martes, 23 de agosto de 2011

Trotsky a 71 años de su asesinato

Guillermo Almeyra
León Trotsky fue asesinado porque Stalin temía, al igual que las potencias imperialistas, que la guerra mundial provocase una oleada revolucionaria anticapitalista que podría derribar, a la vez, al capitalismo en los principales países europeos y a la burocracia que había usurpado el poder en lo que había sido el país de la revolución socialista y de los consejos obreros. Trotsky estaba por su parte convencido de que la revolución seguiría a la guerra y que la IVa Internacional que había creado con pocas decenas de seguidores guiaría millones de revolucionarios en pocos años y creía que, si el imperialismo no derribaba primero a la burocracia soviética y destruía la URSS, de la guerra podría salir una revolución política que barriese a la camarilla stalinista y regenerase la Unión Soviética.

La oleada revolucionaria, en efecto, se produjo después del derrumbe del nazifascismo pues a la masiva lucha anticapitalista en Europa se unió el poderoso movimiento anticolonial que liberó a Asia y Africa del yugo de las viejas potencias imperialistas y sacudió en una parte importante de América Latina al imperialismo estadounidense. Pero las otras previsiones de Trotsky no se cumplieron pues el líder de la revolución de Octubre había subestimado los terribles efectos nefastos de la dictadura stalinista sobre los obreros y campesinos de la Unión Soviética y su despolitización y desorganización así como el papel contrarrevolucionario de los partidos comunistas sometidos al Kremlin durante y después de la guerra, cuando fueron el principal factor de la restauración de los maltrechos Estados imperialistas europeos y de la llamada coexistencia pacífica con el imperialismo estadounidense.
En vez de ser barrida al terminar la guerra, la burocracia soviética se sobrevivió cuarenta años más, durante los cuales, para mantener su poder, concilió siempre con el capitalismo e introdujo los valores y conceptos de éste en la misma Unión Soviética y en el llamado movimiento comunista mundial lo cual, entre otras cosas, hizo posible que el capitalismo en crisis mundial sin precedentes dependa hoy fundamentalmente del capitalismo chino que se autotitula comunista.
En cuanto a la IVa Internacional, fue diezmada por la ocupación nazi de Europa, por el stalinismo que asesinó por doquier sus cuadros, por Chiang Kai-shek y Mao Zedong y por los partidos comunistas asiáticos, lo que le impidió crecer en los primeros años de la posguerra. Pero, sobre todo, no pudo crecer por los efectos combinados de la reconstrucción del capitalismo y la prosperidad de los años de posguerra y de la confianza que tenían los trabajadores sea en los partidos comunistas de masa (que les hablaban de comunismo mientras reconstruían el capitalismo junto a sus aliados burgueses), sea en los partidos socialistas tradicionales que también agitaban la bandera roja mientras reorganizaban los Estados burgueses, sea en fuerzas nacionalistas como el peronismo o el nasserismo que dirigían grandes masas y grandes procesos de transformación social. El aislamiento de los seguidores de Trotsky alimentó en sus filas el dogmatismo, la tendencia a tratar de analizar la realidad tratando de que encajase en los textos de los revolucionarios marxistas, de meter “el vino nuevo en odres viejas”, y alimentó los caudillismos y personalismos y el sectarismo en los pequeños partidos que trataban de reproducir el modelo leninista de partido, creado para las condiciones de la dictadura zarista y para un país donde los campesinos y los trabajadores eran iletrados y dependían pues, de un puñado de intelectuales revolucionarios.
La crisis mundial del sistema pone nuevamente en primer plano la necesidad de recurrir a Marx de modo marxiano, es decir, críticamente y con beneficio de inventario, para recuperar lo esencial e imperecedero del pensamiento y el método del barbudo revolucionario de Tréveris, como ha tratado de hacer Hobsbawm. El crecimiento de las protestas de las víctimas del sistema, por su lado, así como la falta de dirección, programa y organización de esos grandes movimientos protestatarios que corren el riesgo de ser meros estallidos sin futuro, plantea también la necesidad de ver qué es aún válido en el pensamiento y la acción de León Trotsky.
A mi juicio, lo es la idea fundamental de que hay que ganar a las grandes masas a partir de su nivel de conciencia, que aún no es socialista pero puede llegar a serlo. Es decir, la idea de reivindicaciones transitorias que conduzcan hacia otras socialistas. En una palabra, la necesidad de seguir y aplicar la idea de un Programa de Transición, pero no así todas sus consignas, elaboradas para el proletariado europeo de los años 30.
También la idea de la necesidad de una organización de los revolucionarios para hacer frente a la destrucción de los márgenes democráticos, que aumentará con la crisis. Pero no así el remedo del partido bolchevique, que le fue impuesto a Trotsky por la necesidad de defender el legado de Lenin y de aparecer como un leninista ortodoxo frente a Stalin y sus aliados, que lo calumniaban acusándolo de antileninista Igualmente el extremo rigor en el tratamiento de las ideas, pero no la inflexibilidad frente a quienes se desviaban parcialmente de ellas porque los tiempos actuales llevan a la unión de los anticapitalistas sobre la base de principios comunes pero aceptando un amplio margen para la discusión de las divergencias mientras que Trotsky, que sabía que sería asesinado en un momento u otro, era intransigente hasta en cestiones secundarias porque quería transmitir ideas firmes a un núcleo sólido aunque aislado de las masas y evitar la dispersión y la confusión provocadas por la derrota.
Pero lo más importante del legado de Trotsky es el internacionalismo, o sea, la visión global de la lucha por el socialismo, así como el combate decidido contra la burocratización del partido revolucionario y contra su fusión con el Estado, incluso si éste es un Estado revolucionario porque sigue estando regido por reglas burguesas, así como su insistencia en basarse sobre la juventud y las mujeres en el campo de la revolución y en abrir la mente ante las nuevas ideas y fenómenos ya que el pensamiento de Marx no es el Talmud o un texto sagrado sino una herramienta para analizar la realidad, que es mucho más rica que la percepción teórica puntual de un pensador por grande que éste sea.
Trotsky subsistirá como el teórico del antiburocratismo y de la necesidad de retomar el humanismo revolucionario de Marx para quien nada de lo humano le era ajeno y, con rigor teórico pero también creatividad, el teórico de la urgencia de analizar de frente todos los fenómenos nuevos, confiando en la capacidad de comprensión de los trabajadores, a los que los burócratas y Líderes consideran mera masa de maniobra y no sujetos de su propia liberación.

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