viernes, 10 de junio de 2011

Gestión colectiva y asociación económica imperial

Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)

Resumen

El imperialismo contemporáneo se caracteriza por una gestión colectiva de la tríada. Existe un interés compartido en desarrollar una administración común bajo la protección norteamericana. Esta pauta se ha verificado en las guerras recientes, que corroboraron la subordinación de Japón y los límites de la autonomía europea.

El imperialismo colectivo no implica un manejo equitativo del orden mundial, pero sí asociaciones que modifican radicalmente el viejo escenario de guerras inter-imperiales. Este nuevo marco tiene ciertas semejanzas con el concierto de las naciones de principio del siglo XIX.

Las agresiones imperiales conjuntas (guerras globales) coexisten con acciones al servicio específico de cada potencia (guerras hegemónicas). La tendencia norteamericana a convertir a sus socios en vasallos determina muchos pasajes de la primera modalidad a la segunda. Todas las incursiones se implementan con el pretexto de la seguridad colectiva, que ha sustituido a la defensa nacional, como principio rector de la intervención armada

La solidaridad militar entre las potencias y la acción geopolítica coordinada obedece a la existencia de nuevas asociaciones económicas, entre capitales de distinto origen nacional. Este entrelazamiento se explica por el tamaño de los mercados requeridos para desenvolver actividades lucrativas. También expresa el nivel de centralización que alcanzó el capital y se verifica en la mundialización financiera, la internacionalización productiva y la liberalización comercial.

El avance de la internacionalización económica no tiene correspondencia directa en el plano estatal. El soporte de este proceso son los viejos estados nacionales, puesto que ninguna entidad global cuenta con sistemas legales, tradiciones sociales y legitimidad política suficiente, para asegurar la reproducción del capital. Esta contradicción genera múltiples desequilibrios.

El surgimiento del capitalismo se sostuvo en el estado burgués nacional y no es fácil reemplazarlo por otro organismo, más adaptado a la internacionalización. Esta falta de sincronía genera permanentes tensiones en la coordinación económica, la asociación política y la coerción militar del imperialismo colectivo.

Una característica distintiva del imperialismo contemporáneo es la gestión colectiva. Estados Unidos ejercita su superioridad militar, a través de acciones coordinadas con las principales potencias. Mantiene una asociación estratégica en la tríada y actúa en sintonía con sus aliados de Europa y Japón.

Esta política de concertación occidental buscar reforzar la contundencia de las agresiones imperiales. Habitualmente las incursiones pretenden garantizar la apropiación de los recursos naturales de la periferia y asegurar el control de las principales vías del comercio internacional. Algunos autores utilizan el concepto “imperialismo colectivo” para retratar esta nueva modalidad de dominación coordinada. (1)

Surgimiento y consolidación

El imperialismo colectivo no introduce mecanismos equitativos en el manejo imperial. Estados Unidos es la fuerza dominante y hace valer su liderazgo en todos los terrenos, para obtener los principales lucros de la gestión conjunta. Al manejar la mitad del gasto bélico global, define cuáles son las operaciones militares prioritarias y dónde deben localizarse las presiones geopolíticas.

Este predominio del Pentágono reafirma la administración jerarquizada y la vigencia de una autoridad que tiene la última palabra. Las responsabilidades son desiguales y los frutos de la dominación se reparten en proporción al lugar que ocupa cada potencia, en la pirámide imperial.

Pero la gestión es colectiva, puesto que existe un interés compartido por todas las potencias del Primer Mundo. Esta convergencia explica la existencia de una asociación que surgió en la posguerra, a partir de la generalizada aceptación del padrinazgo militar estadounidense.

Las relaciones establecidas entre estos países no expresan simplemente la imposición del más fuerte. Reflejan también la demanda de protección que plantearon las clases dominantes de Europa y Japón a Estados Unidos, para enfrentar la insubordinación popular y la crisis socio-política que rodeó al debut de la guerra fría.

Los capitalistas de ambas regiones utilizaron la presencia militar norteamericana como escudo contra la oleada revolucionaria y los peligros del socialismo. Los marines desplegados en su territorio contribuyeron a disciplinar a los trabajadores. Los viejos colonialistas europeos se coaligaron posteriormente con el mismo gendarme, para contrarrestar los levantamientos antiimperialistas de África y Asia.

El pánico suscitado por el proceso de descolonización reforzó este alineamiento y terminó consagrando la primacía del Pentágono, como un dato inamovible del orden mundial. Por esta razón, la alianza militar asimétrica gestada en torno a la OTAN se consolidó, como cimiento de la gestión colectiva.

Estos vínculos no se modificaron con el colapso de la URSS y el ascenso del neoliberalismo. La participación subordinada de Europa y Japón, en las principales acciones globales que propicia Estados Unidos se mantiene sin grandes cambios. La primera potencia define intervenciones imperiales, que los socios suelen avalar. Este patrón quedó reafirmado en las últimas guerras preventivas que lanzó el gendarme norteamericano, para pulverizar los principios de soberanía, con el visto bueno de la tríada. La iniciativa norteamericana y la subordinación de Europa y Japón se verificaron claramente en las agresiones del Golfo, Yugoslavia, Asia Central y Afganistán.

Habitualmente los socios nipones son añadidos a la escalada, sin muchas consultas. Transcurridas seis décadas desde la segunda guerra, las dimensiones del ejército japonés son insignificantes, la presencia de bases yanquis persiste en el país y el Departamento de Estado interviene en las principales decisiones políticas de Tokio. Este curso ha quedado reforzado por el renovado giro pro-norteamericano de las elites. Esta influencia condujo por ejemplo al envío de tropas a Irak.

El caso europeo es más complejo, pero está signado por las mismas pautas de un compromiso transatlántico que monitorea Estados Unidos. En las guerras recientes (Golfo-1991, Serbia -1999, Afganistán-2002, Irak-2003) se mantuvo la norma de contingentes europeos, bajo la dirección operativa norteamericana. La égida de la ONU y la supervisión del Pentágono se han verificado incluso dentro del Viejo Continente (Bosnia, Kosovo).

La asociación militar subordinada se extiende también a la fabricación de armas, que los europeos elaboran con normas compatibles o autorizadas por el Pentágono. Las mismas empresas que compiten en el sector civil (Airbus versus Boeing) están emparentadas en el campo militar. Todos los despliegues de envergadura son consultados con la comandancia estadounidense.

La demorada constitución de un ejército europeo ilustra esta dependencia y las continuadas tensiones dentro de la Comunidad. La unión del Viejo Continente es una construcción híbrida, que alcanzó formas de integración avanzadas en ciertas áreas (moneda) y alcances muy reducidos en otros campos (instituciones políticas). La defensa continúa sometida a responsabilidades exclusivas de cada estado nacional y no existe articulación fuera del ámbito condicionante de la OTAN.

Esta preeminencia de la alianza transatlántica no excluye cierta autonomía operativa, en las regiones que estuvieron tradicionalmente sometidas al manejo directo de Europa. En este campo funciona desde 1992 un pacto, que define los eventuales atributos de una fuerza de acción rápida.

Pero en los hechos, los dos países que concentran el 60% de gasto militar europeo (Gran Bretaña y Francia) tienen bien definido su radio de acción específico (África y ciertas zonas de Europa Oriental). Operan en consonancia con las decisiones de la ONU y las prioridades de la OTAN. Algunos autores denominan “alter-imperialismo” a esta combinación de subordinación y autonomía, que rige la política de las viejas potencias coloniales, actualmente atadas a la primacía norteamericana. (2)

El sentido de un concepto

El predominio norteamericano en la gestión imperial abre serios interrogantes sobre el carácter colectivo de esa administración. ¿Qué grado de acción tripartita existe en un bloque sometido al dictado de un mandante militar?

El término “imperialismo colectivo” puede sugerir que la tríada es un sistema de peso equivalente entre Estados Unidos, Europa y Japón, cuando es evidente la primacía del Pentágono. Por esta razón existen objeciones a la teoría de la gestión conjunta, que resaltan la asimetría impuesta por un gendarme, que despliega su poder ante los restantes miembros de la OTAN. Esta caracterización destaca que Japón actúa como un satélite y Europa sólo goza de una restrictiva autonomía regional. (3)

Pero el concepto de imperialismo colectivo no implica una administración equitativa de los asuntos mundiales. La denominación puede brindar esa errónea imagen, pero constituye una categoría destinada a clarificar otros problemas. Reconoce sin vacilaciones que en la gerencia imperial los directivos norteamericanos están ubicados en la cúspide y los decisores europeos o japoneses ocupan rangos de menor relevancia.

Pero este escalafón jerarquizado no anula la existencia de un manejo conjunto. El imperialismo colectivo implica vigencia de estos rasgos de asociación. Europa y Japón actúan en común con Estados Unidos y no bajo la imposición de una bota norteamericana. Las clases dominantes de ambas regiones no son títeres del Departamento de Estado, ni siguen órdenes de la embajada yanqui, como por ejemplo ocurrió en el 2010 con la oligarquía golpista de Honduras. Actúan junto al hermano mayor, sin adoptar un comportamiento de satélites.

Estas precisiones son importantes para clarificar las diferencias existentes entre el imperialismo contemporáneo y su precedente clásico. En la actualidad rige una modalidad colectiva, que sustituye los viejos conflictos plurales por una administración conjunta. Este cambio aleja la posibilidad de guerras inter-imperialistas.

En la nueva configuración imperial, una potencia dominante actúa junto a un número significativo de socios subordinados. El viejo imperialismo estado-céntrico se ha convertido en un sistema interestatal, que opera como un bloque de estados conectados a la egida dominante de Estados Unidos.

Esta forma de gestión implica una ruptura de la prolongada historia de conflagraciones inter-imperialistas. Las viejas potencias que guerreaban entre sí hasta la primera mitad del siglo XX, ahora actúan en forma concertada. No dirimen sus diferencias en el terreno bélico, sino en un marco acotado de rivalidades económicas y políticas. La pugna entre distintos estados con intereses divergentes persiste, pero esas tensiones ya no tienen resolución militar.

Este viraje modifica sustancialmente los protagonistas y escenarios de las guerras. El arsenal de Occidente es utilizado en común, para asegurar el despojo imperial y el Tercer Mundo se ha transformado en un epicentro de matanzas, que consuman las potencias en forma coaligada.

La gestión colectiva imperial inaugura un contexto histórico inédito. La ausencia de conflagraciones entre grandes países coexiste con la superioridad reconocida de la primera potencia. En ciertos planos, este contexto tiene puntos en común con la era de pacificación pos-napoleónica, que lideró Gran Bretaña entre 1830 y 1870.

Los autores que han trazado esta comparación, subrayan los parecidos existentes entre el “Concierto de las Potencias” (que definió los equilibrios militares a principio del siglo XIX) con el monopolio de armas nucleares, que gestiona el Consejo de Seguridad de la ONU. Resaltan las semejanzas entre el proceso de restauración que consagró el Congreso de Viena, con la involución generada por el desplome del ex campo socialista. También señalan analogías entre la pentarquía, que construyó hace dos centurias un orden contrarrevolucionario (Rusia, Prusia. Austria, Inglaterra y Francia) y la coordinación que rige bajo el imperialismo contemporáneo. (4)

El equilibrio del siglo XIX se rompió al calor de la expansión capitalista, que reabrió las rivalidades bélicas. El ascenso de Prusia erosionó primero la hegemonía de Inglaterra y desembocó posteriormente en la Primera Guerra Mundial. La segunda conflagración internacional fue más demoledora y puso en peligro la propia supervivencia del capitalismo.

Las clases dominantes emergieron aterrorizadas de estas experiencias y son muy conscientes de los peligros que rodean a esos enfrentamientos. Por esta razón forjaron un sistema de protección bajo el mando estadounidense e introdujeron una forma de manejo imperial colectivo, que perdura hasta la actualidad.

Guerras globales y hegemónicas

El sistema que erigieron las grandes potencias diluye el peligro de guerras inter-imperiales, pero está sometido a otras tensiones. Un factor de permanente inestabilidad es la tendencia norteamericana a transformar su primacía en control mayúsculo. Cada agresión concertada de la tríada contra algún blanco de la periferia, contiene siempre una advertencia implícita del Pentágono contra sus aliados. Estas amenazas socavan la consistencia de la gestión conjunta.

Estados Unidos necesita intensificar su acción militar global para hacer visible su superioridad militar. No puede usufructuar de su ventaja, si las mantiene siempre en reserva. Está compelido a utilizar además toda su artillería, para contrarrestar la pérdida de superioridad comercial e industrial. La agresividad norteamericana no quiebra al imperialismo colectivo, pero afecta su desenvolvimiento.

