miércoles, 2 de noviembre de 2011

125 Años de la Estatua de la Libertad

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

La Estatua de la Libertad cumple 125 años; son tan pocos que en los festejos estuvo presente un nieto de Grover Cleveland, el presidente que la inauguró, aunque suficientes para haber presenciado hechos y cambios trascendentales. Desde allí no se contemplan ya las Torres Gemelas ni los emigrantes llegan allende el Atlántico, sino de México y de Centro América y su primera imagen no es la de una dama serena y sobria, sino la de muros y rifles; no hay como antaño acogida, sino rechazo.

Libertad es la más refinada y universal de las categorías creadas por el talento y el afán de la perfección humana; existe en todas las lenguas y civilizaciones y, aunque suele representársele con cadenas rotas es también un anhelo de los que no son esclavos; un camino y no un destino.

Aunque llegó a su pedestal con 10 años de atraso, la obra fue un regalo de Francia a los Estados Unidos, con motivo del Centenario de la Independencia que se instaló a la entrada de Nueva York, no sólo por tratarse del principal centro urbano de los Estados Unidos y la más cosmopolita de sus ciudades, sino por ser el puerto de entrada de los emigrantes europeos que entonces arribaban en masa a Norteamérica.

La estatua es fruto de la iniciativa personal del abogado y profesor francés Eduard Laboulaye, un apasionado liberal republicano que desde la Francia decimonónica, donde a diferencia de lo ocurrido en Norteamérica, la derrota de la monarquía no dio lugar a la república y a la democracia sino a una sucesión de contradictorios hechos, entre ellos el Golpe de Estado del 18 de brumario de 1779 que llevó al poder a Napoleón y determinó la implantación del Consulado, del imperio y del autoritarismo.

Al comentar en círculos afectos al republicanismo la idea de honrar el Centenario de la Revolución Norteamericana ofreciéndole un presente al pueblo de los Estados Unidos, Laboulaye obtuvo el entusiasta apoyo de su amigo, el joven escultor Fréderic Auguste Bartholdi, quien se ofreció para diseñar un monumento a la libertad que entonces identificaban con el republicanismo y la actitud abierta de la joven nación hacia los emigrantes europeos.

Ante la escala, los costos y los problemas de intendencia que conllevaban la propuesta, Eduard Laboulaye aprovechó su condición de diputado para promover la idea en la Asamblea Nacional Francesa, que aunque con reservas la acogió.

En 1871 el escultor viajó a los Estados Unidos y antes de desembarcar ya había escogido el lugar para emplazar el monumento; se trataba de la isla Bedloe a la entrada de Nueva York. Sin embargo, no fue hasta 1887 que el Congreso de los Estados Unidos aprobó la construcción de la estatua en aquel lugar. La licencia se emitió dos años después y el mítico general William Sherman fue designado para fiscalizar la construcción.

Debido a las complejidades constructivas de un proyecto concebido como una estatua de mujer de 33,8 metros de alto y 225 toneladas de peso, capaz de soportar los fuertes vientos y las inclemencias del clima a la entrada de Nueva York, fue convocado Gustav Eiffel, el más calificado constructor de estructuras metálicas de la época, quien diseñó y fabricó la armazón y sostén de la estatua. La piel y el vestuario de la dama están elaborados con láminas de cobre. En julio de 1884 la obra estuvo terminada y fue brevemente exhibida en Paris.

En 1885 la creación fue desmontada y comenzó el largo viaje a Nueva York a donde llegó el 17 de junio de 1886 en 214 cajas que contenían 350 piezas. Según ciertos investigadores el rostro y la figura de la escultura están inspirados por Isabella Boyer, esposa del industrial e inventor Isaac Singer y para otros en la madre de escultor, Charlotte Bartholdi; según otro punto de vista, puede tratarse de una síntesis. El artista se llevó el secreto a la tumba.

El 28 de octubre de 1886, el presidente Grover Cleveland, nacido en Nueva Jersey, ex gobernador de Nueva York y único norteamericano que ha sido presidente en dos periodos no consecutivos (1885-1889 y 1893-1897) y que regresó a la Casa Blanca después de haber sido derrotado inauguró la obra.

Esta vez, a la ceremonia por el 125 aniversario, en la cual se otorgó la ciudadanía de 125 aspirantes (uno por cada año), El presidente Barack Obama quien tiene poco que ofrecer y mucho que explicar a los emigrantes que creyeron y votaron por él, envío a su Secretario del Interior, Ken Salazar.

Un amigo que no hace mucho alcanzó la ciudadanía norteamericana, compartió conmigo su pensamiento: “En las próximas elecciones los emigrados podemos castigar a Obama y negarle el voto, mas: ¿A quién se lo damos? Los republicanos son peores. En definitiva —concluyó sabio y resignado—, en política los poderosos hacen lo que quieren y los débiles lo que pueden”. Allá nos vemos.

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