lunes, 29 de agosto de 2011

Héroes de la miseria

Claudia Rafael (APE)

El pelo revuelto y un par de piojos juegan a las escondidas. Las manitos coloradas por el frío intenso de la ciudad. Los bajo cero siguen hundiendo en el desamparo. Cada tanto frota la manga del pulóver por la cara. No existe el tiempo para él. Las horas no cuentan cuando la vida no tiene los típicos rituales de una mamá que despierta con leche calentita y tostadas humeantes ni el timbre de entrada y de salida de la escuela. Cuando no hay un cuento de ternuras en la noche, antes de emprender ese viaje cotidiano a los sueños. Viejas costumbres que trasuntan calidez y abrigo.

Sus días de arrabales le deparan peligros detrás de cada árbol y debajo de cualquier piedra asentada en una esquina de la ciudad. Olavarría aplasta sus utopías con la rudeza del espanto. La suya cobija un mañana de techo seguro, cama calentita y canciones que hablen de mariposas y colibríes. A veces se ríe cuando sueña que el picadito que emprende pateando una latita vacía y desvencijada tiene detrás de sí a cientos de miles que lo aclaman.

La vida de paraísos no suele rozar su piel. Las angustias a los seis llegan fácil. Basta mirar el rostro ajado de su madre, de apenas veintipico pero cansada de la vida. O escuchar a su hermana más pequeña cuando llora largo porque la panza duele. El sábado salió sin saber bien hacia dónde. A mirar los oasis distendidos de los otros, de los que viven más allá de la avenida. De los que tienen casas con techo a dos aguas y flores que cuando el frío amaina tiñen de vida.

Poco bastó para encontrarse dentro de la comisaría del centro. Ahí nomás del Parque Mitre, donde los pibes se juntan a ver pasar las horas en Olavarría. La noticia es escueta. “Un niño de 6 años está sospechado por un robo”, titula el diario. “En cercanías de una vivienda ubicada en el barrio San Vicente un adolescente y un niño de 6 años fueron interrogados por agentes policiales que patrullaban por ese sector de la ciudad. Alertados por los movimientos extraños realizados por los chicos, los efectivos policiales los indagaron y secuestraron de entre sus prendas distintos artefactos de iluminación que pertenecían a una casa ubicada a pocos metros. Ambos permanecieron en la comisaría Primera hasta que se hicieron presentes sus padres”.

Son parte de las estadísticas. Son una pieza más de ese universo que otea el mundo de los incluidos y arremete contra ellos. Son los niños descalzos que no quieren ser héroes de la miseria, diría Jaime Sabines.

Integran ese ejército de condenados aún antes de su primer berreo en la tierra. Son la memoria olvidada y los cachorros inasibles por tanto despojo.

Llevan un sello sobre su frente que los hace presa fácil de toda fuerza represora. Se ganan la mirada de desprecio con sólo ser. No hay oasis pasajero ni eterno que les prometa una patria de igualdades.

Sus días tienen la previsibilidad propia del desclasado. Y la sociedad los visibiliza cuando saltan el cerco impuesto en territorio y subjetividad. Nunca antes. Como animales agazapados las instituciones irán controlando cada uno de sus pasos más allá de las fronteras de su barriada. Nunca antes. Los culpables serán sistemáticamente sus padres abandónicos, responsables inmediatos y crueles de su osadía. La ley es rígida y tajante. Como una cantinela religiosa deberán aprender de memoria el rezo eterno: Jamás deberás atravesar los límites de la otredad. Nunca deberás intentar saltar el perímetro que demarca la frontera de tu propia aldea. Allí donde la vida depositó a los destinados al destierro. Allí donde los saqueados de su humanidad están predestinados indefectiblemente a intentar sobrevivir. En una suerte de libertad condicional que amenazará con concluir cualquier día, en cualquier sitio y a cualquier hora. No hay certezas más que la del abandono en esas cárceles a cielo abierto que suelen ser los asentamientos y barrios de pobreza honda y eterna.

Vencidos, ajados, doblegados, despreciados, abarrotados. Adjetivaciones propias que el sistema asesta ante la evidencia de lo inevitable. Ese es el lugar que el mundo ha reservado para los expoliados de toda dignidad, a los que el sistema por origen, coloración y pertenencia ha despojado de todo derecho. Imponiéndoles el convencimiento de que es suya la enorme responsabilidad de la no pertenencia. Ofreciéndoles las migajas de un subsidio o una asignación que apenas les permitirán la pasajera farsa de la supervivencia. Que se hunde cotidianamente en breves casillas entre el chaperío que cerca férreamente sus esperanzas tercas.

Con sus seis años de ternuras y soles, salió a buscar otro mundo posible para sus quimeras de arcoiris y belleza. Un patrullero, varios uniformes y una comisaría fría y ajena a sus tibiezas fueron la respuesta veloz del sistema. El aprendizaje cruento que buscará doblegarlo desde esa red estrecha de la fuerza, las medidas administrativas, la escuela, la justicia que no cesará en su empeño obstinado de cara a la domesticación.

Salió a la calle sin saber. Con la intuición de que cada paso suyo es parte de ese largo camino de conquistar territorio a la violencia.

Fuente imagen: APE

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