miércoles, 23 de noviembre de 2011

¿Blindados? El mundo está mal y estará peor

Esteban Valenti (NOTICIAS UYPRESS)

Si alguien creyó o sigue creyendo que la crisis mundial, por sus dimensiones y por su profundidad nos va a pasar lejos, apenas nos rozará y nuevamente estaremos entre los primeros e intactos alumnos de esta aldea global, está profundamente equivocado.

Una cosa es sembrar miedo, es más, vivir sembrando miedo y malas noticias para ver si se pirincha algún voto, algún apoyo y otra cosa muy distinta es mirar la realidad, tratar de entenderla y actuar en consecuencia. Eso hacen los buenos gobiernos progresistas, las izquierdas inteligentes y que tienen responsabilidad ante sus sociedades y los dirigentes con visión estratégica.

¿Cómo nos pegará la crisis global? ¿En las estadísticas? ¿En el ritmo de crecimiento? ¿En la economía, la sociedad o la política? ¿En las ideas?

En estos ochenta meses de gobiernos de izquierda en el Uruguay hemos atravesado muchas turbulencias y situaciones. Salíamos de un país devastado por una crisis profunda, teníamos que reconstruirlo y sobre todo frenar e invertir la tendencia al desastre social, laboral, educativo y de la salud, luego vino la crisis con Argentina, que fue eso una dura y compleja crisis; el inicio de la crisis global del 2008 que sorteamos incólumes, las elecciones y luego, este nuevo gobierno y la nueva y más grave crisis global.

La crisis actual tiene varias condiciones nuevas y desconocidas. Todavía estamos en medio de ella y no se sabe hasta donde precipitará la economía de los países ricos. Grecia, Portugal, Irlanda y ahora Italia. ¿Y después? ¿Cuan hondo?

El detonante fueron los activos hipotecarios basura manejados por bancos y banqueros basura que desnudaron la parte basura de la economía de los países del norte. La que era y todavía es, pura especulación y codicia que no produce ni genera nada. Ahora la crisis se trasladó al endeudamiento de los países que no tienen ninguna posibilidad de seguir pedaleando en la calesita financiera y como la receta es ajustar, ajustar, ajustar, el espiral de la economía real está en plena pendiente y cuesta abajo.

Nos van a contaminar, nos están contaminando, el problema es ¿cuánto y por cuanto tiempo? Lo van hacer por el comercio, que va a sufrir un fuerte impacto, por la ferocidad recaudadora fiscal que desboca a colonialistas encubiertos como Sarkozy, pero que despierta voracidades y desesperaciones en algún vecino que no hay que incomodar. Claman para que China se sume a la recesión, revaluando el Yuan y sobre todo comprando bonos europeos y nos van afectara todos en la desconfianza generalizada que están generando. No todo depende de ellos, de los cultores “científicos” de la economía liberal, la perfecta, la infalible, la regida por el dios prospero del mercado. Mucho depende de lo que hagamos nosotros.

Esa es la única barrera. Es nuestra inteligencia en cada movimiento, en la eficacia de la gestión, es manejar la confianza y la unidad de la sociedad uruguaya frente a las fracturas ajenas. Es el manejo de los datos macroeconómicos (que no son una mala palabra) pero también los datos sociales con una visión progresista, de no afectar el gasto social y el esfuerzo por atender las prioridades de nuestro Proyecto Nacional.

No debemos resignarnos, pero no podemos equivocarnos. Los errores, las desprolijidades, las pequeñas disputas y los juegos de palacio se pagarán mucho más caro. Hay una rendija por la que debemos pasar para aprovechar las oportunidades y salir lo mejor posible de esta tormenta. Y oportunidades, hay.

Este es un momento nuevo para todos. Incluso los que se consideran a salvo de las críticas y habiendo superado todas las pruebas, están bajo el fuego cruzado de la realidad. El que no sepa manejar adecuadamente la gestión, el rigor profesional en las políticas con la capacidad de diálogo y de comprensión de las nuevas tensiones que se producirán en la sociedad uruguaya y en le mundo. Perderá y perderemos todos.

