(Charla pronunciada en Montevideo, Uruguay. 28 de noviembre de 2011.)
Hemos hecho una campaña política muy importante en la Argentina en estos meses. Una campaña peculiar: hubieron tantas elecciones y tantas etapas en la elección nacional que virtualmente estuvimos en campaña desde febrero hasta el 23 de octubre. Estuvimos ocho meses en agitación política; fue muy densa. Ahora, lo que a nosotros nos interesa no es la campaña electoral en sí misma, aunque hay mucho para hablar sobre ella. Lo importante es qué nos dice esta campaña política respecto del tema más relevante del momento, que es la conexión entre la bancarrota capitalista mundial y la posibilidad de una revolución socialista. Este es el tema de la época. Absolutamente. Las grandes crisis del capitalismo, y ésta es una bancarrota fenomenal, han sido, por lo menos para los marxistas, la premisa de la revolución social.
¿Cómo desarrolla esta premisa el que lucha, el que está organizado en un partido, el que hace una actividad militante; o sea, cómo la convierte en fuerza subjetiva? La conexión entre estos dos términos –bancarrota capitalista y revolución social- tiene que dominar el pensamiento y la teoría de la clase obrera. En la campaña electoral en Argentina, es decir en un acontecimiento tan poco revolucionario como una campaña electoral, nos esforzamos por conectar estos dos aspectos y, naturalmente, como hemos crecido mucho electoralmente, la conclusión que saco es que esa conexión fue correcta y que hemos probado en la práctica (aunque sea en forma parcial) la relación entre la bancarrota capitalista y el proceso revolucionario.
Hay una cosa curiosa, Uruguay y Argentina, por el momento, parecieran estar fuera del ojo del huracán, lejos de esta crisis. Cuando se habla de crisis capitalista, se habla de Italia, de Grecia, de Estados Unidos, no de Argentina y Uruguay. Por el contrario, se los presenta, inclusive, como una contratendencia: mientras el mundo se viene abajo, América Latina emerge. Hay una tendencia en la prensa y en la propaganda para presentar las cosas de esa manera. La Presidenta argentina, por ejemplo, con mucha elocuencia y mucha gesticulación, insiste en que si hay un país protegido, protegido por ella, claro, es Argentina. Sin embargo, desde el 23 de octubre, cuando ocurrieron las elecciones y ella ganó con el 54% de los votos, se observa una precipitación fulminante de la crisis social, económica y política: tarifazos, impuestazos, del orden del 300%. Una vez que se sacaron las elecciones de encima dijeron “vamos por lo nuestro”. Todo esto en el marco de un inédito enfrentamiento entre el gobierno nacional y los principales sindicatos, que son, sin embargo, oficialistas, al punto que el gobierno ha militarizado a los controladores aéreos (como aquí, en Montevideo, se pretendió hacer con los recolectores de residuos). Un gobierno que se jacta de haber combatido la rémora de la dictadura militar, ha remilitarizando a los controladores aéreos, y los pasó a la Fuerza Aérea que está siendo investigada por tribunales españoles y por tribunales argentinos por el tráfico de cocaína desde los aeropuertos militares de Buenos Aires. Esta remilitarización fue acompañada de una amenaza de intervenir los sindicatos, de quitarles la personería, o sea la posibilidad de que negocien convenios colectivos.
Miren con qué velocidad se produce esta crisis. Un gobierno que dice que estamos protegidos de la crisis mundial (porque somos nacionales, populares, muy hábiles, etcétera), terminadas las elecciones que gana en forma plebiscitaria, desata un formidable ‘ajuste’ que denuncia, precisamente, el estadio avanzado de esa crisis.
