miércoles, 28 de septiembre de 2011

Nuestra indiferencia ante el terrorismo financiero

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Ahora toca el terrorismo financiero después de haber venido durante una década martilleándonos con el islámico y, en España, con el independentista.

Estamos aterrorizados porque nos aterrorizan con la hecatombe que ellos mismos, los políticos y los mercados con nombre y apellidos aunque se hable de ellos en abstracto, han generado durante al menos una década. Pero sin fundamento. Y cuando digo “estamos”, es porque pienso en los millones y millones de ciudadanos y ciudadanas españoles que viven al día o por horas, que no tienen más techo que el que le dan sus progenitores ni más lujos que no sean deudas que jamás van a poder pagar. ¿Qué pueden perder si todo, el euro y el PIB, se derrumban?

Parece mentira que caigamos una y otra vez en la trampa del terror individual al terrorismo en sus diversas facetas, que es el arma más eficaz del siglo XXI utilizada por el poder desde el pináculo de la Casa Blanca y luego en los demás escalones hacia abajo.

A falta del terrorismo islámico que se achica según épocas, o el vasco que viene siendo moneda de cambio para el poder político local desde que se inauguró esta democracia irrisoria, ¿a qué mejor terrorismo que el económico-financiero podía echar mano el poder tanto político como económico? El poder máximo está en las alturas del Pentágono, la Cia y los lobbys estadounidenses y judíos. Desde aquí se desparrama por los diferentes países europeos con más historia depredadora. Con la gobernanta alemana a la cabeza, luego desfilan los restantes fantoches: desde el enano francés émulo de Napoleón en seco, hasta el histrión de una comedia de Aristófanes que hoza en Italia. Y es desde el poder, allá donde se puede identificar, desde donde se esparce el nuevo terrorismo que amenaza con la catástrofe del euro y el crash del 29.

Pero, y aquí viene lo sustancial, ¿qué nos importa a los millones de españoles que no tenemos acciones ni apenas un euro para gastar en el día, ni siquiera una cuenta corriente? ¿qué más da que se hundan las empresas y los mercados si nosotros no tenemos empresas y nos sobra la mayoría de las cosas que nos ofrecen machaconamente los mercados? A nosotros, los millones y millones de españoles que vivimos de la mendicidad (y mendicidad es vivir de un empleo que otros te dan y debes darles por ello sumisamente las gracias, mendicidad es vivir del desempleo, mendicidad es vivir con el corazón encogido por la hipoteca o la amenaza del despido) nos debe importar un pito que se hunda el euro, que se hundan las empresas, que se arruinen los que atesoran riqueza que han conseguida sólo con fraude tras fraude y especulación salvajes.

A nosotros no debe preocuparnos en absoluto la suerte de los ricos porque estamos acostumbrados u obligados a ser austeros y a administrar hasta el último céntimo las limosnas que recibimos. Y por otro lado, ya nos dirán los ricos qué piensan hacer cuando nadie les sirva, nadie recoja sus basuras, nadie les conduzca su coche, nadie les haga el pan, ni nadie les atienda en un hospital... porque no hay dinero. Y si no hay dinero o habiéndolo descubren que el dinero no se come, serán tan infelices que envidiarán nuestra pobreza y nuestra alegría al verles que no saben qué hacer con su riqueza: la peor tortura que el avaro puede sufrir. Y, como en el año 29, se tirarán por las ventanas. Las únicas víctimas de esta clase de terror han ser exclusivamente los accionistas y los inversores, que son la diezmilésima parte de la población española.

Así es que ¡viva la crisis! y tirémonos al monte o permanezcamos junto al mar, que es al final donde mejor se vive, para presenciar el gran espectáculo de los ricos retorcidos de desesperación... A tomar por culo la recesión. A fin de cuentas el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional, decía Buda.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.