viernes, 8 de julio de 2011

Replanteos marxistas del imperialismo

Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)

Resumen

Todas las discusiones marxistas contemporáneas sobre el imperialismo parten del enfoque de Lenin, que resaltaba la sustitución de la libre competencia por el dominio de los monopolios. Los defensores contemporáneos de estas tesis olvidan el carácter complementario de ambos rasgos y la necesaria continuidad de la concurrencia bajo el capitalismo.

La mundialización neoliberal reavivó la pugna competitiva, confirmando que el comportamiento de los precios no está sujeto a reglas arbitrarias, ni a simples concertaciones. Sigue un principio objetivo de ajuste en función de la ley del valor.

La teoría de la hegemonía del capital financiero quedó cuestionada por la supremacía industrial durante el boom de posguerra. Esa concepción generalizó una situación peculiar de Alemania. Bajo el neoliberalismo los financistas han ocupado nuevamente un acotado rol dirigente, que favorece a toda la clase capitalista. Su papel en la acumulación que no se limita a la succión de beneficios.

Las tesis que enfatizan el rentismo improductivo sugieren una presentación simplificada del capitalismo como un casino regido por el azar. Omiten que los principales desequilibrios del sistema se generan en el área productiva y desconocen los cambios registrados en los países deudores.

Los teóricos del estancamiento tecnológico suponen erróneamente que la innovación radical ha desaparecido. No logran explicar la transformación informática en curso e ignoran que la renovación tecnológica es indispensable para sostener la rivalidad por el beneficio. Estas mejoras son el fundamento de la plusvalía relativa y siempre adoptaron modalidades constructivas y destructivas.

Las principales tensiones del capitalismo no provienen del parasitismo, sino de su descontrolado dinamismo. La concepción que postula la desaparición del ciclo olvida que los vaivenes periódicos son necesarios para procesar valorizaciones y desvalorizaciones del capital.

Las discusiones marxistas contemporáneas sobre el imperialismo parten del enfoque de Lenin y jerarquizan el estudio de las tendencias económicas del capitalismo. Se le asigna a estos procesos un papel determinante en la dinámica imperial. Los autores que postulan la validez de la visión leninista resaltan su actualidad. Destacan la preeminencia de los monopolios, la hegemonía rentista del capital financiero y la existencia de un bloqueo al progreso técnico que generaliza el estancamiento.

La centralidad de la competencia

Lenin identificaba el dominio de los monopolios con el control de los precios, a través de concertaciones entre grandes empresas. Coincidía con Bujarin en estimar que la competencia había perdido relevancia a escala nacional y sólo regía plenamente en el plano mundial. (1)

Este diagnóstico remarcaba el agotamiento de la libre competencia y la consiguiente disolución de la concurrencia plena. Consideraba que las empresas ya no rivalizaban entre sí para reducir costos, ampliar mercados y aumentar los beneficios.

Luego de un intenso debate en la entre-guerra, esta concepción fue reformulada en los años 50 por varios teóricos keynesianos. Ilustraron cómo los oligopolios ajustaban las cantidades producidas (en lugar de alterar los precios), para asegurar la continuidad de altas tasas de ganancia (Steindl). Estimaron que este comportamiento conducía a la sistemática sub-utilización de la capacidad instalada (Kalecki) y remarcaron los efectos nocivos de esa “competencia imperfecta” sobre el nivel de crecimiento (Joan Robinson). Consideraban que la fijación concertada de los “precios de exclusión” generalizaba el estancamiento e imponía fuertes barreras de entrada a la actividad de los rivales (Sylos Labini). (2)

Una corriente de teóricos marxistas (Sweezy, Baran) reivindicó este enfoque, describiendo como las corporaciones se repartían los mercados, creando situaciones de sub-inversión y sobre-capacidad permanente de las plantas. Los discípulos de esta escuela (Foster, Chesney) resaltan el peso dominante de los monopolios bajo el neoliberalismo y otros autores (Vasapollo), utilizan el mismo criterio para evaluar las tendencias del capitalismo contemporáneo. (3)

Estas miradas subrayan acertadamente los impactos generados por el incremento de la escala productiva. El desarrollo del capitalismo agigantó la dimensión de las firmas y la mundialización actual incentiva un salto en la envergadura de los colosos que operan a nivel global.

Pero este incremento del tamaño no es sinónimo de control monopólico, ni de supresión de la competencia. El capitalismo recrea la concurrencia y el oligopolio en forma complementaria y mediante reciclajes recíprocos. En los momentos de mayor rivalidad ciertas empresas introducen formas transitorias de supremacía, que no pueden conservar ante el resurgimiento de las batallas competitivas. Esta dinámica es constitutiva del capitalismo y perdurará mientras subsista a este régimen social.

El capitalismo no podría sobrevivir a la erradicación completa de la competencia, puesto que en ese escenario desaparecerían las normas mercantiles y quedaría regulada la asignación de los recursos. En el proceso de la acumulación, la rivalidad siempre genera nuevos gigantes que compiten entre sí. Lo que cambia en cada etapa del sistema es la modalidad de esta combinación.

La trayectoria del capitalismo no ha seguido una curva idílica desde prosperidades competitivas hasta nocivas concertaciones. Esta imagen romántica, olvida la enorme gravitación que tuvieron los monopolios en el debut de la acumulación. Por otra parte, la pugna contemporánea entre poderosos oligopolios, no difiere cualitativamente de las viejas rivalidades entre pequeñas compañías. Los principios que regulan ambas confrontaciones son muy semejantes.

Los acuerdos entre empresas para distribuirse los negocios son frecuentes. Pero estos arreglos siempre quedan socavados por violaciones internas o por la aparición de otro concurrente.

Este comportamiento rige en los mercados nacionales y mundiales. La suspensión de la concurrencia en el primer terreno e intensificación en el segundo (que describieron Lenin y Bujarín) fue un rasgo coyuntural, que no perduró como tendencia del capitalismo. Existe una discusión historiográfica sobre el acierto o error de esa evaluación a principio del siglo XX, pero la continuidad posterior de la competencia es un dato incontrovertible.

Los teóricos keynesianos de posguerra presentaban equivocadamente la desaparición (o debilitamiento) de este rasgo, como un defecto del capitalismo monopolista, frente a las ventajas de la “concurrencia perfecta” del pasado. Como localizaban los defectos del sistema en las falencias del mercado (y no en las contradicciones de la acumulación), convocaban a recuperar la vitalidad del capitalismo, introduciendo reglas de protección de la competencia. Desconocieron que esa concurrencia perduraba y que su eventual intensificación, sólo acentuaría la inestabilidad crónica del sistema.

Los marxistas que compartieron ese diagnóstico tendieron a prestar más atención a los acontecimientos secundarios de la esfera circulatoria, que a los procesos determinantes de la actividad productiva. También olvidaron que los cambios de precios son el principal instrumento que tienen los capitalistas para desenvolver su actividad. Sólo mediante aumentos y rebajas de esas cotizaciones, los empresarios pueden actuar en el mercado, ofreciendo nuevos productos en función de los costos de fabricación y obteniendo mayores ganancias en las disputas con sus concurrentes.

Perdurabilidad de la ley del valor

La tesis de total control monopólico fue acertadamente objetada por varios autores marxista en los años 70 (Shaik, Clifton, Weeks, Semmler). Estos críticos restauraron la centralidad analítica de la rivalidad mercantil.

En sus cuestionamientos aceptaron la existencia de mayores obstáculos a la caída de los precios, pero atribuyeron estas barreras a la existencia de transformaciones económicas (mayor peso de la deuda pública) y cambios político-sociales (limitaciones a la reducción nominal de los salarios por la gravitación de los trabajadores). Estos rasgos limitan el vaivén de los precios, pero no anulan la preeminencia de la competencia. Este mecanismo continúa actuando a través de ajustes relativos, dentro de una dinámica más inflacionaria. (4)

El neoliberalismo revirtió parcialmente ese cuadro de ascenso generalizado de precios e introdujo un entorno de mayores vaivenes, junto a cierta reaparición de las tendencias deflacionarias. Este curso refutó adicionalmente, muchos supuestos de los teóricos del capital monopolista.

También la mundialización incentivó la pugna competitiva. Hay traslados de fábricas a las regiones que ofrecen salarios bajos, se recalientan las batallas por el control de las materias primas y se afianzan las rivalidades financieras por colocar préstamos o acaparar los negocios de alto riesgo. Esta renovada competencia de costos es ilustrada por numerosas descripciones periodísticas del “darwinismo mercantil” y la “competencia por la supervivencia” que impera entre las empresas.

La transferencia de actividades fabriles hacia el continente asiático y la reorganización de la división internacional del trabajo son nítidos indicadores de la continuada rivalidad de precios. Estas batallas desembocaron en las crisis itinerantes de las últimas décadas. La competencia fabril genera excedentes, la concurrencia financiera multiplica los capitales sobrantes y la pugna por acaparar negocios precipita desproporcionalidades sectoriales. Estas tensiones irrumpen por el carácter inviable que tiene la manipulación oligopólica de los precios.

Al considerar que el capitalismo ha quedado sometido a reglas arbitrarias de manipulación de los precios, los teóricos del capital monopolista modifican la interpretación que postuló Marx, para explicar la fijación de esas cotizaciones. El pensador alemán consideraba que ese proceso estaba objetivamente regulado por normas de costos, productividad y exacción de plusvalía, que guían la valorización del capital.

Marx estimaba que ese desenvolvimiento estaba regido por una ley de valor, que determinaba la distribución del trabajo social en las distintas ramas de la economía, en función de las expectativas de beneficio. Esa regulación definía a su vez el nivel de los precios, de acuerdo al trabajo socialmente necesario para la producción de las diversas mercancías. La propia marcha de la acumulación ajustaba finalmente esas cotizaciones, a través de una sucesión de periódicos desequilibrios, que intercalaban la prosperidad con la crisis.

La teoría del capital monopolista sustituye este principio por otras normas, que explican la fijación de los precios por relaciones sociales de fuerza (poder de cada corporación para imponer sus exigencias) o por gravitaciones institucionales (intervención del estado para favorecer a uno u otro grupo). El poder de los monopolios es derivado de esas influencias, con criterios que se alejan del análisis marxista objetivo de la acumulación.