La centralidad de la crisis capitalista
Recuerdo un debate por radio (lo señalo para ilustrar), en que el periodista preguntó cuál era el concepto fundamental en la época actual que debía guiar el trabajo de los politólogos o los partidos; el presidente del Instituto de Desarrollo Industrial de Argentina y un profesor de la Universidad coincidieron en que la categoría dominante era la pobreza; cuando me tocó a mí, les dije que no, que esa categoría era la bancarrota del capitalismo porque, de una u otra manera, el crecimiento de la pobreza es consecuencia de una declinación y una descomposición del régimen capitalista, que con seguridad se va a acentuar, se va a profundizar, como consecuencia de esta crisis capitalista. Cuando se habla de la pobreza en abstracto se hace referencia a que no tiene solución, también en abstracto; no lo tiene en el marco actual, al cual se considera, sin embargo, el único viable. Se admite que el capitalismo no le va a dar más pleno empleo a la población trabajadora y, por lo tanto, que vamos a tener una masa permanente y creciente de pobres a los cuales el Estado deberá asistir; la preocupación por la pobreza deviene del temor de que los pobres terminen sublevándose contra el capitalismo, que no tiene condiciones de solucionar ninguno de sus problemas.
La categoría histórica fundamental es la centralidad de la crisis capitalista, que se manifiesta de muchas maneras. En primer lugar es una crisis mundial, cuyo epicentro se encuentra en Estados Unidos y Europa. En los últimos 25 y 30 años hubieron crisis enormes, por ejemplo, la crisis asiática, la crisis rusa, crisis brasileñas, el 2001 de Argentina y Uruguay – crisis parciales que eran un anticipo, estallidos que señalaban una tendencia, pero ahora el fenómeno toca el corazón del sistema capitalista: la gran banca internacional, la gran industria internacional, las relaciones financieras internacionales y los gobiernos capitalistas de los países más poderosos. Hace dos semanas asumieron dos primeros ministros que nunca fueron electos, que no pertenecen a ningún partido, que no son miembros del parlamento; fueron designados por la banca central europea para ocupar el gobierno de Grecia y el de Italia. Es decir que tenemos dos grandes naciones europeas que políticamente se han transformado en colonias, que no tienen autogobierno y que las caracteriza la ausencia de gobierno propio. Al señor Monti no lo conocía nadie, lo puso Merkel y lo puso Sarkozy. Los políticos italianos han decidido renunciar a gobernar, siendo ellos los electos. Dentro de un año y medio, cuando tengan que ir a elecciones, ¿quién los va a votar cuando ya se sabe que una vez electos, en la función representativa, van a dejar que gobiernen otros, salvo que se sometan a la indicación política de los funcionarios que integran un gobierno no electo? La crisis política es mayúscula; es una crisis de régimen que no es capaz de reconocer ese carácter. Esta es una crisis que abarca a la totalidad de los países, y a todo el entramado de la economía y la política mundiales. Es ‘objetiva’ y es ‘subjetiva’.
El otro aspecto es que es una crisis de sistema, es decir que pone de manifiesto la tendencia del capitalismo a la disolución sobre sus propias bases: los grandes bancos, el Citibank, el UniCredit, el Comerce Bank, el Societe General, el Bank of América, están quebrados, y lo mismo ocurre con los Estados. La única razón por la que esos bancos siguen en pie es porque sus gobiernos emitieron moneda para comprarles los activos que no pueden vender y pagar las deudas que no pueden pagar. Como los Estados (con sus bancos centrales) han absorbido el quebranto de los grupos capitalistas, la bancarrota bancaria se ha fusionado con una bancarrota de las finanzas públicas de los países más poderosos, lo cual, en última instancia, significará el derrumbe monetario – que ya se expresa en el precio del oro y en la interrupción de los préstamos inter-bancarios. La implicancia de esto es enorme, en especial cuando comienza una recesión en China. En la recesión mundial anterior, en 2008, China impulsó un gasto público (25% del PBI) y un chorro de créditos de la banca estatal, en especial a la construcción. Ahora vuelve la recesión, pero China no puede volver a hacer el mismo gasto descomunal de hace tres años, porque están comprometidas las finanzas públicas de China y están comprometidos los bancos; es decir una crisis sistémica, que ha penetrado todos los poros del sistema capitalista.
