lunes, 31 de octubre de 2011

Mutación ecológica

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

La maniobra política con cobertura indigenista y ecológica que obligó al gobierno boliviano a desistir de construir una carretera obligando a improvisar una ley que consagra la “intangibilidad” de una porción del territorio nacional, carece de precedentes y evidencia que el tema ambientalista tiene potencial reaccionario.

El petróleo y el gas de la región del TIPNIS permanecerá eternamente en el subsuelo sin beneficiar a nadie: los arboles perecerán sin que su madera sea provechada, en los ríos y lagos los peces morirán de viejos y la pobreza impondrá su despreciable rostro. Los habitantes del lugar no disfrutaran de la electricidad, no conocerán la televisión, nunca pisarán el asfalto y tal vez nunca se enteren de que fueron víctimas de una perversa manipulación. No hay razones para semejantes sacrificios ni existen precedente de nación alguna que haya prescindido de sus recursos naturales para el desarrollo.

La reciente polémica y la marcha atrás del gobierno boliviano que cedió a las protestas de sectores indígenas contra el tramo de carretera que pasaría a través del Territorio Indígena Parque Nacional Isaboro-Sécure (TIPNIS) es una muestra de hasta qué punto el discurso ecológico, un problema creado por los países ricos, puede ser localmente manipulado con fines políticos reaccionarios. Obviamente, el objetivo no era preservar la flora y la fauna boliviana sino debilitar a Evo Morales.

El enclaustramiento y la mediterraneidad impuesta por venganza y chovinismo es el más importante problema económico, social y político de Bolivia y luchar contra esa realidad es la principal tarea estratégica de ese país para el cual la comunicación con el resto del mundo es vital.

Impedida de embarcar por mar sus exportaciones, Bolivia necesita alternativas que se han tornado promisorias en la medida en que algunos de sus vecinos: Brasil, Argentina, Chile y Perú experimentan sostenidos crecimientos, incluso debutan como actores en la economía mundial y se convierten en consumidores de materias primas, minerales y energía. Acceder por tierra y mediante oleoductos y gasoductos a esos centros industriales es para Bolivia un cometido estratégico.

El enclaustramiento mediterráneo de Bolivia se complica por tratarse de un país de más de un millón de kilómetros cuadrados con una geografía caracterizada por la existencia de grandes montañas y extensas selvas que ofrecen paisajes magníficos, feraces y que albergan una rica biodiversidad pero que, en materia de comunicaciones, representan obstáculos naturales que es preciso vencer mediante la creación de infraestructuras viales.

Los estrategas económicos bolivianos no tienen manera de evadir el hecho de que cualquier que sea el rumbo que tomen sus carreteras y vías férreas para conectarse con los sistemas viales vecinos que conducen a los centros industriales y a los puertos sudamericanos, tendrán que cruzar por los territorios vírgenes de la Amazonia y otros macizos forestales de la región.

En todas partes y en todos los tiempos, el progreso significa carreteas, ferrocarriles, electrificación, puentes y pasos de montaña. El asfalto, el hormigón y el acero no son necesariamente enemigos de la Amazonia y si aliados del progreso que el pueblo boliviano y otros de la región necesitan tanto como el aire que respiran; lejos de degradarse el medio ambiente se embellece con las torres de alta tensión, las autopistas que son las alamedas del desarrollo y del bienestar.

Por otra parte ignoro de qué puntos de vista parten aquellos que estiman que para tender una carretera habría que dañar la ecología de una floresta que como la del TIPNIS abarca unos 12 000 Km². Hay regiones de Europa donde se explotan cientos de minas de carbón desde hace siglos y en las cuales existen también magníficos bosques, preciosos jardines y la fauna autóctona convive con una intensa actividad económica y es posible explotar las maderas de los bosques sin exterminarlos.

Sigo creyendo que la agenda política de los países del sur es de liberación nacional; mientras las preocupaciones ecológicas globales, si bien no deben ser ajenas, no constituyen nuestra prioridad. El occidente desarrollado, como ya ha hecho Estados Unido ha acumulado riqueza y desarrollo que le permiten desindustrializarce y renunciar a las producciones contaminantes, status al que ni siquiera se aproxima ningún país subdesarrollado y todos dependen aun de la explotación de sus materias primas y otros recursos naturales.

Lo ocurrido en Bolivia plantea un peligroso precedente, no sólo porque el revés desgasta al gobierno boliviano, puede paralizar importantes proyectos de desarrollo, sino porque muestra una arista que hasta ahora no había sido explotada y que evidencia una mutación que puede convertir el ambientalismo de una posición progresista en una opción reaccionaria.

La ignorancia de los pueblos originarios es una culpa de los colonialistas, los imperialistas y los explotadores, no una virtud de esos pueblos. A unos hay que combatirlos y acompañar a los otros en su lucha contra la exclusión y por acceder al progreso. Reivindicar el primitivismo en nombre del respeto a la tradición puede no ser una buena estrategia.

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