miércoles, 23 de noviembre de 2011

¿Por qué la gente vota por su esclavitud como si se tratara de su libertad?

Luis Salas Rodríguez (SUR VERSIÓN)

Lo ocurrido en Italia, Grecia y Libia convenció a mucha gente de lo que por otra parte ya era evidente: la existencia de un estado de excepción global, fundamentado sobre la administración de una emergencia interminable (económica fundamentalmente, pero también ambiental, sanitaria, humanitaria, etc.) cuya fuente de poder se ejerce a través de una serie de aparatos de gobierno nacionales y multinacionales pero que no emana necesariamente de ellos, sino que se cocina en las oficinas de los fondos de riesgo y las calificadoras, de Goldman Sachs y demás instituciones financieras “demasiado grandes para fracasar”, y en líneas más generales, en el reducidísimo pero variado mundillo de quienes encabezando ese despiadado proceso mundial de lucha por la acumulación que algunos llaman “crisis del capitalismo”, cuentan con el suficiente poder como para imponerle reglas.

Ahora bien, bajo esta “evidencia”, está claro que es difícil explicar lo ocurrido en España este fin de semana pasado. Y es que aunque todo lo anterior siga siendo cierto, necesariamente el triunfo del PP obliga a replantearse al menos uno de los supuestos, y de hecho el más importante de todos: el de la imposición de las reglas por parte de los agentes del Capital global. Claro está que no es la primera vez que un “gobierno de los mercados” llega al poder por vía electoral, pero también está claro que incluso en el caso de los más recientes (como Piñera) eran, por decirlo así, otros tiempos. Piñera y el propio Berlusconi al menos podían alardear de algunos de los principios caros al neoliberalismo histórico, como la libertad de mercado y el emprendimiento. Digamos, eran parte de una época para nada lejana en la que la tecnocracia neoliberal -aunque ya decadente- podía aún identificarse con el progresismo. En cambio Rajoy es el primer presidente del neoliberalismo en estado puro electo por las mayorías, sin mediaciones ni lubricación: más allá de la tontería del “voto castigo” ganó porque ofertó mayor sumisión, porque prometió hacerle la vida más miserables a todos los españoles, porque garantiza mayor espolio, menos derechos y mayor pérdida de la soberanía en mano de los especuladores y las minorías. La diferencia entre Rajoy y Zapatero desde este punto de vista es desde luego de estilo: Rajoy hace explícito lo que Zapatero mistificaba y encubría con un impotente y cínico “no hay alternativas”. Eso desde muchos puntos de vista puede ser preferible, como pasó de hecho con Piñera ya que todo el mundo está claro a qué se juega. Pero no deja de ser inquietante este salto cualitativo del estado de excepción global del Capital cuando no es a través de una invasión como en Libia o de un golpe de estado tecnócrata como en Italia y Grecia, sino la propia masa la que soberanamente se somete ante unos poderes que claramente actúan contra ella. Es decir, Rajoy no es el Leviatán de ocasión al cual hay que someterse porque protege: es simplemente el agente ocasional del Leviatán de la sumisión llana y simple

Por supuesto, siempre se podrá decir que cuarenta y pico por ciento de los votos no es mayoría, que la manipulación mediática, que Izquierda Unida ya no tiene cinco diputados sino ocho, etc. Todo eso puede ser verdad, pero no explica ni justifica ni suaviza lo que pasó. Así las cosas, habrá que avanzar en el análisis de la condición de esta “nueva” situación de sometimiento objetivo, que pese a concentrarse en Europa no se limita a ella, mientras sin necesidad de ser trostkista uno no puede dejar de recordar aquello de que la crisis de la humanidad no es sino en el fondo la crisis del movimiento revolucionario.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Ver texto completo...

La izquierda contra la dictadura de la deuda

F. Louça (SINPERMISO)

El debate en la izquierda acerca de la respuesta a la crisis de la deuda es fundamental para definir la política socialista. Este texto se ocupa de eso.

En la primera parte, discuto la crisis del euro. Pretendo argumentar, como muchos otros, que ella es estructural y permanente, al contrario de lo que afirma el consenso entre la socialdemocracia y la derecha. En la segunda parte, discuto las dos nuevas alternativas que han sido propuestas contra la estrategia del europeísmo de izquierda: la salida nacionalista y el salto para el Estado Europeo. Pretendo probar que estas alternativas tienen tres problemas: son violentamente contradictorias, se apoyan en el ocultamiento de sus efectos económicos y sociales reales e ignora la relación de fuerzas en que se efectúan esas opciones. En la tercera parte, discuto el nuevo europeísmo de izquierda y pretendo probar que una alternativa económica exige una estrategia de lucha de clases. Para ello, volvamos a lo esencial.

La crisis del euro es estructural y va a agravarse

Las definiciones fundadoras de la Unión Europea y, en particular, de la creación de la moneda única, tienen el cuño del consenso histórico entre la socialdemocracia y la derecha. De hecho, sobre las opciones fundamentales para esta estructura institucional, no existió alguna diferencia esencial entre estos socios. Fue una amplísima mayoría de gobiernos socialdemócratas la que definió las reglas de Maastricht, que son el pilar fundacional del euro -máximos permitidos de 3 por ciento del déficit y de 60 por ciento de deuda y, todavía más importante, la obligación de una contención permanente de la inflación a niveles insignificantes. Esos dogmas son hoy los instrumentos de la derecha que gobierna la Unión Europea (UE) y el origen de los problemas actuales. No son otros para la máquina de destrucción de las normas sociales del Estado de bienestar.

El problema es que el euro que resulta de ese consenso es una construcción insostenible. Es incoherente, vulnerable, desigual, perjudicial a la mayoría de los Estados y, fundamentalmente, vacía la democracia. Es preciso por eso analizar en detalle porque está fracasando el euro.

El euro es la crisis

La política de los líderes de la UE está cerrado en un consenso inicial muy fuerte: la creación de un régimen de financierización dominante mediante el euro, imponiendo a cada Estado el condicionamiento de su economía y la minimización de los gastos sociales. Este consenso ha sido debilitado por brechas en relación al manejo de las respuestas a la crisis: algunos gobiernos aceptan hoy los eurobonds que rechazaron siempre, unos quieren reducir las deudas con una pequeña desvalorización del capital, otros sostienen el modelo de expoliación de Grecia y de las otras economías periféricas. Las línea que siguen discuten estos dos puntos: la razón de la crisis del euro y las tentativas de solución dentro el euro.

En efecto, voy a resumir los análisis de Paul de Grauwe, un economista belga que es uno de los más reconocidos críticos del modelo del euro y que intenta remediarlo con varias propuestas (The Governance of a Fragile Eurozone, working paper de la Universidad de Lovaina).

De Grauwe escribe que, cuando existe una zona de moneda común como el euro, todas las economías pasan a emitir deuda soberana en euros pero, como no tienen control nacional sobre la moneda, se tornan vulnerables a los ataques especulativos que pueden forzar su quiebra, o default o cesación de pagos. O sea, el euro aumenta el riesgo de quiebra.

El ejemplo que presenta es la comparación entre España y el Reino Unido, entendiéndose que la proporción deuda/PIB inglés es mayor (en 2011 la diferencia entre uno y otro es de 17 por ciento). Sin embargo, el Reino Unido cuando emite deuda soberana paga tasas de interés menores, a pesar de estar mucho más endeudado. Hay evidentemente una primera razón para esta diferencia, que de Grauwe además ignora: los mercados financieros imponen tasas de interés considerando sus expectativas pero también su poder frente a cada economía, y el poder del Reino Unido es muy superior al de España, porque es uno de los mayores centros financieros y una gran economía mundial.

Pero la segunda razón, que es analizada en detalle por de Grauwe, es muy importante para percibir la debacle del euro: es que, de existir un fuerte ataque especulativo, el Reino Unido tiene una capacidad de respuesta que España - o Portugal- no tienen. Imaginen que los especuladores temen el incumplimiento británico y que, por ello venden los títulos de esa deuda pública. De esta manera el valor de su interés sube. Pero, en ese caso, los vendedores de los títulos normalmente irán a cambiar por otra moneda las libras que recibieron, lo que provoca dos efectos: la libra automáticamente se devalúa (se devaluó el 25 por ciento desde el inicio de la crisis), lo que facilita las exportaciones británicas y el Banco de Inglaterra comprará los títulos. La masa monetaria no es de este modo reducida (hasta puede aumentar) y no se llega a un problema de iliquidez. La economía corrige el problema si el Banco de Inglaterra actúa sin vacilaciones.

Por lo contrario, si ocurriese lo mismo en España - o en nuestro país en las mismas circunstancias - los fondos financieros venderán los títulos de la deuda española pero podrán invertir en otra economía los euros que recibieron. Se crea sí un problema de liquidez porque el Banco de España, que ahora es una sucursal del Banco Central Europeo, no quiere ni está autorizado a comprar los títulos. La oferta monetaria se reduce en España y los precios relativos no son corregidos, pasando a tener una grave restricción que agrava la austeridad. El efecto siguiente es sobre las cuentas de los bancos nacionales que tienen en cartera una parte importante de la deuda pública: si los títulos valen menos, sus balances quedan desvalorizados, tienen más dificultades para obtener financiamiento y el crédito es restringido.

Sí, existe también un problema de deuda privada que, en Portugal como en otros países, es mayor que el de la deuda pública. Y ese problema agrava los costos de los préstamos que los bancos nacionales obtienen conjuntamente de la banca internacional.

Indirectamente los trabajadores están pagando ese costo con el agravamiento de los intereses cuando piden nuevos créditos y con el aumento de los impuestos para financiar las rentas que el Estado paga a la banca. Pero no hacerse ilusiones: incluso cuando ese problema no existiese, la presión sobre la deuda soberana podría todavía tener un efecto desastroso, como está pasando.

El efecto dominó es por ello muy fuerte: la especulación financiera consigue amenazar una economía vulnerable y el Estado puede quedar insolvente simplemente si los mercados financieros temen que quede insolvente. Para responder a esta dificultad, la ortodoxia europea sólo concibe la solución de la austeridad, que es la de la recesión.

Sólo que ese efecto de amenaza a las economías del euro no es la única amenaza en Europa. El Reino Unido, en el ejemplo de De Grauwe, está ahora aplicando la más salvaje ley de la austeridad, multiplicando los costos en las universidades, cortando la salud, atacando a los pobres, reduciendo la inversión y creando desempleo - a pesar de contar con todos los instrumentos monetarios para relanzar la economía contra la especulación. O sea, el problema europeo no es sólo el euro. Es también la lucha de clases.

La solución europea ha sido el aumento de la explotación por la vía de la austeridad

La respuesta europea a estas crisis nacionales acentuadas por la vulnerabilidad del euro es bien conocida: planes de austeridad para recuperar la competitividad a partir de la desvalorización de los salarios directos (quitar el subsidio por Navidad y feriados, recortar los salarios, aumentar el horario de trabajo) e indirectos (aumentos de los costos de la salud y educación, reducción de las pensiones). La austeridad provoca recesión, que agrava el déficit fiscal, lo que obliga a nuevos aumentos de los impuestos, que agrava la recesión. La recesión se transforma, como puede ocurrir en Portugal, en depresión prolongada.