La tríada funciona sobre un cimiento de asimetrías militares que perturban la coordinación imperial. Esta contradicción se verifica en los conflictos que se desarrollan como guerras globales y los choques que dan lugar a guerras hegemónicas. Mientras que el primer tipo de confrontaciones emerge de acciones conjuntas, el segundo tipo de pugnas consuma agresiones instrumentadas por cada potencia, al servicio de sus propios intereses.

Las guerras globales se diferencian en forma muy nítida de las viejas sangrías imperialistas. Implican acciones compartidas por todos los aliados, especialmente contra los países de la periferia. Incluyen un amplio despliegue militar, que es justificado con apelaciones a garantizar la “seguridad”.

Este último concepto es polimorfo y diluye las diferencias clásicas entre defensa exterior (ejército) y control interno (policía). Está dirigido contra enemigos difusos (“terrorismo”), que no tienen localización geográfica definida (“narcotráfico”). El argumento de la seguridad es utilizado para tornar porosas las fronteras e implementar guerras preventivas, que se sustentan en justificaciones imprecisas.

Las guerras globales son materializadas en nombre de un principio más amplio de “la seguridad colectiva”. Este criterio relega la defensa tradicional del territorio, como argumento central de la acción bélica. Se afirma que las mafias operan a escala mundial y deben ser combatidas en el mismo plano. Se estima que la globalización de la violencia torna obsoletos los antiguos principios de defensa nacional.

Pero en los hechos la “seguridad global” está en manos de la OTAN o del Consejo de Seguridad de la ONU y es utilizada de pretexto por las potencias imperialistas, para concertar alguna agresión. Con este argumento se implementaron, las guerras consensuadas de la era Clinton y la primera guerra del Golfo. La alianza que se forjó para llevar cabo ese desembarco incluyó a 26 países, tuvo asegurada una financiación repartida, contó con el visto bueno de todas las elites y siguió la escalada prescrita por la diplomacia imperial.

Estas incursiones multilaterales se llevan a la práctica, habitualmente, con algún estandarte de “intervención humanitaria” (Yugoslavia, Haití). Son precedidas por advertencias de la “comunidad internacional”, que alega alguna violación del derecho internacional. No exigen los acuerdos puntuales entre las potencias que se tramitaban en el pasado (dentro de la Sociedad de Naciones). Se procesan constantemente en los organismos permanentes que surgieron de la Segunda Guerra (Consejo de seguridad de la ONU).

Las guerras globales modifican sustancialmente la dinámica tradicional de las conflagraciones inter-estatales. Se basan en nuevos principios de intervención, regulados a escala mundial. Sustituyen parcialmente la función histórica que conservaba cada estado, para organizar de la guerra en función de sus propios criterios de soberanía territorial. Estos fundamentos han quedado reemplazados por una acción capitalista colectiva contra las insubordinaciones sociales y los peligros geopolíticos.

Pero el carácter global de estas intervenciones queda invariablemente socavado por el comando que ejerce Estados Unidos. Con una red de 51 instalaciones globales para realizar desplazamientos diarios de 60.000 efectivos en 100 países, la primera potencia tiende a convertir las acciones globales en incursiones propias.

En muchos casos Estados Unidos implementa directamente atropellos unilaterales para reafirmar su dominación. Estas iniciativas se consuman en las regiones que considera propias (Panamá, Granada) y en las zonas que incluyen recursos o localizaciones estratégicas. La invasión a Irak que realizó Bush II constituyó un ejemplo de esta variante de agresiones. Actualizó las incursiones concebidas por Reagan en los años 80, para restablecer la primacía norteamericana con explícitos actos de provocación.

Las guerras hegemónicas constituyen también un producto de la tendencia norteamericana a imponer sus propias exigencias y necesidades a todos sus socios. La primera potencia busca controlar a sus aliados, evitando conflictos dentro del mismo campo. Pero las acciones unilaterales que desarrolla contra terceros, son también advertencias contra los miembros de su propio campo. Esta duplicidad conduce a transformar muchas operaciones conjuntas en incursiones propias.

La guerra imperial común iniciada en el Golfo derivó por ejemplo en una guerra hegemónica de Estados Unidos en Irak. Aquí fue visible el giro del interés colectivo inicial hacia una pretensión propiamente norteamericana.

Este desemboque obedece a distintas razones. A veces surge del fracaso de los operativos, en otros casos deriva de ambiciones específicamente estadounidenses y en ciertas circunstancias es un resultado de la simple dinámica de la agresión. Los voceros de políticas más pluralistas (Kissinger, Nye) y más hegemónica (Huntington) se suceden, en función del perfil que asume cada conflicto.

El imperialismo colectivo opera mediante una mixtura de guerras globales. Resulta imposible sostener el primer tipo de operaciones sin la conducción norteamericana y es muy difícil mantener la segunda variante, sin alguna colaboración de los socios de la tríada.

Asociación y mundialización

La solidaridad militar entre las potencias y la acción geopolítica coordinada que impera bajo el imperialismo actual, también obedece a la existencia de nuevas asociaciones económicas entre capitales de distinto origen nacional. Estos entrelazamientos han influido significativamente en el giro del conflicto inter-imperial, hacia las políticas compartidas que se verifican desde posguerra. La amalgama económica acota las tensiones entre los viejos contrincantes e induce a procesar las diferencias en un marco común.

El origen de esta internacionalización del capital fue el sostén norteamericano a la reconstrucción de los países derrotados después de la segunda guerra. Estados Unidos no desmanteló la industria, ni sepultó los avances tecnológicos de sus adversarios, sino que les concedió créditos para forjar el marco asociado. Aunque el propósito principal de este apuntalamiento era contener el avance soviético, el auxilio americano favoreció la gestación del patrón económico que singulariza al imperialismo colectivo.

La reindustrialización conjunta y la constitución de formas de consumo compartidos afianzaron la interdependencia de la tríada. Se forjó un abastecimiento concertado de materias primas y un desenvolvimiento extra-territorial de empresas multinacionales, en áreas monetarias compatibles.

Cuando la reconstitución de posguerra concluyó y reapareció la rivalidad entre las potencias, salieron también a flote los límites de esta coexistencia. Estados Unidos hizo valer su primacía militar para conservar ventajas, pero nunca llevó esta presión a situaciones de ruptura.

Las empresas chocaron por el control de los principales negocios, pero en un marco de mutua penetración de los mercados. La incidencia inicial de las firmas norteamericanas en Europa y Japón fue sucedida posteriormente por un proceso inverso de gran presencia de inversores y capitales externos en la economía estadounidense.

Estados Unidos recurrió al señorazgo del dólar y a la unilateralidad comercial y sus socios respondieron con aumentos de competitividad, que acentuaron los problemas de la primera potencia. Pero nadie quebrantó el nuevo marco de internacionalización económica conjunta. Las presiones más fuertes hacia el mercantilismo quedaron frenadas por la magnitud de las inversiones, que las empresas localizaron en los mercados de sus rivales.

El mantenimiento de esta asociación se explica también por el tamaño de los mercados actualmente requeridos para desenvolver actividades lucrativas. Las grandes corporaciones necesitan actuar sobre estructuras de clientes, que desbordan las viejas escalas nacionales de producción y venta. La compulsión competitiva no sólo obliga a incursionar en el exterior, sino que impone una presencia permanente en los mercados foráneos. La gigantesca dimensión de estas operaciones crea entre los propios competidores, un fuerte sentimiento de preservación de la actividad global.

Por esta razón la asociación internacional de capitales presenta un carácter perdurable. Más allá de los vaivenes coyunturales, esta interpenetración expresa el elevado nivel de centralización que alcanzó el capital. Las empresas necesitan sostener la escala de su producción, con inversiones repartidas en varios países, a través de convenios de abastecimientos situados en muchas regiones. La internacionalización es un resultado de estas exigencias.

La manifestación más visible de este entrelazamiento es la gravitación alcanzada por las empresas transnacionales. Unas 200 compañías de este tipo controlan un tercio de la producción y el 70 % del comercio mundial. Gestionan el 75 % de las principales inversiones y casi todas las transacciones de productos básicos. Se ha estimado que un hipotético país conformado por estas compañías ocuparía el octavo lugar en un ranking del poder económico y contaría con un PBI superior al vigente en 150 países. La “fábrica mundial” y el “producto mundial” no son la norma actual, pero constituye una tendencia del capitalismo contemporáneo. (5)

Estas compañías compiten entre sí, mediante segmentaciones productivas y especializaciones tecnológicas, para usufructuar de la explotación de la fuerza de trabajo. Protagonizan intensas carreras para reducir costos y ampliar las ganancias. Pero necesitan conservar un marco de convivencia global para sostener esta batalla.

La ofensiva del capital contra el trabajo que consumó el neoliberalismo reforzó esta asociación de capitales en los tres terrenos de mundialización financiero, internacionalización productiva y liberalización comercial. Este proceso es congruente con otras tendencias globalizantes, como la homogenización del consumo, los agro-negocios, las articulaciones fabriles y la deslocalización de la producción y los servicios.

Este salto de la mundialización constituye una transformación clave de la economía capitalista. Los cuestionamientos a la presentación apologética de este viraje -como un destino inexorable o favorable al progreso de la humanidad- no deben conducir a la negar su ocurrencia. Tal como sucedió en etapas precedentes capitalismo, un período de estabilización político-económica bajo el padrinazgo de la potencia dominante, facilita las transformaciones cualitativas del sistema. En el periodo actual la asociación económica apuntaló la gestión imperial conjunta.

Coordinación acotada

El significativo avance que se ha registrado en la internacionalización económica no tiene correspondencia directa en el plano estatal. Hay mayor asociación productiva, comercial y financiera, sin contraparte institucional. Sólo existe una variedad limitada de organismos globalizados (FMI, OMC, BM), en un marco de instituciones regionalizadas (UE, ASEAN, MERCOSUR, NAFTA). El soporte real de estas estructuras son los viejos aparatos estatales, que operan a escala nacional.

Este escenario ilustra el alcance limitado de una mundialización que avanza sin desbordar ciertas fronteras. Hay mayor movilidad de los capitales financieros, pero en radios controlados por los distintos países. El comercio internacional ha crecido por encima de la producción, pero mediante intercambios que atraviesan las aduanas. Las empresas transnacionales actúan en todo el planeta, pero amoldadas a las regulaciones que fija cada estado.

Los dueños de estas compañías mantienen sus pertenencias de origen y operan dentro de sistemas productivos, que utilizan parámetros de competitividad nacional. Estos indicadores influyen sobre el perfil que asumen todas las compañías.

Los estados nacionales persisten, por lo tanto, como un pilar subyacente de la nueva estructura crecientemente globalizada. Esos organismos continúan actuando como mediadores de la actividad económica y como coordinadores del imperialismo colectivo. A diferencia de pasado, las políticas económicas nacionales están sujetas a convenios y condicionamientos multilaterales. Pero el FMI o la OMC sólo pueden instrumentar sus propuestas, a través de los ministerios y los funcionarios de cada país.

Esta perdurabilidad de los estados nacionales obedece a su rol insustituible en la gestión de la fuerza de trabajo. Sólo partidos, sindicatos y parlamentos nacionales pueden negociar salarios, garantizar la estabilidad social y monitorear la segmentación laboral, que requiere el capitalismo.

Únicamente las instituciones que operan bajo el paraguas de los estados nacionales pueden negociar contratos, discutir despidos y limitar las huelgas que obstruyen la acumulación. Ninguna entidad global cuenta con sistemas legales, tradiciones sociales o legitimidad política suficiente, para asegurar esa disciplina de la fuerza laboral.

Esta gravitación de los estados nacionales -en un marco de creciente globalización- obedece, en parte, a la ausencia de burguesías mundiales. Hay mayor entrelazamiento de las clases dominantes de distintos países, pero no existen bloques transnacionales indistintos. Las convergencias multinacionales no han disuelto las viejas pertenencias, que aún cohesionan a los banqueros, a los industriales y a los rentistas. Esos alineamientos entre connacionales persisten, en un contexto de nueva gestión internacionalizada de los negocios.

Las viejas solidaridades de origen no han quedado sustituidas por los nuevos conglomerados transfronterizos. Lo que existe es una mayor integración mundial de actividades económicas, que genera afinidad de compromisos políticos-militares.

Pero estas asociaciones operan en el marco de los estados nacionales existentes, a través de cambios en el balance de fuerzas, entre los sectores locales y globalizados de cada grupo dominante. Estos equilibrios difieren sustancialmente en las distintas regiones.

En Estados Unidos se afirma la gravitación de los segmentos internacionalizados, pero persiste la incidencia de los grupos dependientes del mercado local. En Europa se está construyendo una clase capitalista continental, con distintos vínculos de asociación extra-regional en cada país. En Canadá, Suiza u Holanda el nivel de entrelazamiento mundial de los dominadores supera el promedio general y en Japón se sitúa por debajo de esa media.

