domingo, 16 de octubre de 2011

Las mejores cárceles de Latinoamérica

Claudia Rafael (APE)

Cuando Max Weber escribía que el Estado “detenta el monopolio de la coerción” no estaba diciendo otra cosa que el Estado, con sus jueces, sus cárceles, sus servicios de seguridad asume la función de la venganza social desplazando así al actor individual. Corre el “ojo por ojo, diente por diente” que aparecía en el Antiguo Testamento en donde se leía que “quien cometiere un delito pagará vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano y pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida y golpe por golpe” y lo asume bajo formalismos y métodos sistémicos. Y de paso, se advirtió con enorme regocijo que el condenado constituía un para nada despreciable valor económico del que se podían extraer interesantes réditos.

El ministro de Justicia de la Nación, Julio Alak definió hace unos días que no existen los casos de tortura y malos tratos en el Servicio Penitenciario Federal porque “es uno de los mejores de Latinoamérica”. Ingresó así en un terreno cenagoso en el que resultaría muy fácil hundirse.

Un documento de la Asociación de Familiares de Detenidos en Cárceles Federales y del Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos respondió velozmente con un par de casos concretos: la historia de Brian Núñez, de 18 años, que derivó en julio de este año en el pase a disponibilidad de siete penitenciarios luego de que se probó que fue víctima de torturas en el Complejo Federal II de Marcos Paz. Y luego, después del traslado de Brian a otra unidad, lo que vivieron jóvenes de 18 a 20 años “obligados a desnudarse y a correr por el pabellón, a los que se les pegan palazos y se les dispara con balas de goma, luego se los encierra durante todo el día, y se los amenaza con más castigos si se atreven a denunciar”.

El CEPOC es claro: “la mayoría de estos hechos no se difunden ni llegan a la justicia, porque tanto las víctimas directas como sus madres y familiares, tienen pánico a las represalias”.

El sentido del encierro debe ser buscado muy atrás en el tiempo. Bastaría releer tramos de la Biblia, cuando en el Génesis Capítulo XXXVII se describe el sufrimiento de Josué que fue recluido en una cisterna por sus hermanos. La idea primigenia era la muerte cuando los hermanos dijeron “¿Por qué no lo matamos y lo arrojamos en una de esas cisternas? Después diremos que lo devoró una fiera. ¡Veremos entonces en qué terminan sus sueños!”. Pero luego, Rubén, uno de esos hermanos, agregó: “No derramen sangre. Arrójenlo en esa cisterna que está allá afuera, en el desierto, pero no pongan sus manos sobre él”.

De ahí en más ese método se fue repitiendo puntualmente a lo largo de los siglos hasta que, a finales del siglo XVIII todo se perfeccionó.

Más allá de la certeza de Alak de que “es uno de los mejores de Latinoamérica”, frase difusa si las hay, habría que debatir claramente cuál es la definición de “mejor”. La Real Academia Española responde que se trata de algo “superior a otra cosa”. Entonces si nos remitimos al concepto de Elías Neuman de que el encierro carcelario es proyectado para “el aniquilamiento de la individualidad de los detenidos, a hacerles sentir la mayor abyección y pérdida de sentido de persona humana” y el Servicio Penitenciario Federal es “mejor” al del resto de las cárceles del continente todo adquiere un sentido diametralmente opuesto.

Hay un viejo ejercicio literario que funciona como un mágico pasaporte a la fantasía. Imaginar que, de repente, una frase o dicho popular adquiere profunda literalidad y simplemente se trata de escribir una historia a partir de esa literalidad. Parece complejo, pero en verdad no lo es. Basta describir en sus detalles más nimios cómo el sujeto se va coloreando hasta terminar completamente “verde de envidia” o bien, cómo es esa extraña alquimia en la que el alma se va derramando por el piso o cómo uno adquiere repentinamente el formato y la consistencia de una bolsa cuando se está extremadamente cansado.

Es interesante jugar con ciertas expresiones de funcionarios y tratar de aplicarles la más profunda literalidad. Hace exactamente dos años, el intendente de Tigre, Sergio Massa pronunció una de esas frases. Hacía poco habían asesinado al músico Santiago Urbani, de 18 años. Y el 14 de octubre contó a los medios: “en la charla con la madre de Santiago, me comprometí en ponerme yo al frente de la investigación y del seguimiento del juicio, porque queremos que estos cuatro delincuentes que están identificados terminen presos. Que no entren por una puerta y salgan por la otra. Los policías estaban durmiendo en el momento en el que mataban a Santiago, y por eso queremos castigo para los delincuentes y castigo para los policías. Espero que encuentren a los asesinos, que los detengan y que se pudran en la cárcel”.

La expresión “pudrirse en la cárcel” permitiría ir describiendo en detalle cómo un ser humano se va descomponiendo hasta transformarse en un objeto pestilente, nauseabundo, fétido. En algo impuro, hediondo y repugnante. En aquel que perderá en todo ese proceso químico provocado por el encierro en calabozos hacinados en una suerte de escatología que sólo puede remitir a la muerte en vida.

En ningún momento esa expresión del ex jefe de Gabinete de Néstor Kirchner alude –eso sí- a las bandas asociadas a la policía de reclutamiento de chicos vulnerables y de vidas completamente excluidas del sistema. Casos en los que la muerte temprana de Santiago Urbani pueden transformarse en una radiografía. Como también las historias de Luciano Arruga, de Ezequiel Demonty, de Kiki y Jonathan, en Mataderos, y tantos otros.

En su libro “El estado penal y la prisión-muerte”, Elías Neuman recoge una frase garabateada en el calabozo de una cárcel española: “Aquí por justa sentencia yace un ladrón vergonzante, que no robó lo bastante para probar su inocencia”. Y con esa suerte de graffiti carcelario se pincela el símbolo más cruento y perverso del encierro. Aquel que vuelve de la mano de las estadísticas que ubican el 90 por ciento de los detenidos entre los jóvenes, pobres y analfabetos. Aquel que combina sus efectos con aquellos de las gigantescas geografías del encierro en los márgenes, donde la vida y la muerte se rozan permanentemente y entremezclan domesticaciones viejas, tormentos cotidianos y persistentes tácticas de disciplinamiento social para el sometimiento de los incorregibles.

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