jueves, 23 de junio de 2011

Argentina, Mendoza: La escuela partida en cuatro y sus pajaritas de papel

Ulises Naranjo (MDZOL)

¿Quién diría que no es así?: las poblaciones marginales son condenadas a recibir una educación marginal. Aquellos que no viven al margen están dispuestos a todo antes de no ceder su lugar. Dime dónde vives y te diré cuán afortunado te puedes considerar. Acá te presentamos un caso patético, aunque bien mendocino. El esfuerzo recompensado es una metáfora perdida.

Autor foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Cada uno vive como puede: los que pueden, viven bien y los que no pueden sobreviven y nadie está realmente dispuesto a que este asunto cambie en verdad. Eso de que si uno se esfuerza, consigue cosas en la vida, es una metáfora pedorra que enarbolan los satisfechos. Ellos, los considerados, los bien pensantes, los presumidos, los devotos, gastan la mitad de sus palabras aleccionando a los desdichados.

Vamos a un caso, al caso de siempre: una pobre escuela en barrio pobre, niños y jóvenes hermosos como caballos salvajes y urdiendo sus propias metáforas en las praderas del olvido. Nosotros, que los miramos desde afuera, queriendo tenerlos lejos, en lo posible encerrados en cárceles, no necesitamos de ellos: el limpiaparabrisas nos funciona sin necesidad de que nadie venga a pasarnos el trapito y las monedas nos sirven para enseñar a nuestros hijos las bondades del ahorro.

Autor foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Del mismo modo que cada uno vive como puede, está claro que cada uno se educa como puede. Ahora, nadie venga después a pedir maravillas de estos chicos: si los corren al extremo, vivirán, pues, en el extremo. Aún así, ellos –tercos, esperanzados, inocentes, al fin– insisten en educarse. Así las cosas, veamos qué ocurre con sus afanes.

Desde la dignidad

Fabián Testa se llama la escuela partida en cuatro del barrio Flores Sur, del oeste de la Ciudad de Mendoza. Fabián era profesor de la escuela y murió el año pasado y toda la comunidad educativa bregó para ser llamados con el nombre de quien fuera un gran tipo. Arriba, hay un cuadro con la cara del tipo. Fue pintado por Pilar Bosia, la profesora de Plástica, un ser que se presume tan dulce como una grulla de papel.

La directora de la escuela es la infatigable Cristina Moscoso, quien, ahora mismo que recuerda a Fabián, deja salir unas lágrimas. Bah, no las deja salir: se le escapan.

- Duele, duele mucho. El lucho mucho por la escuela y sabía que, si lo que queremos es educar bien, debe ser desde la dignidad.

Autor foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Estamos en la dirección de la escuela. La dirección es una casilla de metal de dos metros y medio cuadrados. La dirección también es depósito de materiales didácticos. La dirección también es la cocina de la escuela. Allí en un ínfimo rincón, esta enorme mujer enarbola su parábola de la educación argentina. Rápidamente pensamos: con puñados de mujeres así, salimos campeones del mundo

Miremos a nuestro alrededor: barrio Flores Sur, caserío obrero a merced del invierno y, en su pecho, en distintas partes de su pecho, la escuela partida en cuatro: una parte, funciona en casillas de lata; otra en unas piezas oscuras y mal ventiladas que antes fueron destacamento policial; otra, en un centro comunitario del barrio y la cuarta, cuando hay que hacer Educación Física, funciona en el playón de la UNCuyo, donde hacen ejercicios de prestado.

¿No es esto lo que esperabas para tus hijos..? ¿No? ¿No lo es? Bueno, qué suerte: jamás estarás pisando este suelo. La escuela Fabián Testa será para vos lo mismo que Dios: no mucho más que un tema de conversación.

Pajaritas de papel

Estos pendejos no entienden. Estos docentes no se ubican. Esta directora esta chapa, chapa mal… Resulta que, ahora, se les ha ocurrido… ¡estudiar computación! ¡¿Pero con qué derecho?! No contentos ellos con que todo el mundo les de las espaldas, la comunidad educativa de la escuela trabó un convenio con sus vecinos de la UNCuyo y los docentes se capacitaron y ahora se capacitan los alumnos (entre nosotros, sin que ellos nos oigan, imaginen a los chicos en la estupenda aula virtual de la UNCuyo, con 25 computadoras para ellos y acceso a Internet).
- Cuando ves a los chicos en las computadoras, no sabés de dónde son. No hay ninguna, pero ninguna diferencia entre ellos y otros chicos del centro. Ahora, si los ves acá, en esta escuela, en el barrio, por ahí pensás distinto…
Conectar Igualdad, ese magnífico programa de Presidencia de la Nación, a ellos no los conecta, no los incluye, pues no fueron contemplados: “Somos inexistentes; somos invisibles. Somos una demanda que no demanda”, dice Cristina, desde su breve espacio enlatado, en el oeste de la Ciudad.

- Se están capacitando en computación, pero no tienen computadoras…

- Así es…

- ¿Y si armamos una campaña de donaciones?

- Sería maravilloso, pero ¿dónde las instalamos? Si acá tenemos no tenemos lugar para nada…

El olorcito a leche con chocolate hace que, por unos segundos, nos olvidemos de todo. Se muere un doloroso otoño de la vida y ellos, los infortunados del oeste, piensan, conjugan tiempos futuros.

Entra Pilar, la profe de Plástica, es dulce y breve como una pluma de torcaza, pero tiene la determinación de un caza bombardero. Hace poco, Pilar trajo un sueño hasta la escuela: según una tradición oriental, si se crean mil grullas de papel, los creadores pueden luego pedir un deseo, que será concedido.

Para conjurar el desencanto general, Pilar, los chicos, sus madres y los docentes, todos, se pusieron a construir mil pajaritas de papel. Sin embargo, luego de la dura faena, cuando llegó el momento de pedir el deseo, se equivocaron, como pésimos aprendices del capitalismo salvaje que son: en lugar de pedir una escuela decente, una sala de computación o de profesores o un patio con playón deportivo o baños dignos, esa clase de cosas, pidieron por asuntos del corazón:

- Pedimos querernos más. Ser más amigos…

Casi siempre sucede así: al principio, los docentes llegan a estas escuelas porque están empezando, porque no tienen puntaje, pero a poco de andar en estos escenarios (hostiles para el normal desarrollo del proceso educativo) descubren la maravilla de sentirse realmente útiles: “Y te entusiasmás y ya no querés irte. Acá, en esta escuela, hay gente muy valiosa y tenemos también el apoyo de algunos amigos valiosos de la UNCuyo”, completa Cristina.

No dejemos pasar un dato: hace diez años o más, hicimos una nota semejante en el barrio y el director de esta escuela era el ahora político de carrera José Ribas –subsecretario de Educación de la provincia–, quien, según parece, ejerció el olvido con maestría de funcionario. Si algo está faltando aquí, amigos, es la presencia de la Dirección General de Escuelas. Quién sabe qué pensará Ribas al respecto…

Nos vamos, convencidos de que lo ganado, lo aprendido y lo prosperado, en buena medida, porta el carácter de lo saqueado. Queda en claro que, si este mundo, a su manera, sigue funcionando, no se debe precisamente a nuestras capacidades de adaptación o habilidades para el olvido, sino simplemente a uno cientos de pajaritas de papel que nos mantienen con vida.

Autor foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Autor foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Autor foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Autor foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Autor foto: Nacho Gaffuri / MDZ

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