Estas diferencias retratan la inexistencia de un proceso uniforme de transnacionalización. Demuestran el carácter sinuoso de un proceso, que continúa mediado por la ubicación que mantiene cada estado, en el concierto internacional de las naciones.

Los ritmos de mundialización de cada grupo dominante dependen a su vez de la inclinación transnacional de las capas gerenciales y burocráticas de cada país. El giro mundialista es más pronunciado en los altos funcionarios y directivos que comparten costumbres cosmopolitas.

Cuanto mayor es la responsabilidad de estos sectores en las empresas transnacionales o en los organismos internacionales, menor afinidad mantienen con su vieja pertenencia nacional. Frecuentemente preservan una identidad dual. Pero esta evolución no se extiende al grueso de las clases dominantes.

El proceso de integración multinacional se mantiene sujeto a las mediaciones de los viejos aparatos estatales, generando grandes contrasentidos. Las clases dominantes utilizan, por ejemplo, el discurso de la globalización para atropellar a la clase obrera, pero bloquean la extensión de este principio a la libre movilidad de los asalariados. Aceptan la mundialización del capital, pero no del trabajo. Promueven la internacionalización de los negocios, pero rechazan su aplicación a cualquier acto de solidaridad social. Esta dualidad constituye tan sólo una muestra de las nuevas contradicciones en curso.

Límites y dimensiones

El imperialismo ha globalizado su acción, en un marco de rivalidades continuadas y pertenencias a estados diferenciados. Esta gestión común ha modificado las formas de la dominación, que en el pasado se conjugaban en plural (choque de potencias), en la actualidad se verbalizan en singular.

Hay un imperialismo colectivo en el centro de la escena internacional. Pero la inexistencia de un estado mundial preserva la gravitación de las instituciones nacionales. La reproducción internacionalizada del capitalismo continúa desenvolviéndose por medio de múltiples estados. Esta convivencia demuestra que no existe una relación mecánica, entre la integración global de los capitales y surgimiento de un estado planetario. Las propias fracciones internacionalizadas necesitan utilizar la antigua estructura estatal, para viabilizar políticas favorables a su inserción global.

Sólo desde esa plataforma pueden impulsar leyes que liberalicen la entrada y salida de los fondos financieros, medidas favorables a la reducción de los aranceles y políticas de promoción de las inversiones foráneas. No existe ningún otro mecanismo para instrumentar esas iniciativas. Únicamente las burocracias nacionales pueden promover o bloquear esos procesos.

Un resultado paradójico de la mundialización en curso es esta dependencia de las reglas vigentes en cada territorio. Ningún organismo multilateral puede asegurar la estabilidad de los negocios, sin el auxilio de legales o coercitivos tradicionales.

El estado burgués nacional es la construcción histórica que sostuvo el surgimiento del capitalismo. Esa entidad fijó todas las normas que rigen la competencia por beneficios surgidos de la explotación. No es fácil reemplazar ese organismo por otro más adaptado a la internacionalización que ha registrado el sistema. Esta falta de sincronía entre la mundialización del capital y sus equivalentes en terreno de las clases y los estados, genera permanente tensiones.

Hay mayor coordinación económica, pero los representantes políticos de los distintos estados no traducen directamente el interés transnacional de las empresas asociadas. Como todas negociaciones se procesan a través de mediaciones variadas, siempre emerge alguna disonancia. Incluso las convergencias económicas que se alcanzan en la OMC, el BM o el FMI, no tienen contrapartida directa en la ONU o el G 7. En última instancia, la creciente mundialización choca con rivalidades económicas, que socavan los paraguas políticos de esa internacionalización.

Este escenario de constantes desequilibrios fragiliza los organismos multilaterales, desestabiliza a los estados nacionales y reduce la legitimidad de todos los artífices de la mundialización. Los obstáculos que actualmente enfrenta el imperialismo colectivo provienen de ese debilitamiento.

Para cumplir con la meta neoliberal de internacionalizar los negocios atropellando a los trabajadores, los estados nacionales redujeron en las últimas décadas todas las conquistas de posguerra. Rentabilizaron los negocios, pero quebrantaron la autoridad burguesa acumulada durante la era de concesiones sociales. El resultado de esta gestión regresiva es una pérdida de legitimidad, que socava el propio sustento social que requiere la reproducción del capital.

Esta erosión se acentúa día a día con la delegación de facultades nacionales hacia los organismos supranacionales. Estas transferencias corroen las viejas soberanías, a medida que irrumpe el nuevo poder de decisión que asumen las instituciones regionales o globales. Un proceso destinado a fortalecer la mundialización termina deteriorando este objetivo, al amputar la autoridad a los viejos estados que sostienen la internacionalización en curso.

El capitalismo contemporáneo se encuentra sometido a una presión mundializante que acentúa los desequilibrios del sistema. La compulsión a expandir la acumulación a todos los rincones del planeta está afectada por los obstáculos que genera esa universalización. Por esta razón, las formas de gestión económica asociada que facilita el imperialismo colectivo están permanentemente obstruidas por tensiones geopolíticas.

La imagen armónica de la globalización como una sucesión de equilibrios mercantiles planetarios, sólo existe en la ensoñación neoliberal. El capitalismo realmente existente está acosado por tensiones intensas, que exigen la intervención imperial para asegurar la continuidad del sistema. Sin marines, pactos del G 20 y ultimátum de la ONU, ninguna empresa transnacional podría garantizar su actividad.

El imperialismo contemporáneo utiliza la violencia para brindar el mínimo de estabilidad que requiere la internacionalización del capital. Desenvuelve esta función en una triple dimensión de coordinación de económica, asociación política y coerción militar. Es importante registrar estas variadas dimensiones, para evitar las caracterizaciones unilaterales del fenómeno.

Cuando se denuncian sólo las atrocidades bélicas resulta posible suscitar la indignación colectiva, pero no se esclarecen las motivaciones geopolíticas, ni la lógica económica de estas tragedias. Cuando se pone el acento sólo en la perfidia de la diplomacia tradicional, queda ensombrecido el sostén militar y los intereses financieros e industriales que motivan el accionar imperialista. Cuando se resaltan únicamente los propósitos de lucro, no se capta la amplia gama de recursos políticos y armados que utilizan las potencias, para imponer sus prioridades.

En última instancia una visión totalizadora del imperialismo contemporáneo presupone una comprensión igualmente abarcadora del capitalismo actual. Las carencias en uno u otro terreno impiden entender la dinámica del sistema vigente.

Lo esencial es notar que el imperialismo contemporáneo incluye una gestión colectiva de la triada bajo la protección militar norteamericana. Esta preeminencia impide un manejo equitativo del orden mundial, pero introduce formas de administración que sustituyen el viejo escenario de guerras inter-imperiales por una combinación de de incursiones conjuntas y agresiones específicas de cada potencia. Esta solidaridad militar obedece, a su vez, al peso alcanzado por nuevas asociaciones económicas entre capitales de distinto origen nacional. Para comprender esta evolución es muy útil observar lo ocurrido en la última década.

Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

Ver también:

1) Amin Samir, El imperialismo colectivo, IDEP-CTA, Buenos Aires, 2004. Amin, Samir, “Geopolítica del imperialismo colectivo”, en Nueva Hegemonía Mundial, CLACSO, Buenos Aires, 2004.
2) Serfati Claude. La mondialisation armée Textuel, Paris, 2001
3) Ver: Borón Atilio. “Hegemonía e imperialismo en el sistema internacional”, en Nueva Hegemonía Mundial, CLACSO, Buenos Aires, 2004. Borón Atilio, “La cuestión del imperialismo”. La teoría marxista hoy, CLACSO, Buenos Aires, 2006.
4) Anderson Perry. “Algunas observaciones históricas sobre la hegemonía”, C y E, año II, n 3, primer semestre 2010.
5) Hemos desarrollos este tema en: Katz Claudio. -“Desequilibrios y antagonismos de la mundialización”. Realidad Económica n 178, febrero-marzo 2001, Buenos Aires, Argentina.

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-Mann Michael. “Globalisation is among other things, transnational, international and American”, Science and Society vol 65, n 4, winter 2001-2002.
-Martínez Peinado Javier, “Globalización, capitalismo e imperialismo”, Viento Sur, n 100, enero 2009.
-Panitch Leo, “The state, globalisation and the new imperailism”, Historical Materialism, vol 9, winter 2001.
-Panitch Leo, Leys Colin. “Las finanzas y el imperio norteamericano”. El Imperio Recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005.
-Pijl Kees van der, “Globalisation or class society in transition?”, Science and Society vol 65, n 4, winter 2001-2002.
-Pincon Michel, Pincon-Charlot Monique. Sociologie de la bourgeoisie, La decouverte, Paris, 2000.
-Salesse Yves. Reformes et révolutions: propositions pour une gauche de la gauche. Ed Agone, 2001, Marseille, (cap 5)
-Serfati Claude. “La economía de la globalización y el ascenso del militarismo”. Coloquio Internacional Imperio y Resistencias. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, México, 6 de octubre de 2005.
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-Serfati Claude. “La euro-potencia y el militarismo europeo”. Viento Sur n 74,
-Serfati Claude. “Violences de la mondialisation capitaliste”. Contretemps, n 2, septembre 2001.
-Wood Ellen Meiksins, “Logics of Power”, Historical Materialism, vol 14.4, 2006.
-Wood Ellen Meiskins. Empire of Capital, Verso 2003.(preface, introducción, cap1).
-Wood Meisksins Ellen, “A reply to critics” Historical Materialism vol 15, Issue 3, 2007
-Wood, Ellen Mesikins, Democracy against capitalism, Cambridge University Press, 1995, (cap 7).
-Zolo Danilo. Cosmópolis. Perspectiva y riesgos de un gobierno mundial, Paidos, Buenos Aires, 2000, (cap 1, 2).

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El 15 M

Juan Diego García (especial para ARGENPRESS.info)

El movimiento iniciado el 15 de mayo pasado en España despierta todo tipo de reacciones, desde quienes saludan esta iniciativa como la respuesta más adecuada a la crisis actual hasta aquellos que ven tras bambalinas oscuras fuerzas manipulando el descontento general e intentando canalizarlo (y no precisamente desde la izquierda).

Su composición social es muy diversa y aunque inicialmente se trataba de algunos grupos de jóvenes afectados por la falta total de perspectivas, de forma creciente se han ido agregando otros colectivos, así que hoy aglutina un amplio espectro de víctimas del desempleo, los bajos salarios, las pensiones reducidas y amenazadas, la falta aguda de vivienda y otras causas que sumadas van conformando un panorama de reivindicaciones que interesan prácticamente a la mayoría de la población. A excepción de la derecha política y sus medios de comunicación, los pequeños comerciantes que se dicen afectados por las acampadas que supuestamente disminuyen sus ventas y algunos policías de Barcelona que se manifiestan defraudados por no haber podido golpear con más contundencia a los congregados en la Plaza de Cataluña, parece ser que para la ciudadanía en general la protesta no solo es justa y bien recibida sino que recoge el desaliento general, la decepción por la política y el sentimiento de incertidumbre que provoca un futuro tan poco claro como el actual.

El 15 M resulta revolucionario por su impacto aunque no necesariamente por su programa. En realidad, revisando una a una sus reivindicaciones se puede constatar que ninguna de ellas es original de los acampados ni va más allá de la reforma del sistema actual, algo que contrasta con su consigna principal que aboga por una democracia efectiva. Ocurre sin embargo que en medio de una situación política como la actual, las reivindicaciones levantadas aunque tengan tan solo un contenido reformista se convierten casi en subversivas pues ponen en tela de juicio la capacidad misma del orden social vigente para establecer un modelo de sociedad en el cual las necesidades básicas de las personas estén garantizadas. En otras palabras, el desmonte del Estado de Bienestar (las actuales “reformas”), la creciente limitación de los derechos ciudadanos (al abrigo de la “guerra contra el terror”) y el crecimiento amenazante de un nuevo fascismo (la ultra derecha que ya forma parte de algunos gobiernos en el continente) aparecen cada vez con mayor claridad como manifestaciones naturales del mismo sistema, como resultados propios de un capitalismo que sería por tanto incapaz de resolver sus propias contradicciones y - como antaño - estaría llevando a la anulación progresiva de la democracia burguesa, a las crisis que de cíclicas parecen convertirse ya en la forma permanente del funcionamiento de la economía y alimentando los nubarrones de las guerras imperialistas que en esta ocasión, antes que enfrentar a los países ricos unos contra otros, llevan la muerte y la destrucción a la periferia del sistema, como en los peores tiempos del colonialismo clásico.

