jueves, 1 de septiembre de 2011

Tener la tierra

Claudia Rafael (APE)

La voz, en la pista 20 del ajado disco de vinilo, desnuda a la Negra en un estado de euforia descomunal. Imposible buscar allí algo de esa ternura amasada con los años ni esa perfección de la entrega que hizo historia. En esa versión adrenalínica de “Cuando tenga la tierra” hay que bucear otras sensaciones. Y Abril en Managua, ese disco de matices revolucionarios en la Nicaragua cercada por la contra, trasunta -y se le perdona estéticamente- ese fervor ancestral por la lucha de los desterrados, en que ella, ese tótem milenario, gritó y prometió que la vida será un dulce racimo y en el mar de las uvas nuestro vino...

Mercedes Sosa se endiosaba sobre el escenario y cientos de miles de nicaraguenses respondían al grito de “No pasarán” en una historia quebrada en los 80 y asesinada de un mazazo en los 90.

Toda América Latina, a casi treinta años de ese concierto por la paz, es presa codiciada por el mundo. Territorio del agua y de la semilla naciente, es botín paulatino de la avidez millonaria.

Hoy, el 10 por ciento de las tierras argentinas está en manos de grandes latifundistas extranjeros: Benetton, Tompkins, Lay, Turner, Lewis…La lista no es demasiado extensa. Unos pocos puñados concentran el zumo de la Pachamama que produce y entrega riquezas y multiplica oropeles para los reyes.

Basta bucear en la historia y sus archivos. Y volver una y otra vez al presente de inequidades para adquirir conciencia feroz de tanta impiedad.

Plaquetas, monumentos, salones de renombre constituyen por estos días un sendero a las huellas de un pasado que preveía la rapiña y el saqueo. No por casualidad, uno de los salones principales de la Sociedad Rural de Palermo dedica su nombre a José Alfredo Martínez de Hoz, uno de sus fundadores en julio de 1866 y antepasado del motor económico de la última dictadura. “Es increíble la forma como se repartió la tierra después de la campaña del desierto, fíjense en el resultado que sacamos del Boletín de la Sociedad Rural Argentina que entre 1876 y 1903, en 27 años, se otorgaron 41.787.000 hectáreas a 1843 terratenientes, vinculados estrechamente por lazos económicos y familiares a los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período, principalmente a la familia Roca”, cuenta Osvaldo Bayer. Y relata que “sesenta y siete propietarios pasaron a ser dueños de seis millones de hectáreas, entre ellos se destacaban veinticuatro de las familias llamadas patricias, que recibieron entre 200.000 hectáreas (la famil
ia Luro) y 2.500.000 obtenidas por la familia Martínez de Hoz, bisabuelo del que iba a ser ministro de economía de la dictadura militar”.

Julio Argentino Roca fue el símbolo. La Campaña del Desierto, la Conquista del Chaco, la Campaña del Desierto Verde…todos eufemismos de la masacre, del trabajo esclavo, de la expulsión, de la tortura. Todos eufemismos del latrocinio.

Un relevamiento de la Red Agroforestal Chaco Argentina contabiliza 269 conflictos por la tierra y el ambiente de los que, en 239 casos, todo nació a partir de la concreción del actual modelo sojero que tiene a los transgénicos como símbolo indisoluble. La Red asume que “la raíz de los conflictos de tierra se encuentra en la disputa por el uso y control del espacio territorial a partir de la imposición de una cultura sobre otra. Por un lado el agronegocio, donde la tierra es un espacio para producir y hacer negocios, y por el otro la cultura indígena y campesina, donde la tierra constituye un espacio de vida”. En total son 7.800.000 hectáreas en conflicto y poco menos de un millón de personas afectadas, que en su mayoría pertenecen a pueblos originarios y de campesinos.