Esto es una buena noticia para las finanzas y para la burguesía, porque altera profundamente las relaciones de fuerza entre las clases, abriendo las puertas a un nuevo régimen social, despidos fáciles, fin de los contratos colectivos, reducción del poder sindical, servicios públicos mínimos con la mercantilización de los servicios esenciales para la vida de las personas.

Las finanzas del Siglo XXI quieren vivir tanto de los mercados de capitales (la Bolsa) como de la gestión de los hospitales y los fondos de la seguridad social. Pero, mientras tanto, la depresión desvaloriza una parte del capital productivo y eso es la mala noticia para los capitalistas que marchan a la quiebra. Así tenemos los dos polos de tensión en la clase dominante: entre las finanzas y los bancos por un lado y entre estos los sectores y partes el capital productivo, por otro lado.

Y es sobretodo una mala noticia para la mayoría de la población porque significa una retroceso generacional del salario, o sea, un aumento de la explotación. De esta manera la estructura del euro acentúa la peor de las políticas y la desvalorización del salario. Voy a volver después a esta conclusión, porque en ella está la clave de todo el debate político: con el euro, la desvalorización del salario es el alfa y el omega de la política económica de la clase dominante.

Algunas nuevas y viejas soluciones inmediatistas

Recapitulemos con De Grauwe porque él expresa con claridad la dificultad en la búsqueda de alternativas al cuadro económico actual, aunque propone tres alternativas principales a la gestión actual del BCE y del directorio de la UE, Veamos cuáles son y cuál es su respectiva viabilidad.

La primera propuesta es que el Banco Central Europeo compre títulos de la deuda soberana y los acepte como garantía de empréstitos a los bancos privados. Eso ya se está haciendo en alguna escala a pesar de ser contra todo lo que el BCE siempre afirmó. Pero esta medida no basta: para que su situación tuviese impacto, el BCE tendría que ser un factor decisivo en el mercado de la deuda, lo que significaría comprar toda la deuda disponible, como propuso recientemente Cavaco Silva. Tendría que comprar directamente a los Estados y no solamente en el mercado secundario en los momentos de aflicción. Y eso no va a ocurrir en la dimensión necesaria.

La segunda alternativa presentada por de Grauwe es la reducción del interés impuesto a los préstamos a los países en dificultades. La razón es evidente: una tasa de interés alta aumenta las dificultades y confirma que la propia UE tiene expectativas de que puede existir un incumplimiento de la deuda por parte de esos Estados, lo que facilita los ataques especulativos contra ellos. Como sabemos, hubo una pequeña reducción (del 1 por ciento), pero el interés está todavía más del 2 por ciento arriba de su costo de financiamiento. La tercera propuesta de De Grauwe es un mecanismo de emisión de eurobonds, que aseguraría el equivalente al 60 por ciento de la deuda soberana de cada país, teniendo el Estado que soportar los títulos restantes.

Así cada país tendría dos tipos de títulos soberanos: los europeos, con tipos de interés más bajo (pero con costos diferenciados de acceso según el riesgo de cada economía) y los nacionales que podrían tener un interés más elevado. Es una antigua propuesta de Jacques Delors hace ya unos 20 años. Nunca fue concretada y es difícil que lo sea porque tiene el veto de Alemania.

Para las tres propuestas De Grauwe sugiere una contrapartida. Una autoridad fiscal común y, por consiguiente, una Unión política. Porque no es preciso que la señora Merkel lidere un gobierno europeo unificado para sea viable la emisión de títulos europeos con tipos e interés razonables a los empréstitos para las economía con problemas. Suficiente con normas aceptadas que determinen esas acciones. Por eso, de Grauwe se contenta con pequeños pasos. Más aún: cuanto mayor es la crisis, mayor la insistencia en soluciones inmediatas.

Como vamos a ver luego, la renuencia anterior de los gobernantes europeos a la lógica de estas medidas no implica que no conceda y no las aplique en alguna medida, combinada con un coctel de otras iniciativas para no dejar caer el euro. La reducción de los intereses de la deuda negociada con la troica continuará y habrá incluso una fuerte reestructuración de la deuda de Grecia con pérdidas para el capital financiero (y el BCE compensando parcialmente a la banca). El euro no puede caer si Alemania defiende sus intereses. Por eso habrá medidas activas para reorganizar el sistema de crédito y las relaciones institucionales con el BCE haciendo sistemáticamente lo que por doctrina e incluso por Estatutos había siempre rechazado.

La política que dirige Europa es autoritaria, pero consensuada entre la derecha y la socialdemocracia Considerando estos argumentos, el impasse actual puede ser así resumido: el euro tiene organizado el capitalismo europeo durante los años de crecimiento, pero flaquea cuando hay una crisis financiera, porque los mercados especulativos atacan con éxito las economías más frágiles y crean un peligroso efecto dominó. La respuesta de la austeridad es simplemente austeritaria, la austeridad es autoritaria. Solo que el efecto de contagio es muy intenso, dado que más de la mitad de la deuda soberana de varios países está en manos de entidades financieras de otros países. Y la recesión arrastra, agravando la inestabilidad financiera. El euro se torna por eso un factor determinante de la crisis.

Esta estructura del poder financiero y de la decisión europea es soportada por un consenso entre la derecha y la socialdemocracia, que ha resistido siempre con una ventaja para la derecha. Ella tiene un fundamento: Kohl, Schroeder o Merkel, en Alemania, representan exactamente las mismas políticas europeas, como Prodi y Berlusconi en Italia, o Aznar y Zapatero en España, o Durao Barroso y Sócrates en Portugal. Para que la política no sea meramente una imaginación alegre, invito a los economistas que han desenvuelto la crítica al euro a recordar la configuración política que definió estas reglas, que las impone y que las mantiene, para que podamos encontrar alternativas viables que no ignoren los adversarios y que, por el contrario, procuren aliados que no sean figuras de la retórica. Si me permiten les recomiendo que no cuenten con la socialdemocracia europea: ella no va a convertirse en una alternativa europea, porque defiende para Europa el Tratado de Lisboa con su Directorio y el euro tal como existe.

Dos soluciones autoritarias de austeridad contra la austeridad

Esta crisis es estimulada por el euro que crea un efecto de contagio de la crisis. Pero ella no es creada por el euro. Para que comprendamos el cuadro general, debemos ir más a fondo y hacer lo que mayor parte de los economistas rechazan: pensar la economía a partir de las clases sociales. Esto es lo que hago a continuación, considerando las dos alternativas que han sido recientemente propuestas por algunos sectores de izquierda (y de derecha), que son la opción nacionalista de la salida del euro y la contra-opción federalista de creación de un Estado europeo unificado.

Adelante hacia la izquierda, si no puede ser, entonces hacia la derecha Gran parte de las izquierdas críticas comparten este diagnóstico sobre la crisis del euro (y también, como vimos, algunos de los más tradicionales economistas). Ello no es nuevo. Está presente desde la formación del euro, y fue por eso que rechazamos a su tiempo su estructura, como rechazamos la artificial valorización del escudo en el momento de la integración “valor que vino a destruir la economía portuguesa” así como la excesiva valorización posterior del euro. Si, eso ya se sabía. En este cuadro, el BCE solo podía ser lo que vino a ser: una agencia para la liberalización de los mercados financieros y la protección de la banca, impidiendo las opciones necesarias para responder a cada recesión. Y, en este cuadro, también la Comisión Europea sólo podía llegar a ser lo que vino a ser: una agencia de los principales gobiernos, con el poder legislativo que el Parlamento Europeo no tiene y que los parlamentos nacionales están perdiendo.

Fue por lo tanto con pleno conocimiento de estas realidades que las izquierdas elaboraron sus respuestas. Nadie puede ahora argumentar que no sabía o que no lo percibió. O que, con estos tratados, la UE podía ser lo que no fue. O que las instituciones se regenerarían y salvarían las economías de la recesión. No vale. No vale inventar ahora que la UE del directorio era otra cosa, que podía haber sido social o hasta que podía haber sido económicamente competente. Fue por eso que el Bloque de Izquierda se definió desde su fundación como “europeísta de izquierda” y sostuvo en serio esa definición. Ella implica el combate contra las instituciones y las políticas del gobierno europeo, porque son factores de crisis y rechazan la democracia. Implica el rechazo del Tratado de Lisboa, porque encierra Europa en el Directorio y en las reglas del BCE, porque agravan cada recesión. Implica la exigencia de salida de la OTAN y el rechazo de un militarismo europeo, porque es parte de una política imperial. Implica la exigencia clara para la refundación de UE y eso tiene una consecuencia, que es el combate sin concesiones contra su estructura y política actual.

Ese combate, por lo tanto, no es nuevo. Ni es una novedad que él nos diferencie de una izquierda nacionalista que ha tenido miedo de proclamar su posición por la salida del euro y de la UE, en nombre de una alternativa soberanista bastante mal explicada y de ruinosa viabilidad. Lo que hay de nuevo, entre tanto, es que algunos de los sectores de izquierda, tradicionalmente europeístas y a veces hasta poco críticos del gobierno europeo, procuran ahora otras soluciones. Esa descolocación es en sí mismo una buena señal, porque prueba que frente al impase actual hay quienes buscan nuevas alternativas. Pero esas alternativas tienen que ser más fuertes y más consistentes que las políticas que quieren sustituir.

Dos de esas propuestas son particularmente importantes y, por lo tanto, deben ser discutidas con toda atención. Son las que defienden que Portugal se empeñe en la creación de un Estado Europeo unificado y la que defiende que Portugal debe abandonar el euro. Lo que uno de sus defensores llama, elegantemente, salir de la crisis por “arriba” o por “abajo”.

Lo que puede sorprender a quien piensa que ya lo vio todo es que haya quien defienda simultáneamente las dos propuestas. De hecho, la sobre posición de estas dos propuestas radicalmente antagónicas es una bella prueba de que la imaginación humana no tiene límites. Quien quiere la solución extrema de un Estado Europeo que dirija las economías nacionales no puede querer también la solución nacionalista extrema de la separación del euro (y de la aplicación de políticas que significan la salida de la UE) -o por lo menos no se espera que defienda las dos ideas simultáneamente. En efecto, las dos soluciones se dirigen a objetivos contradictorios, sirven a sectores sociales y movilizan fuerzas diferentes, concitan sistemas de alianzas distintos. La primera requiere el privilegio de los sectores financieros más integrados al nivel europeo, la segunda espera el liderazgo de los sectores exportadores de la burguesía nacional. La primera solicita la anuencia el gobierno alemán y se dirige a las convergencia con el sector federalista del PS (Antonio José Seguro), la

segunda se limita a la alianza con el sector más conservador del PCP y ni siquiera incluye al movimiento sindical.

Así, el ejercicio de polemizar con la idea de “un partido - dos políticas” es uno de los más bizarros a que se puede aspirar. Cualquiera de las alternativas, cualquiera de ellas implica un cambio de orientación para las izquierdas. Pero lo que no consigo comprender es cómo se pueden defender ambas al mismo tiempo, con el extraño argumento de que si una no resulta, queremos la otra. Si para indicarnos un camino nos dijeran “si no va para la izquierda, va para la derecha”, quedaremos probablemente sin orientación. Lo lamento, pero es el caso: dos propuestas contradictorias es lo mismo que ninguna propuesta. Puesto que la política no es un menú para contentar a toda la gente. La política es una opción. Y debe ser tomada en serio. Debe ser clara. Debe movilizar argumentos y convicciones. Debe promover acciones. Debe ser fuerte. Es como todo en la vida, o se va para un lado o se va para otro. Como todos sabemos, no conviene para ir para la izquierda y mirar hacia la derecha. Es por eso que nunca se puede defender algo y su contrario. O imaginarse lo que sería en la campaña electoral reciente el destino de un partido que defendiese simultáneamente la salida del euro y el Estado Europeo unificado.

