jueves, 13 de octubre de 2011

México: Gobierno de coalición o de colisión

Gerardo Fernández Casanova (especial para ARGENPRESS.info)

“Que el fraude electoral jamás se olvide.
Ni tampoco los miles de muertos inocentes.”

Un interesante colectivo plural de políticos, intelectuales y promotores ciudadanos se expresó a favor de una reforma legal que permita la operación de gobiernos de coalición, especialmente destinado a los casos en que el partido del titular del ejecutivo no cuente con mayoría en el legislativo. Me merece un gran respeto la calidad intelectual y moral de la mayoría de los firmantes del desplegado por el que hicieron pública su propuesta, no obstante y no sin pecar de arrogante, me atrevo a disentir de ella. Procedo a argumentar.

1.- La propuesta parte de la pésima experiencia de los dos sexenios panistas, cuya disfuncionalidad se pretende explicar por el hecho de que ni Fox ni Calderón contaron con mayoría en el congreso, achacando al sistema una falla que, en realidad, responde a la incapacidad personal de ambos personajes. Habría que recordar (la historia es el gran auxiliar) la toma de posesión de Fox, con el crucifijo en la mano y dirigiéndose en primera instancia a su familia, irrespetando al congreso, con lo que marcó el distintivo de su relación entre los poderes; recordar también aquel proyecto de reforma fiscal (el “reformón”) para el que lanzó una agresiva campaña propagandística destinada a doblegar a la oposición legislativa, incluso con veladas amenazas de un “fujimorazo” para la disolución de las cámaras. Calderón ha sido menos burdo y pudo maniobrar con cierto éxito algunas reformas en alianza espuria con el PRI, como la de las pensiones del ISSSTE, pero con el permanente conflicto entre su función como presidente y la de vocero de su partido, que lo ha mantenido en una batalla con el PRI que ha sido su principal sostén. En mi opinión, entonces, el diagnóstico de la propuesta no es acertado.

2.- Otro fantasma en el diagnóstico es el relativo al nefasto presidencialismo priísta. En tal caso la falla no fue del presidencialismo, sino de su operación metaconstitucional derivada de la hegemonía del PRI prevaleciente hasta 1997, la cual fue cabalmente subsanada a base de votos en el 2000, para nunca más volver. El error de Fox y de Calderón, en su estulticia, fue la de suponer que podían gobernar al viejo estilo sin contar con los elementos para ello.

3.- Ni la Constitución ni la Ley de la Administración Pública Federal prohíben que las fuerzas políticas representadas en el congreso puedan concertar alianzas para lograr la gobernabilidad, en caso de que la relación entre ellas lo recomiende. Legislar para permitirlo resultaría redundante e implicaría el riesgo de otorgar una patente de chantaje del legislativo sobre el ejecutivo que rompería con el necesario equilibrio.

4.- Los defensores de la propuesta han manifestado su proclividad hacia un híbrido entre presidencialismo y parlamentarismo, no sin cierto anhelo por imitar a las democracias europeas (por cierto, me llama la atención que el documento no lleva la firma de Porfirio Muñoz Ledo, afanoso representante de tal tendencia). Ese sistema de gobierno ha sido eficaz para mantener el status quo e imposibilitan cambios profundos, justo como los que México requiere. Díganlo si no los indignados que colman sus plazas.

5.- La propuesta va en sentido contrario a lo que es un clamor generalizado: romper con la “partidocracia”. Por diseño, el congreso opera en función de los partidos políticos en él representados: inclinar la balanza para fortalecer al legislativo implica beneficiar lo que se pide romper. En todo caso, antes de pensar en parlamentarismos habría que corregir las enormes deficiencias de nuestro actual sistema de partidos.

6.- Por último y sin ánimo de descalificar a la mayoría de los firmantes, apunto que algunos de ellos impulsan la propuesta con destinatarios específicos: a) Peña Nieto, cuya propuesta es mucho peor al pugnar por la llamada cláusula de gobernabilidad que le otorgaría una mayoría artificial al partido del presidente; y b) López Obrador, que postula un proyecto alternativo para la Nación, que implica una presidencia con capacidad suficiente para negociar los cambios que el país reclama (también habrá que recordar que AMLO gobernó el Distrito Federal sin mayoría en la asamblea durante los tres primeros años, sin demérito de haber logrado el apoyo a sus proyectos).

¡Cuidado! Un afán por la coalición puede resultar en una terrible colisión.

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