Lo cierto es que este movimiento (aunque no lo reconozca) recoge las propuestas de la izquierda política española (Izquierda Unida, por ejemplo), de diversas corrientes del ecologismo, las reivindicaciones de género y otras similares que en las últimas décadas se han venido formulando en el fragor de la lucha contra la ofensiva neoliberal. Se destaca la crítica a fondo del sistema electoral con todas las limitaciones que consagra en España un bipartidismo asfixiante que excluye a la izquierda de inspiración marxista y conforma unas instituciones parlamentarias con un peso sobredimensionado de la derecha y los nacionalismos burgueses. El 15 M expresa la indignación ciudadana por la corrupción y la impunidad que favorece a los grandes capitalistas y sus representantes políticos, por la degradación de la política y sobre todo, por el papel de los grandes grupos de intereses nacionales y extranjeros que son quienes toman las decisiones importantes por encima de las instancias parlamentarias y para los cuales el poder político actúa como fiel guardian y obsequioso protector. ¿Qué democracia puede existir si el voto de un banquero vale en la práctica mucho más que el de millones de ciudadanos? ¿Para qué una democracia representativa si las decisiones que importan ni expresan el sentir general ni se toman en el parlamento sino en las juntas directivas de los grandes consorcios?.

La denuncia airada del papel de los centros financieros contrasta sin embargo con la muy escasa exigencia sobre el gasto militar (un escuálido renglón, al final del programa del 15 M) del que solo se pide su reducción. Y llama la atención porque si bien España no tiene un rol destacado en la producción y venta de armas si tiene una función en la estrategia militar de la OTAN que le convierte en pieza del engranaje bélico de las grandes potencias de Occidente. Las bases estadounidenses en territorio español (incluyendo armamento atómico) y la presencia de España en las guerras en Libia y Afganistán difícilmente resultan compatibles con una vocación pacífica y poco o nada tienen que ver con los verdaderos intereses de la ciudadanía.

El 15M es sin duda una manifestación de espontaneidad en el más puro estilo. Resuma romanticismo, colorido y creatividad en contraste con el acartonamiento de las organizaciones políticas y sociales tradicionales (partidos, sindicatos, asociaciones empresariales, etc.) que resultan cada vez más insípidas y lejanas al ciudadano medio, cuando no abiertamente repulsivas como responsables de la atmósfera de incertidumbre e impotencia que se respira (más aún cuando se las asocia, no siempre con razón, a las manifestaciones de la corrupción galopante). En su carácter espontáneo encuentra el 15 M su fuerza inicial pero también el principio de su debilidad futura. La necesidad de la organización como requisito indispensable para que el movimiento alcance forma y funcionamiento permanentes y pueda generar un factor a considerar en la correlación de fuerzas sociales en conflicto es ya evidente. De no ser así, toda la iniciativa se diluye de la misma forma espontánea en que se originó. Dejará tras de si algunos sinsabores de lo que pudo haber sido y no fué pero servirá sin duda para elevar la conciencia ciudadana, esa que aprende en las batallas callejeras de algunos días más de lo que deja la tranquila experiencia de la participación indirecta por años.

Se impone la necesidad del factor organización; aparece de nuevo la inevitable burocratización (en el sentido exacto del término) como condición para dirigir y mantener el movimiento, para recoger y sistematizar el deseo de quienes lo conforman y sobre todo para negociar con el poder los cambios que se buscan. La asamblea como instrumento primordial de acción tiene sin duda alguna la enorme virtud de permitir una participación efectiva de la gente (siempre y cuando no esté presidida por la manipulación y el control de minorías) pero debe necesariamente complementarse con la delegación, con instancias organizativas. No se lleva una asamblea a la mesa de negociaciones. Si la burocracia como necesidad engrendra el riesgo de sacrificar la democracia, de hurtar el poder a la ciudadanía que dice representar, los gestos espontáneos por si mismos, ni están exentos de peligros semejantes ni están en capacidad de reemplazar a la organización que asegura la eficacia.

Y ese debe ser uno de los problemas que deben resolver los acampados en las Plazas de España (y otros países) aunque emitan duras declaraciones en contra de toda forma de organización partidaria. Por otra parte, declarar que “no son de izquierda ni de derecha” podría comprenderse por el desprestigio general de la política pero supone desconocer que todas y cada una de sus actuales reivindicaciones han sido precisamente las banderas de lucha (por décadas) de revolucionarios, reformistas sinceros, ecologistas, pacifistas y demás iniciativas ciudadanas que se han entendido siempre como de izquierda. El “adanismo” (antes que yo no hubo nada) puede aceptarse como una expresión comprensible de gentes muy jóvenes, impacientes ante el panorama desolador de la izquierda actual en España (y podría decirse que en diversos grados, en toda Europa) pero significa desconocer la propia historia. Y a veces, tales ignorancias resultan de enorme crueldad. Haber expulsado por ejemplo, de la plaza de Sol, a un grupos de gentes mayores que portaban la bandera republicana es buena muestra de ello: muchos de aquellos ancianos y ancianas llevan varios años, cada semana, acudiendo a esa plaza (de enorme significado para los defensores de Madrid durante el asedio en la Guerra Civil), enarbolando la bandera tricolor de la II República como símbolo de la lucha por la democracia. Quienes les sacaron de la plaza de Sol seguramente ignoran que la democracia de la que hoy gozan y la que les permite la ocupación de aquel lugar es, entre otras cosas, resultado de la lucha valiente de los muchos que resistieron entonces al fascismo. Si esa bandera no les dice nada deberían mirar con más seriedad los acontecimientos históricos que representa. Seguramente aquellas batallas les darán muchas luces para los combates del presente.

El gobierno dejará seguramente que el movimiento se prolongue un par de semanas más, hasta que llegue el verano, con la esperanza de que el cansancio y las vacaciones estivales agoten energías y desvíen la atención del público. Mantenerse y ampliarse, conservando la actual espontaneidad en equilibrio con las necesarias formas de la organización, es al parecer el reto de este despertar colectivo, de esta nueva batalla por la democracia en España. Por otra parte, resulta por demás problemático exigir a la llamada “clase política” (tan bien personificada en la protesta por PP, el PSOE y los partidos burgueses del nacionalismo periférico) que sea ella misma la que realice las reformas. Si no es aconsejable esperar que el zorro cuide las gallinas ¿Cuál es entonces el camino? ¿De qué manera se puede alcanzar la democracia real con las reglas de juego y los protagonistas actuales?. Este es un reto de naturaleza política de grandes dimensiones, probablemente el mayor al que está sometido el movimiento 15 M.

Si el sistema admite las reformas (con esta u otra “clase política” en las instituciones) se impone encontrar los caminos y métodos que lleven a su realización. No basta indignarse por legítimo que sea, es obligatorio para quienes llaman al combate, no solo levantar en alto las banderas de la lucha social sino indicar los medios prácticos mediante los cuales esos objetivos se pueden alcanzar. No basta pues con tener razón; es indispensable saber cómo llegar a buen puerto. Ese es precisamente - hasta hoy y que se sepa- el papel de las vanguardias políticas: sintetizar las experiencias, recoger los reclamos, darles forma y sobre todo, saber de qué manera un colectivo social ha de movilizarse para generar una correlación de fuerzas que le permita hacer realidad sus sueños. Pero hoy como ayer, es el ariete el que rompe el muro.

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Joaquín Pérez y Julián Conrado dejan desnudo al rey: Hugo Chávez y el punto de inflexión boliburgués

Lucía Ruiz (especial para ARGENPRESS.info)

La política de Estado, implementada por el presidente Hugo Chávez, de secuestro y entrega express contra periodistas, luchadores populares y revolucionarios ha puesto de manifiesto abiertamente cuál es el verdadero derrotero del proceso bolivariano democrático-nacionalista que él lidera en Venezuela.

Ya no hay espacio al error, ni muchos menos, llamarse al engaño con argumentos pueriles de que Chávez fue asaltado en su buena voluntad por una sarta de funcionarios corruptos e incompetentes. El punto de inflexión hasta dónde estaba dispuesto a llegar el proyecto chavista lo marcó el asunto Joaquín Pérez Becerra, lo demás son especulaciones boliburgueses

No nos llamemos a engaños, ni fundemos vanas esperanzas en que los intereses de Hugo Chávez y su bolivarianismo burocrático pasa por meridiano de la lucha socialista del pueblo venezolano y latinoamericano. Todo está claro, el mismo Hugo Chávez ha asumido la responsabilidad de este adefesio jurídico, antipopular, antidemocrático y anti-ético de entregas express como su política de Estado. Es decir, ya no se trata de “papas calientes”, de “trampas”, ni de “puñaladas en la espalda” como trató de argumentar en el caso de la vil entrega del periodista de ANNCOL, Joaquín Pérez, al régimen fascista de Colombia. Ahora Chávez está en “cumplimiento de los acuerdos internacionales”, ¿cuáles? ¿La agenda gringa de lucha contra el terrorismo o, la del gobierno narco-paramilitar de Juan Manuel Santos, o ambas?

Todos los hechos indican que Chávez está cumpliendo ambas agendas de maravilla hasta el punto que ha rebasado con creces la política del imperio. Entregas express, censura a los medios oficiales y alternativos, despido de periodistas honestos y críticos, operativos conjuntos con los criminales servicios de inteligencia colombianos, y amenazas de captura conjunta a cuanto luchador popular asome por las tierras de Simón Bolívar.

Tras un operativo conjunto entre los servicios de inteligencia del Estado venezolano y del estado fascista de Colombia, para capturar a Julián Conrado -el cantor de la esperanza, la alegría, la libertad y del verdadero proyecto bolivariano- en territorio venezolano, Hugo Chávez llega incluso desafiantemente a afirmar "No podemos permitir la presencia en Venezuela de ningún cuerpo digamos armado o no pero que esté fuera de la ley''. Esta amenaza no es otra cosa que una caza de brujas y no puede llevar a equívocos. Hay que interpretarla como es, pues de lo contrario, puede conducirnos a graves y lamentables consecuencias que atenten contra la seguridad y la vida de luchadores y rebeldes, y por ende contra procesos revolucionarios en Venezuela y en América Latina en especial contra la lucha que desarrollan heroicamente las fuerzas populares y revolucionarias de Colombia.

Que quede bien claro, no es que el suelo de Venezuela, ni su pueblo luchador y solidario se haya convertido en un peligro para los revolucionarios del mundo. El que se ha convertido un peligro para los luchadores y revolucionarios del mundo es el gobierno de Hugo Chávez y su alianza con las fuerzas narco-fascistas de Colombia.

Esta alianza DAS-CIA-MOSSAD-SEBIN puesta en funcionamiento por la dupla Santos/Chávez ha demostrado, además del peligro que encierra para los pueblos bolivarianos, que el imperio gringo, por intermedio del siniestro Juan Manuel Santos, no solamente encantó a Hugo Chávez, sino que Washington se decantó porque éste y el chavismo boliburgues continúe al frente del gobierno de Venezuela.

Esto puede sonar a herejía pero no es así. Estamos en la época de la Guerra de Cuarta Generación (G4G) y ésta fue concebida como guerra de conquista y diseñada, además, para aniquilar las guerras revolucionarias y las luchas de liberación de los pueblos. En la G4G la guerra sicológica conforma su columna vertebral, y al igual que en la guerra militar, un plan de guerra sicológica está destinado a aniquilar, controlar o asimilar al enemigo. Todo parece sugerir que los análisis del Pentágono con relación a la situación venezolana le han conducido a decantarse por una Venezuela gobernada por la boliburguesia burocrática chavista.

En el caso de Hugo Chávez el Pentágono ha optado por el momento controlarlo, pues existen asuntos y conflictos más importantes que atender en el caótico y convulsionado mundo para evitar una caída estruendosa del imperio. Un conflicto armado más y en el patio trasero, con una insurgencia armada en Colombia puede conducir no sólo al entierro del Estado narco-terrorista de Bogotá, sino a que no fluya diligentemente el petróleo venezolano a la sedienta Usamerica de hidrocarburos. Sin petróleo el colapso de imperial es inevitable. ¡Que viva la revolución bolivariana chavista!, pero que fluya el petróleo sin pausa a la metrópoli. Esta elección a favor del boliburguesismo de ninguna manera quiere decir que Usamerica no tenga todas las opciones sobre la mesa en caso de un incomodo Chávez.

