por un Tribunal de Mar del Plata, fue pionera y aún no es seguro que sea emulada en las demás causas que se siguen por similares violaciones de los derechos humanos.

Leí el Nunca más a fines de los ’80, terminando el secundario. Durante muchos años me persiguió la misma imagen que hoy recuerdo con claridad: un represor introduciendo una rata en la vagina de una detenida. De todas las humillaciones, torturas y maltratos, me pareció la peor. Probablemente porque era mujer y podía sentir cómo habría sido ese castigo en mi cuerpo.

Aún siendo terribles los tormentos que atravesaron las mujeres abusadas y violadas durante la última dictadura militar, debieron pasar más de 20 años para que se atrevieran a contarlo ante los Tribunales. Y si bien en el Juicio a las Juntas y en el Nunca Más aparecen testimonios escalofriantes de abusos sexuales de todo tipo, hasta hace muy poco se los consideró sucesos aislados, que no configuraban un delito sistemático como las torturas o las desapariciones. Pero los avances en la jurisprudencia internacional, sumados al propio proceso interno de juzgamiento de los crímenes de la dictadura, hicieron posible que el año pasado dos sentencias fallaran en la línea del reconocimiento de la violación durante la dictadura como un crimen de lesa humanidad, es decir que perjudicó y tuvo como víctima a una amplia porción de la población civil.

En abril del 2010, el Tribunal Oral Federal de Santa Fe dictó una sentencia en la que por primera vez la violencia sexual fue considerada crimen de lesa humanidad. Y en junio del mismo año, el Tribunal Oral Criminal en lo Federal de Mar del Plata condenó al represor Gregorio Molina, entre otros delitos, por violación en forma reiterada agravada por la calidad del autor encargado de la guarda de la víctima. Este segundo fallo separó por primera vez el delito de violación sexual del de tormentos, dándole visibilidad a un tipo de violencia padecida específicamente por las mujeres, y dictaminó que la única prueba necesaria para probarlo eran los testimonios de las víctimas. Esta es la sentencia que acaba de recibir el primer premio de la organización internacional de derechos humanos Women's Link Worldwide, que promueve los premios Género y Justicia al Descubierto para los fallos que más promuevan la equidad de género y también para los más sexistas.

Lamentablemente, la sentencia premiada de Argentina, podría no ser emulada por otros tribunales. Si bien hay más causas abiertas contra represores y genocidas en su calidad de violadores, se desconoce cómo considerarán la recolección de la prueba y mucho menos si en la sentencia los condenarán también por el abuso sexual y la violación sistemáticas de las mujeres en los campos de detención.

Con el objetivo de proteger los derechos humanos de las mujeres y apuntalar estos procesos judiciales en la línea de la visibilidad de los crímenes específicos de género, las organizaciones CLADEM (Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos Humanos de las Mujeres) e INSGENAR (Instituto de Género, Derecho y Desarrollo) se presentaron en febrero del 2010 como Amicus Curiae en una causa que se tramita en los Tribunales Federales de San Martín, señalando que la violencia sexual cometida en los centros clandestinos de detención de la dictadura fue parte del plan sistemático de represión ilegal, y por lo tanto constituye un delito de lesa humanidad, imprescriptible.

Analía Aucía y Susana Chiarotti -responsables principales de la presentación judicial y de una investigación sobre el mismo tema que llevan adelante las dos organizaciones- publicaron en octubre del 2010 en la revista feminista Brujas un artículo llamado 'Violencia sexual como delitos de lesa humanidad. El caso de la última dictadura militar en Argentina' en el que analizan la violencia sexual –sobre todo en el contexto de los conflictos armados- como una pulsión de dominación y castigo, y no de deseo. Los varones violan a las mujeres para humillarlas y degradarlas, pero también para demostrarle al enemigo quién manda.

En prácticamente todas las guerras del siglo XX se encuentran casos de abusos sexuales y violaciones masivas de mujeres por parte de los ejércitos invasores. Las mujeres fueron víctimas de los soldados alemanes y soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial, de los franceses en Argelia, y de los norteamericanos en Vietnam. Hace pocos años, los serbios abusaron brutalmente de las mujeres de Bosnia, y los hutus de las tutsis en Ruanda. Estos últimos casos fueron juzgados en el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoeslavia (2001) y el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (1998), donde por primera vez se habló de la violencia sexual como crimen de lesa humanidad. Y en el 2002 entró en vigencia el Estatuto de Roma que crea la Corte Penal Internacional, en el que se codifican por primera vez, a nivel internacional, los crímenes de violencia sexual y de género como los de mayor gravedad bajo el derecho internacional.

Este favorable panorama internacional para el juzgamiento coincidió en la Argentina con la reapertura de los juicios a los integrantes de la dictadura militar impulsada por el ex presidente Néstor Kirchner. Sin embargo, debieron pasar más de siete años desde la reapertura de esos juicios para que se diera el contexto favorable para que las víctimas de violaciones hablen y sean escuchadas.

Quienes estudian el tema se refieren al permanente ocultamiento –tanto en Argentina como en otros países- de este tipo de crímenes, en gran parte por la vergüenza de las mujeres y el estigma del que son víctimas cuando dan testimonio. También habría influido la poca valoración del delito frente a otros aparentemente 'superiores' como las torturas y las desapariciones. Finalmente, se señala la importancia de la disponibilidad de la escucha. Si alguien habla y no hay quien escuche ese discurso estamos frente a la locura. Recién ahora pareciera comenzar a darse en Argentina la posibilidad de oír y aceptar que la dictadura militar se ensañó en particular con las mujeres haciéndolas objeto de torturas sexuales atroces.

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