¿En el debate con Sócrates y Pasos Cohelo defendería la salida del euro y en el debate con Jerónimo de Souza defendería el Estado Europeo? ¿O sería lo contrario? ¿O defendería ambas alternativas con cualquiera de ellas? Y pediría el voto de los electores ¿Para qué, si no hay claridad?

Si me permiten, esa es la vieja, experimentada y celebrada estrategia de Estebes, todo a la salsa y fe en Dios. Es la política sin la política. Porque la diferencia entre un analista serio y un político serio es que el primero juega con varios escenarios en cuanto el segundo escoge una estrategia y se compromete con ella. No es preciso argumentar que el Bloque de Izquierda asuma la responsabilidad de su política.

La primera solución autoritaria contra el austeritarismo: el federalismo Prefiero entonces discutir cada una de las propuestas por separado, por su merito y no por su extraña amalgama. La pregunta que tiene que plantearse por consiguiente es ésta: ¿la nueva propuesta ayuda a responder a la recesión y a la austeridad, constituye una palanca de movilización y alternativa? Si es sí, deberíamos adoptarla sin hesitación.

Véase entonces la primera propuesta, el federalismo. Según esta propuesta si hay una crisis de la deuda, la solución estaría en la transformación de la Unión Europea en un Estado unificado, con una autoridad fiscal única, con un gobierno único y un presupuesto único. La salida “por arriba”. Hay una deuda, pues que el Estado Europeo que se encargue de ella y que dirija nuestro presupuesto a partir de ahora.

El federalismo es un concepto mañoso más, que en sí mismo dice todo: el federalismo es una forma de organización del Estado, con regiones o provincias (en los Estados Unidos o en Brasil se llaman Estados) con algún margen de autonomía, pero sometidos a un poder político centralizado, que decide el presupuesto y la política económica y social, que tiene leyes uniformes, un ejército y una representación externa. O sea, la federación es un Estado unificado.

Es fácil entender porqué es que esta propuesta se disfraza con el argumento suave de que sólo propone pequeños pasos, con hechos consumados, en un camino que no anuncia su destino. El motivo es evidente: no existe en los tiempos actuales ninguna posibilidad de acuerdo europeo para un Estado europeo.

Y no existe, por dos razones. La primera es que los pequeños pasos crean tensión máxima como es el caso de la actuación del directorio, ahora con un eje franco-alemán que gravita en torno de Merkel. Fue con esos pequeños pasos que llegamos hasta aquí, y no se ve bonito. La segunda, es que ninguna de las burguesías -ni las opiniones públicas- de cualquiera de los grandes países aceptaría la incógnita de un gobierno europeo. Falta para ello el consentimiento social y la hegemonía ideológica.

Un gobierno europeo significaría que Inglaterra y Francia aceptaran ser gobernadas desde Berlín. Imposible. O que Alemania podría aceptar un gobierno liderado por un primer ministro polaco electo por una coalición con los populistas italianos. Inaceptable. O que Portugal, la única nación ibérica que, a lo largo de los siglos, se liberó del reino de Castilla, perdería ahora la vieja apuesta histórica de la independencia. Difícil ¿no es así?

Evidentemente, la imposibilidad actual de creación de este Estado Europeo podría no ser la razón para rechazarlo en el futuro o hasta para desearlo en el presente. La izquierda podría defenderlo como un modelo, como una estrategia o, como hoy se dice, como un diseño. Pero, por mi parte, sólo veo motivos para rechazar categóricamente la amenaza de un Estado Europeo.

Comienzo por la razón más circunstancial. Imaginemos que no hubiese ninguna resistencia, que el consenso fuese fuerte, que el federalismo haya vencido y que el Estado Europeo era creado, y que su gobierno fuera electo, todas hipótesis demasiado extravagantes. Sólo que, como se verificó en las elecciones para el parlamento europeo, esa elección significaría una estruendosa victoria de la derecha europea, incluyendo los sectores más populistas y agresivos. En consecuencia, la capacidad de disputa de los movimientos de trabajadores se reduciría mucho, en particular, en los países donde crearan una relación de fuerzas que les haya permitido combatir por alternativas. Para la izquierda este escenario sería suicida.

Aunque ignoremos esta objeción. Al final, si la propuesta fuese absolutamente esencial el Estado europeo seria una conquista de la democracia y todos viviríamos mejor con eso, a largo plazo. ¿Pero es esencial? ¿Europa se beneficiaría de ese Estado? Mi respuesta convencida es que no: un Estado Europeo democrático nunca será democrático. Esa es la objeción más importante, porque tiene que ver con la naturaleza de la izquierda y con nuestro compromiso de representación y de lucha por la emancipación de los explotados.

La Unión puede tener procedimientos democráticos o autoritarios, y eso hace una diferencia malvada. Nosotros hemos propuesto siempre los procedimientos democráticos, y rechazado los autoritarios: el sistema actual del directorio ya es una de las peores características del federalismo. Ahora bien, el Bloque defendió siempre los referenda sobre cada Tratado (ya entonces, nos comprometimos con el “No” al Tratado de Maastricht, después al de Niza, después al de Lisboa, y por fuertes razones). Denunciamos los poderes europeos y los gobiernos que conspiraban para maquillar el Tratado Constitucional como un Tratado común, y para imponerse en el referéndum al que se habían comprometido solemnemente. Presentamos una moción de censura contra Sócrates por esa causa, de modo, que quede para el archivo. Formulamos muy en serio la lucha por los procedimientos democráticos.

Sabemos que hace toda la diferencia tener gobiernos que legislan a partir del Consejo de Europa y de su Comisión a tener el control parlamentario con votos. Hay mucha diferencia tener la posibilidad de que los europeos decidan mantener un poder encerrado en los gobernantes del directorio.

Detengámonos un momento para pensar lo que ha sido nuestra lucha por los procedimientos democráticos. Cuando proponemos un referéndum en Portugal y queremos que en ese referéndum gane el “No” con el Tratado del directorio, estamos ciertamente defendiendo una solución para Europa. Somos en eso completamente europeos. Pero lo hacemos donde podemos, donde nos reconocemos, en Portugal. No proponemos un referéndum simultáneo en toda Europa que decidiese sobre el Tratado, en que el voto del alemán, del polaco, valga como el de un portugués, ¡pues no! No. El pueblo que reconocemos para decidir sobre la aceptación de un Tratado por Portugal es el electorado portugués. Es con él que hablamos. Y es su decisión la que aceptamos como legítima, incluso que la hallemos errada y de que combatamos sus consecuencias.

La razón para esa definición de legitimidad electoral es de importancia trascendente para la izquierda. Y es simple. Es que la democracia parlamentaria fue creada históricamente en el Estado-nación, basada en la aceptación social de una representación legitimada: cada uno tiene el derecho del voto, hay pluralismo, y aceptamos que el partido más votado representa el Estado y gobierna. Este régimen es frágil, es manipulable, tiene un enorme peso de la ideología dominante y de las fábricas de consenso, no es una democracia de participación y de acción para el pueblo, pero es la parte de la democracia que resulta de las luchas sociales por el sufragio universal y contra la dictadura, y de ella no abdicamos. Ella es un punto de partida para las luchas, porque es verificable y disputable por la fuerza que crea la lucha popular. Es por eso que la democracia representativa en el país es un espacio de confrontación para todos, sin embargo en contrapartida la democracia europea no existe -existen procedimientos democráticos o autoritarios en Europa- pero no existe democracia europea como espacio común de reconocimiento y de legitimidad unificada.

El federalismo democrático no es por eso democrático, porque excluye a los Estados-nación, que es dónde existe la democracia representativa realmente existente. Todavía no hay ni hubo alguna otra forma de democracia

internacional, que tenga como base de sustentación la legitimación mediante un pueblo global. Hace falta, pero no existe. Ha escrito Rui Tavares que si, Merkel gobierna, podríamos al menos poder votar en las elecciones que a ella la eligen. Y así al nivel europeo: si nos mandan, queremos votar, sí o perita en dulce. Pero el problema es que ese voto no tiene sentido. No nos comunicamos con un alemán, dueño de una cervecería en Munich, como con una desempleada en Figueiro dos Vinhos. No hablamos de la misma historia, de la misma cultura, no compartimos disputas y diferencias: no podemos decidir en conjunto un gobierno que nos obligue a todos, porque como diría Linecker, en ese juego hay dos equipos y al final gana siempre Alemania. Y lo peor es que cuando elegimos el gobierno del Estado europeo, sólo nos deja un capataz instalado en el palacio de S. Bento, a quien podremos entregar petitorios. Pero con él no discutiremos la Ley, los presupuestos, los impuestos, la defensa, la política externa, los servicios públicos. Esa democracia no sería democracia.

Pueden decirnos que, al final de cuentas, Merkel y Passos Coelho piensan y proponen lo mismo para la sociedad. Sí, pero la diferencia entre tener un gobierno alemán para la Unión y tener un gobierno portugués dentro de la UE, incluso subordinado y sombrío, es que podemos disputar con el segundo e influir la política que lo determina. En esa disputa estamos nosotros, el pueblo. Pero fundamentalmente, no existe un pueblo europeo único que se reconozca, existen pueblos europeos. Ser portugués y ser europeo son dos identidades y no una. Y es así porque todavía es en los cuadros nacionales donde se forma lo esencial de los procesos de acumulación y sobretodo la determinación de las condiciones salariales o sea, el reparto de la ganancia, la explotación y la lucha contra ella, que no renunciamos a luchar donde tenemos poder. Y fue eso mismo lo que nosotros sabemos con respecto a Europa. En efecto, debía ser un lugar de políticas comunes, incluso con partición negociada de soberanías, aunque teniendo siempre una convergencia de Estados-nación. Toda la política europeísta de izquierda se basa en esta fuerte convicción. Europa tiene que ser la combinación de políticas europeas y de márgenes de acción de los Estados nacionales. Queremos reforzar unas y otras, delimitando lo que la UE tiene que hacer: mejor presupuesto común hacia medidas para el pleno empleo y también más capacidad de opción de cada país en su gestión financiera, fiscal, presupuestaria y social. Todos buenos motivos para rechazar el Estado Europeo.

Finalmente, hay además otras dos razones para rechazar el truco federalista. La primera es que cualquier deriva para el Estado Europeo será siempre autoritaria y multiplica los nacionalismos. Dispensemos de esa pesadilla, porque sabemos cómo comienza pero no sabemos dónde termina. Ya muchos países de Europa tienen derechas nacionalistas radicales con el 20 por ciento. El federalismo es su alimento. Rechazar el nacionalismo y cortarle el espacio de desarrollo implica, como siempre, que la izquierda quiere disputar la hegemonía de la nación, quiere construir una mayoría para dirigir la nación. Esa lucha por la hegemonía es la razón de ser de la izquierda y desgraciada la izquierda que renuncia o que, por lo contrario, se vuelve ella misma

nacionalista; terminará como el PC griego votando sistemáticamente con Le Pen en el parlamento europeo. Puede tener votos como los tiene el PC griego, pero el nacionalismo nunca será la izquierda para la lucha necesaria. La utopía reaccionaria del Estado Europeo crea sus propios anticuerpos y destruye la izquierda en cada país.

