lunes, 4 de julio de 2011

Venezuela: No hay sede vacante

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Mientras escuchaba la alocución del presidente Hugo Chávez que como Fidel Castro de Cuba y Lugo de Paraguay al saberse enfermos apostaron por la transparencia, recordaba que hubo gobernantes que asumieron otras actitudes ante los cuales sus contemporáneos y la historia fueron indulgentes. Nadie debe esperar esa reacción de la contrarrevolución para la cual la eliminación física de los líderes –de cualquier manera – es una opción preferida.

Hasta hace poco los gobernantes eran personas entradas en años, algunos casi ancianos, por lo cual no era extraño que padecieran algún tipo de enfermedad a lo que se sumaban las tensiones y el desgaste provocado por el esfuerzo de sus altas responsabilidades. Se dice que para calcular la edad de un ex presidente norteamericano, los años en la Casa Blanca deben multiplicarse por cinco.

Por cierto, Estados Unidos, donde ocho presidentes han muerto en el cargo (4 por magnicidios y 4 de muerte natural) han sido frecuentes los líderes enfermos. Entre otros, se recuerdan los casos de Stephen Grover Cleveland, único que ha gobernado en dos períodos no consecutivos a quien siendo presidente, en 1893 se le diagnosticó un tumor en la boca, al parecer maligno del cual fue operado en secreto. Cleveland sobrevivió 15 años la cirugía y murió a la edad de 71 años de un infarto no asociado al tumor. El lance no se hizo público hasta 1917.

Woodrow Wilson, electo para la presidencia en 1913 y reelecto en 1917 en octubre de 1919 sufrió un accidente cerebrovascular que prácticamente lo incapacitó para realizar su trabajo. En ese estado gobernó 15 meses más hasta concluir su mandato en 1921. Tanto el vicepresidente Thomas R. Marshall como el liderazgo congresional de la época se abstuvieron de promover su sustitución. Hasta 1924 los norteamericanos no se enteraron que uno de sus más destacados y activos presidentes ejerció el poder estando semiparalizado.

Para todos los norteamericanos, excepto para sus médicos, Franklin D. Roosevelt murió “de repente” en 1945 víctima de una embolia cerebral; en realidad se trató del más grave de varios accidentes cerebro vasculares o infartos lacunares, provocados por una incontrolable hipertensión arterial. Al postularse para presidente, Roosevelt había provocado una intensa polémica debido a ciertas discapacidades motoras derivadas de haber padecido poliomielitis en 1921 a la edad de 39 años. Hoy se creé que en realidad se trató de una manifestación del síndrome Guillain-Barré que le ocasionó una parálisis progresiva.

Este y otros eventos de salud asociado a los presidentes en ejercicio dieron lugar a ciertas precisiones contenidas en la Vigésimo Quinta Enmienda a la Constitución norteamericana.

Otro país prodigo en anécdotas de este tipo es Francia, sobre todo asociadas a dos de sus presidentes: Paul Deschanel y más recientemente Françoise Mitterrand, el más notable político francés después de De Gaulle que, en 1981 con 65 años asumió la presidencia de Francia la que ejerció durante 14 años, ocultado que padecía cáncer de próstata, enfermedad que lo acompañó en su gestión de gobierno y con la cual convivió hasta su fallecimiento en 1996 a la edad de 80 años.

Paradigma del socialdemócrata, con infinidad de adversarios, críticos y enemigos políticos, nadie sospechó nunca su enfermedad ni hubo una filtración salida del estrecho círculo familiar y de su médico personal, Claude Gubler quien, cuando su ilustre paciente murió contó esas interioridades en El Gran Secreto, libro criticado por violar la ética que obliga a la confidencialidad médico-paciente aun después de muerto.

La situación de salud del presidente Hugo Chávez asume características más dramáticas no sólo por la juventud, la simpatía y proverbial energía del mandatario venezolano, un hombre lleno de sueños y metas, empeñado en el desarrollo y el progreso de su país, sino por las manipulaciones de sus adversarios que intentan extraer ventajas de la adversa situación que lo condujo al quirófano y lo obliga ahora a un inevitable proceso de restablecimiento.

A su edad, a tenor con su estado físico general y de cara al desarrollo de la medicina, apenas existen dudas de que el joven y enérgico líder se restablecerá y continuará adelante con su labor y sus tareas revolucionarias. Al alegrarse de la adversidad y tratar de aprovecharse de ella, la contrarrevolución venezolana evidencia su catadura moral.

Los que le quieren y admiran y aquellos que lo respetan, compartimos un optimismo que tiene como base una férrea voluntad. Estar enfermo no es estar vencido, sino convocado a nuevas batallas. Allá nos vemos.

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