Se podría argumentar que la preeminencia de las grandes corporaciones afecta al propio desenvolvimiento de la ley del valor, al concentrar el poder económico en grupos reducidos. Pero esta transformación tampoco implica una preeminencia de manipulaciones monopólicas. Lo que está en juego es la distribución de plus-ganancias entre actores capitalistas, que sólo pueden disputar la captura estable de esos beneficios, mediante reducciones de costos o incrementos de la productividad. La batalla por esos lucros no sigue un curso contingente de astucias monopólicas. Obedece a los parámetros que impone la ley del valor, a la reproducción capitalista.

Este mismo principio ha extendido su alcance bajo la mundialización neoliberal, con la regionalización o internacionalización de muchos precios estratégicos de la economía. Junto al incremento de los movimientos de capital, la reducción de las barreras aduaneras y la implantación de las empresas transnacionales, los mercados internos son penetrados por competidores foráneos y la autonomía de cada estado (para fijar tasas de interés, manejar la moneda y modificar gravámenes) se reduce significativamente. Este cambio se refleja a su vez en los precios, que sufren mayor impacto de la competencia mundial.

En esta producción más globalizada, una porción significativa de la actividad económica se desenvuelve dentro del propio espacio de las transnacionales. Las filiales localizadas en distintos puntos del planeta utilizan precios de transferencia, que las gerencias administran en función de sus propios cálculos de rentabilidad. Pero tampoco estas cotizaciones son arbitrarias, ni provienen de maniobras concertadas entre grandes grupos. Las empresas continúan compitiendo a una escala más global y los resultados de esta concurrencia se expresan en una fijación de los precios, dependiente de la dinámica del valor.

¿Hegemonía del capital financiero?

La teoría de Lenin postula la preeminencia del capital financiero, a medida que los bancos controlan las operaciones comerciales e industriales y asumen la dirección de las grandes empresas. Se supone que también manejan los paquetes accionarios, la emisión de valores y la especulación inmobiliaria.

Esta concepción surgió del retrato que presentó Hilferding de la fusión que realizaron los bancos alemanes con la industria, a través de las sociedades anónimas y la digitación del crédito. También se basó en la descripción de Hobson de las altas finanzas inglesas, como estructuras receptoras de los dividendos aportados por el crédito externo. (5)

Esta visión fue muy discutida en su época y enfrentó cuestionamientos marxistas al concluir la entre-guerra. Algunos autores que postularon la existencia de una secuencia histórica inversa del poderío inicial y debilitamiento posterior de los financistas. Destacaron que la dominación de los bancos rigió tan sólo en las primeras fases de acumulación, cuándo la industria necesitaba obtener capitales para emprender un desarrollo acelerado. Una vez concluido ese despegue los empresarios recuperaron independencia y se sustrajeron de cualquier sujeción a los banqueros. (6)

La teoría de la supremacía financiera perdió seguidores en la posguerra, en la medida que el boom económico estuvo signado una prosperidad comandada por la industria. El florecimiento de este sector fue tan evidente, como el rol complementario jugado por los banqueros, durante el período de explosión de productividad y el consumo.

Este giro condujo a cuestionar la caracterización del imperialismo como una etapa de hegemonía financiera. Algunos autores estimaron que Lenin generalizó en forma incorrecta la descripción presentada por Hilferding para el caso particular de Alemania. Como en ese país el capitalismo se erigió en forma tardía fue necesaria una fusión forzada desde el estado entre los banqueros y los industriales, para acelerar el proceso de acumulación.

Pero esa amalgama no se extendió a otras economías. La gravitación lograda por los banqueros ingleses no era tan absoluta y en todo caso correspondió a un período peculiar de un imperio en declive. En las potencias ascendentes -como Estados Unidos- se observaba un nítido predominio del sector productivo junto a la ausencia de fusión con los bancos. Otros analistas objetaron también la extrapolación del caso alemán, destacando la inexistencia de una preeminencia perdurable de los banqueros, frente a los protagonistas de la acumulación. (7)

Pero el debate recobró intensidad en los últimos veinte años, ante la significativa gravitación financiera que acompañó al neoliberalismo. Este modelo introdujo drásticas transformaciones regresivas, bajo el comando de los bancos. Con esa dirección se impuso una ofensiva del capital sobre el trabajo, asentada en las exigencias impuestas a todas las empresas por los acreedores y los prestamistas. Los financistas volvieron a ocupar el mando de una armada burguesa que atropelló los sindicatos, redujo los salarios y potenció la informalidad laboral.

Los autores que remarcan esta función clave ubican el surgimiento del neoliberalismo en un golpe financiero, que determinó el ascenso de las tasas de interés (Paul Volcker en 1979-82). Esa acción otorgó a los banqueros un rol director de la arremetida patronal e introdujo una nueva pauta de disciplina regresiva en todas las actividades económicas. (8)

Este período inauguró una etapa signada por el protagonismo financiero de Nueva York, la proliferación de operaciones de alto riesgo y la expansión de los bancos de inversión y los fondos de pensión. Los circuitos financieros se internacionalizaron y se afianzó un nuevo rol global de los banqueros en la administración del riesgo, con los nuevos instrumentos de la titularización y los derivados.

Este papel determinante de los banqueros quedó confirmado en la crisis reciente. Los estallidos irrumpieron en la esfera financiera y se procesaron mediante monumentales rescates de las entidades a cuenta del estado. Esta socialización de pérdidas se llevó a cabo por mandato directo de la elite financiera.

Pero la renovada gravitación de los financistas presenta fechas de inicio y objetivos muy precisos. No ha sido un proceso continuado desde principios del siglo XX, sino un fenómeno específico de las últimas dos décadas, determinado por la función que cumple la banca en la ofensiva del capital. Este liderazgo sucedió a la supremacía industrial de posguerra y confirmó el carácter cambiante de los sectores que ejercen el comando de la acumulación capitalista.

Ninguna cronología (o razonamiento) justifica la existencia de un despotismo permanente de los financistas. Esa creencia presupone que el desenvolvimiento del capitalismo se ha mantenido invariable desde el comienzo del siglo XX

La “financiarización” reciente no constituye, además, un proceso que favorece exclusivamente a los banqueros. Ha sido un instrumento de todos los capitalistas para recuperar la tasa de ganancia, mediante generalizados aumentos de la explotación. En este campo se localiza la extracción de plusvalía que sostiene al sistema. La hegemonía de las finanzas puede interpretarse a lo sumo, como un aspecto de la reestructuración neoliberal, pero no como un dato estructural del capitalismo.

La etapa reciente de ascenso de los financistas ha empalmado, además, con un avance de la mundialización, que modifica las viejas formas del accionar bancario. Se ha consumado una expansión de empresas transnacionales, que mixturan distintas formas de capital y propician más la asociación que la dominación financiera.

En muchas áreas se diluyeron las fronteras que separaban a los industriales de los banqueros, puesto que numerosos conglomerados operan indistintamente como compañías financieras y productivas. En estas organizaciones los banqueros no actúan como simples succionadores de un lucro ajeno.

Los financistas participan de todo el dispositivo de la acumulación, mediante la canalización de los préstamos hacia los negocios más rentables. Al observarlos como meros penalizadores del resto de la economía -e identificarlos con la simple absorción del beneficio- se desconoce el estratégico rol que juegan en la generación de esas ganancias.

Capital rentista

La sustitución de conductas favorables a la acumulación por actitudes rentistas es otro aspecto de la tesis leninista, que retoman muchos seguidores de ese enfoque. Esta mutación fue atribuida por el líder bolchevique a una preeminencia del capital financiero, que disminuye las inclinaciones productivas de la burguesía y potencia el parasitismo de los banqueros.

Esta caracterización es actualizada por los autores que subrayan la presencia de los “capitales que hacen dinero con dinero”. Mediante este manejo conquistan posiciones e imponen sus exigencias de valorización rentista a toda la sociedad. Consideran que ese despojo rentista se exacerbó bajo el neoliberalismo, a través del acaparamiento de mayores ganancias por parte de financistas, que acrecentaron la improductividad y obstruyeron la acumulación. (9)

En las descripciones de este despilfarro se remarca la hipertrofia de las operaciones financieras, que no incorporan valor a la producción. También se resalta como estas actividades afectan al proceso productivo, a través de operaciones titularizadas y seguros emitidos para respaldar los bonos en circulación. En la gestión rentista, los riesgosos fondos de inversión han reemplazado a los bancos más conservadores. (10)

A diferencia de los economistas pos-keynesianos, este enfoque presenta el giro hacia la especulación como una transformación objetiva del capitalismo. No atribuye esta mutación a perversiones de los gerentes o a conspiraciones de Wall Street. Pero al evaluar que el sistema tiende a desprenderse de su basamento productivo, sugiere que la lógica de la explotación ha sido reemplazada por una dinámica de fraude.

Ese tipo de malversaciones ha estado presente en toda la historia del capitalismo y fue más dominante en el origen, que en la madurez de este sistema. Con el afianzamiento de la acumulación los financistas quedaron integrados a un modo de producción, basado en la confiscación del trabajo excedente de los asalariados y la conversión de plusvalía en capital. La distribución de ese beneficio entre los banqueros e industriales se consuma mediante disputas competitivas.

Es importante subrayar la vigencia actual de estos procesos. La presentación simplificada del capitalismo como un casino regido por el azar y administrado por una elite de jugadores, es desacertada. Esta visión desconoce que el sistema continúa regido por ciertas leyes favorables al conjunto de las clases dominantes y se encuentra socavado por contradicciones procesadas en el ámbito de la producción y la realización de la plusvalía.

Estos desequilibrios centrales no provienen del parasitismo de los banqueros. Los derroches de estos individuos sólo introducen trastornos adicionales, a las obstrucciones que genera la acumulación, en procesos de expansión motorizados por el beneficio. Este apetito insaciable por las ganancias genera excedentes invendibles, restricciones al consumo, desproporcionalidades sectoriales y declives tendenciales de la tasa de ganancia.

La comprensión de estas tensiones exige ir más allá de la esfera financiera y superar la mirada del capitalismo como un sistema gobernado por la renta improductiva. Este componente ha sido un dato del sistema desde su nacimiento, pero nunca alcanzó la primacía que tenía en los regímenes pre-capitalistas. El modo de producción vigente funciona en torno a beneficios surgidos de la explotación, cuya continuidad exige renovación de la inversión y confrontación entre competidores. Esta dinámica genera consecuencias nefastas para los trabajadores, pero no implica la existencia de una supremacía rentista.