En una nota publicada por el periodista Darío Aranda se analiza que en 1997 “se cosecharon en Argentina once millones de toneladas de soja transgénica y se utilizaron seis millones de hectáreas. Diez años después, en 2007, la cosecha llegó a los 47 millones de toneladas, abarcando 16,6 millones de hectáreas. En la actualidad, la soja abarca 19 millones de hectáreas, la mitad de la superficie cultivable del país. Los pueblos originarios perjudicados por ese avance, sólo en las provincias relevadas, son el qom, pilagá, mocoví, wichí, chorotes, chulupies, tapietes, guaycurúes, lules, vilelas y tonocoté”.

La tierra suele ser la ambición acumulativa de unos cuantos. Casi un millón de hectáreas están hoy ocupadas en Santa Cruz, Río Negro, Chubut y Neuquén por los Benetton. Algo menos de 400.000, por Douglas Tompkins, en las zonas limítrofes de Argentina y Chile y en los Esteros del Iberá, Corrientes. El magnate norteamericano de las papafritas y de la Pepsi, Ward Lay, controla 80 mil hectáreas en Neuquén. Ted Turner, fundador de la CNN, tiene miles de hectáreas en Neuquén y posee el 60 por ciento del curso de agua del río Traful. Y Charles “Joe” Lewis, dueño de más de 12.000 hectáreas que contienen al Lago Escondido.

Y no se trata sólo de capitales privados. La tierra se rifa hoy al mejor postor que, a veces, toma la forma de un Estado. El suplemento económico de Clarín publicó en junio pasado que la principal empresa estatal de la provincia china de Heilonjiang está dispuesta a invertir 1.500 millones de dólares en los próximos diez años en un emprendimiento en Río Negro. Que arrancarían en 2012 con la puesta en funcionamiento de una megaproducción en 300.000 hectáreas del monte patagónico. “Esto es una política de Estado que permitirá duplicar la producción y generar 100.000 nuevos puestos de trabajo en una provincia de 635.000 habitantes”, aseguró a la prensa uno de los negociadores de esa provincia, Oscar Gómez.

De las 170 millones de hectáreas cultivables que –según la Federación Agraria Argentina- tiene el país, 20 millones están en manos extranjeras: en 2002, eran apenas 7 millones. En ese año, el Censo Agropecuario arrojó que 936 propietarios poseían 35,51 millones de hectáreas. Hoy el 12 por ciento está en manos de grandes multinacionales. El proyecto del Ejecutivo para controlar la “extranjerización de tierras” ubica en el 20 por ciento el tope máximo. Con un aditamento que tranquiliza cualquier posible inquietud de los grandes propietarios: no tiene carácter retroactivo. Nadie, en definitiva, hará peligrar los bolsillos de los Benetton, los Lay o los Tompkins.

Pero con un interrogante: si actualmente rozan el 12 por ciento y el tope es del 20, hay un 8 por ciento más de margen de crecimiento.

Lejos muy lejos del salón de oropeles que lleva el nombre del bisabuelo del genocida, conquistador de oasis y no de desiertos, los pueblos originarios claman por la tierra. “Nos despojan del campo, y en la ciudad el Estado nos quiere confinar en diminutas viviendas alejadas de lo que es nuestra cultura”, dijo en Embarcación, Salta, uno entre los tres centenares de referentes indígenas en julio último. “La tierra para nosotros es vida”, agregó otra de las voces. “Nos hicieron creer que la tierra para los terratenientes está bien, pero cuando las ocupamos nosotros está mal”, siguió otro hermano mientras una joven-mujer-madre replicó: “Los terratenientes tienen reservas de tierra para su riqueza; la reserva de tierra que nosotros queremos es para cuidarla, para generar el desarrollo de nuestro país y de nuestros hijos”.

Para muchos, cualquiera de estos números pueden ingresar equitativamente en los esquemas de la estadística. No se trata de ser incisivos y argumentar que hay 936 propietarios de más de 35 millones de hectáreas. Bastaría para tranquilizar ciertas conciencias con decir que hay 170 millones de hectáreas que, divididas por los más de 40 millones de habitantes nos haría poseedores a cada uno de 4,2 hectáreas. Como ya dijo Galeano: desde el punto de vista de las estadísticas, si una persona recibe mil dólares y otra no recibe nada, cada una de esas dos personas aparece recibiendo quinientos dólares en el cómputo del ingreso per cápita.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.