El control y suministro de los hidrocarburos de Venezuela es de tal importancia estratégica y de seguridad nacional para Usamerica, que fuerza a que Washington esté dispuesto a llevar a cabo cualquier tipo de política y de agresión con tal de garantizar el petróleo venezolano. Suministro de petróleo que en 12 años de chavismo no se ha visto amenazado. Por eso mismo, es preferible un locuaz presidente que garantice el petróleo que necesita el imperio, que una Venezuela envuelta en un profundo conflicto con imprevisibles desenlaces. Y qué mejor que un presidente Hugo Chávez y su boliburguesía burocrática para esa tarea.

Según como se vayan desarrollando los acontecimientos el imperio gringo puede pasar del control del proyecto boliburgués a asimilarlo, pero esto aún no lo podemos saber, aunque ya se intuyan hechos concretos. Claros ejemplos de ello los podemos ver, en cómo el siniestro presidente del narco-terrorista Estado de Colombia, Juan Manuel Santos, maneja e impone su agenda su agenda “anti-terrorista” al presidente Chávez. Es en Bogotá en donde se dan los “partes de victoria” de las acciones ejecutadas por Caracas.

Ante el alud de críticas nacionales e internacionales que han arreciado contra Chávez por las vergonzosas y canallas entregas express y la pérdida de apoyo por tal vil política, el imperio le tiró una ayudita al imponerle sanciones a PDVSA. Esto le permite de recuperar en cierto grado la pérdida apoyo, ocultar las vergüenzas anti-éticas y la corrupción y, aglutinar a las masas venezolanas a su favor bajo el discurso “anti-imperialista”. Sanciones que hasta la misma Eva Golinger, intelectual acrítica de las entregas express, se apuró a describirlas como una acción imperial “simplemente mediática”.

Si en un momento dado la política de Estado anti-revolucionaria y anti-ética implementada por el gobierno de Hugo Chávez causó dudas e incertidumbres entre defensores de un proceso revolucionario en Venezuela y América Latina, hoy todas estas dudas están despejadas. Creo que eso está bien, aunque ello pueda producir desasosiego en personas y sectores revolucionarios. Y digo que está bien que ahora se haya hecho claridad hasta dónde estaba dispuesto a llegar Chávez y su proyecto boliburgues, pues muchos habían llegado a confundir y más grave aún, a fusionar el válido y necesario proceso democrático-nacionalista e independentista liderado por Chávez, con el proceso revolucionario bolivariano y socialista impulsado por amplios sectores y masas populares y revolucionarias que luchan y sueñan con una Venezuela libre, soberna, solidaria, internacionalista, democrática y socialista.

Por esto mismo, no importa que hoy esté tan cómodo y contento el presidente Hugo Chávez deslizándose éticamente y solidariamente cuesta abajo en el tobogán burgués que le tendió la metrópoli capitalista. Que los abyectos aplaudan hasta reventar. Que algunos no quieran ver la realidad. Que los intelectuales acomodados callen. Que Chávez vaya cogido felizmente de la mano asesina y traicionera de Juan Manuel Santos. Esto no importa, aunque cause dolor, rabia y tristeza ver como los valores éticos sean pisoteados en el fango de las apetencias personales.

Y esto de verdad no importa, hoy existe espacio para la duda Si que queremos una Venezuela y una América Latina libre, soberana, unidad y socialista debemos continuar con nuestro trabaja y lucha cotidiana e infatigable por hacer realidad este sueño y no permitir que cantos de sirenas con discursos light socialistas nos encierren, nos secuestren, y nos maten la esperanza de un mundo mejor para todos.

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Atar el salario a la evaluación pretende… “Culpabilizar a la docencia”

Laura Marrone (ADEMYS, especial para ARGENPRESS.info)

El 2 de Junio el Ministerio de Educación de Ciudad de Buenos Aires organizó un Seminario Internacional sobre Evaluación Docente al que debieron asistir equipos de conducción de niveles medios, superiores y de Programas del propio Ministerio. El diagnóstico que motivó el encuentro es la supuesta preocupación por el descenso de la “calidad” educativa que se habría manifestado en las últimas pruebas internacionales PISA. El propósito del Ministro Bullrrich fue poner al cuerpo de “líderes” del sistema educativo, a tono con el diseño de mercado que ya se emplea en otros países latinoamericanos y supone “atar el salario a la evaluación”, tal como había sido anunciada por los medios de prensa.

Los paneles del mismo estuvieron coordinados por entidades privadas como la Universidad Católica de Córdoba y la Universidad Maimónides. Entre los panelistas se encontraban integrantes de equipos de Ministerios de Educación de América Latina como Chile, Colombia, Ecuador, EEUU y Brasil así como de sindicatos de esos mismos países.

Los diferentes expositores mostraron los modelos de evaluación que, con variantes se realizan en cada uno de esos países. En general las propuestas tienen el denominador común de abrir hasta 5 categorías dentro de un mismo escalafón, al que se accede por evaluaciones con pruebas que administran los ministerios.

Las evaluaciones consideran variables como, competencia docente para el ejercicio de la profesión, el trabajo pedagógico y el dominio del conocimiento curricular, rendimiento de los alumnos, entre otras. Las pruebas sirven para categorizar al/la docente, y de esto depende el salario que puede variar hasta en un 200%. En caso de reiteración de resultados negativos se puede perder la categoría o directamente ser despedido/a.

A estos diversos regímenes son incorporados los nuevos ingresantes mientras los viejos lo hacen si lo desean, pero, paulatinamente, ven mermados sus salarios. De este modo en lugar de una “derogación” lisa y llana de los estatutos, se producen reformas y lo viejo se va “marchitando”, al decir de uno de los expositores, con lo cual se procura “eludir la resistencia docente al cambio”.

Por su parte, tanto el Ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni como la Secretaria de CTERA, Stella Maldonado, manifestaron su acuerdo con la existencia de formas de evaluación, aunque señalaron su discrepancia con que éstas tengan carácter punitivo para la docencia. El debate abierto por el PRO apunta a lograr el consenso con el Gobierno Nacional, a quien saludó por sus logros en educación y con los sindicatos.

Desde ADEMYS venimos denunciando que esta propuesta PRO es negativa para la educación pues no la mejora y en cambio establece perversos mecanismos de competencia entre docentes que inciden negativamente en el proceso de enseñanza - aprendizaje. Hemos señalado cómo en aquellos países donde se aplicó primero, como EEUU, su principal promotora la Vice Ministra de Bush, señaló el efecto negativo que provocó, ya que condicionaba la selección de contenidos por parte de la docencia al perfil de las empresas externas evaluadoras de los establecimientos educativos. Al culpabilizar al docente del resultado de los alumnos, se establecen mecanismos para evadir las responsabilidades de los gobiernos en garantizar la calidad educativa no sólo en cuanto a la formación y preparación de los docentes sino en cuanto a garantizar un buen salario, capacitación en servicio, recursos para los establecimientos, establecimientos en condiciones, etc.

ADEMYS ha señalado a la opinión pública, que siempre existió la evaluación de la tarea docente. Lo nuevo del Ministro PRO es querer hacerla punitiva. El cambio necesario no es según criterios de mercado, ni para establecer rankings al estilo Mc Donald’s de los docentes, con sistemas de premios y castigos, sino a modo de reflexión, para mejorar la tarea. Hemos propuesto en reiteradas oportunidades cómo mejorarla: en espacios de reflexión de la tarea individual y de equipos escolares, en el marco de espacios colectivos, con el propósito de reflexionar, diagnosticar, cambiar, sin que esto pueda tener, bajo ningún punto de vista consecuencias en la estabilidad laboral ni en el salario.

También hemos propuesto tomar ejemplos de países como Francia o Finlandia, donde la jornada y el calendario anual incluyen tiempo de reflexión para los equipos escolares, ateneos para el debate de situaciones problemáticas. También hemos propuesto que la formación docente continua se realice dentro del horario, en el marco de diseños o trayectos y no librados a la libre oferta y la demanda de cursitos hechos a contraturno, por entidades privadas dispares, bajo la lógica del credencialismo como ocurre en la actualidad.

Desde ADEMYS convocamos a tomar en nuestras manos el debate, a ser sujetos de propuestas de mejoras a ser elevadas y exigidas ante el gobierno y la Legislatura de la Ciudad, impidiendo que dudosas empresas de consultores, ONGs y universidades privadas se apropien de nuestro modelo escolar y de carrera docente.

Laura Marrone es Secretaria de Educación de ADEMYS.

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La calidad educativa puesta en cuestión

LA ARENA

Un reciente estudio mundial sobre el conocimiento de los alumnos de 65 ciudades o países que están finalizando el ciclo de educación obligatoria, deja mal parada a la Argentina. Nuestro país se ubicó en los últimos puestos del ranking en los tres ítems que fueron medidos -lectura, matemáticas y ciencias- por el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos, dependiente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), una entidad que agrupa a 34 naciones y tiene sede en París. El propio Ministerio de Educación de la Nación avaló el trabajo porque lo informa en su propia página web, aunque ofrece otra visión: destaca el crecimiento que mostró el país en comparación a la evaluación anterior.

El objetivo de la medición fue saber hasta qué punto ese segmento del estudiantado -jóvenes de 15 años- ha adquirido algunos de los conocimientos y habilidades necesarias para la participación plena en la sociedad del saber. Se tomó esa edad porque los países que conforman la OCDE exigen una enseñanza obligatoria promedio de diez años.

Las pruebas de esta organización se realizan cada tres años y apuntan a conocer las motivaciones que poseen los alumnos por aprender, la concepción que tienen ellos sobre sí mismos y las estrategias de aprendizaje que utilizan.

El trabajo mostró a la Argentina en el lugar 57º en lectura y ciencias y en el 54º en matemáticas, en todos los casos muy por debajo del promedio. En los dos primeros segmentos solamente superó a Albania, Azerbaiján, Perú, Qatar, Panamá, Kazajistán y Kirguistán. En lectura, el promedio OCDE fue de 493 puntos y los secundarios argentinos lograron 398, mientras que en ciencias esos puntajes fueron de 501 y 401, respectivamente. En matemáticas el promedio fue de 496 puntos y Argentina obtuvo 388, superando a Perú, Panamá, Qatar, Albania, Kirguistán, Indonesia, Túnez, Jordania, Colombia y Brasil. A éstos dos últimos países por siete y dos puntos, respectivamente. No obstante, tanto Colombia como Brasil tuvieron mejor performance en los otros dos ítems, mientras que Chile y Uruguay -las otras naciones sudamericanas incluidas en la medición- se ubicaron muy por encima en las tres categorías.

Para la edición 2009 se incluyó a 199 escuelas de todo el país y a 4.774 estudiantes. El 64 por ciento de ellos conformaron la muestra específica de alumnos secundarios regulares y el resto correspondió a estudiantes de los sistemas de educación para adultos y no formal.

El Ministerio, con esos mismos datos, destacó que hubo una mejora sustancial en los puntajes promedio teniendo en cuenta la evaluación de 2006, y remarcó que en el ítem lectura se redujo en seis puntos el porcentaje de estudiantes ubicados por debajo del nivel dos (entre seis niveles). También que en "competencia lectora" fue, junto a Colombia, el país de la región que creció por sobre la media.

Esas dos lecturas también se observan al momento de ubicar a la Argentina en uno de los cinco grupos en que la OCDE separó a los 65 países de acuerdo a las semejantes estadísticas. Para la entidad, se ubicó junto a Montenegro, Túnez, Kazajistán, Jordania, Colombia, Brasil, Indonesia y Albania. Educación prefirió enfatizar que, exclusivamente entre los alumnos regulares, Argentina se encolumnó al lado de Bulgaria, Chile, Dubai, Israel, Serbia y Turquía.

Que un mismo fenómeno admita miradas diferentes no es novedoso, y más cuando se trata de estadísticas con un trasfondo socioeconómico, aunque en este caso la elocuencia de las cifras parece estar por encima del optimismo que significa haber avanzado en los últimos años. Pero más allá de esas visiones, el Estado debe hacer foco en mejorar sustancialmente la calidad educativa -a partir de una convicción política, mayor presupuesto, infraestructura y compromiso docente- y fortalecer la inclusión en las aulas. Allí están hoy quienes deberán gobernar el país mañana.