Es por otra parte equivocado identificar simplemente a los financistas con el parasitismo. Esta asimilación sugiere una distinción con otros sectores de las clases dominantes, olvidando que la explotación industrial del trabajo ajeno no es un acto meritorio.

Los banqueros son algo más que estafadores y el endeudamiento es un proceso más complejo que el fraude. Los financistas cumplen una función estratégica para la reproducción del capital, al movilizar los créditos que amplían el radio geográfico y sectorial de la acumulación. La acertada denuncia de los especuladores no debe conducir a ignorar ese rol. Esta función explica por qué razón la tasa de interés no se equipara con la renta agraria. No constituye una punición al desenvolvimiento capitalista, sino un instrumento para organizar la inversión, en función de la rentabilidad diferenciada que ofrece cada negocio.

Las finanzas contemporáneas desenvuelven este papel mediante administraciones del riesgo que pueden derivar en todo tipo de desfalcos. Pero el proceso de titularizar bonos, mediante la compra-venta de créditos y el empaquetamiento de los títulos es una forma de organizar el crédito, contemplando la confiabilidad y el beneficio potencial de cada operación.

La presencia de los financistas en la cúspide de muchas empresas transnacionales no modifica ese rol. Más bien genera una mixtura de tendencias productivo-financieras, en conglomerados que tienden al auto-financiamiento y a la asunción parcial de muchas funciones, que anteriormente desarrollaban los bancos. A su vez los financistas actúan en estas corporaciones, amoldando su acción a las estrategias productivas de las compañías. Este rol desborda ampliamente la simple apropiación de beneficios.

Algunos teóricos estiman que el capital financiero desenvuelve su acción anticipando los lucros futuros que genera la actividad de los asalariados. Consideran que ese valor presente es una captura rentista previa de la plusvalía en gestación. (11)

Pero ese proceso sólo puede continuar si existe fabricación y venta de las mercancías. Si esta secuencia no se efectiviza, resulta imposible absorber una plusvalía que jamás será creada. Para que exista trabajo excedente confiscado a los obreros, debe regir algún proceso inversión y acumulación genuina de capital. Esta actividad no rentista es el fundamento de todo el sistema. Que los financistas anticipen la captación de una porción del botín en juego, no modifica su dependencia de esa lógica material reproductiva.

La actualización literal de la tesis leninista también incluye la presentación del capital financiero como el nodo central de un sistema internacional de sometimiento de los países deudores a las naciones acreedoras. Se supone que esa atadura financiera de principios del siglo XX ha perdurado sin grandes cambios. (12)

Pero la alteración de ese paisaje salta a la vista. Basta observar el status actual de Estados Unidos. La primera potencia es la principal deudora de China y nadie podría afirmar, que se ha convertido en país sometido al látigo de los banqueros orientales. La teoría del capital rentista no logra captar las especificidades de etapa en curso.

Innovación tecnológica

Otros analistas actualizaron hace varias décadas la visión del estancamiento tecnológico, que Lenin dedujo de la fijación monopólica de precios y de la generalización de las patentes. Consideraron que las grandes innovaciones desaparecieron luego del vapor, los ferrocarriles y la electricidad. Estimaron que el automóvil, los plásticos y la energía nuclear ya no incluyeron transformaciones de envergadura. (13)

Esta pérdida de impulso innovador es proyectada hasta el presente por quiénes relativizan la importancia de la informática. Sostienen que esa tecnología no encuentra oportunidades de inversión comparables al pasado. Consideran que el cambio tecnológico contemporáneo ya no es relevante y no permite contrarrestar el estancamiento. (14)

Pero si este proceso central del capitalismo ocupa un lugar tan secundario, también la plusvalía relativa ha dejado de operar como fuente decisiva del beneficio. Este razonamiento choca con el esquema analítico de Marx, que ubicaba el principal nutriente de la ganancia en la elevación de la productividad, generada por la introducción de nuevas tecnologías.

El filósofo alemán consideraba vital esa dinámica para el surgimiento y continuidad del capitalismo. No existe ninguna razón para modificar esta caracterización, restringiendo la influencia de la innovación a cierta etapa histórica de este sistema. El cambio tecnológico es un rasgo incorporado al modo de producción vigente, puesto que impulsa la competencia entre concurrentes para bajar costos y obtener mayores ganancias.

La renovación de la maquinaria es definitoria para la ubicación de cada empresa en el mercado. Si este principio dejara de operar, el poderío de cada grupo patronal ya no dependería de la plusvalía que extrae, sino de algún otro mecanismo que hasta ahora nadie ha expuesto.

Tampoco existen justificaciones convincentes del carácter irreproducible de las innovaciones que acompañaron al vapor o al ferrocarril. En todos los cambios posteriores estuvo presente alguna revolución tecnológica, gestada en torno a invenciones transformadas en innovaciones. Estos descubrimientos aparecieron en forma discontinua y en estrecha conexión con la irrupción de plus-ganancias, que se disolvieron con la generalización posterior de esos cambios tecnológicos.

Al desconocer esta trayectoria se ignora la relevancia actual de la informatización. Se puede discutir la etapa de esta transformación. Pero es innegable su impacto sobre los índices de productividad, las mutaciones del proceso de trabajo y la extensión de los mercados. La microelectrónica, la generalización de las computadoras y el uso de las redes han sido decisivos para la reorganización capitalista que introdujo la mundialización neoliberal. (15)

Una eliminación total del progreso técnico sería incompatible con la continuidad de la acumulación. Impediría a las empresas generar beneficios, mediante el incremento de la productividad. El papel puramente complementario que Marx le asignó a la plusvalía absoluta (surgida de ampliaciones e intensificaciones de la jornada de trabajo) no se ha modificado. Sólo las coyunturas de gran depresión detienen la innovación. Son suspensiones momentáneas, que no alteran las reglas del dinamismo tecnológico.

A veces se argumenta que la innovación presentó formas creativas en el origen del capitalismo y exhibe modalidades destructivas en la actualidad. Pero esta clasificación no define si las máquinas y los instrumentos de trabajo persisten como transmisores del trabajo confiscado por los patrones. Si ese basamento perdura, también se mantiene lo esencial de la innovación.

Además, conviene recordar que el capitalismo se nutrió desde su nacimiento de las tecnologías destructivas generadas en la esfera militar. El papel de esa rama no es novedoso, puesto que allí siempre se han experimentado las técnicas que posteriormente se transfieren a la órbita civil. Este componente destructivo de la innovación ha sido intrínseco al régimen social vigente en todos sus períodos.

Estancamiento y ciclos

El cambio tecnológico determina el carácter de todos los desequilibrios que afectan al capitalismo. Estas tensiones provienen del descontrolado dinamismo (y no del estancamiento) que rodea al sistema. El ejemplo reciente de este condicionamiento es la debacle ambiental, que ha irrumpido por una furiosa competencia entre las empresas que fabrican nuevos bienes, a cualquier costo ecológico.

Los males del capitalismo contemporáneo derivan de la intensidad competitiva y de la ambición por el lucro, que impone la expansión del sistema. El neoliberalismo ha confirmado plenamente este principio, al demostrar cómo el capitalismo vuelve a extender su radio reproductivo, cuando se restauran las condiciones favorables para la extracción de la plusvalía.

La principal sorpresa de este período ha sido la irrupción de China, que dejó atrás su status marginal para convertirse en una ascendente potencia. Si el capitalismo estuviera acosado por un estancamiento sostenido, no habría dejado espacio para avances de este alcance. Lo ocurrido con China es totalmente inexplicable en un marco analítico de regresión de las fuerzas productivas.

Es cierto que también se multiplicaron las actividades parasitarias. Pero esos despilfarros son complementarios. Hay guerras para asegurar el sometimiento de los oprimidos, se incentivan las necesidades de consumo artificial para realizar el valor de las mercancías y se amplían los préstamos para materializar los beneficios gestados en la producción. Es un error buscar en estas áreas las singularidades del capitalismo contemporáneo.

El declive innovador es postulado por algunos autores junto a la extinción del comportamiento cíclico del nivel de actividad. Se considera que han cesado de operar las fluctuaciones cortas y los movimientos largos, que rigieron durante el surgimiento y madurez del capitalismo. (16)

¿Pero cómo funciona el sistema sin ese fundamento? Los vaivenes periódicos permiten procesar la valorización y desvalorización de capitales, que necesita un modo de producción basado en el beneficio. Sin esa sucesión de recuperaciones y recaídas, la acumulación no podría desenvolverse.

En realidad no existe ninguna evidencia de esa desaparición de oscilaciones productivas. Tampoco hay signos de reemplazo de estas ondulaciones por secuencias continuadas de caídas del PBI. Una pendiente de este tipo contradeciría la lógica del capital y no se ha verificado en ninguna crisis reciente. Las recesiones continúan precedidas por períodos inversos de crecimiento.

La desaparición del ciclo es tan inconcebible como la sub-utilización permanente de la capacidad instalada. Esa inmovilización se verifica en las fases de recesión y se revierte en los momentos de prosperidad. El uso de las plantas por debajo de sus posibilidades incorpora costos adicionales, que todas las firmas buscan eludir para amortizar la inversión y evitar las pérdidas.

El ritmo exacto de los ciclos constituye una incógnita. Algunos analistas evalúan la temporalidad de esas fluctuaciones, reconsiderado su determinación tecnológica o remarcado el peso de múltiples factores (comportamiento de los salarios, consumo de los sectores no productivos, precios de las materias primas, desproporcionalidades). (17)

Pero está fuera de discusión el carácter intrínseco de los ciclos en el desenvolvimiento del capitalismo. Las crisis siempre irrumpen entre fases de ascenso y descenso económico. Si las oscilaciones hubieran quedado reemplazadas por crisis permanentes, resultaría imposible diferenciar esos estallidos de cualquier otra circunstancia. No habría forma de evaluar la aparición de estos episodios como acontecimientos específicos. Lo que permite distinguirlos es la subsistencia de los ciclos.

