lunes, 4 de julio de 2011

El enojo no inhibe a la solidaridad ni invalida a la memoria: ¡¡¡Mejórese, Presidente Chávez, América lo necesita!!!

Ingrid Storgen

Hace apenas dos meses dije en una nota pública que me sentía consternada. El motivo de esa preocupación que por otra parte, aún perdura, fue la entrega a Colombia de un bolivariano a quien se le pisoteó su derecho humano internacional. Se trataba del periodista Joaquín Pérez Becerra, ciudadano sueco, nacido en una Colombia que lo expulsó a fuerza de crímenes y persecución.

Como nunca me gusta hablar de mí, sino de nosotros, quiero recordar que muchas voces se levantaron cargadas por el mismo asombro y consternación que me embargaba, dejándonos casi paralizados, tragando lágrimas y formulando mil “por qué”, que aún no tienen respuesta.

Quienes hablamos en ese momento fuimos tildados poco menos que de contra revolucionarios, cuando no, directamente, de estar favoreciendo all imperio. No faltó quien dijera que estábamos trabajando en ese sentido, como si el dolor que sentíamos fuera un acto contrario a nuestros principios declarados, también públicamente, durante muchos años por este medio y por los que fueran. Y eran dos dolores grandes, el de la injusticia y el de la decepción.

Hablábamos desde la convicción que demostró históricamente que ni aliándose a un presidente genocida alguien puede estar a salvo de agresiones de todo tipo y hasta puede ser más vulnerable hasta convertirse en víctima, incluso, de guerras bacteriológicas. Ellos, aunque más claros que nosotros, no tienen capacidad de agradecimiento. Son enemigos y como tales, actuarán cuando les de la gana.

Eso advertíamos, eso dijimos porque lo sentíamos, pero no fuimos comprendidos, abocados como siempre estuvimos a buscar al enemigo adentro, no donde debe buscárselo. Sí, fuimos centros de ataques verbales y escritos con la misma saña con que debería atacarse a quienes trabajan en unidad contra los pueblos.

A los pocos días de ese primer e inolvidable episodio, nuevamente, nuestros corazones fueron puestos a prueba, por otro acto tan irresponsable como el primero. Fue cuando también en Venezuela bolivariana se detuvo a otro bolivariano, Julián Conrado, cantautor, soñador de la Patria Grande Latinoamericana por la que se está trabajando, con ahínco, desde esa Venezuela que se convirtió en la segunda esperanza para Nuestra América, luego de la gloriosa Cuba y a partir de la llegada al poder del presidente Chávez.

Reconocerlo es lo mínimo que corresponde, mucho más en estos momentos.

Sólo habíamos dicho que reprobábamos esos gestos inesperados, por mi parte sigo haciéndolo y seguiré hasta encontrar una respuesta que me permita comprender lo incomprensible. Ahora nomás, hace pocas horas, una nueva angustia nos asaltó de pronto. Pareciera que la felicidad no acompaña a los habitantes de estos pueblos latinoamericanos que sólo pretenden hacer uso de su derecho a ser libres, sin tutelajes, sin atropellos, sin aniquilamientos.

Esta nueva angustia se desató al momento de saber que el Presidente Chávez, el mismo contra quien nos enojamos, estaba atravesando su peor momento por cuestiones de salud, esa enemiga invisible que llega siempre acompañada por la tristeza.

Escuchar y ver al líder indiscutible del pueblo bolivariano hablar sobre su enfermedad, con la entereza que lo caracterizó desde que asumió el poder, fue otro golpe muy duro. Esta vez nos enojamos con la vida que sabe, a veces, abofetear allí, donde más duele.

Y al decir pueblo bolivariano me refiero no sólo al venezolano, sino a todos los que bregamos por la concreción del ideario de Bolívar, el Che, Fidel y los mártires que sembraron su sangre por estas tierras. Fue duro porque pese a todo, el enojo no inhibe a la solidaridad y nosotros, los que tanto la incentivamos a lo largo de nuestra militancia por la vida, no queremos saberlo mal, preocupado y mucho menos queremos saber de la alegría escuálida, que así como nació de repente, morirá ahogada por su propio veneno y por nosotros, los pueblos, si hace falta que la ahoguemos.

Nuestra América está triste a partir del anuncio del presidente Chávez, porque Nuestra América y los nuestroamericanos sabemos los invalorables aportes que realizó por nuestros pueblos. El enojo tampoco invalida a la memoria.

Está triste porque no puede siquiera imaginar a la Espada de Bolívar sin su mano firme sosteniéndola, para frenar el avance fascista que pretende aniquilar lo logrado en su tierra. Que pretende derribar ese muro de contención que su política representa para el continente, aún con errores.

Es por eso que, aunque el dolor por los compañeros injustamente detenidos en su tierra no se apague hasta verlos libres, en lo que a mí respecta –ahora sí, hablo por mí aunque se que son muchos los compañeros que avalarán estas palabras- deseo, con todas mis fuerzas el pronto restablecimiento del presidente Hugo Chávez.

Deseo que sea ya, cuando su voz vuelva a sacudir hasta las piedras de esa tierra venezolana, hoy dignificada y retumbe en cada geografía hermana que sufre por saber que esta vez la vida le ha mostrado su cara más perversa, pero no tengo dudas que podrá sortear el mal momento que está pasando. Está en las mejores manos y están los pueblos pendientes brindando cariño de corazón. Y los corazones, cuando aman, multiplican sus latidos.

¡¡¡Fuerza presidente Chávez!!!

¡¡¡Fuerza Pueblo bolivariano!!!

¡!!Fuerza Nuestramérica, a prepararse para estar cuando haga falta!!!!!

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