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La única lucha que se pierde es la que se transforma (Parte II)

Alfredo Grande (APE)

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“nadie es profeta en su maceta”
(aforismo implicado)

El tiempo pasa y nos estamos volviendo viejos. Ojalá yo fuera como el diablo, que sabe mas por viejo. No estoy seguro de esa sabiduría que los tiempos siembran. Si es cierto que cosechas lo que has sembrando, también debe ser cierto que yerba buena siempre muere. Para que esa muerte y esa sangre nunca más sea negociada, deberemos hablar de todas las sogas en las casas de todos los ahorcados. O sea: un análisis de la implicación colectiva. Es lo que intentamos conseguir más de 50 compañeros, entre alumnos y docentes, cuando convocamos a 5 reuniones para construir el DETI: Dispositivo de Elaboración del Trauma Institucional. Ese fue el diagnóstico situacional que aventuré en esos días de confusión, dolor y profunda tristeza, donde era imposible saber por quien doblaban las campanas, desde la desvinculación como director académico de la Universidad de Vicente Zito Lema. Primero enfatizar la dimensión institucional. No era cuestión entre personas (en este caso concreto Vicente Zito Lema, Sergio Shocklender) sino entre lógicas incompatibles. Formas de producción de subjetividad que pudieron sostenerse cercanas, pero nunca unidas, desde la explícita asunción del rol de mediadora intermediaria conciliadora que Hebe de Bonafini por derecho propio ejercía. Esa cercanía era una forma de tomar distancia, como en la escuela primaria, o en los términos de la psicología social, una disociación operativa. Hasta que un factor desencadenante, arrasó con la lógica de la coexistencia no pacífica, no armoniosa, pero al menos con cierta elegancia, de esas lógicas incompatibles. Es importante señalar ese momento de clivaje en la profecía fundadora de la Universidad Popular. Siempre la pensamos y la mostramos como de Lucha y Resistencia contra las otras universidades, tanto las mal llamadas públicas, que apenas son estatales, y las privadas, tanto laicas como confesionales. Era una Universidad que prolongaba, amplificaba la lucha de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Y sostuvo muchos años el trípode la implicación; la coherencia, que es la ausencia de contradicciones entre el decir y el hacer, entre el pensar y el sentir, la consistencia, que es sostener la coherencia en el tiempo, y la credibilidad, que es el efecto en la subjetividad individual y colectiva de la coherencia y la consistencia. Las Madres sostenían una verdad rebelada, la verdad que surge en la rebelión contra todas las formas de opresión. Ese origen, que es de lucha y de enfrentamiento, no admite el pensamiento único, ni el dogma político, ni siquiera alguna forma de subordinación que apele a un imaginario valor. Las Madres, todas las Madres, son la referencia necesaria para pensar que el terror se impone por su propia lógica de crueldad y exterminio pero también por las formas encubridoras de caracterizarlo y los pactos perversos que se generan.. En esos tiempos, me venía a la mente una estrofa de una hermosa poesía de Leopoldo Lugones, el mismo que luego alabara la hora de la espada. “Y al dar a la niña inquieta, la reconquistada flor, en la persiana discreta, sintióse héroe y poeta, por la gracia del amor”. La gracia del amor a las Madres nos convertían a todos en héroes y poetas y si eso no era el paraíso encontrado, al menos yo no conocí otro en toda mi vida. Pero el amor, nos enseña Freud, nos vuelve débiles y dependientes del objeto amado. Y cuando el amor transforma un ideal en idealización, entonces podemos hablar de los amores que matan, que no estoy tan seguro que sean los que nunca mueren. En ese momento, en ese preciso momento, ya no fue suficiente abrazar a las madres de la plaza. Cuando se tensa el conflicto entre ética y amor, los que elegimos la ética no quisimos seguir disociando porque había dejado de ser operativo. Las notas que Zito Lema escribió en febrero 2003 determinaron una escisión. Y las Madres eligieron por Sergio Shoklender. No hubo escucha alguna a todas las voces que pedían discutir, pensar, confrontar, los dichos del Director Académico. Se convocó a una reunión para informar del alejamiento y decidir como se seguía, pero sin autorizar el debate sobre la denuncia que valientemente se había presentado. Esa reunión, y quedan testigos presenciales, fue con un alto nivel de violencia simbólica y real, como la que sufrió el corajudo Alberto Lapolla. Fue el 25 de Marzo y me pude ir, sin huir, argumentando que era el cumpleaños de mi hijo Federico. Lo que además de ser cierto, era lamentable, no por mi hijo, sino por deplorable estado que tenía el padre de Federico cuando llegó. Sin Vicente en la Universidad, varios pudimos sostener lo que las Madres nos habían enseñado. Luchar y resistir. Curiosamente, las reuniones de alumnos eran mal vistas. Se implantó un estado paranoico, donde se había dejado de pensar para solamente dedicarse a acusar. En ese momento, la única disponibilidad simbólica que había era Bradén o Perón, perdón, Hebe o Vicente. En el orden que se prefiera. Haber enfrentado a Sergio fue tomado por las Madres, en especial por Hebe, y por muchos docentes y pocos alumnos, como un ataque artero y traidor a las Madres. Y allí quedó sembrada la semilla de una yerba mala: Hebe y Sergio eran lo mismo. Enfrenar al Uno era traicionar a Todas las Madres. Pero eso, siendo malo, al menos para un pensamiento libertario, un pensamiento no dogmático, y para decirlo directamente, un pensamiento de izquierda, no fue lo más malo que ocurrió. Cuando Néstor Kirchner se declara “hijo de las madres”, el escenario sufre una inesperada mutación. La alquimia entre “derechos humanos y capitalismo serio” fue la piedra filosofal de una etapa que ni el más cabezón de los cabezones hubiera imaginado. En una jornada de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre dije que asociar al kirchnerismo con un gobierno de los derechos humanos era un delirio. En el sentido que era erróneo, no pasible de crítica y con capacidad de condicionar la conducta. En todo caso, si realmente era defensor de los derechos humanos, era una comprobación a posteriori del mandato cumplido, pero nunca un a priori. Insisto: lo delirante tiene que ver con una afirmación que solo se sostiene en si misma. Al no haber ningún antecedente consistente, era cuestión de esperar 4 años y ver que pasaba. Sin embargo, todo delirio tiene un núcleo de verdad. Y ese núcleo de alta consistencia fueron las Madres, a las cuales alguna vez las describí como territorio fundador, para diferenciarlas de las Madres de la Línea Fundadora. Esa fue la piedra sobre la que se construyó la iglesia del kirchnerismo. En un trabajo escribí que Néstor Kirchner era el Constantino de los derechos humanos, porque había logrado capturar para la lógica del Estado al colectivo revolucionario de las Madres. La travesía institucional dio paso a una autopista de varios carriles. En alguno de ellos comenzó a transitar la Fundación Madres de Plaza de Mayo (recordemos que en el 2003 era Asociación) y luego la Fundación Sueños Compartidos. De Director Administrativo de la Universidad Popular, en la cual nunca había un peso (comprábamos tarjetas “la llama que llama” para poder usar los teléfonos) a Apoderado de la Fundación, hay algo mas que el progreso del laborioso trabajo. Hay lógicas parásitas, de enriquecimiento ilícito pero legitimado. La tapa de Barcelona tiene desperdicio, pero no tiene piedad: “como hizo un parricida, maltratador, portador de arma, millonario y jugador para hacerse pasar por un luchador de los derechos humanos” Como el cartero llama dos veces, nuevamente el núcleo de verdad fueron las Madres del territorio fundador. En la serenidad que las pasiones nunca permiten, lo que tenemos que analizar es nuestra propia implicación colectiva cuando sostenemos ambos delirios. En el 2003 hubo una advertencia, pero la gran mayoría de la intelectualidad argentina, capturada por los Congresos de Salud Mental y Derechos Humanos, no quiso escuchar. A Hebe rogando y con Sergio facturando. Ese Congreso, importante por quienes asistían, de todos modos era el fetiche que desmentía el horror de la denuncia de uno de los mas comprometidos defensor de los derechos humanos. Y ahora, en el 2011, con la evidencia obscena en la mirada de todos, es el Estado el que arremete con la desmentida y nuevamente naufraga el pensamiento crítico porque la teoría de los dos demonios resucita: Sergio y Pablo son expulsados. Seguramente Fatala desconoce mi aforismo implicado: “el escándalo es la cara visible de la hipocresía”. Nadie se puede despegar del escándalo, a menos que vaya por mas hipocresía. Muchas veces he soñado con volver a mi querida Universidad Popular, aquella que contribuí a fundar en un remoto año 2000. Ahora, en el proyecto de la Universidad de los Trabajadores en IMPA, algunos de esos sueños se hacen posibles. Pero cuando un sueño se va, y sobre todo cuando el sueño es nuestro amigo, sigue quedando un espacio vacío. Quizá vivir sea en parte eso. Sostener el horror al vacío, y seguir soñando para no vaciarnos. Y no abandonar ninguna lucha, porque cuando se destruye su nivel fundante, entonces esa lucha no sabemos hasta donde se transforma. Y no siempre es fácil volver desde el otro lado del espejo. Y nuestro consuelo, como no necesita el mal de muchos, nunca será el de los tontos. Ni el de los traidores. El único consuelo que a mi al menos me queda, es pensar que, en algún tiempo y en algún espacio, volveré a reencontrarme con “la otra Hebe”.

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¿De qué hablamos cuando hablamos de progresismo?

Susana Merino (especial para ARGENPRESS.info)

Suelo decir, un poco en broma, un poco en serio que no soy progresista, sino conservadora porque quiero recuperar y conservar algunas conquistas del pasado que no fueron menores que las que actualmente se proponen desde lo que solemos llamar “progresismo”.

En mi infancia, el almuerzo y la comida de la noche eran compartidos, es decir, no faltaba o solo excepcionalmente ningún miembro de la familia, el padre, la madre, los hijos y eventualmente algún abuelo o abuela y hasta algún tío que por razones ajenas o no a su voluntad carecía de otra compañía familiar. Y eso estaba bien, porque no creo necesario abundar en la importancia del paulatino trasvasamiento generacional, que a través de esas rutinas, iba produciéndose a lo largo del tiempo hacia los más pequeños.

En esa época el empleado, el obrero, el profesional y hasta el mismo pequeño empresario dedicaba ocho horas, raramente un poco más, a sus tareas remuneradas y disponía de algún tiempo extra para disfrutarlo en el hogar o compartirlo con amigos. Hoy en día cuando escucho el entusiasmo con que se pregona la “democracia participativa” me pregunto ¿si es posible sumarla al agotador trabajo de diez, cuando no doce horas diarias al que deben añadirse otros igualmente prolongados, agotadores e improductivos tiempos de traslado hasta y desde los lugares de trabajo o si no es apenas una fantasiosa utopía a la que solo podrían acceder, en las condiciones descriptas, muy contados ciudadanos? Pretender alentar el verdaderamente necesario y genuino interés por la “res publica” exige recuperar la vigencia de ciertos límites laborales como la conquistada y hoy abandonada jornada de ocho horas de trabajo que por exigirla les costara la vida a los obreros ejecutados en 1887 en los EE.UU. y hasta hoy recordados como los Mártires de Chicago

Adonde han quedado todas esas conquistas, adonde el sábado inglés, que aunque no simpaticemos con el nombre, permitía a la familia, junto al tradicional domingo, disponer de un día y medio por semana para el solaz, el esparcimiento, el descanso, el deporte, la convivencia periódica con otros miembros de la familia o con amigos, generando y estrechando vínculos afectivos y de solidaridad y por ineludible lógica, casi totalmente desaparecidos, hoy en día.

Por el contrario en los tiempos que corren como dice el filósofo personalista Xosé M. Domínguez Prieto(1): “El trabajo cada vez absorbe más tiempo y esfuerzo (sin que haya muchas personas que valientemente planten cara a esta pérdida de su vida privada en función de su empresa, sino más bien, declaran que se deben a ella). Sin embargo la fa[i]milia sigue siendo el amortiguador de la disgregación y atomización social propios del neoliberalismo capitalista”

Por otra parte la mujer, tradicionalmente relegada a las tareas domésticas ha ganado espacios de formación, de superación, de participación en todos los ámbitos de la economía, de la ciencia, de la técnica… Y eso está bien. Pero deberíamos preguntarnos también de qué manera ha beneficiado o perjudicado a la vida familiar y no solo cargado sobre sus hombros nuevas responsabilidades con apenas si se quiere la magra compensación de un ingreso que sumado al de su marido, pareja o compañero apenas logra responder a las interminables solicitaciones que le plantea la vida contemporánea. Suelo imaginar que dos medias jornadas de trabajo (hombre y mujer) deberían bastar para sostener normalmente a una familia, de modo que ambos pudieran ocuparse juntos, o alternativamente de la irrenunciable tarea del propio crecimiento, el desarrollo familiar y la formación de los hijos.

Si ya sé, por cierto, que hay muchas tareas físicas que la tecnología, ha alivianado en el hogar pero ¿qué tecnología puede reemplazar la mirada de un papá o de una mamá atentos al desarrollo de los hijos?. No voy a abundar en las consecuencias, por todos conocidas, de las ausencias que impone un estilo de vida, implantado por terceros cuyos objetivos giran tan solo alrededor del lucro sino recordar simplemente que las tradicionales funciones familiares no son sustituibles ni lo serán aunque podamos llenar (los que puedan) la casa de robots.