Ningún investigador omite este fenómeno. Todos evalúan las fluctuaciones como contrapartes de la prosperidad, la reactivación o el crecimiento. En la eclosión del 2008-09 se verificó claramente la persistencia de ambos procesos. Las expresiones de la crisis salieron a la superficie (pánico bursátil, insolvencia bancaria, quebranto industrial), al concluir una fluctuación del ciclo (marcha ascendente de los negocios y auge de ganancias antes del temblor). La persistencia de ambos fenómenos es indispensable para un sistema que necesita digerir a través de oscilaciones periódicas, los procesos sucesivos de valorización y desvalorización del capital.

Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

Ver también:

Notas:
1) Lenin, Vladimir Ilich El imperialismo, fase superior del capitalismo Buenos Aires, Quadrata, 2006. Bujarin Nikolai. El imperialismo y la acumulación de capital, Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1973, (cap 4 y 8).
2) Steindl Joseph, ¨Karl Marx y la acumulación del capital¨, Horowitz David. Marx y la economía moderna. Laia, Barcelona, 1968. Steindl, Josef, "Teoría del estancamiento y la política estancacionista", en Economía poskeynesiana, Fondo de Cultura Económica, México, 1988. Kalecki, Michal, "Las determinantes de las ganancias", en Economía poskeynesiana, Fondo de Cultura Económica, México, 1988. Sylos Labini, ¨La determinación del precio¨, en Economía poskeynesiana, Fondo de Cultura Económica, México, 1988. Robinson, Joan, La acumulación del capital, FCE, México, 1972.
3) Sweezy Paul, Magdoff Harry, ¨The crisis of American Capitalism”, The deepening crisis of U.S. Capitalism, Monthly Review Press, 1981. Foster John Bellamy, “Interview”, Klassekampen, 18-10-08. Foster John Bellamy, “The rediscovery of imperialism”. Montlhy Review, vol 54, n 6, November 2002. Vasapollo Luciano. “Imperialismo y competencia global”, Laberinto n 18, segundo cuatrimestre 2005.
4) Ver: Shaikh, Anwar. Valor, acumulación y crisis, (cap 1) Ed Tercer Mundo, Bogotá, 1991.
5) Hilferding Rudolf. El capital financiero, Tecnos, Madrid, 1973, (cap 13, 14). Hobson John, Estudio del imperialismo, Alianza Editorial, Madrid, 1981.
6) Grossman Henryk. La ley de la acumulación y el derrumbe del sistema capitalista, Siglo XXI, México, 1979.(parte B)
7) Ver: Brunhoff Suzanne. La concepción monetaria, Ediciones del siglo, Buenos Aires 1973.
8) Dumenil Gérard, Levy Dominique, 1996, La dynamique du capital, PUF, Paris.
9) Foster John Bellamy, Chesney Robert, “Monopoly-finance capital and the paradox of accumulation”, Monthly Review n 5, vol 61, October 2009
10) Chesnais Francois, “The economic foundations and needs of contemporary imperialism”, Historical Materialism vol 15, Issue 3, 2007.
11) Serfati Claude. “Imperialism et militarisme. Reponse a Antoine Artous”, Critique Communiste n 176, juillet 2005.
12) Serfati Claude. “La economía de la globalización y el ascenso del militarismo”. Coloquio Internacional Imperio y Resistencias. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, México, 6 de octubre de 2005.
13) Sweezy, Paul. "La economía keynesiana", en El capitalismo moderno, Ed. Nuestro Tiempo, México, 1973.
14) Foster John Bellamy, Magdoff Fred, “Financial implosion and stagnation”, Monthly Review, vol 60, n 7, December 2008.
15) Hemos expuesto nuestra visión en: Katz Claudio, “Mito y realidad de la revolución informática”. ESECONOMIA. Instituto Politécnico Nacional, número 6, año 2, invierno 2003-04
16) Beinstein Jorge, “Las crisis en la era senil del capitalismo” El Viejo Topo 253, 2009, Madrid.
17) Martins sugiere el primer determinante y Astarita subraya la incidencia de los segundos componentes. Martins Carlos Eduardo. “Los impasses de la hegemonía de Estados Unidos”. Crisis de hegemonía de Estados Unidos. Siglo XXI, México, 2007. Astarita Rolando, El capitalismo roto, La linterna sorda, Madrid, 2009 (cap 3).

Bibliografía:
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Los súper ricos

Alberto Ampuero (especial para ARGENPRESS.info)

Confirmado, a los millonarios y multimillonarios de Estados Unidos les va cada vez mejor.

Un artículo publicado el 18 de junio en el diario The Washington Post mencionaba, en ese sentido, que el 10% más rico de la población tenía en 2008 casi los mismos ingresos que todo el resto del país junto; y que los ingresos del 1% más rico de la población, unos 152,000 estadounidenses, aumentaron un 385% entre 1970 y el 2008, hasta los 5.6 millones de dólares promedio anuales.
Por el contrario, el 90 % de los habitantes con ingresos más bajos, unos 137 millones de personas, han visto caer su poder adquisitivo en un 1 % en el citado periodo. Su salario medio anual es de $31,244.
La situación es aún peor para la población hispana en Estados Unidos, cuyo salario medio apenas llega a los $20,000, según datos de 2009 del Pew Hispanic Center.

Esa desigualdad es desestabilizadora y mina la capacidad de la economía para crecer de forma sostenible y eficaz

¿Cómo llegamos aquí? ¿Cómo es que una nación predominantemente de clase media se tornó en una oligarquía?

La historia comienza a fines de los 70 y continúa durante los años de Obama, un periodo en el cual la política estadounidense ha sido tan inclinada hacía los ricos que ahora vivimos en el peor período de desigualdad económica en la historia moderna.

El culpable en su drama es la política misma en los últimos treinta años. Las pistas para entender el surgimiento de una nueva oligarquía se encuentra no en Wall Street, sino en el Congreso.
Cuando paso a paso y debate a debate, los dirigentes públicos de Estados Unidos reescribieron las reglas de la política y de la economía de formas que benefician a los pocos a costa de los muchos.
La mayoría de los relatos sobre la desigualdad en Estados Unidos datan de la década de los 80 con la administración del Presidente Ronald Reagan, el ícono anti-gobierno cuyas "Reaganomics" son comúnmente señaladas como la causa de los problemas actuales. Error, dicen los investigadores Hacker y Pierson. Los orígenes de la oligarquía se remontan a finales de los 70 y a la figura de Jimmy Carter, un presidente demócrata con un congreso demócrata.

Fueron los logros y fracasos de Carter los que lanzaron lo que el economista Paul Krugman ha llamado "la Gran Divergencia".

En 1978 la administración Carter y el Congreso aplicaron un plumón rojo a la ley de impuestos, cortando la tasa máxima del impuesto sobre la renta del 48% al 28%, una bendición para los estadounidenses adinerados. Al mismo tiempo, el esfuerzo más ambicioso en décadas para reformar la ley laboral para facilitar la formación de sindicatos murió en el senado, a pesar de una super mayoría demócrata de 61 votos.

Ronald Reagan, se podría decir, simplemente tomó la batuta que le entregó Carter. Su Economic Recovery and Tax Act (ERTA) en 1981 agrupaba una gran cantidad de regalitos que cualquier oligarquía apreciaría, incluyendo recortes de impuestos a corporaciones y recortes de impuestos sobre ganancias y posesiones.

La mesa estaba puesta, entonces, para que los ricos se separasen de manera definitiva y abrumadora de los demás.

El momento del fervor de los recortes de impuestos llegó a las administraciones de George H. W. Bush y Bill Clinton, y en el 2000 se convirtió en el grito de batalla de la campaña de George W. Bush, quien prometió que sus recortes de impuestos del 2001 serian una bendición para todos los estadounidenses. No lo fueron: el 51% de los beneficios van al 1% más rico.

Obama advirtió sobre los peligros que enfrenta el país en esta coyuntura, en la que los republicanos insisten en no elevar impuestos a los más ricos.

General Electric tuvo el año pasado unos beneficios de 5.100 millones de dólares en Estados Unidos y 14.200 millones en todo el mundo, pero no tuvo que pagar ni un penique en impuestos federales.

En 2009 tampoco Exxon-Mobil pagó ningún impuesto y el año pasado tuvo beneficios mundiales de 30.460 millones de dólares. Tampoco lo hicieron el Bank of America o Chevron o Boeing. Según un informe del mes pasado de la oficina del Defensor del Pueblo de la ciudad de Nueva York, en 2009 las cinco compañías, incluida GE, recibieron un total de 3.700 millones en devoluciones de impuestos federales

La solución al problema se perfila difícil. Los republicanos se niegan a aceptar subidas de impuestos como parte de un acuerdo para la reducción del déficit.
“El pedir que los millonarios y multimillonarios paguen los impuestos que pagaban con el presidente Bill Clinton (1993-2001) me parece algo razonable”, señaló Obama, quien recordó en que los impuestos están ahora en el nivel más bajo desde 1950.

El 13 de abril Obama sugirió un pequeño aumento en los impuestos a los ricos, subiendo de 35% a 39% el impuesto aplicable a ese sector (comparado con el 91% que se les gravaba en la década de los 60)

Independientemente de dónde se fije el tipo marginal más alto, los ricos siempre intentarán pagar menos. Las compañías han venido utilizando de forma progresiva una mezcla de escondites, devoluciones de impuestos y subsidios para pagar mucho menos

El último informe del IRS sobre la evasión fiscal (IRS Oversight Board report) estima que perdemos del orden de los 290.000 millones de dólares al año en impuestos no pagados y, según un estudio de 2008, los contribuyentes de mayores ingresos esconden tres veces más renta de la que defrauda un ciudadano medio.

Alberto Ampuero es periodista de Riverside, California.

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En Chile hace agua la “nueva manera de gobernar”

Ernesto Carmona (especial para ARGENPRESS.info)

Las encuestas muestran que los chilenos dan cada vez más la espalda al “cambio” y a la “nueva forma de gobernar” que compró en 2010 y hace 16 meses puso en práctica el “gobierno de excelencia” de Sebastián Piñera. La encuestadora Adimark -considerada solvente por tirios y troyanos- muestra que en junio sólo 31% aprueba la gestión del Presidente -5 puntos menos que en mayo 2010-, mientras el 60% la desaprueba, en el peor rating personal en sus primeros 15 meses de gestión (desde marzo 2010). El concepto “gobierno” salió peor parado, con 31% de aprobación y una desaprobación que se elevó a 62%, con dos dígitos más de rechazo que el mandatario (60%).

