lunes, 10 de octubre de 2011

Hacia el desastre

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

No es ponerse ni dramático ni derrotista ni estupendo. Es sólo cuestión de observación, es sólo saber mirar, sabiendo como sabemos que lo menos visible, casi siempre, es lo más evidente...

A medida que pasa el tiempo y aumentan el desempleo y los despidos en todo el orbe capitalista, me vienen a la cabeza los rumores que hace años oí a personas relativamente solventes acerca de lo que tratan clubs como Bilderberg y otros más o menos organizados, oscuros o conocidos. Por lo visto se trata de diezmar o astillar la demografía mundial de distintas maneras. Desde luego el espíritu neoliberal y la privatización salvaje van en esa dirección, pues es imposible que sin un Estado fuerte que ampare de algún modo a los menos desfavorecidos no quede excluida del acceso a los bienes básicos una gran parte de la población. La protección, la seguridad y las empalizadas que poco a poco se van levantando en las concentraciones de millonarios y multimillonarios en todas partes, no hacen presagiar nada bueno para la mayoría de los ciudadanos del mundo en cuestión de pocos años.

Tal como van las cosas, no creo ya en un Estado de Bienestar más que para "los elegidos". Sobra mano de obra por todas partes y sobran los seres humanos que, sin tener la más mínima culpa, se convierten en parásitos de una sociedad en la que la tecnología y el robotismo van devorándolo todo. Entre los pensionistas y los mayores de cincuenta, entre los menores y los discapacitados, la población laboralmente (mercantilmente) “inactiva” es inmensa. Y muchos más que esos millones sin oficio ni beneficio son los temblorosos, esos que conservando todavía un empleo sienten sobre sí la amenaza del paro como el reo que espera su ejecución.

Por otro lado, en estas condiciones las generaciones actuales han de verse incapaces de emprender alguna iniciativa que se parezca a eso que llaman formar una familia o tener simplemente descendencia. ¿Para qué? Está claro que cuantos más nacimientos, más individuos destinados al paro, más desquiciados y más desgraciados.

Si esta sociedad supiese dejar a un lado los prejuicios acerca de la productividad y otros conceptos de la economía keynesiana; si, habida cuenta la automatización, dejase atrás aquella maldita maldición de que el ser humano ha de ganarse el pan con el sudor de su frente, y no fuesen ni el número ni el ansia de crecimiento ya imposible su motor, sería feliz.

Pero me temo que ya no hay marcha atrás. Porque esta sociedad sigue obstinada en ponerle precio a todo, y la tortuga del paro parece programada por aquellos siniestros Clubs, privados, para sobrepasar al Aquiles de los puestos de trabajo. Por ese camino acabará en una situación incontrolable o en la revolución mundial. Cualquiera de las dos salidas terminará por ser preferible a una vida social sin horizonte ni esperanza. Ello, pese al celebradísimo Steve Jobs, pero también de tantos otros cerebros, pobres desconocidos quizá en la calle después de haber impulsado ideas o habilidades brillantes sustraídas y explotadas por tantos ladrones de ideas que nutren las filas de conservadores, fascistas y ahora neoliberales...

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