martes, 27 de diciembre de 2011

Parlamentarismo y democracia socialista

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

A los errores teóricos y prácticos asociados a la economía, el socialismo real sumó algunos relacionados con la superestructura jurídica y política, entre los más graves figuraron la definición del Estado como un engendro clasista exclusivamente represivo, la renuncia a la idea de que, a la vez que órgano del poder, el Estado es arbitro entre los diferentes actores sociales y el peor de todos: desconocer la regla que aconsejaba la separación de los poderes.

Entusiasmado por las conclusiones del antropólogo norteamericano Lewis Henry Morgan que, ingeniosamente, aunque sin las herramientas científicas necesarias, vinculó el origen del Estado a la desigualdad y a la violencia económica propia de los primeros estadios de la civilización humana, Federico Engels añadió la lucha de clases, creando un punto de vista excesivamente estrecho acerca del Estado que Lenin glosó en su libro El Estado y la Revolución, agregando a una crítica absoluta a las instituciones y prácticas liberales las cuales rechazó como burguesas.

No hace falta recordar que, en un contradictorio galimatías, los conceptos que ilustraban acerca de la extinción del Estado, se acomodaban a una práctica que atribuía al órgano condenado a la desaparición, desmesuradas atribuciones en la dirección de todos los asuntos sociales, convirtiéndolo en una especie de demiurgo.

En la critica a la teoría y la práctica liberal de los tres poderes, que sin ser perfecta es la única realmente existente, se apoyó Stalin para establecer la dictadura del gobierno sobre los demás elementos integrantes del Estado, anular su independencia y con ello su capacidad de crítica y control social. El hombre fuerte soviético fue más lejos e ignoró también al Partido, el que apenas se menciona en la Constitución de 1937.

En su lecho de muerte, prácticamente privado del habla, percatado del desastre al que se abocaba el proceso soviético, Lenin encontró lucidez y fuerzas para dictar sendos proyectos con los cuales intentó influir en el curso de la actividad partidista y estatal y recortar el poder de Stalin. Se trató de la propuesta de ampliar el Comité Central al cual deberían sumarse 100 obreros y la creación de la Inspección Obrera y Campesina, con la cual pensaba establecer algún mecanismo de control social del poder. Sus esfuerzos fueron infructuosos.

Entre las características más desafortunadas del socialismo real estuvo la sacralización del poder concentrado en el gobierno, que anuló a todas las fuerzas asociales, incluido el Partido y la sociedad civil; incluso para sus desmanes Stalin utilizó al poder judicial que dejó de ser parte del Estado para convertirse en instrumento del gobierno.

Peor que cualquier aspecto práctico fue la adopción de aquellos comportamientos como elementos integrantes del sistema político instalado en los países socialistas donde estuvieron vigentes hasta que condujeron a aquellas sociedades a la implosión.

La reciente Asamblea nacional del Poder Popular en Cuba, en la cual rindieron cuentas la Fiscalía General de la República y el Tribunal Supremo Popular, tuvo la virtud de presentarnos una muestra dinámica de lo que en teoría constituyen los tres poderes del Estado.

El Presidente de la República, Raúl Castro que encabeza el ejecutivo lució magníficamente bien, exponiendo y defendiendo con lucidez la agenda del gobierno, mientras el Parlamento, máximo órgano de representación popular e instancia suprema del Estado, evidenció que carece de agenda propia.

Mientras el país se adentra en los cambios que supone la actualización del modelo económico, el cuerpo legislativo de la Nación parece como postrado o detenido en el tiempo, sin que asomen ideas o posturas avanzadas ni actitudes que lo sumen al empeño. Habrá tiempo para rectificar. Allá nos vemos.

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