La oposición que gobernó 20 años, con la Concertación de Partidos por la Democracia, sale peor parada, con 68% de desaprobación, y tampoco capitaliza el descontento social impulsado por la juventud que se vierte masivamente en las calles contra la educación privada, exige un rol mayor del Estado en la educación pública a cargo de particulares y municipios, pide una revisión del fin de lucro en la enseñanza superior e, incluso, pide volver a nacionalizar el cobre para financiar un muevo modelo educativo, además de otras importantes movilizaciones populares contra la planta eléctrica HidroAysén, nuevas centrales termoeléctricas a carbón y el rechazo al aumento del gas en la fría región austral de Magallanes/Punta Arenas, entre numerosos otros conflictos sociales en curso.

Se empantanó el juego

Los chilenos también mostraron hartazgo del juego de la clase política, tanto de “izquierda” (Concertación) como de derecha, que cautela sus propios intereses alejada de la realidad del país desde la sede del poder Legislativo en Valparaíso. Justo cuando se celebraban pomposamente los 200 años del Congreso Nacional, y apenas con el público protocolar, el rechazo hacia ambas Cámaras superó el 60%, con un 25% que aprueba la gestión del Senado y 61% que la desaprueba, mientras 22% aprueba la Cámara de Diputados y 63% la desaprueba. Son las peores cifras para ese poder del Estado, por lo menos en los últimos 15 meses.

Las dos alianzas políticas del sistema bipartidista chileno, la gubernamental Coalición por el Cambio y la Concertación, exhiben también un creciente rechazo ciudadano que superó la barrera psicológica del 60%. Un 68% desaprueba la gestión de la Concertación y sólo 22% la aprueba, mientras la alianza de gobierno obtiene 30% de aprobación y 60% de rechazo.

La oposición aún no encuentra un discurso-brújula para enrumbarse en el Chile post-Concertación, pero tampoco halla ese instrumento la coalición gobernante. La gran prensa mono-ideológica ventila públicamente el conflicto político entre la neo-pinochetista -y a la vez populista- Unión Demócrata Independiente (UDI) y el partido de Piñera, Renovación Nacional (RN), heredero de la antigua tienda Liberal y casado a perpetuidad con la versión doctrinaria más conservadora del modelo neoliberal del capitalismo contemporáneo dominante en todo el globo.

En términos técnicos existe un empate político que apunta hacia una crisis más profunda de gobernabilidad de un país que parece despertar de la modorra de 21 años de desmovilización bajo gobiernos neoliberales disfrazados y abiertos, de “izquierda” y derecha. Tanto la UDI como RN llaman al gobierno a “abrirse” a otros sectores políticos con un cambio del “gabinete de excelencia” de empresarios y CEOs o altos ejecutivos de grandes empresas, que ya no gobiernan desde la sombra, como ocurrió con la Concertación, sino directamente desde el aparato del Estado.

La “apertura” tiene nombre y apellido: tratar de integrar al gobierno por lo menos a un sector de la Concertación. RN sugirió a los radicales (Partido Radical Socialdemócrata, PRS), otros miran hacia el Partido Demócrata Cristiano (PDC), sumido en una profunda “crisis de conciencia” para redefinir sus objetivos. Cualquiera variante echará un poco más de tierra a la sepultura aún abierta de la Concertación, que sólo tiene bajo la manga una carta no contaminada y de cierto prestigio maternal como ex jefa de Estado: la inmaculada figura mediática de Michelle Bachelet, cuyo desempeño en Nueva York al frente de ONU Mujer la mantiene alejada del mundanal ruido chilensis, mientras Forbes la califica como la segunda mujer más poderosa de la organización mundial.

¿Qué ocurre en Chile?

La conmoción social motorizada por la juventud, tal como ocurrió en Túnez, Egipto y otros países lejanos, no tiene una conducción político-partidaria tradicional. Y tampoco refleja las cifras electorales, probablemente porque sus principales protagonistas jóvenes no participan en el juego ni votan por no estar inscritos. A diferencia de la llamada Revolución Pingüina de 2006, las demandas estudiantiles van mucho más allá de meras reivindicaciones sectoriales, como el carné escolar para el transporte urbano válido 365 días al año, sino que tienen un profundo contenido político de alcance nacional. Entre otras metas, reformar la Constitución heredada de Pinochet y sucesivamente “mejorada” por la Concertación, para garantizar educación pública gratuita para todos, financiada con una re-nacionalización del cobre, cuya riqueza pertenece en 70% a capitales privados locales y extranjeros, mientras el Estado quedó reducido al sobrante 30%, a través de la Corporación del Cobre (Codelco), que en tiempos de Salvador Allende controlaba el 100% del metal nacionalizado con la unanimidad de todos los sectores políticos que entonces votaron la nacionalización, incluidos todos los partidos de derecha y el PDC que después propiciaron el golpe militar.

En pocas palabras, la juventud se juega su futuro y propone una tarea larga que recién comienza, con los grandes medios de información en su contra. Pero a pesar de la gran prensa está ganándose a la ciudadanía con propuestas que involucran una profunda revisión del modelo neoliberal, y concitan el apoyo creciente de otros sectores de la sociedad, incluidos los profesores, los padres y apoderados que pagan una enseñanza mala y cara, las autoridades y docentes de las universidades tradicionales afectadas por la competencia desleal de las casas de estudio privadas (que lucran sin pagar impuestos como lo hace cualquier negocio), las organizaciones de trabajadores y, en general, la gente de la calle y el grueso público que está aprendiendo el significado profundo de estas metas y que que existe otro mundo posible, a contrapelo de lo que “enseña” la prensa des-informativa.

El gobierno pierde credibilidad y la confianza de los ciudadanos. Pocos creen en las palabras de Piñera y sus ministros. La gente percibe que las soluciones que ofrece el gobierno apuntan a consolidar los grandes nichos de negocios en una vertiente sibilina, de apariencia populista y netamente neoliberal. Para la educación, propone torcidamente fortalecer las universidades privadas con más subsidios del Estado para que los alumnos paguen, incrementen sus ganancias y, de paso, blanquear o “sincerar” sus ingresos ilegales y evasión tributaria de 30 años, pues la Constitución de Pinochet las instituyó como entidades “sin fines de lucro”. En la salud, se otorgan bonos que paga el Estado para que los beneficiarios del sistema público reciban atención en clínicas privadas, pero no se invierte en mejorar los hospitales ni los salarios de sus trabajadores, que suelen descargar su frustración laboral con los usuarios.

Sigilosamente, Piñera terminó de privatizar el agua, mientras los trabajadores del cobre paralizan por primera vez en dos décadas este lunes 11 de julio, no por reivindicaciones salariales específicas del gremio, sino para emplazar al gobierno y dar publicidad nacional a su sospecha fundada de que está en marcha un proyecto secreto que conduce a la privatización de Codelco. Acusan al gobierno Piñera de estar ejecutando silenciosamente el viejo truco de no reinvertir las ganancias de la empresa del Estado para enfrentar sus desafíos futuros, sino al revés, hacerla inviable y anunciar su única “salvación” mediante la privatización escalonada de los yacimientos, como ha ocurrido con otras empresas públicas en Chile y el resto del mundo.

Privatización del agua

El editorial del diario electrónico El Mostrador comentó hoy que “en medio de movilizaciones ciudadanas por los temas ambientales y de la educación, ha pasado casi inadvertida para la opinión pública la venta por parte de CORFO [Corporación de Fomento a la Producción] de las acciones que el Estado tiene en las empresas sanitarias. La primera de ellas fue el caso de Aguas Andinas S.A. [subsidiaria de la española Aguas de Barcelona] en la Región Metropolitana, donde la propiedad estatal llegaba al 30% aproximadamente del total”.

La venta reportó al Estado 950 millones de dólares. Se quedó solo con el 5 % de las acciones. En los próximos días, Piñera se propone vender ESSBIO [de Concepción] y ESVAL [de Valparaíso-Viña], donde también conservaría 5 %. El negocio no tuvo difusión en los medios y para El Mostrador, “la ambigüedad […] ronda las justificaciones esgrimidas para la venta”, pues “el Estado se desprende de un negocio sano, que ya operan privados, con una rentabilidad garantizada por ley del 7 % y una real que, según la Superintendencia de Servicios Sanitarios (SISS), oscila entre 10 % y 20 % anual, sin que esté muy claro para qué lo hace”.

No convence la explicación de que los fondos se destinarán a ampliar la red del Metro porque esa empresa es una de las más eficientes del mundo en ese rubro, tiene equilibrio operacional y una estructura con previsión de financiamiento para sus extensiones, que no requiere de los recursos de CORFO, añadió El Mostrador. Por otra parte, “es evidente que el Estado de Chile no tiene problemas de caja. Por el contrario, tiene excedentes que, de acuerdo alto precio del cobre y los minerales, se debieran seguir incrementando. Solo en fondos soberanos el país tiene depositados más de 10.000 millones de dólares, que le rentan entre un 2,5% y un 7 % anual”. Para el diario se trata de un “absurdo financiero”. Para nuestro punto de vista, de un tributo casi religioso a la ideología neoliberal que empapa a Piñera y su gobierno. “La paradoja es que mientras en Chile se perfeccionaba la venta de hasta el 95 % de Aguas Andinas S.A. en Italia, mediante un plebiscito nacional, el 95 % de los ciudadanos se opuso a la venta o privatización del agua”, dijo el diario. La privatización del agua la inició la Concertación. Lo que aún conserva el Estado son pequeñas sobras.

Amenaza al cobre

El paro nacional anunciado para el lunes por la Federación de Trabajadores del Cobre (FTC) y su presidente Raimundo Espinoza aspira a que el país entienda el peligro de la privatización de Codelco por “un sentido de país”, lejos de cualquier reivindicación salarial. Sus objetivos consisten en emplazar al gobierno a “responder y pronunciarse sobre los puntos concretos que hemos levantado, y no sobre generalidades, ni menos sobre fantasmas o supuestas solicitudes, que nunca hemos hecho”.