La última razón es la coherencia con nosotros mismos. Dejé esa ración para el final, porque es únicamente nuestra propia cultura la que está en cuestión. Sin embargo es un valor importante. Fue deliberadamente que escribimos en el “Contrato por Europa”, que es uno de nuestros tres textos fundacionales del Bloque de Izquierda, que defendemos “una nueva perspectiva de la izquierda para Europa, contra el federalismo” y que el “principal adversario de nuestra alternativa de proyecto es el federalismo” que “transforma Europa en una feria de capitales”. En ese momento, llamábamos también la atención sobre el significado imperialista de la idea del Estado Europeo; con él llega un ejército y un aparato represivo unificado. Convengamos que sin ese ejército y sin ese aparato represivo no hay Estado. Buenas razones para defender la democracia contra el Estado Europeo.

Admito que exista quien haya acordado con esta posición durante diez años y que ahora esté arrepentido. O que piense estar convencido de que, pensándolo, la crisis de Portugal es tan grave que más vale esta solución que continuar todo como está. Y no puede continuar como está. Sin embargo, pregunto: si es el inmediatismo de la desesperación que lleva a aceptar el riesgo de una Europa como siempre la hemos rechazado, ¿para qué entonces defender una alternativa que no tiene ninguna viabilidad?

La segunda solución autoritaria con el austeritarismo: salir del Euro y de la Unión Europea

Dicho todo lo anterior, mi conclusión es ésta: la idea federal del Estado Europeo unificado no va a tener ningún papel en la política portuguesa o en la política europea en los años que vivimos. Habrá medidas para reforzar el Consejo, la Comisión, el BCE, creándose fondos comunes y reglas rígidas, vigilar los presupuestos y las políticas, nada que no conozcamos con la tutela de los acreedores hoy en día. Habrá medidas federalistas, los tales pequeños pasos con avances y retrocesos, pero no habrá un salto inmenso para un Estado Europeo.

Ni la parte de la socialdemocracia que la defiende -y que son algunos partidos cuando están en la oposición, ni todos, ni siempre- tendrá un protagonismo suficiente para poner en la agenda esa solución. Ni ella ganará credibilidad en otros sectores de la izquierda. Pura y simplemente, ella no existe en el campo de las decisiones.

La segunda solución, como contrapartida, tendrá un peso creciente en el debate político. La propuesta de salida del euro será persistente, es con ella que os vamos a enfrentar. Ella será defendida por dos tipos de corrientes: los economistas que rechazan el corsé del euro y no encuentran otra solución y las izquierdas que prefieren el nacionalismo al arrastre de la crisis europea. Son dos sectores diferentes, con ideas diferentes y propuestas diferentes, y sólo por diletantismo es que los segundos se refugian en los argumentos de los primeros.

Entre los economistas que defienden la salida del euro están algunos de sus críticos de siempre, como Joâo Ferreira do Amaral, en Portugal, o más prudentemente, Paul Krugman y Nouriel Rubini, en los Estados Unidos. Para estos economistas ya no es una cuestión de opción, comienza a ser inevitable.

Según ellos, la espiral recesiva de las medidas de ajuste presupuestario tornará imposible la gobernabilidad, con aumentos de impuestos que ya no crean más ingresos, con parálisis de la economía y con el agotamiento de las políticas. Por eso argumentan que sólo queda la salida del euro como forma de desvalorizar una nueva moneda y esperar que la economía se reequilibre por la vía del aumento de las exportaciones y la disminución de los salarios. Hay que señalar que ninguno de ellos defiende el rechazo de la deuda, antes esperan ganar algún tiempo para pagar la deuda de otra forma, con los saldos comerciales. Y todos aceptan que los trabajadores deben pagar el ajuste con la reducción de los salarios. Hay en esto buenos y malos argumentos, como escribí antes con respecto del euro como factor de la crisis, pero también soluciones irreales y que no se preocupan por la política que las aplique. Sobretodo, es una respuesta indiferente a la economía que afecta a las personas y que propone una austeridad salarial permanente.

Además de eso, esperar que la UE financie la salida del euro o que los mercados financieros mantengan una actitud de neutralidad frente a la nueva moneda es conmovedoramente ingenuo, todo va de apuesta: un gobierno de derecha que hace esta operación con la intención de provocar una reducción fuerte y permanente de los ingresos de los trabajadores podría obtener algún apoyo de las finanzas internacionales, pero es dudoso que éste se mantuviese ante las drásticas medidas que, en este contexto, se tornan necesarias.

Vamos entonces a ver cómo se aplicaría la salida del euro y convocar ahora a los sectores de izquierda que, al contrario de los economistas citados anteriormente, están obligados a defender la propuesta a partir de un punto de vista que considere la vida de los trabajadores.

Comencemos por el principio, por la decisión de crear una nueva moneda, vamos a llamarla el Escudo. El gobierno enfrentado a las dificultades económicas decide salir del euro y pasar a usar el escudo como moneda nacional (o lo que es lo mismo a los efectos económicos y sociales, es expulsado del euro). Manda entonces a imprimir en secreto los billetes y se prepara para anunciar la gran novedad: en un viernes la noche, a la hora del noticiero de la TV, cuando los bancos ya están cerrados. En ese fin de semana todos los bancos hacen horas extraordinarias para distribuir los billetes por todos los cajeros, para que la nueva moneda pueda estar en circulación el lunes.

El problema es que esta operación envuelve a millares de personas, que transportan y distribuyen los billetes y ellos les van a contar a sus familias. Y, de cualquier modo, toda la gente asistió en las semanas anteriores a declaraciones de los ministros para explicar que esto va muy mal y que necesitamos decisiones muy valientes para salvar a la patria en peligro. En resumen, toda la gente percibió lo que va a ocurrir. ¿Qué harán entonces las personas? No es preciso ser adivino: van a correr a los bancos para cerrar todas sus cuentas y guardar los billetes de euros. Si no lo hicieren, todas sus cuentas y ahorros serán transformadas en escudos, a un valor nominal que bajará con fuerte desvalorización que, al final, es el objetivo de esta operación. O sea, los ahorros van a ser tan desvalorizados como la moneda en la que pasarán a estar registrados.

Ahora bien, los bancos no quieren pagar a los clientes todos sus saldos y ahorros, porque está corrida los arruina. No quieren y no pueden, pues simplemente no tienen dinero para eso, ni hay billetes suficientes para cubrir toda la masa monetaria líquida que existe en Portugal y que los bancos aplican a los depósitos y no guardan ese dinero. Los bancos en consecuencia van a cerrar las puertas cuando la alarma se generalice y el gobierno va a llamar al ejército para cuidar los edificios. Fue así en la Argentina, fue así en todos los casos en que se anunciaron desvalorizaciones brutales (y no se trataba de salir de una moneda y crear otra, lo que nunca ocurrió en la historia de la Unión Europea), y no puede dejar que sea así.

La izquierda que defendió la salida del euro comienza, entonces, a tener la primera dificultad. Es que va a defender el ejército y los bancos contra la población. Y va a tener que hacer una primera víctima, los depositantes en los bancos. Cuentas claras: si la desvalorización fue del 50 por ciento (Ferreira do Amaral calcula en 40 por ciento, otros en bastante más), entonces los ahorros y depósitos de los trabajadores perderían la mitad de su valor.

Pasó así el primer shock. Pero vienen más y peores. El escudo devaluado entonces al 50 por ciento en relación al euro. El gobierno y la izquierda nacionalista esperan que el efecto benéfico sea el siguiente: las exportaciones se vuelven más baratas (porque los salarios y los insumos productivos quedan más baratos) y aumentan; mientras que las importaciones se vuelven más caras y por consiguiente disminuyen. Así, habrá una transferencia de capital hacia las industrias y servicios de exportación, y una reducción del consumo y de las importaciones, todo para mejorar sustancialmente la balanza de pagos.

La regla es ésta: si la vida mejora para Amorim, el dueño de la mayor transnacional industrial portuguesa, también mejorará para toda la economía.

Parece conveniente, pero tiene un problema. Es que, con la devaluación, el precio de los productos importados aumenta el mismo día. El combustible pasó a costar una vez y media más que su precio anterior (y todo el sistema de transportes también) y lo mismo ocurrió con los alimentos importados. Como dos tercios de los ingresos de los portugueses van a parar al consumo, imagínense el efecto inmediato de estos dos aumentos de precios. Ya por ese efecto, el salario pasó a valer mucho menos.

En cuando a las exportaciones, sí, van a aumentar, siempre que los compradores del extranjero quieran comprar más en función de la reducción del precio (y cuando no haya recesión en el extranjero y que los productos portugueses correspondan a mercados con demanda creciente, y que esas dos características acompañen las exigencias de los consumidores extranjeros, etc.). Aumentan, pero lentamente: los ingresos por exportaciones sólo entran cuando se concretan las ventas y es necesario esperar el tiempo de la producción y hasta el aumento de la capacidad productiva. Luego, una parte de lo que exportamos, más de la mitad, es importada y esos productos se encarecen. Por eso, los ingresos de las exportaciones aumentan poco, lentamente y más tarde.

Llega después el segundo shock. La mitad de las familias portuguesas tiene una gran deuda con los bancos, que prestó el dinero para comprar la casa. Prestó en euros. Y de las dos, una: o, en el día de salida del euro el gobierno acepta lo que quieren los bancos, que es que esta deuda se considere a su valor real, que es la del escudo devaluado, o decreta, para proteger a deudores, que la deuda se transforma en escudos al valor anterior a la devaluación. La diferencia es crucial tanto para los prestatarios como para la banca.

En el primer caso, los prestatarios multiplican su deuda. Imaginemos que había 50 mil euros de deuda, convertidos al escudo devaluado son unos 15 millones de escudos. Si tu salario era de 1000 euros (que pasa a ser 200 mil escudos... que valen sólo 500 euros) y que la mitad lo usabas para pagar al banco, necesitabas 100 meses enteros con la soga al cuello para saldar la deuda. Ahora, tendrás 150 meses con las mismas dificultades, dando la mitad de tu sueldo al Banco. Perdiste cinco años de vida.

En el segundo caso, en el que el Gobierno protege a los deudores, el que tenía una deuda de 50 mil euros tendrán una deuda de 10 millones de escudos por valor de 25 mil euros. El banco perdió la mitad. El problema es que el banco quiebra, porque creó un enorme agujero en su balance. Por eso los partidarios de la salida de euro explican, honestamente, que se necesita nacionalizar entonces todos los bancos, no tanto para socializar el capital financiero, sino apenas para salvarlo. Y salvar un banco cuesta mucho, como ya sabemos con el caso del BPN. Porque un banco se nacionaliza con sus deudas, que son las deudas con quienes han depositado y a quienes prestó dinero, generalmente a la banca extranjera. Sin embargo, esta deuda es en euros, pero el banco, quebrado y nacionalizado, recibirá sus ingresos y depósitos en escudos devaluados para continuar haciendo los pagos en euros. Su deuda exterior aumentó un 50 por ciento, de un día para otro. Salvar los bancos tiene un costo y no es pequeño: es preciso pagar.