¿Cómo se puede pensar en política, en luchar por una estrategia, armar una perspectiva, ignorando esto? Cuando Mujica, Dilma Rousseff, Cristina Kirchner dicen “no, nosotros estamos protegidos porque tenemos una política nacional y popular”, uno hasta tiene la impresión de que ni siquiera tratan de engañar al pueblo, sino de que se están metiendo el perro ellos mismos. Todos estos países de América Latina sufrieron la crisis de 2008 con una caída de producción y en este momento todos ellos asisten a una caída vertiginosa de los precios de los productos de exportación y a una salida de capitales. De Argentina, en los últimos seis años, salieron 80 mil millones de dólares en los últimos nueve meses, y hace dos semanas hubo una corrida contra el peso.
De la crisis económia a las crisis políticas
Como ustedes ven, no se puede decir ningún aspecto de la política y la economía mundiales sin abordar la bancarrota capitalista. En mis anteriores presentaciones, en Uruguay, estuve obligado a poner el énfasis en la realidad de la bancarrota capitalista, que muy pocos admitían; hoy estamos tratando acerca de las perspectivas de esta bancarrota - el desplazamiento del énfasis corresponde a un desplazamiento real de la situación histórica del momento. Se ha confirmado un caracterización y estamos tratando de mirar hacia adelante - sus implicancias revolucionarias. Es que esta centralidad de la bancarrota del capital, tiene otro aspecto decisivo, ¿cómo se combina con el desarrollo de un sujeto político que la enfrente en forma victoriosa? Este es el gran tema. Las primeras mediaciones indudablemente son las crisis políticas y la resistencia popular. Hay una tendencia a desvalorizar, a subestimar estos factores. ¿A qué obedece esto? A que el capitalismo ya tiene una historia larga y una larga historia de crisis -incluso de crisis revolucionarias- y a que ha logrado doblegar, al cabo de mucho tiempo y en forma muy penosa, las experiencias revolucionarias triunfantes luego de la primera y segunda guerras mundiales. Se fue aprendiendo que la cosa era más dura, y esto creó, por un lado, escepticismo y, por otro lado, también la necesidad una conciencia más profunda, una teorización más acabada de la lucha de clases. Por es frecuente escuchar “esto ya lo hemos visto, el capitalismo siempre se levanta, el capitalismo siempre esto, el capitalismo siempre lo otro…”, olvidando la frase de que “tanto va el cántaro a la fuente…”.
Estos dos desarrollos de la crisis mundial, el político y la subjetividad popular son manifiestos. Recién mencioné lo que creo que son las crisis más graves, Grecia e Italia. Que un parlamento vote un gobierno de banqueros: Monti pertenece al Chase Manhattan y como ministro de Desarrollo Económico va a llevar Passera, que es el presidente del Intesa San Paolo, el segundo banco más importante de Italia, significa que el sistema político entró en un callejón sin salida. No se podrá renovar sobre sus bases antiguas o precedentes. Los que tendrán que pedir el voto en un futuro serán Monti y Passera, pero para eso tendrían que construir (o comprar) un partido político; pero antes de que logren anexar un partido político van a entrar en los conflictos que han llevado a los partidos políticos a la impotencia absoluta. Es que lo mismo ocurre en el caso de Grecia, donde la jefatura de gobierno fue entregada a un ex funcionario del Banco Central Europeo, que como como hombre también del Chase Manhattan Bank, colaboró en el fraude estadístico cuyo descubrimiento detonó la crisis de Grecia. Van a haber otras crisis, por ejemplo, las encuestas dan perdedor a Sarkozy, esto si llega a las elecciones, que son en abril o en marzo. El gobierno de Merkel también está comprometido porque no quiere salir al completo rescate de Europa, cuando la crisis europea está avanzando con enorme velocidad. En definitiva, la Unión Europea no va a existir más, tal cual como está; comenzó un proceso de desintegración.
