miércoles, 29 de junio de 2011

Por caminos correctos

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Nunca he encontrado a un erudito que sea capaz de mencionar diez revoluciones consumadas y trascendentes: Norteamérica (1776) Francia (1789), México (1910), Rusia (1917), China (1949) Cuba (1959). No hubo ninguna revolución en la antigüedad, en la esclavitud ni en el feudalismo y tampoco en Africa u Oceanía. Obviamente ciertos discursos políticos abusan de la idea de forzar la revolución cuando en realidad se trata de promover una evolución continua y ordenada. Según Silvio Rodriguez, les sobra la “R”.

Las evidencias históricas y las experiencias del movimiento popular, se inclinan más hacía la gradualidad en el desarrollo, incluyendo los procesos políticos. Aunque en los manuales de marxismo se afirmó que era posible “quemar etapas”, incluso transitar de condiciones semi feudales al socialismo; los resultados de aquel experimento están a la vista y no acreditan la idea de que en países pobres, atrasados y dependientes sean sostenibles modelos políticos avanzados.

Partiendo de esa lógica, desde el punto de vista del movimiento popular y de la izquierda centroamericana, el resultado del intenso proceso político iniciado en Honduras en junio de 2009 con el golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya, no podía ser más estratégicamente significativo. De haberlo sospechado, la oligarquía y el imperio hubieran permitido al presidente terminar su mandato, incluso habrían preferido que regresara al poder.

Con la formación del Frente Amplio de Resistencia, la vanguardia política hondureña ha dado un paso estratégico mediante el cual trasciende la “partidocracia”, toma distancia de la política tradicional, pone el poder al alcance del movimiento popular y aísla a la oligarquía creando un escenario en el cual: se está con el pueblo o contra él.

Con esa acción, el movimiento político asume una entidad nacional que afirma su capacidad de convocatoria no en la referencia a una ideología o a un programa más o menos exótico. Esta vez no se trata de una fabricación política sino de un resultado del proceso histórico cuya paternidad nadie puede atribuirse.

De ahora en adelante, por sus propios caminos y como parte de su maduración, este movimiento, junto a las tareas inmediatas como es la convocatoria de una Asamblea Constituyente, ampliarán sus horizontes, se plantearan metas más altas y globales, como son la lucha por la democracia, los esfuerzos por la integración regional, la oposición a las bases militares, el rescate de las riquezas nacionales y la lucha por los derechos humanos, llegando a enfoques clasistas y tal vez, en su momento, asuman el socialismo como opción.

Aunque no niego que las consignas socialistas tienen vigencia y me gustaría que quienes, a veces desde la distancia las sustentan, tuvieran razón, en general en ciertos escenarios latinoamericanos suenan abstractas, en todas partes cargan un pesado lastre y debido a estereotipos y oposición de oficio, se abren paso con dificultad entre las masas.

De ahí la pertinencia de un enfoque como el del Frente Amplio de Resistencia en Honduras que se propone metas nacionales con gran capacidad de convocatoria y que pueden ser alcanzadas en la presente etapa.

El discurso anticapitalista al estilo de algunos académicos o futurólogos que, en lugar de mirar al interior de países extraordinariamente pobres, dominados por oligarquías antediluvianas en los cuales hay tareas básicas del proceso civilizatorio pendientes y se guían por escritos en los cuales hace 100 o más años anunciaban como inminente la crisis general del capitalismo en fase de descomposición; tiene escasas posibilidades de servir como elemento movilizador de las masas latinoamericanas.

Quienes creyeron que las movilizaciones populares en Tunez y Egipto conducirán a algo parecido a la Comuna de París o al triunfo bolchevique y con optimismo ven rasgos de una revolución anticapitalistas en las protestas en España o Grecia, no solo están equivocados sino que hacen un flaco servicio al levantar expectativas exageradas.

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