lunes, 19 de septiembre de 2011

México: Saldo blanco coyuntural

Eduardo Ibarra Aguirre (FORUMENLINEA)

Sin duda es una buena noticia que las fiestas patrias terminaron con saldo blanco. “México entero celebró en paz un aniversario más de su Independencia. El Grito y el desfile se realizaron sin incidentes en todo el país”, reportó Felipe Calderón en su cuenta de Twitter.

Pero que el general de cinco estrellas intente sacar de allí conclusiones sobre el estado que guarda la guerra sexenal contra el narcotráfico y el crimen organizado y que en sustancia son uno, sería fatal para su gobierno y más aún para el país.

En todo caso indica que los demonizados capos operativos –los financieros se mantienen intocados– y sus 600 mil trabajadores respetan el calendario cívico –aunque en Morelia hace dos años se demostró lo contrario–, o como dijo el presidente de FEMSA “no generan más violencia porque no les conviene”. Es relativa, entonces, la eficacia de la costosísima guerra en recursos humanos y materiales.

Tan relativa como que en los alrededores del Zócalo capitalino fueron colocados tres círculos de revisión y 11 “filtros” para los asistentes que apenas llenaron el 60 por ciento del espacio, hecho que no se puede atribuir a la pertinaz lluvia, pues el espectáculo de Televisa resultaba “buen gancho” para retener a los asistentes y “calentarle el ambiente” al señor que favorece al duopolio y con vivas a la gesta independentista y sus protagonistas centrales, no oculta cinco años de mayor dependencia de México respecto de Estados Unidos. Hasta el extremo de realizar en la frontera norte las tareas que corresponden a los estadunidenses en su frontera sur.

Mas el otrora aspirante a la candidatura presidencial panista, quien despacha como secretario de Educación cuando Elba Esther Gordillo se lo permite, asegura emocionado hasta golpear el atril en el Ángel de la Independencia, la mañana del 16: “El presidente no le mintió al país cuando advirtió la necesidad de dar esta lucha; por el contrario, ha hablado con la verdad, ha abierto las puertas de su gobierno a la exposición de lecturas diferentes de la realidad, ha escuchado y debatido de buena fe y de cara a la nación”.

El abogado, economista y administrador público no se anduvo con advertencias, mucho menos con ofertas de campaña, y el 13 de diciembre de 2006 por decisión autocrática envió a contingentes del Ejército a Michoacán en el primer operativo contra el crimen organizado. Así inauguró, sin consultar al Congreso, las fuerzas políticas y menos al Poder Judicial, si acaso a los de su primer círculo, sobre el arranque de una guerra en buena medida para ganar la legitimidad que no obtuvo en las urnas, alinearse con las políticas antinarcóticos de Washington y atender un reclamo creciente por la entonces todavía más desbordada inseguridad pública.

En efecto, 55 mil muertos después Calderón escucha opiniones en público que impugnan al corazón de su estrategia militar y policiaca, como las presentadas por el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, pero las ignora. La obcecación en el privilegio de las políticas punitivas, castrenses y prohibicionistas, adosadas de moralina religiosa, constituye un rasgo distintivo.

Los generales y almirantes que lo acompañan, pareciera que más por lealtad institucional que por convencimiento, dan muestras de nerviosismo en la recta final del sexenio y presionan por todos los medios para que se apruebe la Ley de Seguridad Nacional que les otorgue cobertura jurídica a su anticonstitucional papel en tareas de seguridad pública y los dote de más impunidad.

El reciente mensaje del general secretario es clarísimo al respecto. Y el discurso de la sargenta Evelin Zárate exigiendo “no perder el tiempo en vanas discusiones”, sencillamente ominoso porque el alto mando se parapetó tras la oradora.

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