Y no, por más revolucionarios que pretendamos ser, podemos dejar de lado la constancia de que así como en el hogar aprendemos de una vez y para siempre, a caminar, de una vez y para siempre a hablar, de una vez y para siempre a lavarnos, a peinarnos, a vestirnos así también es en el hogar adonde vamos incorporando insensible y permanentemente los valores, las creencias, los criterios éticos, los afectos, la interrelación con los otros, la capacidad de comunicarnos, la práctica del compartir… Luego vendrá la escuela, la universidad las que sobre esa inicial base educativa irán incorporando los saberes y los conocimientos intelectuales necesarios al normal desempeño humano y que fructificarán más y mejor en la medida en que puedan afirmarse sobre los irreemplazables fundamentos de una sólida educación familiar.

De modo que, seamos progresistas de verdad, recuperemos las conquistas del pasado, pongámoslas en práctica y hagámoslas extensivas a toda la sociedad, sin privilegiados ni excluidos, de ese modo podremos ir perfilando una comunidad digna de ser llamada humana y también cristiana para los que creemos en la prédica del Nazareno, cuyas enseñanzas son tanto para creyentes como para no creyentes un camino de sabiduría y de fraternidad comunitaria que no podemos ni debemos soslayar.

1) “La familia y sus retos” Xosé Manuel Rodríguez Prieto. Edit. Emmanuel Mounier, Córdoba, Argentina.

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Un retrato de Mariano el día que hubiera cumplido 24 años. El jefe