Aquí tenemos al nacionalista de izquierda para defender el banco y pedir aumento de los impuestos para financiar a la banca internacional. El trabajador, cuya deuda fue protegida, tiene que pagar por otra vía, que son los nuevos impuestos. Por supuesto, los portavoces de esta izquierda nacionalista me pueden decir que el gobierno debe declarar simplemente que no va a pagar las deudas internacionales de los bancos que nacionalizó, pero, me disculpan ¿de qué gobierno concreto me están hablando? ¿No será el de Portugal 2011? ¿Están a la espera de pedir la nacionalización, si la devaluación causó el colapso de los bancos y después de presentar como una solución la ruptura con los acreedores externos y esperar, al mismo tiempo, tener un mercado abierto para las exportaciones que salvarán la economía? ¿En resumen, la socialización del capital y, al mismo tiempo, la alianza con los proyectos exportadores de Amorim que sean bien recibidos en todo el mundo? He aquí un paréntesis para aclarar mi opinión en una cuestión ideológica: estoy seguro de que la nacionalización del sistema financiero es una necesidad estratégica para la política socialista, porque el sistema de crédito debe ser un bien público. Y también estoy seguro de que un gobierno de izquierdas tendrá que enfrentar la resistencia del capital financiero, que es su principal oponente y por lo tanto puede ser obligado a un imperativo realista incluso inconveniente de nacionalización en malas condiciones. Pero creo que debe hacer todo lo posible para tener las mejores condiciones, en particular en el plano internacional. El aislamiento internacional es una cuestión de vida o muerte para un gobierno socialista.

En cualquier caso, para ganar es necesario tener la fuerza necesaria, y para que sea posible un sistema de crédito público que funcione se necesita un tiempo adecuado para una política triunfante contra los especuladores. Sin embargo, entendámonos bien, ninguno de los actuales debates sobre la salida del euro es acerca de un hipotético gobierno de izquierdas y este tipo de situación. Por lo tanto, lo que importa ahora son las relaciones de fuerza concretas, las que ya existen y que podemos crear en el contexto de una respuesta social mucho más fuerte contra la dictadura de la deuda. Esto es lo que podemos hacer y lo que vamos hacer, no una novela de ficción política.

Volvamos ahora a los problemas que está viviendo nuestra izquierda nacionalista en apoyo del gobierno que decidió la salida del euro. Ya tiene en contra el tener que pagar impuestos más altos o vieron multiplicar sus deudas y pagar más por los alimentos y por el transporte o han perdido parte de sus ahorros. Con todo esto, los trabajadores pronto percibirán que perdieron parte de su salario (o las pensiones), y que el esfuerzo fiscal no ha disminuido (por el contrario, empeoró, debido a que la deuda se pagará en euros mientras el estado recibe en escudos), y la salud y educación tienen nuevos recortes. Por todo ello, el trabajador luchará por recuperar su salario.

Sin embargo, esto puede echar todo a perder, dirá el gobierno. Las exportaciones son más baratas porque el escudo vale menos, el producto más barato, y porque las empresas pagan salarios en escudos. Si aumentan los salarios, la competitividad nuevamente se ve perjudicada. ¿Qué va hacer nuestra izquierda nacionalista frente a la justa protesta de los trabajadores? La respuesta es simple: no hay problema, sostiene uno de los heraldos de la izquierda nacionalista, sólo un milagro. Se reúne el diálogo social y convencemos a los empresarios para que aumenten los salarios, compensando así a trabajadores por lo que han perdido con la devaluación. Imagínese esta reunión de la concertación: el país alborotado, disturbios en la puerta de los bancos, los impuestos y los precios subiendo, de nuevo la inflación, los salarios.

cayendo y los patrones ofrecen sacrificar sus ganancias a favor del trabajo. La hipótesis es tan interesante que dispensa de argumentación.

En otras palabras, la izquierda nacionalista que defiende la salida euro se metió en una trampa monumental. Quería impedir la continuación de la austeridad y tenía toda la razón, pero propone un sistema de más austeridad del todo orientada en beneficio de un sector social, la burguesía exportadora y aceptando la caída en los salarios con la devaluación del escudo. No resuelve ningún problema y crear nuevas dificultades. Y perdió la capacidad de una orientación socialista, porque no puede ser tomada en serio por los trabajadores que va a perjudicar.

La política socialista tiene un criterio que es la defensa de la clase trabajadora. Esta política es la que defiende el salario y se bate por él, y no la que sacrifica el salario y favorece la explotación. La solución autoritaria es la salida del euro, es la propuesta de más austeridad.

Europeísmo de izquierda es la referencia de la política socialista Rechazo por eso esas dos propuestas, el federalismo de Estado europeo y el nacionalismo de la salida del euro. Ambos intentan responder al agravamiento vertiginoso de la crisis pero conducen a políticas autoritarias y de austeridad que agravan la crisis. Sin embargo, porque la crisis se precipita más aún, esto no libera el análisis y la corrección de nuestra política. Sugiero que nuestra reflexión sobre la respuesta necesaria comience por el principio, por la naturaleza de la crisis que enfrentamos.

Después de treinta años de crecimiento mediocre

La Segunda Guerra Mundial fue una culminación del siglo XX. Generando horribles masacres, desde Auschwitz a Hiroshima. Pero desde el punto de vista de la economía, fue también un proceso de destrucción radical de las fuerzas productivas, trabajadores y capital. Y fue la destrucción que abrió las puertas a la reconfiguración del capitalismo moderno, una nueva organización de los poderes, la estructuración de un nuevo orden monetario basado en el dólar y, en los países más desarrollados, la promoción del consumo masivo basado en la generalización de la producción en serie. Fue sólo con esta gigantesca destrucción y con la posterior reorganización que le siguió que puso fin a la gran crisis de 1929.

Vale la pena, luego, registrar un dato sobre esta crisis: la recuperación de la economía ya entonces dominante por los Estados Unidos, tardó 25 años - sólo en 1954 es que las Bolsas regresaron a los niveles anteriores al crack. Fue necesario una guerra y la definición de un nuevo mundo para que tal recuperación fuere posible. La clave de recuperación fue precisamente esa destrucción de las fuerzas productivas y la configuración de un nuevo mundo para la acumulación de capital.

Así fue posible crear nuevos sectores industriales de rápido crecimiento, nuevos mercados financieros, nuevas transnacionales. Así ya ocurrió en el pasado: el capitalismo industrial moderno se desarrolló por ondas largas, unas de crecimiento y otras de crisis, que duran décadas y que definen los latidos del corazón del proceso de acumulación. En los períodos largos de crecimiento (como 1945-1974), las crisis son raras, breves y superficiales, en periodos largos de crisis son frecuentes, intensas y duraderas (1974 hasta hoy).

En cada una de estas épocas el capitalismo adapta su estructura. El impulso que la electrificación significó para la industria y el papel de motor de la siderurgia, desde finales del siglo XIX, un nuevo impulso de motorización tuvo lugar con los productos derivados del petróleo, químicos y petroquímicos en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Este nuevo modelo de producción se constituyó en el marco de nuevas relaciones sociales, de un nuevo contrato entre trabajo y capital, con reglas que hacían del salario de los trabajadores una parte importante del consumo dirigido a las empresas. Las constelaciones de las nuevas tecnologías de producción en masa correspondían a un acuerdo institucional con el contrato de trabajo y un salario indirecto importante, garantizando el acceso a la seguridad social y salud. Fue por el crecimiento de la demanda que se crearon mercados de masas en que creció la economía capitalista durante los Treinta Gloriosos años de la posguerra.

Este sistema funcionó sin mayores dificultades durante esas tres décadas. Más tarde, se agotó y su final marcado por la segunda recesión generalizada del siglo, 1973-1974. Desde allí, se perdió esta sencilla combinación entre el modo de funcionamiento de la producción y sus instituciones sociales, el impulso tecnológico se agotó, la tasa de ganancia se ha reducido sistemáticamente y la acumulación y la inversión fueron por lo tanto cuestionadas. Siguieron algunos decenios de crecimiento mediocre, con intensas y frecuentes recesiones (1973-4, 1981, 1993, 2003, 2008-9). La rentabilidad del capital se recuperó muy lentamente, aunque la acumulación se mantuvo en niveles excepcionalmente bajos.

Esta es la situación actual. La creación de enormes mercados financieros es la característica de esta nueva era del capitalismo -que se ha llamado "capitalismo tardío"- y en que el capital disponible se coloca en la especulación, en lugar de la inversión, generando un siempre creciente "capital ficticio" como le llamaba Marx, y que busca rentabilidades garantizadas. Esto es lo que explica todo lo que hemos conocido, desde el intento de privatizar la seguridad social hasta las asociaciones público-privadas.

Para impulsar el crecimiento, la burguesía pretende crear una nueva economía con un nuevo sistema social: la precarización de la relación laboral, es decir, el fin del contrato, para adecuar el uso pleno de los nuevos sistemas de tecnologías de producción sofisticada con mano de obra barata, el aumento de plusvalía absoluta (más tiempo de trabajo y menos salario) y la reducción del salario indirecto (costo de los servicios públicos esenciales). Pero este nuevo régimen requiere una derrota fundamental del movimiento popular que, aunque muy desgastado por un desempleo estructural prolongadísimo, todavía tiene capacidad de lucha.

Es en esto que nos apoyamos, es nuestra política realista. Todo está en juego. Bien se que, como dice Warren Buffet, el segundo hombre más rico del planeta, "hay una lucha de clases, y es nuestra clase la que está ganando". Pero la nueva sociedad todavía está por ser definida y realmente y lo que es más sorprendente del punto de vista histórico, no es tanto su avance sino la dificultad extraordinaria que ha tenido en imponerse. El 1 por ciento no ha podido aplastar al 99 por ciento, porque éstos cuando la convocan tienen la fuerza de la democracia.

Como el 1 por ciento tienen más poder, es contra ellos que debe dirigir el combate: la política de la derecha y de la burguesía es devaluar los salarios, la de los trabajadores es devaluar el capital y defender el salario. Nuestro enfrentamiento es con las finanzas que son los dueños de la deuda. Es cierto que es un combate de época. Y es por eso que no necesitamos ideas que dividan el frente de lucha popular y creen confusión. Necesitamos claridad y movilización. Necesitamos ahora y no mañana, una gran alianza en la lucha por salario, la izquierda grande.

Europeismo de izquierda y la lucha contra la dictadura de la deuda En este cuadro, ¿qué es lo que podemos hacer? No podemos o no debemos, en mi opinión, alimentar el sueño reaccionario de un Estado europeo - antes tenemos que combatirlo - y no podemos o no debemos alentar ilusiones nacionalistas de un reordenamiento imaginario de alianzas con el capital nacional para conducir al país a una solución de autárquica que tenemos que rechazar. Por el contrario, tenemos que proponer soluciones europeas, que renuncien a lo que es esencial: una alianza europea de las izquierdas sociales y políticas para luchar contra la austeridad.

Comienzo por eso por lo más difícil, que es Europa. Sé que desde el declive de los foros sociales europeos no se ha podido rehacer un dispositivo mínimo de respuesta. El partido de la izquierda Europeo es muy limitado, como otras redes en las que participamos; nunca han sido capaces de lograr nuestra propuesta para un importante Congreso de movimientos políticos y sociales europeos; y los partidos de izquierda de Europa del Norte temen los efectos electorales de defender al pueblo griego contra el estrangulamiento de la deuda y no quieren oír hablar de una huelga europea.