Corresponde una reflexión, importante aunque elemental: no es un derrumbe del euro sino del capitalismo. Cuando estalló la crisis, en 2007/08, los Estados europeos reivindicaron al euro, porque les evitó precipitarse en una cadena de devaluaciones de monedas nacionales; ahora lo repudian, precisamente porque no les permite recurrir a ellas. El afán de negar que se trata de una crisis capitalista fuerza inevitablemente a estas contradicciones.
Una bancarrota históricamente única
¿Se trata de una ‘crisis financiera’? En la década de 1950 se necesitaba un financiamiento de 50 para mover un producto bruto de 100 pesos; ahora hace falta un financiamiento de 400. A los que denuncian esta ‘financiarización’, a la que adjudican el desplazamiento de la producción “real” en beneficio de la “valorización financiera”, es necesario recordarles que este es el proceso ‘lógico’ del capital, el mismo que permitió el crecimiento absoluto de la producción material internacional desde el fin de la segunda guerra. El sistema de crédito es un producto del desarrollo del capitalismo y la palanca de ese desarrollo. Antes de alcanzar el estadio de una patología, es la expresión de los límites del propio capital para reproducirse sobre una base creciente; través del sistema de créditos, el capitalismo intenta prolongar su existencia. Con créditos al consumo por un lado, buscó paliar la crisis de sobreproducción; lo mismo con el crédito a la producción y al gasto en medios de producción. Si la capacidad de consumo de los trabajadores, determinada por sus ingresos, no alcanza para absorber la producción capitalista, el crédito al consumo opera como una violación de ese límite. En Estados Unidos, por ejemplo, el crédito al consumo llegó a equivaler el 150% del ingreso de la familia; imagínense la carga de deuda que significar ganar 100 y tener una hipoteca financiera de 150. Eso desató la crisis hipotecaria y la del crédito al consumo en general. Lo mismo ocurrió con la financiación de la producción, cuyo propósito no es solamente superar el límite del mercado sino contrarrestar la caída de la tasa de ganancia por medio del abaratamiento de la inversión de capital (incluidas las reorganizaciones y desmantelamientos de empresas). Por eso, los principales países desarrollaron intermediaciones financieras más directas; las abultadas ganancias industriales, que no encontraban oportunidades rentables de inversión industrial, se volcaron a los mercados financieros, con el resultado ulterior de abaratar el financiamiento industrial y comercial (la privatización de los sistemas jubilatorios y el auge de los fondos de pensión alimentaron fuertemente este proceso). Este desenvolvimiento arribó, por fin, a un estadio patológico y al estallido. Cuando Cristina Kirchner se jacta de que “nosotros defendemos el capitalismo sano, que es el industrial, contra el capitalismo perverso, que es el financiero”, escinde lo que está unido, sin sacar siquiera la conclusión más elemental de su tesis, que sería la de dejar de pagar la deuda externa usuraria.
El hundimiento de la Unión Soviética y la restauración capitalista en la República Popular China, no abrieron una era nueva de capitalismo industrial, en los términos del siglo XIX, sino que aceleraron las tendencias a la ‘financierización’, empezando con la inversión de las abultadísimas reservas internacionales de China en los bonos de la deuda pública norteamericana, incluidas las realizadas en las agencias estatales de crédito hipotecario. Cuando China y las ex repúblicas soviéticas se abrieron de par en par al capital mundial, en lo que parecía una oportunidad histórica sin precedentes para el capitalismo, fue en ese momento en que empezamos a escribir intensamente sobre la inminencia de una bancarrota capitalista. Nosotros pensábamos que esta oportunidad para el capitalismo iba a acelerar la tendencia a la bancarrota. Es que hay una diferencia entre Estados Unidos, Argentina, Brasil o Uruguay del siglo XIX, cuando se abrieron como mercado al capital mundial, con la China que en el siglo XXI se abre al capital mundial. ¿Cuál es la diferencia? La madurez del capitalismo. El capitalismo del novecientos era un capitalismo en formación, cuya expansión lo establecían como sistema mundial. Este es un capitalismo en decadencia, que ha desarrollado todo lo que puede desarrollar; no es un capitalismo en formación, es un capitalismo