jueves, 3 de noviembre de 2011

El paco

Alberto Morlachetti (APE)

Si el paisaje cuelga para los ricos de un marco de ventana, y sólo para ellos, lo ha firmado la mano magistral de Dios, escribía Walter Benjamin. Así sienten y piensan determinados grupos humanos, acopiadores de riquezas, siempre hegemónicos, siempre minoritarios, portadores de propiedades “sustanciales”, inscriptas de una vez y para siempre en una especie de esencia biológica que los convierte en dominantes frente a colectivos sociales mayoritarios cuyos comportamientos discrepantes serán siempre inferiores, naturalizando el racismo a través de los tiempos.

El capitalismo como sistema es el lugar de los naufragios, no mira la transformación del mundo, sino a su destrucción. Establece una suerte de profilaxis social sobre la amenaza que representan los pobres de bienes. Ya Ingenieros a principios del Siglo XX centra su atención en la amenaza que representan y propone mecanismos para atenuar su potencial amenazante. “Se impone evitar que ciertos grupos sociales endosen a otros su población criminal; es indiscutible que cada Estado debe preocuparse para sanear su ambiente mediante la defensa social bien organizada y no descargando sobre otros sus bajos fondos degenerativos y antisociales”.

Señala especialmente a la población infanto-juvenil: “Urge cuidar la planta desde la semilla sin esperar que haya retoñado siniestramente”. En el mismo sentido, el Congreso Panamericano del Niño de 1916 reclama eugenesia instando a seleccionar las semillas para mejorar la raza ya que luego los niños serán “detritus sociales”.
-I-

La pasta base de cocaína o paco, no es una droga. Es peor que eso: “es el desecho de una droga”. Es un tiro al blanco en la nuca de los niños. Surge como residuo de las cocinas o laboratorios en los que se elabora la cocaína, emerge como un resultado de una industria que busca la forma de introducir en el mercado hasta sus desechos, que se mete en el cuerpo y en el alma de los pibes y los destroza en barrios descartables, donde los pájaros se pudren en la mitad del vuelo.

Los niños vencidos son como poemas que huyen del sitio señalado por la plaga mientras sus madres se arrodillan derrotadas -en la turba del suelo formada con la podredumbre de los años muertos- y rezan para que las nubecitas no metan viento porque las casas se vuelven pedacitos de cartón que se pegan como estrellas apagadas en el cielo cuando las pecha el aire.

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