Debemos, por lo tanto, explorar con nuestros aliados, la idea de recuperar el Foro Social - o de abrir las puertas a una nueva forma de red global - quizás el encuentro en España, con los movimientos de Indignados para poner en marcha una agenda Europea de lucha contra la austeridad. Y, con ellos, mantener los objetivos esenciales que definen el europeísmo de izquierda que hemos venido defendiendo:

• La obligación del BCE de comprar deuda soberana de cada Estado,

• El lanzamiento de obligaciones europeas mutualizando parte de la deuda,

• La desvalorización del euro para aliviar a las economías,

• La tributación del capital y el fin de los mercados offshore,

• El refuerzo del presupuesto europeo destinado a un plan de creación de empleo,

• La reestructuración inmediata de la deuda de Grecia, en perjuicio de los bancos acreedores.

No será fácil crear movimiento con estos objetivos de política. Pero hoy, las posibilidades son mayores que hace un mes. Son estas posibilidades las que nos preocupan y creo que deberíamos tomar muy en serio, dedicando esfuerzos para concretar esta orientación. No tengo ninguna duda de que podemos y debemos hacer más en esa dirección.

Pero lo que decimos sobre Europa, para ser realista y como indiqué anteriormente, es propuesta, es una invitación y aproximación a otras izquierdas, pero no es ciertamente donde tenemos la mayor capacidad de confrontación política. Donde tenemos más fuerza es donde no depende de nosotros. Si es posible tener un Foro Europeo de algún tipo, que una a los movimientos y construya una agenda política para avanzar a un nuevo nivel, es lo que queremos. En cualquier caso, esta perspectiva no interfiere con nuestro paso a paso de disputa con el Gobierno y el plan de la troika, la dictadura de la deuda. Y es en ella donde debemos acertar posiciones.

En primer lugar, rechazamos la idea de que hay no hay alternativas al plan de la troika. Y debemos tomar la contraofensiva en este campo. Ya es posible hacerlo porque el vértigo del cambio en la percepción popular es estimulado por esta violencia presupuestaria que recorta los bonos de vacaciones de Navidad. Después del 15 de octubre y de la convocatoria de la huelga general de UGT de la CGTP, la situación comienza a cambiar. Requiere por eso mismo mayor ofensiva, sacudir el letargo social, ganar la iniciativa. Por lo tanto, debe ser nuestro argumento:

• Portugal debe rechazar el plan de la troika, porque significa empobrecimiento y desempleo para poder tener más deuda. El fin de la tutela de la troika es la condición para que la democracia pueda decidir. Toda la política depende de aceptar o rechazar la troika. Es lo que define todo el escenario de nuestros diálogos, convocatorias y alianzas.

• La alternativa inmediata es recuperar la capacidad de crear moneda, y el Estado puede hacerlo a través del banco público de capitalización de la CGD y el efecto multiplicador puede tener una inyección de liquidez en las inversiones para el empleo, la creación de nuevas industrias, exportaciones y sobretodo sustitución de importaciones.

Esta liquidez no debe utilizarse en crédito al consumo o para la vivienda, porque crearía más deuda y debe ser administrada por un banco de CGD para el fomento industrial. Este es el cuello de botella de inmediato de la economía portuguesa y es así como puede superarse la crisis con la creación de empleo.

Una palabra más acerca de la creación de la moneda. Se trata de una alternativa concreta a la salida del euro y a la devaluación del escudo, y tiene la gran ventaja de no alcanzar los salarios y los ingresos del trabajo, permitiendo, al contrario, el aumentó la actividad económica con los costos de crédito más baratos, orientados a la producción y por lo tanto con mayor oportunidad de equilibrar la balanza externa.

• Debemos presentar un plan para el empleo, indicando los sectores en los que es posible desarrollar la economía: creación de empleos en nuevos sectores estratégicos, la inversión pública, reducir en media hora la jornada de trabajo, prohibir los despidos en empresas con resultados, etc.

• Defendemos, como siempre, una revolución fiscal basada en la tributación del capital y en valores altos de patrimonio. Pero podemos y debemos llevarla más lejos.

En segundo lugar y porque la presentación de alternativas debe conducir a la confrontación social, es en la lucha contra la deuda que debemos concentrarnos. Por lo tanto, propongo la siguiente orientación:

• la idea de renegociación de la deuda debe tener una forma más concreta: reestructuración. Es decir, la anulación de una parte de la deuda. La propuesta, que tiene razón y fuerza acumulada, es cada vez más apoyada por diferentes economistas e incluso por políticos de otras opiniones. Pero ya está en segundo plano, porque respeta más al argumento que al movimiento.

• En el movimiento social y en la disputa directa, la centralidad está en auditar la deuda. Y es evidente: la auditoría asegura rechazar toda deuda abusiva. Sirve para negarse a pagar la deuda abusiva. Esto es el “no pagamos” que tiene coherencia. Atacar los acreedores donde son más débiles, porque son culpables.

Ejemplos:

- En las últimas emisiones de deuda, han cobrado interés por encima de los costos reales, en función de tasas punitivas y especulativas. Rechazamos esta deuda, que será algunos miles de millones de euros, y no pagamos.

- Las contrapartes de material militar fueron canceladas por el acreedor, que es el estado portugués. Son cerca de 3 millones que se perdieron sin caso judicial.

- Una deuda de 78 mil millones pagó 30 mil millones de intereses. Casi 20 mil millones son de interés abusivo. Etc.

Un nuevo paréntesis aquí: la propuesta de "suspensión" del pago de la deuda es una solución vergonzante, que tenemos que rechazar. Por cierto, es un disfraz de una propuesta que no tiene la valentía de enunciar: como explicó la FER recientemente en una reunión interna del Bloque, es una forma pusilánime de decir "salir del euro", pero sin decirlo. Por otro lado, la "suspensión" es una imitación mal concebida de alternativas de América Latina: la Argentina suspendió el pago de la deuda y lo hizo muy bien, porque pagaba una deuda excesiva a acreedores que ya no le prestaban hacía más de un año. Pero este

no es el caso del portugués. En realidad, el Estado portugués no está ahora pagando la deuda: es el plan de la troika que paga toda la deuda y sólo en unos años. Portugal comienza a pagar esta deuda reciclada. Por lo tanto, la "suspensión" no suspende nada y tiene miedo de decir lo que se necesita, que hay una deuda que no debe ser pagada. La "suspensión" es una respuesta de derecha que debemos rechazar. Fin de paréntesis.

- Tenemos que activar el debate sobre la deuda. Y hablar también de otra deuda. Es lo más difícil, pero es lo más importante, porque apunta al objetivo que importa: el capital financiero. Hablamos por eso de la deuda que importa: lo que ellos nos deben, lo que el capital debe a los contribuyentes, a los trabajadores, al pueblo.

- Los que se beneficiaron con las privatizaciones abusivas de los monopolios naturales y bienes públicos,

- Los que transfiere a las offshore sin pagar impuestos (6’6 millones de euros por día este año),

- Los dividendos y ganancias que se pagan cuando ellos fueron financiados por el Estado,

- Los impuestos a pagar, particularmente de la banca,

- Lo que gastaron en submarinos y otros egresos injustificados,

- Los que quieren recibir de las asociaciones público-privadas, la tajada de la deuda oculta del Estado.

Esta deuda no puede salir de nuestro discurso, es el centro de la lucha contra la dictadura de la deuda.

Esta orientación tiene una idea nuclear: sí, se llama a la resistencia. Pero si la única alternativa a la resistencia que quiere crear movimiento social es la búsqueda de una fantasía: el nacionalismo, el capital exportador o el federalismo de António José Seguro, entonces es preferible incluso hacer resistencia. Como siempre, nos empeñamos en la resistencia con una perspectiva europea y buscamos puentes para que sea una lucha europea. Y, a nivel nacional, no aceptamos el acantonamiento de la resistencia de trinchera, porque queremos ser una alternativa de gobierno, una propuesta de liderazgo para el país, lucha global, acción inmediata, presencia de calle.

Y si se trata de política en serio discutamos lo que interesa en la política: las alianzas. El federalismo serviría para juntarnos al PS, pero, francamente ¿qué diferencia habría entonces entre esa izquierda y las imposiciones autoritarias de Merkel como el "semestre Europeo"? ¿Cómo podríamos negar la presentación de los presupuestos nacionales para el control y la decisión de Berlín, que después de todo es el modelo deseado del Estado federal? En cuanto al nacionalismo, juntarnos con el PCP, que por ahora todavía balbucea

mal la idea de la salida del euro, con pies de lana, porque sabe el miedo que esto provoca entre los trabajadores, escaldados por las devaluaciones y la inflación. Y nos unirá a algunos reputados economistas. Los principales beneficiarios de esta estrategia, el capital exportador, huyen ciertamente de la idea como el diablo de la cruz. Es decir, no sirve para nada que no sea dar voz a la desesperación.

En contraste, una plataforma de lucha contra las medidas de austeridad permite hablar con la mayoría de estos sectores, se une a todos, desde la periferia del PS, y del PCP al movimiento sindical, a los indignados en las calles. Es en esta lucha y sólo en ella, que puede levantar nuestro objetivo estratégico: castigar al capital, defender el salario.

La huelga general que se celebró hoy es una buena prueba de esta política. No tiene como objetivo ningún sueño de Estado europeo, ni mucho menos la exigencia de la salida del euro. ¿Tampoco no podía? Tiene la plataforma sensata que reúne a más gente, el rechazo de los recortes en los subsidios, a aumentos de impuestos, a la defensa del salario y una política de empleo. Se denomina resistencia y responde por el país: es la lucha por la hegemonía y crea la acción social.

Es en esta acción que se aprende y emergen las alternativas. Como dijo alguien, siempre es de la práctica que vienen las ideas justas. Vamos a luchar.

Francisco Louça es un economista portugués de reputación académica internacional y el principal dirigente del Bloco d'Esquerda.

Traducción: Carlos Abel Suárez.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Ver texto completo...

¿Blindados? El mundo está mal y estará peor

Esteban Valenti (NOTICIAS UYPRESS)

Si alguien creyó o sigue creyendo que la crisis mundial, por sus dimensiones y por su profundidad nos va a pasar lejos, apenas nos rozará y nuevamente estaremos entre los primeros e intactos alumnos de esta aldea global, está profundamente equivocado.

Una cosa es sembrar miedo, es más, vivir sembrando miedo y malas noticias para ver si se pirincha algún voto, algún apoyo y otra cosa muy distinta es mirar la realidad, tratar de entenderla y actuar en consecuencia. Eso hacen los buenos gobiernos progresistas, las izquierdas inteligentes y que tienen responsabilidad ante sus sociedades y los dirigentes con visión estratégica.

¿Cómo nos pegará la crisis global? ¿En las estadísticas? ¿En el ritmo de crecimiento? ¿En la economía, la sociedad o la política? ¿En las ideas?

En estos ochenta meses de gobiernos de izquierda en el Uruguay hemos atravesado muchas turbulencias y situaciones. Salíamos de un país devastado por una crisis profunda, teníamos que reconstruirlo y sobre todo frenar e invertir la tendencia al desastre social, laboral, educativo y de la salud, luego vino la crisis con Argentina, que fue eso una dura y compleja crisis; el inicio de la crisis global del 2008 que sorteamos incólumes, las elecciones y luego, este nuevo gobierno y la nueva y más grave crisis global.