El proyecto de privatización comenzaría con la enajenación de las pertenencias del yacimiento Gabriela Mistral, para endosárselas a una sociedad con terceros. Ya están despidiendo gente y cambiando los contratos de trabajo a otra razón social. “El país sabe que el acuerdo con la empresa China Minmetals dejó de tener efecto y que, tanto la Presidenta Bachelet y el anterior Presidente Ejecutivo de la empresa, se comprometieron con esta Federación a que este mineral que produce más de 150.000 toneladas de cobre fino al año, "era, es y será 100% del Estado", precisa un comunicado de la FTC.

La FTC emplaza al gobierno a que “desmienta que en los grandes proyectos estructurales y de desarrollo no va a tercerizar áreas productivas estratégicas, en Chuquicamata Subterránea, Planta Concentradora de Radomiro Tomic, Proyecto San Antonio en El Salvador, Planta Concentradora en el Proyecto Fase II de Andina, Operación Rajo Sur y Nuevo Nivel Mina en la División El Teniente, entre otras medidas de privatización encubierta”.En los últimos 7 años Codelco aportó al Estado cerca de 43.000 millones de dólares, pero los trabajadores están alarmados porque en 2010 el gobierno Piñera decidió capitalización cero, sin ningún fundamento. “Y este año 2011 sólo aprobó insuficientes 376 millones de dólares, sin asumir ningún compromiso de capitalización para los próximos años, en condiciones que Codelco tiene un plan inversional para el quinquenio del orden de los 18.000 millones de dólares”.

Los trabajadores aspiran a que mediante el paro nacional la ciudadanía conozca y entienda su preocupación y alarma. “Emplazamos al gobierno a que desmienta que han arrastrado a Codelco a ser la empresa más endeudada de la industria, no haciendo la tarea de un dueño responsable, que en un escenario de buenos precios, lo que hace es capitalizar la empresa y no sobre endeudarla a futuro. Que duda cabe, entonces, que este Gobierno quiere propiciar las condiciones para la privatización de Codelco. Recordemos que es este Gobierno quien calificó de un "error histórico la Nacionalización del Cobre".

El paro recibió el apoyo de la organización de supervisores de Codelco, Central Unitaria de Trabajadores, Coordinadora Minero, Metalúrgica y Energética (que agrupa a los trabajadores de la ENAP, ENAMI, Federación Minera, Trabajadores Contratistas, entre otros), de la ANEF (empleados públicos) y del Sindicato Nacional del Banco Estado. También del movimiento estudiantil, secundarios y universitarios, de los académicos y del Colegio de Profesores, quienes luchan por una educación de calidad y al alcance de todos que podría financiar el cobre... Para la FTC “se acabó el tiempo de acuerdos y soluciones entre cuatro paredes. No más diálogo de sordos, que no considera en serio la participación y demandas de los actores sociales”.

Fuentes:
http://www.adimark.cl/es/estudios/index.asp?id=124
http://www.elmostrador.cl
http://www.24horas.cl/videos.aspx?id=124732&tipo=410
http://www.ftc.cl

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Movilizaciones Estudiantiles revelan la fragilidad institucional en Chile

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

En las últimas cinco semanas Chile se ha visto impactado por una serie de movilizaciones sociales, estudiantiles y de otros sectores de la ciudadanía. Las tomas de los colegios secundarios continúan así mismo las movilizaciones de los estudiantes universitarios que han rechazado las últimas propuestas del gobierno.

Todas esta movilizaciones indican una fatiga clara del modelo económico y sobretodo una carencia de conducción política de los partidos más representativos del sistema político chileno que aún funciona con la estructura de representatividad heredada de la dictadura. En este sentido, Chile refleja una falsa estabilidad política que se manifiesta por el desapego de una gran parte de la población a las dos coaliciones que han gobernado en los últimos 37 años a partir del golpe de estado. Si cualquiera pudiera pretender de que Chile es el modelo político a seguir, estaría profundamente equivocado porque el país navega políticamente en la incertidumbre por el rechazo de la gente a sus partidos especialmente a los que han diseñado y mantenido al actual sistema.

Sin embargo hay que decirlo sin ambages también, eso no significa que la población rechaza al actual sistema y opta por otro. Existe un área gris que está insuficientemente investigada en términos sociológicos, respecto a la conducta política del chileno actual. Se detecta por las palpaciones que uno hace en diversas formas, que hay una fatiga generalizada hacia cómo se está gobernando el país y en las esferas del gobierno de derecha existe una alta preocupación de que la administración se le está yendo de las manos.

En esencia se observa una falta de manejo político en el gobierno. En la misma alianza de derecha que lo respalda, existe una suerte de desconfianza en la propia institucionalidad. Es natural, este síndrome resulta porque la mayor parte de los líderes y miembros clave de la alianza política que lo sustenta, proviene del gobierno militar de las décadas de los años 70 y 80, o son adherentes a ese régimen con una profunda convicción de derecha anti izquierdismo.

Antes de que el país se desordene más, y la institucionalidad pudiera entrar en una fase de mayor fragilidad, era indispensable contener la efervescencia social. Era demasiado temerario aceptar estudiantes demandando reformas constitucionales – la madre de todas las batallas. Todavía más, era inaceptable que Camila Vallejos afiliada al Partido Comunista, pudiera emerger como líder en un área como la política que exhibe mucha aridez y opacidad por carecer de líderes.

Es así que las últimas negociaciones entre el gobierno y el CRUCH o el consejo de rectores de las universidades chilenas, refleja un regreso a las políticas de los consensos que caracterizó a los gobiernos de la Concertación. Esto no es una buena señal porque los resultados están a la vista. Hay un sistema político desacreditado y una erosión de auténticas políticas públicas.

Una buena parte de la conciencia nacional sigue suspendida en el caballito de batalla que es el ajuste estructural a la economía de los años 80, con su eje de privatización hasta la última gota de capital estatal, mercantilización a ultranza, desregulación desmedida, y apertura indiscriminada de los mercados. Este es el nido del actual sistema educativo chileno.

Ha sido extremadamente difícil para el ethos nacional desprenderse de esa lógica que ha predominado en la política de los consensos, porque al final ésta, en sí misma, dependía de la aceptación de esa lógica. Así debía funcionar la relación entre política y economía y entre economía y sociedad. El marco del debate que se daba entre estas dos relaciones, tenía una determinante fundamental: el modelo económico se analiza pero no se toca.

El debate sobre la educación es la historia del debate truncado sobre el tema mayor. Es así que la inyección de miles de millones de dólares al sistema educativo no resuelve el problema central de la concepción del sistema. Los estudiantes tienen la razón al demandar la estatización de la educación como única forma de resolver el problema central de propiedad, ejercicio y administración. Tampoco se trata de que el Estado financie más, o se haga más cargo del actual sistema. Ni se trata de más o menos libertad de opción. Simplemente el sistema actual demostró su fracaso.

El problema es de si es posible esa estatización y en qué consiste. A menudo un buen análisis no necesariamente puede derivar en una política pública. Y lo observado en el debate sobre el sistema educativo así lo demuestra. El problema reside en la posibilidad efectiva de formular una política pública. Como que bajo las actuales condicionantes del sistema económico la suerte estuviera echada, y de allí el regreso de los consensos.

El referente más directo del fenómeno actual se encuentra en los primeros 10 años de gobierno concertacionista, cuando la institucionalidad democrática nueva presentaba las fisuras propias de una sociedad que emerge de una prolongada dictadura militar.

En esos años -1990/1999- el espíritu de reconstrucción nacional se desplazaba con facilidad en el tejido político predominando la necesidad de formar unidad nacional a toda costa. Se practicaba aún a expensas de rectificaciones de todo tipo – políticas, sociales, económicas, culturales- en oposición a las posturas más recalcitrantes de reivindicaciones justificadas provocadas por un gobierno violento y centralizador del poder.

La necesidad de los consensos se dirigía a formar una masa crítica de estabilidad política para consolidar la recuperación de la democracia. La mayor parte de la ciudadanía entró en clave constructiva y sintonizó con la postura de debatir, lejos de la beligerancia.

La frase de “no quedarse anclado en el pasado” conllevaba superar las coordenadas propias de una transición de dictadura a democracia. Ambas nociones se instalaron en el lenguaje cotidiano, tanto del político como del aprendiz a ciudadano que podía ser cualquier chileno medio todavía asustado por el régimen anterior. También, su uso frecuente impedía profundizar el debate.

Era la época de otras perlas dialécticas de la transición como la dicotomía de “complacientes y auto flagelantes”. Todo ocurría bajo la pátina de los consensos políticos, mientras el debate serio sobre los temas serios que se presentan hoy como elementos de crisis, léase educación, salud y desregulación, se escondían literalmente debajo de una alfombra, ni siquiera de origen persa, sino que debajo de un terrenal choapino.

Es así que temas muy trascendentes cayeron en esa estela de rectificaciones bajo consenso político, en una nación que quizás resultó más dañada con la dictadura de lo que hemos podido imaginar. Al respecto, un tópico interesante es la carencia de diagnósticos profundos sobre los efectos de la dictadura militar en una serie de renglones de políticas públicas – o carencia de ellas- que se discuten hoy como aspectos críticos. La lista es larga: energía, medio ambiente, pobreza, regulación, tributación, protección de recursos estratégicos, política exterior. Educación y Salud entre ellos.

Si no se penetra en forma más responsable con el diagnóstico en una zona plagada de distorsiones, e informaciones a medias, como el deterioro de las políticas públicas, que es el fondo del problema, es muy probable que las últimas movilizaciones y los sueños de reforma al sistema sean succionados por la cloaca de la mantención del status quo y una elite del poder donde nadie quiere perder tajada.

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Los intelectuales y el poder: Sobre la batalla cultural kirchnerista

Daniel Cadabón (especial para ARGENPRESS.info)

Desde la muerte de Néstor Kirchner para acá, tanto el gobierno como sus aliados se dedican a autoproclamarse ganadores de una “batalla cultural” con el único objetivo de posicionarse en situación de vencedores para las próximas rondas electorales.

La abstracción que representa esta “batalla” ganada que no pasa de lo semiótico y aun ahí cada vez menos, sin embargo, es lo que les permite tanto a los intelectuales de centro izquierda como a la nueva camada de chigago boys oficialistas andar festejando a cuenta la renovación de sus contratos por otros 4 años más y casi sin segundas vueltas.

Semejante “batalla” se da en diferentes frentes, pero sin duda el eje más requerido en tiempo de ofertas electorales es el frente intelectual y mediático porque es desde allí desde donde surgen las profecías que consolidan “el modelo” y desde donde se exprimen las conciencias de los electores que se fascinan por el color de los espejos.