de monopolios; es un capitalismo parasitario; es un capitalismo que necesita de una cuota de financiamiento insoportable (hipoteca) para mantener el cuadro de producción; el desarrollo de las fuerzas productivas del capital, que es al mismo tiempo una tendencia hacia su desvalorización, entra en contradicción con el sistema de crédito, requiere su expansión sin límite (“las deudas no se pagan, se refinancian”). El capital, bajo la forma de acciones, ha sido desplazado (relativamente, allí donde no operan fusionados) por el capital en forma de deuda, que están en manos de fondos de distinto carácter; son estos los que designan a los ejecutivos de las empresas (no sus dueños) y los que imponen la política a los Estados frente a la crisis; de ahí la característica deflacionaria de las políticas oficiales. Todo esto vale, claro que en condiciones muy peculiares, por ejemplo para China, cuyo sistema bancario está tan quebrado, bajo modalidades diferentes como el norteamericano. China y Rusia aparecen en el mercado mundial como demandantes, pero fundamentalmente también como vendedores, y también se desarrolla en su seno un proceso de crisis capitalista muy vertiginoso porque China carece de una estructura capitalista sólida. Es un país ‘nuevo’ desde el punto de vista capitalista (no históricamente): todavía la banca es estatal, funcionando en forma capitalista; todavía una gran parte de la población agraria vive en comunidades, constantemente hay levantamientos agrarios porque los burócratas proto capitalistas expropian esas comunidades agrarias para desarrollar la propiedad privada capitalista. Todo esto demuestra que esta bancarrota capitalista es históricamente única. Esta dimensión histórica tiene que tenerse presente.
Resistencia popular
Las principales movilizaciones populares, las de mayor envergadura, las más optimistas, las mejor organizadas, las que tienen más conciencia, son las movilizaciones obreras en China, donde hay huelgas absolutamente todos los días, es el país más turbulento desde el punto de vista social en este momento. Ya hay establecida una resistencia popular mundial. No se trata simplemente de las constantes movilizaciones en Grecia, ha comenzado a tener dimensiones planetarias: los egipcios, los tunecinos, los argelinos, los yemenitas, los de Barhein -afectados por el encarecimiento de los precios de los alimentos, producto de la especulación financiera de los grupos envueltos en esta crisis-, y ahora los indignados de Estados Unidos y los indignados de España, o la gran huelga en Inglaterra. Ya no tenemos una resistencia popular localizada, es una resistencia popular generalizada.
Hay otro elemento, más allá de la generalización, que es la madurez. Porque, por ejemplo, en Grecia, frente a la burocracia de los sindicatos, han comenzado a construirse coordinadoras de comités de empresas; es decir que la vanguardia de la clase obrera ha comenzado a adoptar características autónomas de organización sin abandonar las centrales sindicales, porque el propósito siempre es ganar a las masas de trabajadores que están en esas centrales y no dividir simplemente a la central, pero al organizarse de esa manera adquieren una fuerza superior para lidiar en los sindicatos contra el freno de la burocracia sindical, que en casi todos los países está vinculada al gobierno. Por ejemplo, en Italia, Fiat en estos días está firmando un convenio colectivo con casi todas las centrales sindicales que liquida derechos laborales impresionantes. Entonces, tenemos otra resistencia cualitativa: la conducta de los egipcios en febrero no es la conducta de los egipcios en octubre: en febrero todo el mundo lo festejaba porque decía que era la revolución de Facebook y se tiraban flores en las plazas; ahora, nadie habla de Facebook y en lugar de flores se tiran cócteles molotov y, por primera vez en mucho tiempo, aparece una alternativa laica, liberal y democrática en las calles, peleando la masa, entonces entre febrero y octubre ha habido una evolución. Naturalmente, ustedes dirán “bueno, pero la gente no ve todo eso”. ¡Obviamente! Hay que ser un militante, hay que estar dedicado a la causa de la política revolucionaria, pero el hecho de que los demás no lo vean y sin embargo se desarrolle, no quiere decir que no exista y no significa que no influya y que no acicatee toda la conciencia popular. Es un movimiento político excepcional.