La crisis actual tiene varias condiciones nuevas y desconocidas. Todavía estamos en medio de ella y no se sabe hasta donde precipitará la economía de los países ricos. Grecia, Portugal, Irlanda y ahora Italia. ¿Y después? ¿Cuan hondo?

El detonante fueron los activos hipotecarios basura manejados por bancos y banqueros basura que desnudaron la parte basura de la economía de los países del norte. La que era y todavía es, pura especulación y codicia que no produce ni genera nada. Ahora la crisis se trasladó al endeudamiento de los países que no tienen ninguna posibilidad de seguir pedaleando en la calesita financiera y como la receta es ajustar, ajustar, ajustar, el espiral de la economía real está en plena pendiente y cuesta abajo.

Nos van a contaminar, nos están contaminando, el problema es ¿cuánto y por cuanto tiempo? Lo van hacer por el comercio, que va a sufrir un fuerte impacto, por la ferocidad recaudadora fiscal que desboca a colonialistas encubiertos como Sarkozy, pero que despierta voracidades y desesperaciones en algún vecino que no hay que incomodar. Claman para que China se sume a la recesión, revaluando el Yuan y sobre todo comprando bonos europeos y nos van afectara todos en la desconfianza generalizada que están generando. No todo depende de ellos, de los cultores “científicos” de la economía liberal, la perfecta, la infalible, la regida por el dios prospero del mercado. Mucho depende de lo que hagamos nosotros.

Esa es la única barrera. Es nuestra inteligencia en cada movimiento, en la eficacia de la gestión, es manejar la confianza y la unidad de la sociedad uruguaya frente a las fracturas ajenas. Es el manejo de los datos macroeconómicos (que no son una mala palabra) pero también los datos sociales con una visión progresista, de no afectar el gasto social y el esfuerzo por atender las prioridades de nuestro Proyecto Nacional.

No debemos resignarnos, pero no podemos equivocarnos. Los errores, las desprolijidades, las pequeñas disputas y los juegos de palacio se pagarán mucho más caro. Hay una rendija por la que debemos pasar para aprovechar las oportunidades y salir lo mejor posible de esta tormenta. Y oportunidades, hay.

Este es un momento nuevo para todos. Incluso los que se consideran a salvo de las críticas y habiendo superado todas las pruebas, están bajo el fuego cruzado de la realidad. El que no sepa manejar adecuadamente la gestión, el rigor profesional en las políticas con la capacidad de diálogo y de comprensión de las nuevas tensiones que se producirán en la sociedad uruguaya y en le mundo. Perderá y perderemos todos.

Si teníamos que ser inteligentes y claros hasta ahora en los rumbos, tenemos que comprender que cuando las crisis tienen estas dimensiones ciclópeas sobreviven los mejores, los más agudos, los que son capaces de mirar más lejos. Nunca los más locuaces.

Y de eso se trata, de no perder lo mucho que hemos avanzado y de no comprometer los grandes proyectos que nos pueden permitir alcanzar nuevos niveles superiores de desarrollo humano, económico, social, tecnológico, cultural y ciudadano.

De esta crisis no saldrá el mismo mundo, los cambios ya son gigantescos. Hay sociedades que están sufriendo el desmoronamiento de décadas de conquistas sociales y precipitan a millones de mujeres y hombres en la desocupación, la pobreza, la desesperación. Y esa es una ola concéntrica.

No saldrán los mismos equilibrios internacionales, aunque algunos insisten en que sigue siendo el poderío militar el único rasero válido. No terminó la guerra y la invasión a Afganistán e Irak y ya están pensando en Irán y de una pasada se cepillaron a Libia, gobernada por uno de sus aliados, como era Gadafi.

Y no debería salir un mundo con los mismos paradigmas. Esos espejismos de que la acumulación de la riqueza real e imaginaria era la garantía de la estabilidad y del crecimiento y de que la codicia es en definitiva el único motor de la civilización y su progreso.

Ellos proclamaron que esa ideología con sus variantes y matices estaba blindada y nosotros nos replegamos hasta aceptar que el único debate posible era regular la relación entre el estado y el mercado. Aceptamos jugar en el terreno de ellos, con sus reglas y sus límites.

Los que a pesar de la crisis global, del derrumbe de sus propios muros se sienten blindados son los defensores de este sistema, no porque no los asalten las dudas y las preguntas, sino porque nosotros no nos atrevemos a embestir esos muros con otras ideas, con otros arietes, con otras audacias.

La relación que debemos definir es mucho más compleja, es entre el estado, el mercado y la sociedad civil, es decir los ciudadanos organizados y actuando. Debemos dar la batalla y agredir el muro de la codicia con otros valores y otros objetivos para nuestra civilización. Tenemos que poner en cuestión nuevamente las relaciones sociales, las formas de distribución y apropiación de la riqueza en el mundo y en nuestros países.

Si ellos - inclusive el locuaz Sarkozy - aceptan la tasa Tobin a las transacciones financieras, cuando durante muchos años la despreciaron y la consideraron un asunto de diletantes, ¿cuántas cosas nuevas y viejas habrá que cuestionar?

En muchos países de Europa triunfarán en las elecciones partidos que actualmente son de oposición. En España la derecha, en Francia e Italia la centro izquierda. ¿Para qué? ¿Para aplicar las mismas políticas de ajuste, para imponerse las mismas míseras limitaciones escritas como mandamientos por los organismos internacionales, responsables primeros de este desastre global?

El sistema de Naciones Unidas está en profunda crisis, ya no da cuenta de la realidad mundial, se ha transformado cada día más en un monumento gigante a la burocracia discursiva, es utilizada por los poderosos para un lavado y un fregado y cuando no pueden se inventan clubes de poderosos como la OCDE o el G20. Ya no podemos seguir soportando todo eso, amparados en la pobre y despreciable argumentación de que un mundo sin esos mastodontes inútiles, sería peor.

Tenemos que osar, atrevernos a poner en discusión y proponer cambios radicales. No importa el tamaño, lo que vale es la mirada y la capacidad de convocar a otros, a los que cada día tenemos más para perder y menos para ganar de este mundo, injusto y mal organizado.

Blindemos las grandes aspiraciones de libertad pero no las comprimamos, démosle el máximo impulso. Que comienza en nosotros mismos.
Esteban Valenti es periodista, escritor, coordinador de Bitácora, director de la Agencias de NOTICIAS UYPRESS.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Ver texto completo...

Diez años de fábricas administradas por los trabajadores: Unas perlitas de Poder Popular rodeado de una sociedad y estado capitalista

Dick Emanuelsson (especial para ARGENPRESS.info)

¿Que ha pasado con las fabricas y la suerte de los trabajadores durante los diez años de gestión obrera en Argentina? Dick Emanuelsson ha visitado y ha hablado con los trabajadores en cuatro empresas.

Foto: Silvio Zacharias, presidente 2005 de la Cooperativa Astillero Unidad Naval en Buenos Aires. / Autor: Dick Emanuelsson

Caminamos dentro de la fábrica de Grissinopoli, ubicada en un típico barrio de Buenos Aires. Ivana Agüero y sus 20 compañeros y compañeras estaban eufóricos de felicidad ese día. El anterior, las camionetas habían salido de la fábrica con su primera producción de bizcochos y galletas, algo así como una tonelada y media. Y sin el Patrón dando órdenes.

Fue hace casi diez años cuando llegué, ese día histórico, a la “Cooperativa la Nueva Esperanza, Grissinopoli”. Pude compartir con más de 700 representantes la primera Conferencia Nacional de Fábricas Recuperadas por los obreros.

Foto: 2002 - Trabajadores y trabajadoras orgullosas de haber recuperado las empresas donde trabajaban, reunidos en Grissinopoli en medio de la profunda crisis capitalista. / Autor: Dick Emanuelsson

Representaban aproximadamente a 10.000 trabajadores de toda Argentina, literalmente víctimas del modelo destructivo neoliberal que destruyó y desmontó una gran parte del sector productivo del país. Hoy, 2011, son 20.000 trabajadores que en sus empresas se sostienen en una lucha ardua y complicada para sobrevivir en un mar capitalista.

En ese entonces, 2002, pregunté a Ivana si era posible mantener la producción en un país que había caído en la más profunda crisis económica como la que pasaba entonces en Argentina, donde el pueblo, poco antes, había tumbado 4-5 gobiernos en cuestión de días. Mucho más teniendo en cuenta que la gente lo primero que recorta, en esos trances económicos tan duros, son las cosas que no revisten importancia extrema, como por ejemplo podrían ser las galletitas y los bizcochos.

– Entendemos las dificultades pero debemos intentar, tenemos que salir para sacar nuestros productos al mercado y los bizcochos de Grissinopoli tienen fama. No tenemos otra alternativa si no, estamos perdidos. Todos los compañeros en la fábrica entienden eso, decía hace diez años.


Cuando nos encontramos nuevamente, a principio del mes de abril de 2011, se ve más gastada por lo arduo de su tarea, pero al mismo tiempo con la misma firmeza y orgullo que la acompañaba desde el 2002. Y ya lleva 35 años trabajando en Grissinopoli.

– Estamos sumamente felices y tu mismo eres un testigo de las enormes dificultades que tuvimos los primeros años. Pero hoy hierve de actividad en la fábrica. Si recuerdas, el parlamentario de Buenos Aires, Crespo Campo, decía hace diez años que los trabajadores no tenían capacidad ni cerebro capaz de permitirles llevar una empresa adelante. Pero comprobamos lo contrario, dice Ivana con una expresión en su rostro que pocos se atreverían a cuestionar.

Foto: Ivana Agüero en la "línea" desde 35 años, y ahora ella y sus compañeros son los dirigen su fábrica, sin el capitalista. / Autor: Dick Emanuelsson

Y el viejo dicho ¡“Trabajadores sí son necesarios, pero capitalistas no”! es hoy un lineamiento para la mayoría de las cooperativas que florecieron en toda Argentina entre el 2001 y el 2002. Decía Ivana, ese año, que “los clientes tienen que confiar más en los trabajadores que en los dueños, porque los últimos se preocupan más por sus ganancias, no porque que el país salga de la crisis”.

Foto: Marina Pino

En esos años duros, los trabajadores pagaron de su bolsillo para comprar trigo y levadura para poder realizar la primera producción. No cancelaron un solo sueldo los primeros seis meses.

Al llegar en 2011 pude ver que dos grandes camiones, llenos de bolsas de 50 kilos de trigo, eran descargados en la fábrica.

– En la reunión mensual reciente de la cooperativa, decidimos introducir un nuevo turno y emplear 15 trabajadores más. Hasta ahora hemos trabajado en turnos de doce horas para poder entregar lo contratado. Pero ya no podemos más, dice Marina Pino.

Ella ha trabajado casi 40 años en Grissinopoli y fue la primera presidenta de la cooperativa durante cinco años. Es una mujer elegante, formada en administración de empresa y se encarga de la mayor parte del trabajo en la oficina, junto con la única secretaria en Grissinopoli. Aunque debe ser la trabajadora con más preparación, en Grissinópoli, recibe el mismo salario que los demás trabajadores, un sagrado principio para la cooperativa es el de la igualdad. Pero no es la única mujer que haya dirigido la fábrica durante estos diez años, son en total tres mujeres que han tenido ese cargo y de los 20 empleados sólo cinco son mujeres.


– Juntas y juntos manejamos este gran barco que es como el Titanic, comentaba Ivana con una gran carcajada optimista.

¿Cuánto gana un obrero en Grissinopoli hoy? Pregunté.