La división del trabajo en el kirchnerismo se cumple a rajatablas, mientras los intelectuales aportan las ideas para el gran público y las revisten de lenguaje más o menos impenetrable; los nuevos chicago boy nac&pop se hacen cargo de la caja.

El frente intelectual kirchnerista goza de una sólida base económica compartiendo los fondos del Anses y del Pami con la General Motors, la Mercedes, Arcor o los fondos fiduciarios para la adquisición de plasmas. La distribución de la riqueza sobre el ahorro de los jubilados no parece incomodar a nadie entre estas camarillas, excepto claro cuando los viejos van por lo suyo y reclaman el 82 por ciento móvil.

Las fuentes de financiación del kirchnerismo provienen de un solo sector social. Mientras las grandes fortunas se incrementan al doble en el último año; los recortes salariales a los trabajadores en blanco por la vía directa del impuesto al salario, la inflación, la recaudación impositiva (IVA) y el congelamiento de las asignaciones familiares -que sirven para financiar el subsidio universal a la pobreza- se mantienen y agrandan la brecha.

El fenómeno de la precarización laboral con un 50% de trabajadores en negro hace al enorme crecimiento de la plusvalía y las tasas de ganancias de los capitalistas. La creciente desocupación entre los jóvenes permite que el trabajo en negro y “cooperativizado”, con salarios que cubren apenas un tercio de la canasta familiar, goce de muy buena salud.

Tanto industriales, como algunos ruralistas desencantados con los enlaces y que ya no se sientan en las mesas destituyentes, ven en las políticas laborales y económicas del cristinismo una garantía de continuidad para la extracción de ganancias, con lo cual se han pronunciado fervientemente a favor de la reelección.

La conformación de las listas electorales no hacen más que expresar esta continuidad en el este estado de cosas. En tanto, la doble represión a los docentes de Santa Cruz (primero con patotas de la UOCRA y de La Cámpora en la provincia y más tarde con policías federales, gases y chorros de agua helada frente al Ministerio de Trabajo) , sumada a la detención de trabajadores petroleros en la provincia por el “delito de coerción”, al realizar un piquete que bloqueó las plantas de refinamiento en el pueblo de Las Heras, aparece como un mensaje directo dirigido a los mercados, de que el gobierno popular está dispuesto a defender “la libertad de transitar” a cualquier costo en un próximo mandato.

Se acusa a Filmus y Tomada de haber tomado el discurso represivo del actual jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, pero la resolución que la presidenta le ha dado a la conformación de las listas en capital son la otra parte de este mensaje “cultural” al que apuesta el kirchnerismo y que ya debutó en las represiones al Francés, al casino, en Kraf-terrabusi y en el Indoamericano.

El primer candidato a jefe porteño por el kirchnerismo, es un exnoventista inquieto por privatizar la educación pública a cualquier costo; el segundo, un garante de que el pacto con la burocracia sindical pedracista (columna vertical del gobierno) sigue incólume.

Puede que el dedo presidencial haya provocado un pequeño batifondo por la elección de candidatos en las listas de legisladores; escarceos menores para los que está acostumbrado a dirimir el peronismo, todos ponderan, desde la centroizquierda hasta la derecha practica que sin Cristina no existen. En realidad, no se puede negar que el cristinismo no hizo más que simplificar y clarificar lo que lo rodea y con la cual esta desposado.

Una importante mayoría de los candidatos a legisladores responden a los dos sectores protagónicos en la realidad política actual: la nueva fuerza de los Boudou y Bossio, encargados del saqueo a la caja de jubilaciones y a la negociación de las deudas con los inversores internacionales y La Cámpora que garantiza una fidelidad familiar en las resoluciones del ejecutivo. Por otro lado el gobierno federal se encargó de los laderos para el sciolismo por si se repite lo del ´74. O si la lealtad, de la que el doméstico Scioli tanto se jacta, empieza a derrumbarse.

Los organismos derechohumanistas cooptados por el oficialismo podrían haber sido también de esta misma partida enlistadora presidencial, si la metida de mano en la lata de los fondos de la fundación “Sueños Compartidos” que unen Schoklender-Bonafini con los Kirchner-De Vido y gobernadores varios, no hubieran salido a luz y empañado de esta manera su capacidad para el rejunte electoral entre todo un sector de electores encandilados por el progresismo mediático.

De todas maneras la batalla cultural-electoral del kirchnerismo dentro de los medios de difusión manejados por oficialistas y paraoficialistas va logrando cooptar a un conjunto de estelares que pasaron del relato reivindicativo de un ascetismo profesional, que los mantenía disimulados ante la opinión pública como pensadores independientes, a ponerse la camiseta oficial y defender, sin sonrojarse, al régimen político y al partido de gobierno.

Son buenos tiempos, y de resultados críticos, aquellos en que la burguesía y las camarillas de seguidores sacan a relucir los trapos sin disimulo bajo el argumento de “jugarse”.

Todos los recursos intelectuales anteriores, los llamamientos a las teorías horizontales, a la multiplicidad causal en las respuestas, al desprestigio de los grandes relatos y al ensalzamiento de la autonomía por encima del personalismo, cayeron momentáneamente en una especie de recipiente que se tapa con recibos por viáticos, propaganda oficial y empleos calefaccionados.

Es preferible así. Porque el “pueblo profundo” que sólo recibe algunas migajas predigeridas de lo que es cardinal en todo este debate, mira con curiosidad y desconfianza a todo este grupo de recientes conversos que se declaran ahora enamorados de la política -aun en su versión más verticalista- por ser un genuino producto nacional y popular.

La moda kirchnerista, defendida por los viven del intelecto, está en proclamar que el proyecto nacional encarna una lucha contra el poder, es decir, para esta rara avis neuronal el poder no está en el poder político mismo, sino en dos diarios y en un canal de televisión. Un argumento excesivamente sesudo y difícil de demostrar.

Por otro lado se sostiene, culturalmente claro, que el kirchnerismo reinventó la política siendo la superación autocrítica del (los) peronismo y que esto llenó de jóvenes sus filas.

Estamos de frente a una verdadera síntesis pragmática -susurran los del intelecto-, síntesis que surge de la antítesis entre lo viejo y lo nuevo, de aquello que hay de derecha y lo que quedó de izquierda en el movimiento; por fin, síntesis en el sentido histórico entre los valores representados por el más puro significante y lo intricado del significado peronismo.

La reinvención, ahora justificada intelectualmente, de este neoperonismo (en su vuelta como página K) supo abrazar con fuerza las causas populares –dicen- y, con un simple “proceda” -que para los progresistas es la más magnífica trascripción de la fuerza del significante cuando se subleva en toda su dimensión- no lo dicen, supo también archivarlas en un museo de la memoria, para terminar cooptando a los representantes de esas causas.

Y eso que la batalla cultural, hasta ahí estaba apenas comenzada, sorprendiendo por sus resultados a propios y extraños. Con el simbolismo, el kirchnerismo logra encuadrar, al mínimo precio de un retrato guardado entre los trastos, a un conjunto de organizaciones que abandona sus experiencias de reclamos callejeros para refugiarse dentro del Estado.

La extrapolación de la experiencia callejera a funcionario del Estado, se denomina madurez del movimiento popular y se vuelve una constante de las organizaciones populares generando el sentimiento y la ilusión de que el poder maligno de un capitalismo oligárquico en crisis está en otro lado.

“Lo popular” se vuele el catalizador que da energía y apego a este frente entre organizaciones que arrancaron su prestigio a fuerza de lucha y el gobierno que asume sin otro objetivo que la reconstrucción del Estado en términos tradicionalmente burgueses.

Pero si la fuerza del simbolismo atrae al progresista, es el arreglo salarial lo que termina por consolidar su ideología.

Es a esto a lo que se denomina cooptación, concepto que lentamente se va haciendo carne entre los que miran desahuciados una nueva experiencia de frustración.

Los columnistas del intelecto pujan por desacreditar el concepto como parte de una nueva fase de la batalla cultural. La “cooptación no existe” gritan y escriben, ya que la integración al aparato del Estado, lejos de ser corporativa, estaría justificada como potenciador de la lucha contra el supuesto “poder” que se hace manifiesto en la cultura de la derecha y de sus funcionales.

Según la particular visión del kirchnerismo todos somos de derecha hasta que no demostremos lo contrario, es decir, que seamos kirchneristas.

En realidad, el concepto cooptación aun no está lo suficiente instalado entre el pueblo, lo cual no ameritaría semejante gritería sobre que la “cooptación no existe”, el problema de los intelectuales es que de última termine asimilándose a “borocotización”. Cooptación, es combatido preventivamente aun ante su falta de popularidad, estimando que el significante deja demasiadas vías abiertas al significado.

Los intelectuales kirchneristas no tiene consideración por las polémicas, no los detienen las minucias de las consignas de máxima o de mínimas todo aparece amalgamado como la lucha contra el oscuro poder que intenta erosionar al cristinismo (en duelo).

Da lo mismo entonces, aceptar la represión a los docentes y los Qom, la detención de activistas petroleros en Santa Cruz, los abrazos con los patoteros de Pedraza, la militarización del sur de la ciudad de Buenos Aires. Todo se justifica, todo se acomoda, todo vale mientras persista el reclamo de que las “corpos” oligopólicas den aire al canal “PakaPaka”. Batalla cultural contrahegemónica destinada a que los niños mamen nacionalismo populista desde su ingreso a la racionalidad.

Tristes son los esfuerzos teóricos que desde Página12, Tiempo Argentino o los Morales del grupo Prisa, se hacen para argumentar sobre la funcionalidad derechista de la oposición de izquierda, cuando deben obviar sus sesudos análisis la hora en que los populares se sostienen culturalmente sobre la base de balas, gases, chorros de agua helada y militarización.

Pero quizá lo más bizarro de esta batalla intelectual la encontremos en la justificación de la regimentación política de movimientos juveniles y derechos humanos.

Algunos intelectuales del tipo de Feinmann, Horacio González o Gardinelli, dan una visión interesada sobre este proceso de cooptación estatal. Suponen que la irrupción del kirchnerismo en la política abrió la puerta a una politización masiva de los jóvenes y que semejante explosión de entusiasmo se debe sumar a las fuerzas del Estado.