El Be
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Un retrato de Mariano el día que hubiera cumplido 24 años. Un recuerdo del joven militante asesinado por la patota de Pedraza que abre posibilidades de sentido sobre su pérdida. Una vez tuve un sueño. Fue en agosto del año pasado. Me acuerdo porque días después festejé mi cumpleaños y lo conté delante de los pibes de la UJS (Unión de Juventudes por el Socialismo). Bueno, había soñado que Mariano se moría. Y fue muy fuerte. Se moría de una forma muy extraña y al lado mío. Como dije, días después en mi casa lo conté. Fue en un contexto muy afable y nos reímos mucho. Claro que no conté, por vergüenza quizás, que en el sueño yo abrazaba a Mariano y lloraba. Fue un sueño que no tenía ningún sentido y tampoco lo tiene ahora. “¡Che, boludo! El otro día soñé que te morías”, le dije. Hace poco le pregunté a los que ese día estuvieron en mi casa si se acordaban de eso. No sabía si, quizás por el dolor, la mente me estaba jugando una mala pasada. Pero se acordaban. Realmente me habría gustado no haber tenido ese sueño.
Porque cuando a Mariano lo mataron pasé días y días esperando despertar. Creo que, en el fondo, nunca perdí esa esperanza. Favale es, o era, un tipo pesado. Pero pesado de verdad. Un amigo que vive por su barrio me contó una historia. Parece que el tipo laburaba en un frigorífico pero no iba nunca, o no laburaba, o no me acuerdo bien qué hacía, pero el dueño del lugar lo quería rajar. Resulta que, según mi amigo, le tenía miedo y por eso no lo hacía. El jefe le tenía miedo a su empleado, y tenía miedo de despedirlo. “¡Wow!”, pensé, “qué tipo pesado”. Entonces recordé las palabras del arrepentido de la patota: “Es corpulento: lo ves y te inspira miedo”. O sea, es, o era, un tipo pesado. Todos tenemos en el barrio esa clase de tipos con los que uno prefiere no tener problemas, para no tener que mudarse de barrio. Esos que andan calzados, que hacen correr la merca y que, si son uniformados, manejan los prostíbulos también. Cuando la cosa se le puso difícil a este tipo pesado -cuando tuvo que declarar frente a un juez- los diarios cuentan que el tipo se “quebró”, que tuvo una “crisis nerviosa”. Actuación para zafar, o no, es un acto de cobardía. Los tipos como Mariano, en cambio, tienen (él tenía) otra actitud. Claro que Mariano no era de los que intimidan de esa forma. Mariano era flaco. Muy flaco. Yo lo cargaba porque estaba más cerca de pesar lo que yo pesaba en 5to grado (nada menos que 50 kilos) que lo que peso ahora. Recuerdo que en una época el tipo llegaba contento al CBC y me decía: “Che, ¿no me ves más gordo?”. Como buen amigo le era sincero: “La verdad que no. ¿Cuánto subiste?”. Él respondía: “Y… como un kilo… O dos”. Segundos de silencio y estallábamos en risas. En fin, Mariano era muy muy flaco. Además de las cosas que se saben: era tranquilo, era tímido… Mariano, sin embargo -y a diferencia de estos patoteros intimidatorios como un rottweiler (serviles con sus amos y bravucones con los demás)-, era alguien que tomaba decisiones que tenían un riesgo, y asumía siempre las consecuencias de las mismas. Sus decisiones, a diferencia de Favale, no estaban respaldadas por el poder, no tenían la garantía casi segura de la impunidad, iban contra el poder, con todas las de perder. Entendí entonces que el coraje no es tal cuando uno se sabe amigo de policías, jueces, ministros y periodistas que apañan los actos de uno y que, a veces, estos tipos pesados no llegan a pesar los magros sesenta y pico de kilos de Mariano. Por ejemplo: hace ya un año hubo un paro de los supermercados de Avellaneda y Mariano se mandó nomás. Yo estaba en una provincia del interior del país. La historia que me contó, semanas después, fue la siguiente. El paro había sido convocado por un sector que respondía a Moyano. Los trabajadores estaban adentro y no tenían idea de lo que estaba pasando afuera, donde un grupo de muchachotes que no eran del lugar les había dicho que no trabajaran y, desde afuera, agitaban con bombos y cantos. Mariano se puso a repartir un volante sobre las paritarias que, parece, cayó muy bien entre los laburantes. Cuando ya se había repartido casi la mitad de los volantes se le acercó uno de los que se encontraban afuera (“me sacaba dos cabezas”, me contó) y le dijo una frase que no puedo recordar pero que en una época fue un latiguillo entre nosotros por lo paradigmática que era. Algo así como la primer frase que debe aparecer en el manual de un buen patorero: “pibe, vos no tenés nada que hacer acá”, o “pibe, borrate porque…”, o “pibe, si no desaparecés ya…”. No puedo recordar exactamente, pero el mensaje era claro. Mariano, obviamente, se borró en un segundo. Cuando me lo contó nos reímos mucho. Estaba muy contento contando esta historia. Supongo que se encontraba tan contento por su propia forma de proceder y por el éxito de su actividad. Supongo también que estaba orgulloso de sí mismo. No le avergonzaba haberse ido cuando lo intimidaron. Al contrario. Creía que esa era la mejor forma de actuar. No necesitaba hacer alarde de nada. No necesitaba exagerar sus historias. No necesitaba demostrarle nada a nadie. Así actuó él y lo noté muy contento, de verdad. Será por eso que, a veces, cuando lo recuerdo, suelo volver a ese momento. No paraba de sonreír. A propósito de esto, resulta llamativo que el presidente del CELS Horacio Verbitsky llame al PO el Partido “obrero” (así, entre comillas), como poniendo en duda la influencia del PO en el movimiento obrero. Insinuación poco feliz, teniendo en cuenta que el asesinato de Mariano puso en evidencia los métodos que las burocracias sindicales son capaces de usar para que la izquierda no gane esa influencia en los gremios. Tan cara es para la burocracia que la izquierda se meta en su gremio que a Mariano le costó la vida. Aún así, la izquierda se abre paso, porque a la burocracia sindical no le alcanza con el fraude, las patotas, la concentración de los recursos económicos, las proscripciones, el apoyo del gobierno y sus voceros periodísticos… Pero aunque así no fuera, sería hacerle un flaco favor a Mariano festejar que los Pedraza de cada gremio lograron su cometido de evitar el avance de la izquierda. La patoteada a Mariano de parte de los “muchachos” de Moyano también es una herramienta de uso común, lo sabe cualquiera que, como Mariano, haya querido alguna vez repartir un volante. Contra las patotas sindicales, y a pesar de los que hablan del Partido “obrero”, Mariano ganó aquel día una importante autoridad política entre los trabajadores de comercio que leyeron el volante y empezaron a comentarlo entre ellos, como también lo estaba haciendo entre los trabajadores ferroviarios. Porque eso es lo que Mariano estaba haciendo cuando lo mataron. No era el perejil que hacen pensar los que afirman que a Mariano lo mataron porque lo mandaron los dirigentes del partido. En primer lugar, Mariano era, sin lugar a dudas, un dirigente del partido. Y, por cierto, a su corta edad era un gran dirigente. En segundo lugar, Mariano entendía como pocos lo que él mismo estaba haciendo ahí, entre los trabajadores ferroviarios. Escuché a José Pablo Feinmann en la radio diciendo que Mariano no tenía que hacer nada ahí porque él era un militante y no un obrero y un militante no tiene nada que hacer en una huelga obrera. El pobre tipo no da pie con bola. Mariano, como militante y dirigente del partido, tenía una visión mucho más amplia de lo que significaba que esa lucha obrera triunfe: la derrota de la burocracia sindical con la perspectiva de recuperar el sindicato para los trabajadores, la denuncia de la tercerización que se convirtió en la forma más común de contrato de trabajo en la Argentina, la consecuente influencia que podía tener, y que tuvo, esa lucha hacia los tercerizados de todo el país… En defitiniva, que la crisis la pagara Ugofe y no los tercerizados abría una perspectiva general para que la crisis la paguen los capitalistas. Era un planteo de salida a la crisis. Y esto, que yo explico con mis palabras, Mariano las conocía mucho mejor que yo. Aclaro estas cosas porque me molestaría mucho que los enemigos de Mariano impongan su historia: Mariano, el perejil que fue mandado a matar por sus dirigentes. Después ellos, que quieren imponer esa historia, salen a “defender” a Mariano: no usen a los muertos, no usen al pibe Ferreyra. Es como acusar a Fidel Castro y a los cubanos de “usar” al Che. Como símbolo, como bandera, como ejemplo. Según los intelectuales K a los muertos por luchar hay que dejarlos en paz, total si queremos recordar a Mariano siempre está la posibilidad de poner como feriado el 20 de octubre, y, si cae un jueves, lo hacemos puente con el viernes y de paso tenemos fin de semana largo. Así se resume la memoria K. Yo pienso que ese tipo de memoria es el olvido. Pero, ¿por qué el Che sí y Mariano no? Porque el Che sabía lo que hacía; Mariano en cambio era un perejil que fue usado por sus dirigentes, respondería el intelectual K. En la nota sobre el uso político de los muertos se dice: “El joven Mariano Ferreyra, si militaba en el PO lo hacía porque tenía la certeza de que todo es el Poder. Que no hay matices.” Y sigue dando una cátedra sobre los matices cual profesor de pintura. Todavía me acuerdo de la canción de Barragán: “Sostiene Caparrós, lo escribe Tenenbaum, Aguinis, Magdalena y Duhalde coinciden en la misma verdad: somos boludos porque le creemos a Cristina y está mal.” Che, ¡estos tipos sí que saben ver los matices, eh! A ver… Tengo en mi casa un libro viejo de Cortázar. Siempre estuvo ahí y nunca le di bola. Un día lo agarré y me sorprendí ya que tenía un prólogo de Vargas Llosa, ahora que se puso tan de moda hablar de él. Al empezar a leerlo me di cuenta de que el prólogo era póstumo. Empecé con entusiasmo y quedé sorprendido por esta frase: “Pero me alegró saber que Aurora había estado a su lado en esos últimos meses y que, gracias a ella, tuvo un entierro sobrio, sin las previsibles payasadas de los cuervos revolucionarios, que tanto se habían aprovechado de él en los últimos años.” Lo mismo. Cortázar, el perejil que se dejó aprovechar por los “cuervos revolucionarios”. Parece que, a fin de cuentas, los K y Vargas Llosa no son tan distintos. Y siguiendo con la analogía anterior, parafraseando a Fidel: si queremos un modelo de hombre, un modelo de hombre que no pertenece a este tiempo, un modelo de hombre que pertenece a los tiempos futuros, de corazón digo que ese modelo es Mariano Ferreyra. Volviendo a Favale, me suena una suerte de Ramón Mercader. “¡No me maten! ¡Me obligaron a hacerlo! ¡Tienen prisionera a mi madre!” En cambio, la gente que está de este lado, los tipos como Mariano, tienen otra actitud. “No le desearía a un perro o a una serpiente, a la criatura más baja y desafortunada de la tierra — no le desearía a ninguno de ellos lo que he sufrido por cosas de las que no soy culpable. Pero mi convicción es que he sufrido por cosas de las que soy culpable. Estoy sufriendo porque soy un radical, y sí soy un radical; he sufrido porque soy italiano, y sí soy italiano… Si me pudieran ejecutar dos veces, y si pudiera renacer dos veces, viviría de nuevo todo lo que ya he vivido”, dijo Vanzetti. La figura de Mariano fue, a mi parecer, muy desvirtuada. Cuando metieron preso a Pedraza escuché una entrevista que le hicieron al “Momo” Venegas en la radio. Le dijeron algo así como: “Metieron preso a otro sindicalista. Primero usted, ahora Pedraza…” “¡No!”, interrumpió el tipo, “lo de Pedraza es distinto. Pedraza mató a un compañero. Pedraza mató al compañero Mariano”. Curioso, ¿no? Mariano murió por enfrentar a los burócratas sindicales que ahora se dicen sus compañeros. Por lo menos José Pablo Feinmann fue el único que no cometió semejante disparate. El aclaró: “Compañeros del PO (aunque ustedes no me quieran como compañero, pero no me importa…)”. Él tiene bien en claro que Mariano no lo consideraba un compañero. Yo lo subscribo. Y podría suponer que Mariano no lo consideraba un compañero. Pero no lo supongo, puedo afirmarlo. Porque una vez estábamos en la casa de Mariano, él, yo y uno más viendo la tele en su pieza. Haciendo zapping. Enganchamos a Feinmann en TN (sí, Galasso: ¡haciéndole el juego a la derecha!). Le hacían una entrevista en “Palabras más Palabras menos”. El filósofo explicaba el peronismo y Mariano, que sin dudas era el más capaz de nosotros, se hizo un festín con las pavadas que decía. Nos hizo matar de risa. Pero en un momento las risas se apagaron. Le preguntan a Feinmann qué era Duhalde para él. Y respondió que Duhalde era el infierno. Tenembaun le contestó que había muchos Duhaldes y elogió no sé que cosa que hizo el tipo en el pasado. A lo que Feinmann enojado le respondió: “Pero yo no hablo del Duhalde del pasado. El Duhalde de la transición, con Lavagna, a mí me encantó, yo estoy a favor de ese Duhalde. Yo hablo del Duhalde que apareció ahora…”. Nos quedamos mudos. Mariano fue el primero en hablar: “¡Pero ese fue el Duhalde que mató a Kosteki y Santillan! ¡El Duhalde de la época que a él le gusta es el que mató a Kosteki y Santillan!”. Por los comentarios que siguió haciendo Mariano entendimos que José Pablo Feinmann no era considerado un compañero por Mariano. Ni por ninguno de nosotros. La entrevista ahora está en youtube. Después de eso enganchamos en canal 7 la película “Doce hombres en pugna” y nos colgamos con eso. En definitiva, los amigos de Mariano, porque respetamos su lucha y sus ideales, no consideramos como compañeros ni a Verbitsky ni a Feinmann. Mariano nunca paraba de leer. Siempre andaba con algo. La muerte detuvo su lectura de dos libros. Uno era El Padrino, de Mario Puzo. El otro, La noche quedó atrás, de Jan Valtin. La última vez que le pregunté acerca de este último libro (yo se lo había prestado) me dijo que iba por la mitad y que le fascinaba. Se lo presté porque ese testimonio a mí me ayudó a entender lo que significó el stalinismo más que cualquier análisis de Trotsky. Siempre me pasa lo mismo. El testimonio vivo me resulta más ilustrativo para entender cualquier fenómeno. Por ejemplo cuando una vez un fundido del PC, ahora devenido en facho y, para colmo, en mi jefe, me explicó la historia de la desmoralización de toda su generación, probablemente sin saberlo. Él, obviamente, no sabe que soy del PO. Su narración fue así: “Cuando yo era pibe la explicación de que el país no lograba desarrollarse plenamente, no podía dar ese salto que dieron los Estados Unidos, no podía convertirse en una potencia y cada tanto sucumbía ante una crisis, la explicación a todo eso, decía, era que los diversos golpes militares interrumpían los procesos democráticos que seguían ese camino de desarrollo del país. Durante toda mi infancia, toda mi adolescencia, toda mi juventud y parte de me adultez, me habían dicho que de no ser por los golpes militares, el país sería el país que soñamos una vez que la democracia logre caminar sin que interrumpan su camino. Cuando fue la vuelta a la democracia en el ´83…”Hizo una pausa y continuó. “Mirá, mi viejo siempre fue el tipo más escéptico que existió. No era peronista ni radical, ni de izquierda ni de derecha. Para el la política era una mierda y los políticos todos sin excepción, unos delincuentes. Cuando fueron las elecciones en el ´83, mi viejo fue a votar con el entusiasmo de un pibe de 18 años. Me acuerdo que parecía un adolescente. A mí me sorprendió porque él nunca creyó en nada. Pero el momento despertaba un entusiasmo, una esperanza… Lo que vino después fue… ¡¿cómo explicarlo?! Todo lo que nos habían hecho creer, todo lo que esperábamos de la democracia… ¡¡Se suponía que se habían acabado los problemas!! ¡¡Que ahora todo iba a ir bien, cada vez mejor!! No sé cómo explicarte, pibe, todo lo que viví en este tiempo. Pasé momentos casi tan malos como en la dictadura. En un momento me quedé sin nada de nada. Situaciones que no te puedo explicar, que psicológicamente destruyen hasta al más fuerte. No entendía nada, te juro que no entendía nada…”. Ahí me cayó la ficha de muchas cosas. Una de ellas es que el facho también se emociona. Otra, que, por ejemplo, con Mariano siempre hablábamos de “el típico viejo desmoralizado”, que le decíamos, porque en Plaza Alsina cada vez que hacíamos una venta de la prensa siempre se acercaba algún viejo, no para comprar el periódico, sino para trasmitirte sus frustraciones y desmoralizaciones. “Che, hoy se me acercó otro típico viejo desmoralizado”. En el fondo también teníamos parte de la explicación. Una vez comentamos acerca de cuando fuimos a un debate en el BAUEN donde el diputado Fernando Iglesias le decía a un compañero del partido: “yo milité en los ´70 y creía como vos que la democracia y la dictadura eran lo mismo. Y cuando vino la del ´76 nos quisimos matar”. A lo que el compañero le respondió: “yo también milité en los ´70, pero no pensaba que el problema democracia-dictadura era una pavada. Pero había que saber ver lo que había de ruptura y lo que había de continuidad entre una y otra”. Para no desmoralizarse, agregaría yo. Porque en definitiva, el problema es que esa generación hoy logre transmitir esa desmoralización a la juventud. Y en parte lo han hecho. Nadie puede negar, por ejemplo que el Indio Solari es un tipo piola. A Mariano le gustaban mucho Los Redondos. Pero hace poco escuché que en una entrevista con Pergollini, al tipo le preguntó acerca del gobierno y él respondió que le gustaba mucho tener una presidenta que no lea sus discursos. Que tenga capacidad oratoria, sin que alguien le esté escribiendo lo que tiene que decir. Yo no podía creer que el nivel de exigencia del tipo a un gobierno sea tan bajo como eso. De todas maneras el tipo lo dejó bien claro: “yo estoy hablando desde una artista, y que tiene que ver con que yo no creo que haya una ideología que solucione los problemas políticos para siempre de ahí que mi motor básico es político pero de ideales, no de ideologías soy un individualista impenitente que ha sido defraudado más de una vez desde ahí puedo decir cosas de este gobierno”. Y dijo que el gobierno enfrenta a todas las corporaciones juntas. Claro que esa es una gran cualidad, la oratoria, pero si lo del Indio no se llama desmoralización, entonces, ¿qué es la desmoralización? Prefiero escuchar lo que el Indio decía hace ya muchos años y que mucha razón tenía: “ya tenemos la suficiente edad para, en vez de bajarles línea a los chicos, escucharlos porque en sus nervios hay mucha más información del futuro que los tipos de nuestra edad pueden tener para aconsejarlos”. “Disculpa. Acabo de soñar que estabas en mi casa con Mariano. Fue hermoso. Charlamos bastante. Un abrazo grande amigo!”, es un mensaje que todavía tengo guardado en mi celular. Lo de los sueños es un tema. En fin, a Mariano le gustaba mucho el cine. Y sabía bastante. No siempre coincidíamos, pero a veces la opinión del otro hacía cambiar la propia. Conocía de directores, de actores. A él le debo, por ejemplo, que me abra los ojos sobre Ricardo Darín. “No te dejes guiar por lo que dice todo el mundo. Si te fijas bien es un actor de cuarta” me dijo. Fue algo revelador: el tipo estaba en lo cierto. Yo le devolví el favor con Kevin Spacey. A Mariano le gustaba y yo siempre se lo criticaba. Hasta que un día me dijo: “Tenés razón. El tipo una vez hizo de psicótico en Pecados capitales y nunca más salió de ese papel”. Tenía una extraña debilidad por Adam Sandler. Sostenía que a pesar de la cantidad de películas de mierda que hacía el tipo era un capo. Siempre me recomendaba ver la película Embriagado de amor, especialmente una escena donde Adam Sandler pateaba un vidrio que para él era una verdadera genialidad. Estaba enloquecido con eso. Lo buscó es youtube para mostrármelo pero no lo encontramos. Una vez le dije que me fascinaba Lito Cruz y me dijo “Mmmh… puede ser. Pero se parece mucho a Horacio González”. Se la pasaba sacando parecidos. Siempre hablaba de dejar de fumar y de empezar algún deporte. Una vez quedamos en empezar boxeo. “Che, ¡pero nos anotamos en serio, eh!”, nos decíamos. Nunca sucedió. Mariano se había ganado muchos apodos. El primero fue “El bala”, por la forma de su cabeza. El último fue “El jefe”. También tuvo otros apodos por su apariencia física. Una vez le dijeron Fido Dido y él dijo “uh… eso me lo decían en la secundaria”. También le dijeron Don Ramón, pero él siempre discutió el parecido. Además se había ganado otros apodos. Uno era “deportivo Essien”, por su uso y abuso de dicho jugador cuando jugábamos al PES. El Chelsea era su equipo, pero le lesionabas a Essien y se le acababa la magia. Cuenta la leyenda que yo lo tenía de hijo, lo mismo que a Mauro y a Fabricio, el cuñado de Mariano. El rasta, que es un tipo el que yo quiero mucho, directamente se había ganado el apodo de “tramitín”. Creo que nunca ganó un partido. A propósito de ellos, creo que nadie se debería perder la oportunidad de conocerlos. Mariano era un pibe maravilloso, un ser excepcional. Me duele mucho decir estas cosas sólo cuando él ya no puede escucharlas. Creo que nunca le dije cuánto lo quería. Y eso me afecta tanto que al día siguiente de su muerte soñé con él, estábamos hablando y le dije “loco, te quiero”. Mariano me sonrió, con esa sonrisa que él tenía y dijo: “Si, ya sé”. “No quiero que te mueras”, le dije antes de despertar llorando. Es una verdadera lástima que sólo pueda decir estas cosas cuando ya nadie más puede conocerlo. Siempre le digo a mi novia, que por ser ella el amor de mi vida, me habría gustado que conozca un poco más a Mariano. Y hace poco hablando con un amigo entendí que por más cosas que uno pueda decir, es imposible que los que no lo conocieron puedan concebir a Mariano como realmente era. Los pibes que militan en Avellaneda se formaron bajo la gran influencia de Mariano y de su personalidad tan cálida. No quiero perder la oportunidad, por lo tanto, para decir que son pibes increíbles. De lo mejor que uno puede conocer, y que a mi me tocó en suerte conocer. Lugo, Mauro, Cintia, Luciano, Rubén, Nico, Agustina y otros más son personas que vale la pena conocer, como valía la pena conocer a Mariano. Y en ellos se nota la presencia de Mariano en cada paso. En su forma de hacer humor. En su modo de militancia. En tantas cosas uno siente que conociendo a ellos conoce una gran parte de Mariano. No suelo decir estas cosas, pero no me parece justo dar la oportunidad de conocer a esta clase de personas antes de que sea tarde. Y entendí que esas cosas que uno siente las tiene que decir al menos una vez en la vida, si no te podés arrepentir para siempre. Un homenaje no puede ser sólo un recordatorio. Un homenaje a lo Mariano es un discurso, un volante, una lucha. En fin, todo esto viene a que el día de hoy, 3 de junio, Mariano debería estar cumpliendo 24 años. Este es mi regalo. Este es mi homenaje. Este es un intento de despedirme de él.

* “El Be” trabaja en una fábrica importante y desarrolla una militancia sindical que impide que su verdadero nombre sea consignado.

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