– Si alguien acá buscara un empleo en el mercado laboral de hoy, perdería la mitad de su sueldo. Pero haber llegado hasta donde estamos ahora, nos ha costado muchos problemas y sudor, resumía María Pino

E Ivana agregó:

– Hoy podemos dedicar mucho más tiempo para la familia que durante los primeros años que fueron durísimos. No solamente hemos recuperado y reconquistado nuestros trabajos, sino también una calidad de vida que no teníamos antes. Ya nadie nos explota.

Foto 7

El taxista suspiró y comenzó a ubicar su dinero en diferentes partes en el carro.

– Tenemos como regla no llegar hasta aquí por la inseguridad y delincuencia, dice y hace señas con la cabeza hacia una esquina donde hay unas personas, a su decir, con fisonomía sospechosa.

Me comenta que ese barrio es lo que llaman “Villas”, barrios de extrema pobreza con mucha delincuencia donde ni las ambulancias quieren entrar por miedo a los robos. Sin embargo, nada pasó y mi maletín con las cámaras sobrevivieron al paso por el lugar.

El mismo año que los trabajadores de Grissinopoli ocuparon su fábrica, los obreros metalúrgicos en el Astillero Unidad Naval retomaron también la producción. Estaban en peores condiciones ya que el astillero, ubicado en el barrio de Avellaneda, había estado parado durante dos años debido a la crisis. En 2005, cuando lo visité, la cantidad de trabajadores había sido reducida a un núcleo de 30 obreros.

– A pesar de los primeros años que fueron sin dudas, difíciles, no podemos decir que nos haya ido mal. Pero claro, comparándolo con los años de la bonanza en la década del ´90 cuando éramos unos 800 trabajadores, sí, notamos una gran diferencia con nuestros 30 trabajadores hoy en día, dice Beto Aquino, secretario en la cooperativa.


El sol brilla intensamente en pleno otoño, entramos en unos de los dos remolcadores que se encuentran en el muelle para ser reparados. Las paredes con asbesto serán reemplazadas al mismo tiempo que las máquinas serán alineadas.

Siento el olor de aceite de la máquina cuando bajamos por las escaleras formando un ángulo de noventa grados para llegar a la sala del motor. Siento el humo de la soldadura, y el olor de los gases que llegan cuando el obrero aprieta la herramienta de corta hierro (con gas), para cortar el hierro rojo y amarillo, por el calor y la combinación de acetileno y oxígeno.

Me siento como en la “casa vieja”, como transportado hacia un viaje al pasado que vive latente en mí, porque también fui obrero metalúrgico desde los 15 hasta los 32 años. Uno más entre tres mil compañeros hasta que un día el director del diario del Partido Comunista Sueco, me pidió que dejara el uveral y del astillero para trabajar tiempo completo en el diario.

Foto: Obreros del astillero. / Autor: Dick Emanuelsson

Foto: Obreros del astillero. / Autor: Dick Emanuelsson

Por eso no tengo ese temor que muchos periodistas graduados en la facultad de comunicación social tienen cuando salen de la universidad para entrar a una fábrica con bulla, ruidos y humo, que contrasta cruelmente de los salones cómodos en los ministerios o las sedes con airecondicionado de las ong´s. Si es que los jefes de la redacción están interesados de revelar las condiciones de trabajo en reportajes. El 2011 la selección de temas en los medios muestra que la situación para los trabajadores no les interesa a los dueños de los medios de comunicación. Pocas ves hoy se ve, se escucha o se lee en los diarios reportajes directamente desde los centros de producción.

Y los trabajadores saben, además, que para lograr resultado en su lucha, tienen que estar unidos, “no importa si eres socialdemócrata o comunista por que pertenecen la misma clase social”, me enseñaban los viejos mentores y obreros comunistas en el astillero. Mejor “universidad” para un muchacho no existe. ¿Qué medios quiere cubrir una fábrica desde ese ángulo? ¿Y desde cuando hay ONG´s interesados de preocuparse sobre esos temas?

– No creas todo lo que dice Beto, dicen dos obreros que descansan en el comedor del barco. Esto no es un camino de rosas hacia el socialismo porque somos totalmente dependientes de la coyuntura capitalista, dijo uno de los dos obreros, casi un poco como con resignación, concientes de la realidad en que se encuentra. Beto se ríe ante el comentario sarcástico de sus compañeros.

Treinta obreros en un inmenso terreno en la ciudad comparable a las grandes capitales del mundo, es la ilustración clásica de la esencia de un sistema económico que con sus repetidas crisis cíclicas, crea tragedias sociales apoyadas en el desempleo masivo.

Para el sector especulativo financiero y de los grandes consorcios de las constructoras, ese lugar casi en el centro de Buenos Aires es una perla dentro del marco especulador, sin embargo allí hay 30 obreros reclamando su derecho al trabajo, que n o van a rendir así no más.

Foto: Los trabajadores en Brukman, la mayoría mujeres, fueron desalojadas tres veces y tres veces regresaron para defender su puesto de trabajo y tomar el timón de su fábrica. / Autor: Dick Emanuelsson

En la “Cooperativa Brukman, 18 de Diciembre” que tres veces fue desalojada por las fuerzas de la policía, tres veces también volvieron esas mujeres tercas y firmes para defender su lugar de trabajo en la Capital Federal, donde el precio de la construcción por metro cuadrado es uno de los más altos del mundo. Es por eso mismo, detalla Delicia Millahual, integrante de la dirección de Brukman, que viven en una permanente preocupación sabiendo que el banco un día llegará para desalojarnos ya que la disputa sobre el edificio todavía no está resuelta.

A principio del 2000, los trabajadores de Brukman se convirtieron en algo simbólico en la defensa de su trabajo y de la fábrica. Ante una realidad descarnada, surgió entre varios obreros el sueño de un nuevo sistema económico en donde la clase obrera fuera considerada como seres humanos dignos y no una mercancía que se puede desechar cuando consideran que no sirve. Su lucha fue acompañada por sectores de izquierda donde se destacaron los jóvenes.

Foto: Trabajadora de Brukman. / Autor: Dick Emanuelsson

Los 50 trabajadores, con una gran mayoría de mujeres, decían estar agradecidos por el apoyo y respaldo que recibieron de la izquierda argentina. No faltaron oportunistas que se arrimaron a la lucha de Brukman pretendiendo reforzar sus organizaciones. Pero las trabajadoras supieron ponerse a la altura de las circunstancias y manejaron su nave consensuadamente y en unidad de clase, dando lugar al nacimiento del Movimiento Cooperativo de Fábricas Recuperadas.

Quizás algunos de ellos más vieron el caso de Brukman para reforzar su propia organización en vez de pensare en el destino exitoso del a lucha de los obreros del Brukman. Y a final estos dijeron “Muchas gracias por su respaldo, pero ahora nos toca a nosotros de manejar esta nave” y se afiliaron al Movimiento Cooperativo de Fabricas Recuperadas.

Foto: Delicia Millahu.

A diferencia de los trabajadores de Grissinopoli y del Astillero Unidad Naval, los trabajadores textiles ganan mínimamente, 600 pesos, o 150 dólares, muy por debajo del salario mínimo.

– Hemos comprobado durante diez años que los trabajadores somos capaces de llevar la cadena del proceso, desde que entra la tela y el terno sale de la fábrica. Nosotros hemos comprobado que podemos llevar la fábrica sin accionistas, dijo Delicia Millahual, cuyo origen es indígena mapuche, nacida en Chile pero desde más de 30 años residente en Argentina.

Mide casi dos metros y la primera vez que nos conocimos fue en 2006 en la ciudad boliviana de Sucre. Ahí contó sobre las experiencias exitosas de los trabajadores del astillero Río Santiago en su lucha contra la ofensiva privatizadora del presidente Carlos Menem durante la década del ´90.

Foto: Ángel Cadelli, luchador por el astillero Río Santiago. / Autor: Dick Emanuelsson

– Era una lucha de clase pura. De un lado la clase obrera y al otro, los militares golpistas, curas con un pasado oscuro, el capital monopólico y los politiqueros asalariados de las empresas transnacionales. Logramos que el astillero más grande de Latinoamérica no fuera privatizado porque lo vimos como un conflicto de clase, no una lucha entre partidos, dice Ángel Cadelli, un ingeniero con más de 40 años de servicio en el astillero Río Santiago.

En la lucha contra la privatización del astillero, Ángel Cadelli fue elegido unitariamente por sus 2700 compañeros de trabajo, a los que habría de representar como vicepresidente de la Junta Directiva de la Gerencia del Astillero con responsabilidad de mantener los contactos con las líneas navieras y estados.

Para nadie es un secreto que tanto el astillero, como el municipio donde esta está ubicado, la ciudad de Ensenada, se han beneficiado enormemente por la integración latinoamericana cuya principal cabeza es el presidente venezolano, Hugo Chávez Frías.

– Venezuela es de un interés central por su potencial económico. Chávez ha colocado dos contratos con la posibilidad de otros dos buques que darán trabajo a más de 1500 compañeros durante ocho años para cada uno de los buques. Es por eso que las relaciones Argentina-Venezuela son de tan vital importancia, subraya Cadelli.

No todos son felices cuando los trabajadores del Astillero Río Santiago entran por el portón en la mañana, sin mayor preocupación por el día siguiente.

Las relaciones entre Argentina-Venezuela son boicoteadas activamente por los gringos y los ingleses, agrega Ángel. Por ejemplo, una gran pieza del motor producido en China, que pesaba 135 toneladas y que sería montada en el buque tanque “Eva Perón”, se desplomó de la grúa cuando fue cargada en Houston, estados Unidos. No dudamos en decir que fue un intento de la CIA de sabotear la producción de los contratos con Venezuela. Porque este tipo de sabotaje ocurre frecuentemente con los contratos venezolanos pero nunca con los contratos con otros países.

Foto: 2005, el 6º encuentro de los trabajadores en fabricas recuperadas. / Autor: Dick Emanuelsson

En argentina se produjo un movimiento interesante como fue el de las fábricas recuperadas por los trabajadores. Esto respondió a un proceso de maduración de la clase obrera que explotó en los momentos más cruciales, cuando el país padeció la durísima crisis causada por la instalación del modelo neoliberal.

La masiva importación de productos, la profunda destrucción del aparato productivo nacional produjo el aumento del desempleo y el alza de los índices de pobreza e indigencia. Fue en esos momentos cuando la creatividad dejó a un costado la desesperación, los trabajadores comprendieron que no era momento de echarse a llorar, sino de tratar de recomponer los fragmentos esparcidos por esa tierra tan rica de recursos naturales y humanos.

Los trabajadores y trabajadoras dieron cuenta de su valentía cuando de preservar la fuerza del trabajo se tratara y allí continúan su labor comenzada no sin grandes esfuerzos, estigmatizados, perseguidos, acosados. Hoy esas empresas continúan su tarea en una Argentina donde nuevos aires comenzaron a soplar aunque aún haya mucho camino por transitar.

Los primeros pasos ya están dados y eso es para celebrar, porque cuando los pueblos quieren ser dignos no hay fuerza capaz de detenerlos.

Video:
1) Cooperativa Astillero Unidad Naval en Buenos Aires

2) En la “Cooperativa Brukman, 18 de Diciembre”

3) Los trabajadores del Astillero Río Santiago en lucha por sus trabajos


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Ver texto completo...