El razonamiento es simple. Dado que el gobierno se encarga de inspirar políticamente a los jóvenes argentinos, es el Estado el que está en condiciones de regimentar esa inspiración.

Es la misma argumentación, que actúa como justificación ideológica de la cooptación.

La Cámpora, o la Juventud Sindical moyano-kirchnerista serían de esta manera una creación legítima del gobierno, que genera organizaciones juveniles para la defensa del régimen, y hasta podría tratarse de un derecho del Estado el crear anticuerpos en contra de las tendencias destituyentes. La defensa de este derecho corporativo estatal fue siempre la excusa perfecta para el armado de falanges.

Lo peor es que ni siquiera tienen en cuenta que los planteos oficialistas actúan como verdaderos degradadores de la conciencia y la voluntad de la juventud que se suma a la política.

Cuando la Juventud Sindical peronista, aliada a Pedraza, dispara impunemente contra Mariano Ferreyra al grito de los “vamos a bajar zurdos de mierda” o cuando La Cámpora envía a sus militantes a constituirse en patotas para expulsar a los Qom de un acampe en la 9 de julio o cuando se los utiliza como rompehuelgas en Santa Cruz y como grupo de choque en contra de un sindicato ¿qué ven de positivo en el ingreso de estos jóvenes a la política los intelectuales del régimen?

La regimentación de la juventud por parte del estado capitalista no hace más que mostrar sus efectos degradadores sobre la conciencia de los jóvenes; porque un estado que se funda en la opresión y en la explotación no puede ser modelo de otra cosa que no sea una conciencia moralmente degradada.

Pero lo fundamental de toda la argumentación cultural no está en su análisis lógico formal de estas plumas rentadas por el régimen. Estos intelectuales tienen la disposición a justificar la regimentación y la cooptación desde el gobierno sin importarles que medie una política clientelar que agrupe a un conjunto de jóvenes y organizaciones populares manejados por direcciones oportunistas y suficientemente adobadas con fondos públicos.

Lo fundamental está en los pliegues que su lenguaje no muestra, en esos bolsillos profundos de la semiótica que solo juntan monedas y pelusas de cosas viejas.

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La discreta impunidad del voto

Alfredo Grande (APE)

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“La diferencia entre Filmus y Macri es que Filmus no resiste el archivo y Macri no resiste el prontuario”
(aforismo implicado)

-Gatillo fácil en Balcarce. En un presunto procedimiento antidrogas, la policía persiguió a un adolescente ajeno a la causa, que no estaba armado ni tenía antecedentes. La Justicia busca a testigos del procedimiento. El policía que fue detenido el viernes, acusado de haber matado de un balazo a un adolescente de 17 años durante un presunto operativo antidrogas en la ciudad bonaerense de Balcarce, admitió ayer ante Justicia haber disparado contra la víctima pero aseguró que lo hizo por accidente. La víctima no estaba armada, no se resistió y tampoco contaba con antecedentes penales. Sólo encontraron entre sus pertenencias una pequeña cantidad de marihuana que, se supone, era para consumo personal.-Apoyos. Carlos Saúl Menem será candidato a senador por La Rioja y llevará en las listas de su partido, Lealtad y Dignidad, a representantes del kirchnerismo. El ex presidente será secundado por la actual diputada nacional Hilda Aguirre de Soria. En la nómina de diputados se encuentran la ministra de Desarrollo Social de la provincia, la ex diputada Griselda Herrera y la diputada provincial Alejandra Oviedo. El acuerdo apunta a ganar todas las bancas que se ponen en juego por La Rioja y fue cerrado anoche en la residencia oficial de la gobernación. El ex gobernador riojano Angel Eduardo Maza, en cambio, anunció que no participará de las elecciones nacionales salvo para “apoyar” a la Presidenta.

La suerte no está echada. Einstein dijo que Dios no jugaba a los dados, pero la partidocracia juega a las encuestas. La forma mediática de los dados. En la Ciudad que se creía autónoma de Buenos Aires, la elección se nacionalizó por el lado del oficialismo nacional y se nazionalizó por el lado del oficialismo porteño. Por eso el mandato de la hora de la urnas es: polarizar. No por el frío polar que sigue matando, sino como residuo del pensamiento platónico binarista. Si logramos que elijan entre dos, la diversidad, la diferencia, todo el coro de intelectuales que claman por la incertidumbre, la otredad, la líquida modernidad, será acotado a una sola opción: “¿A quien querés más: a Daniel o a Mauricio? O quizá, en el plano inclinado del erotismo lánguido de las democracias pasteurizadas y gerencialas: “¿Quién es el mal menor?”
Ya no importa si se gana por amor o por espanto. Lo que importa es ganar, en la búsqueda frenética del balotaje, donde entonces aquellos que no lograron entrar en él, tengan la trágica tarea de la decisión final. Fabiana Ríos perdió por 9 puntos, y ganó el balotaje. Por poquito. Pero en estos tiempos, un poquito por acá, un poquito por allá, otro más poquito por La Rioja, suma. Y sabemos que esta victoria si es la del frente, solo tendrá una dueña. Y si la victoria es Pro, solo tendrá un dueño. Ella y Él deciden listas, candidatos, alianzas, quién entra y quién sale. Y es lamentable esta coincidencia justamente porque no son lo mismo. Pero tampoco la centro derecha y el retroprogresismo son tan diferentes. Justamente porque en situaciones límite, para ambas tendencias la derecha quedará en el centro. Los poderosos que no son tan poderosos como para arrasar en primera vuelta, suplican entrar en la segunda. Los menos poderosos también quieren una segunda oportunidad, porque saben que en la primera bailarán con la más fea. O quizá ni siquiera puedan bailar ni un minué ni una lambada. Lo mas curioso es que el balotaje fue un invento de Agustín Lanusse para impedir el triunfo del “tío” Héctor Cámpora. Convencido de que no ganaría por más del 50%, pensó, por decirlo de alguna manera, que entonces la segunda vueltita le daría el triunfo al Paco Manrique y cuando éste se bajó, siguió pensando (ya dije que es para decirlo de alguna manera) e inventó al “presidente joven” Ezequiel Martínez. El cantito de la época remataba: “Cámpora y Solano Lima, soldados del Frente y de Perón!”. Por lo tanto no creo que el balotaje sea una herramienta apta para legitimar mayorías. Es cultivo de pactos perversos y de especulaciones espurias. Adormece la convicción ciudadana de votar por el amor y propicia despertarse por el espanto. La lucha contra el Goliath del bipartidismo es necesaria, porque la nueva ley de partidos políticos tiende a construir monopolios partidarios, mas allá de cuántas cabezas visibles esos monopolios tengan. Las internas abiertas están preparadas para degüello seco de candidatos, y por lo tanto aumentar el poder de las internas cerradas. No es poca cosa que si el voto es anónimo, mucho más anónimos son los candidatos. Excepto los que están en pole position, el resto transcurre casi en la clandestinidad. Además, con la soberbia derechoide de que el número 1 no debate con el 3, el 2 no debate con el 6, y entonces me urge reclamar que se recupere a la asamblea del año XIII que abolió los títulos de nobleza. Porque lo peor del bipartidismo es que restituye las castas que pactan, por sobre las clases que luchan. En esa trampa los mismos nobles pueden caer y entonces son los golpes de Estado que en su evolución macabra terminaron en exterminios genocidas. Sin embargo, las cifras de lo fácil que es el gatillo para las fuerzas de inseguridad, es apabullante. Las secuestradas por la mafia de la prostitución tienen el penoso beneficio de que la Presidenta ha prohibido por decreto los avisos. Pero sabemos que en la cultura represora, la gobernabilidad exige en forma simultanea dar pasitos para adelante y pasitos para atrás. La ley sobre las reformas a la ley de trata, sigue detenida en el Congreso. Supongo que alguien dirá el porqué. Pero otro de los efectos de la manía bipartidista, consiste en desestimar la división de poderes, y apostar a la suma de todos los poderes. Todos los senadores, mal que Menem nos pese, todos los cargos, mal que indignados sindicalistas nos pese, termina construyendo algo que podría denominar síndrome de voracidad republicana. Si del radicalismo no espero nada bueno, si de los Pro espero todo malo, si el kirchnerismo perdió la transversalidad y recuperó la verticalidad: ¿Dónde iremos a parar si se callan las alternativas? A lo que alguna vez llamé “Democratismo de Estado”. El lema bien podría ser: “Arriba los de Arriba”. Una democracia de fantoches que hacen gala y se visten de gala para disimular su obsceno oportunismo en una envaselinada “evolución política”. Resulta poco digerible o directamente vomitivo que los tres vices del kirchnerismo sean de derechas. Con méritos que nunca los colocaron firmes junto al pueblo. De la misma manera que me encantaría ser católico para sentir el placer de la excomunión, me encantaría ser peronista para hacer tronar el escarmiento ante tanta burla al legado de Evita. Queda claro que el peronismo ya no será revolucionario, pero el dilema es qué será. Lo siniestro es que los dos top ten de la ciudad dicen que son peronistas. Daniel el travieso colaborando con Grosso, la escuela shopping, Susana Decibe, la ley de Educación Superior, ahora blasfema contra los 90 que lo vieron nacer. Mauricio el exterminador, sólo debate con el bate de béisbol de TN, aunque admite, pudoroso, que le cuesta debatir, porque para eso es necesario pensar. Y eso para él, es demasiado. Y obviamente, es muy difícil debatir si empezamos creyendo que venimos bien. La única forma de no caer en la trampa de Lanusse y el balotaje reaccionario que inventó, es votar lo mismo en primera y segunda vuelta. Y en todas las vueltas que haya, con minué o con lambada, voy a votar lo mismo. Nunca más votar al menos malo, al que menos roba, al que menos miente, al que menos, al que menos. Yo voy a inventar la segunda vuelta que quiera, no la que la ley electoral mande. El voto es una forma en que los corruptos compran su discreta impunidad. Y confiaré más en la insurrección, digna e indignada, para sacar a cualquiera que desde el alquiler de una Jefatura de Gobierno, pretenda deshacer la voluntad popular. Pero mi voto no lo cambio, no lo condiciono, no lo modifico. Sé que mi reino tampoco es de este mundo. Y bien que lo disfruto.

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