Si teníamos que ser inteligentes y claros hasta ahora en los rumbos, tenemos que comprender que cuando las crisis tienen estas dimensiones ciclópeas sobreviven los mejores, los más agudos, los que son capaces de mirar más lejos. Nunca los más locuaces.

Y de eso se trata, de no perder lo mucho que hemos avanzado y de no comprometer los grandes proyectos que nos pueden permitir alcanzar nuevos niveles superiores de desarrollo humano, económico, social, tecnológico, cultural y ciudadano.

De esta crisis no saldrá el mismo mundo, los cambios ya son gigantescos. Hay sociedades que están sufriendo el desmoronamiento de décadas de conquistas sociales y precipitan a millones de mujeres y hombres en la desocupación, la pobreza, la desesperación. Y esa es una ola concéntrica.

No saldrán los mismos equilibrios internacionales, aunque algunos insisten en que sigue siendo el poderío militar el único rasero válido. No terminó la guerra y la invasión a Afganistán e Irak y ya están pensando en Irán y de una pasada se cepillaron a Libia, gobernada por uno de sus aliados, como era Gadafi.

Y no debería salir un mundo con los mismos paradigmas. Esos espejismos de que la acumulación de la riqueza real e imaginaria era la garantía de la estabilidad y del crecimiento y de que la codicia es en definitiva el único motor de la civilización y su progreso.

Ellos proclamaron que esa ideología con sus variantes y matices estaba blindada y nosotros nos replegamos hasta aceptar que el único debate posible era regular la relación entre el estado y el mercado. Aceptamos jugar en el terreno de ellos, con sus reglas y sus límites.

Los que a pesar de la crisis global, del derrumbe de sus propios muros se sienten blindados son los defensores de este sistema, no porque no los asalten las dudas y las preguntas, sino porque nosotros no nos atrevemos a embestir esos muros con otras ideas, con otros arietes, con otras audacias.

La relación que debemos definir es mucho más compleja, es entre el estado, el mercado y la sociedad civil, es decir los ciudadanos organizados y actuando. Debemos dar la batalla y agredir el muro de la codicia con otros valores y otros objetivos para nuestra civilización. Tenemos que poner en cuestión nuevamente las relaciones sociales, las formas de distribución y apropiación de la riqueza en el mundo y en nuestros países.

Si ellos - inclusive el locuaz Sarkozy - aceptan la tasa Tobin a las transacciones financieras, cuando durante muchos años la despreciaron y la consideraron un asunto de diletantes, ¿cuántas cosas nuevas y viejas habrá que cuestionar?

En muchos países de Europa triunfarán en las elecciones partidos que actualmente son de oposición. En España la derecha, en Francia e Italia la centro izquierda. ¿Para qué? ¿Para aplicar las mismas políticas de ajuste, para imponerse las mismas míseras limitaciones escritas como mandamientos por los organismos internacionales, responsables primeros de este desastre global?

El sistema de Naciones Unidas está en profunda crisis, ya no da cuenta de la realidad mundial, se ha transformado cada día más en un monumento gigante a la burocracia discursiva, es utilizada por los poderosos para un lavado y un fregado y cuando no pueden se inventan clubes de poderosos como la OCDE o el G20. Ya no podemos seguir soportando todo eso, amparados en la pobre y despreciable argumentación de que un mundo sin esos mastodontes inútiles, sería peor.

Tenemos que osar, atrevernos a poner en discusión y proponer cambios radicales. No importa el tamaño, lo que vale es la mirada y la capacidad de convocar a otros, a los que cada día tenemos más para perder y menos para ganar de este mundo, injusto y mal organizado.

Blindemos las grandes aspiraciones de libertad pero no las comprimamos, démosle el máximo impulso. Que comienza en nosotros mismos.
Esteban Valenti es periodista, escritor, coordinador de Bitácora, director de la Agencias de NOTICIAS UYPRESS.

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