lunes, 1 de agosto de 2011

En la dictadura, tiros. En la legalidad, también: Ledesma. Otra vez, Ledesma

Elisa Rando (especial para ARGENPRESS.info)

Sí, pregunto y afirmo: ¿Otra vez? Otra vez, Ledesma.

Otra vez y siempre. Siempre Ledesma. Bandera y símbolo de una época que no pasó de largo, aún en nuestros días.

¡Lo mismo!! Ledesma. La reincidencia merecería mejor causa. Hace décadas, la “Noche del Apagón” dejó su marca. Para proteger asesinos, sigue a oscuras y sin ley. Con balas y con lágrimas.

Ledesma, azúcar, caña y fuego. Asesinos, simplemente asesinos.
Delincuentes trajeados. Asesinos de hombres y mujeres pobres. Explotadores emboscados. Asesinos cuidados. Asesinos, con dineros robados a los pobres. Matando pobres por disparos de los custodios del orden de los poderosos. Matar es la orden criminal. Orden de asesinar. Y se cumple todas las veces que la dan. Y la dan cuando el miedo los acalambra, el derecho se archiva en las letrinas y los jueces se van de vacaciones.

Asesinos tan primarios como lo son el hambre y la explotación.

Asesinos de manos sucias, asesinando gente de clase pobre. Por el solo delito de ser pobres, a casi negros. Negros de mierda, siempre.

¡Vaya la gallardía burguesa! Valiente la burguesía nuestra. Como todas, muy valiente. Nunca fueron gallardos los saqueadores con guante blanco y alfombra roja. Ridículos, modernos saqueadores de gente macilenta y humillada. Es fácil ser saqueador así.

No sé rezar ni quiero, pero ellos tan devotos… ¿quién paga las misas por los pobres que el explotador asesino mata cuando quiere? Ellos, que todo lo arreglan con agua bendita y sermones de cardenales aburridos.

¡Quién rezará alguna vez el réquiem al sistema, para que termine de una vez tanta injusticia!

¿Cuándo se vencerá al miedo? ¿Y al miedo, quién lo controla y lo acrecienta?

¿Quién paga esa factura de vergüenza cruel e ilimitada, por el horror de noches de balas y saqueos?

Con la historia del apagón que dejó a oscuras el crimen antiguo de Ledesma. ¿Con desapariciones, tortura y muerte, ya no les alcanzaba?

Por si hace falta, Aredes, la víctima, nos lo recuerda. Aredes nos lo reclama…, todavía. Y nosotros sin cumplir con nadie. Ni con Aredes ni con la historia.

¿Quién dirige, organiza y ordena el fuego asesino en las noches de Ledesma?

Matan por que se les canta. Matan por miedo. Matan por gusto. Matan por demostrar que pueden. Para comprobar que las balas matan. Matan para enseñar que pueden matar si se les antoja. Es que con fuego vivieron siempre. Matan para que se aprenda que disponen de la muerte como disponen de la vida. Es su mejor expediente. Matan porque el poder desquiciado los deja en libertad de matar como quieran. De hambre, con hambre. De balas, con balas.

Matar, siempre les resulta redituable. Y es muy barato matar pobres. Es excitante matar negros, nadie se hace cargo. Nadie los reclama.

Matan y en la punta de cada fusil ametralladora, están sus razones y sus miserias. También sus principios. Es lo que saben. Pero no les importa. Enfrente de ellos sólo habitan pobres hambrientos. Y los pobres son siempre un blanco razonable. Nadie los sepulta ni reclama.

Matan porque el corazón de los trabajadores es un blanco móvil que va muriendo de enfermedad curable. En sus tierras robadas y escarnecidas, se baila siempre con el hambre. Y se sueña con un pan.

La vergüenza y el oprobio cada día, hacen que el silencio se oiga. Un sistema que sus capangas utilizan también todas las veces que se les dá la gana para imponer como sistema de trabajo la explotación. Ignorar al otro. La mejor manera de acrecentar sus riquezas. ¿Acaso no se han hartado del dinero mal habido? ¡A qué seguir matando, todavía!

Además de vivir de su fuerza del trabajo, de matarlos de hambre cuando trabajan, de matarlos de frío cuando se duermen, se burlan de la ley que no hace cumplir un estado generoso con el capital usurero. Un estado al que sobornan todos los días y perdona todas las cosas.

Tan miserables cuanto rico son. Tan cobardes, como los dejan ser.

Pobre, la gente pobre, que la ley no ampara. Pobre todos los que están en custodia de por vida.

¿Seguiremos pensamos que algún día, cruzaditos de brazos nos bajará de los cielos la redención de la justicia? Pobres los que esperan. Pobres. ¡Qué pocas letras, para identificar tanta clase de grandezas! ¡La clase obrera, que no le importa ganar el paraíso y que tampoco la dejan tranquila ganarse la vida en tierra ajena! ¡Qué clase de valientes, la clase obrera del mundo entero! Cuánta paciencia acumulada.

¡Si está tan claro, que Carlos Marx se equivocó tan pocas veces, cómo es que tardamos tanto en darnos cuenta!

Y que las leyes existen para que los ricos las violen. Como violan todo con la coima, el dolo, la complicidad y el fraude. Se comprueba todos los días. Todo se viola. Todo se compensa. Todo se compra y casi todo se vende. Eso también está tan claro, desde hace mucho tiempo. ¡Tan sencillo… y cuesta tanto!

Los dueños de Ledesma se sintieron siempre dueños del mundo, al menos del mundo de los burgueses. Impunes en todos lados.

Los de abajo, los que siempre están abajo, cuanto más abajo, más abajo los llevan. Más a bajo los quieren Cuanto más abajo, más sumisos los consideran. Cuanto más sumisos más fáciles de regimentar los piensan. Más barato los cotizan. El sistema más fácil los somete. Con promesas pretenden silenciarlos. Ilusa, la gente poderosa. Creen que los pobres son ladrones de sueños y esperanzas como ellos. Ladrones de guante blanco le decía en un tiempo, mis abuelos. Ladrones de balas fáciles le decimos en estos que son de plomo, acoso y escarnio.

¡Qué tanto plomo y muerte! ¡Qué despropósito estaban reclamando?

Un plato de comida caliente, una lonja de tierra donde descansar sus huesos molidos, donde curar llagas viejas como sus sueños y donde amamantar las madres sus hijos, futuros explotados de pies descalzos, trotando en las charcas del patrón o del capanga. ¡Vaya vida!

Qué despropósitos son estos, para que generaciones de hombres y mujeres tristes, puedan arañar la tierra que los vio nacer, crecer, procrear y morir a ellos y a sus mayores. Día tras día.

Qué menos que cumplir con la ley que los pueblos arrancaron con sus luchas, a los gobiernos de siempre. Contra la vieja costumbre de explotar,

habrá que seguir practicando la antigua manera de luchar.

Sin organización y lucha no hay cambios. Y la vida no espera. La muerte de los trabajadores asesinados en Ledesma, tampoco. Más que un mandato ha de ser un desafío.

De lo contrario la muerte es una parodia, que disfruta la opulencia. Y entre la muerte y la parodia siempre han a perder los que tienen el derecho de vivir. La solución está en nosotros. Simplemente en todos nosotros. Todos.

¿Hasta cuando, compañeros?

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.