El crecimiento de la izquierda en Argentina
Es en estas condiciones que a nosotros nos ocurrió una cosa curiosa, convencidos de este derrumbe capitalista, de que es sistémico, de su centralidad, etc. Teníamos que ir a elecciones. En lugar de tomar el Palacio de Invierno, frente a la crisis capitalista teníamos que ir a una elección. Pero nosotros dijimos que si la centralidad de la crisis capitalista era tal, teníamos que obtener una campaña electoral directamente vinculada a esta crisis capitalista y plantear que la izquierda “anticapitalista” iba a elecciones, para que la crisis la paguen los capitalistas y no los trabajadores; de entrada, con los tapones de punta, dejamos en claro eso. Luego a través de intervenciones muy pedagógicas y mucha creatividad, nos esforzamos por ilustrarla.
La explicación del gran crecimiento electoral de la izquierda, que es el más alto desde el año ’83 -660.000 votos-, tiene que ver con esta profunda insatisfacción de las necesidades populares, esta sensación de una crisis capitalista que le cierra el futuro a la juventud. Por ejemplo, la encuestadora Graciela Römer dice que si solamente hubiera votado el padrón electoral de los que tienen menos de 30 años, el Frente de Izquierda habría salido tercero; quedó en el quinto o sexto lugar; en la edad de los jóvenes, nos llevábamos puesto a Duhalde, Alfonsín y Carrió. Cuando nos preguntaban por qué ocurría esto, respondíamos que era una expresión de la rebelión juvenil que, por ahora, se manifiesta en el terreno electoral, aunque nosotros sabemos que se manifiesta en las fábricas, porque hay un gran desarrollo de agrupaciones fabriles vinculadas a la izquierda que están ganando las comisiones internas en las fábricas. Es decir que es un proceso en su totalidad. Si bien es mucho más profundo lo que ocurre en Egipto, en otro sentido es más profundo lo que ocurrió en Argentina, porque en Egipto son decenas y centenares de miles que luchan por derrocar a los “malos”, y en la Argentina eso todavía no ocurre, en Egipto están buscando una orientación política, y en las elecciones argentinas han votado una orientación política. Cuando mañana en Argentina ocurra lo que pasa en Egipto, en lugar de andar preguntando a los taxistas dónde queda tal lugar, ya van a tener GPS más o menos orientado, porque hay una práctica previa que los lleva en esa dirección. Es decir: para nosotros las elecciones fueron un banco de prueba de nuestra posición revolucionaria. Porque al final, si es correcto lo que pensamos, se tiene que demostrar en la práctica. Y lo logramos, nada menos que en un proceso electoral.
Quiero agregar esto: en esta votación, el oficialismo sacó el 54% de los votos; cuando ocurre un voto plebiscitario la izquierda se perjudica electoralmente. Es en estas condiciones que tuvo lugar nuestra excelente votación. El otro tema es que la otra izquierda argentina votó por el gobierno: el Partido Comunista, que está en el gobierno; el Partido Humanista, que está en el gobierno; y otros partidos lo hicieron por Binner, que ni siquiera se parece a Tabaré Vázquez, porque aunque personalmente piensen igual, Tabaré Vázquez es un resultado atrofiado de un movimiento popular uruguayo, llamado Frente Amplio, que tiene cuarenta años de estructuración política. Binner no es producto de ningún movimiento popular en la Argentina, dirige una provincia dominada por el capital sojero y él ha sido su mayor sirviente. Entonces: Binner y Tabaré Vázquez son gemelos, pero sus estructuras sociales y políticas no lo son; por lo tanto, la izquierda que fue con él -y que había ido con él en la oportunidad del conflicto agrario que hubo en Argentina con relación al precio de la soja-, esa izquierda desapareció de la Argentina como factor político, y la ‘extrema izquierda’ – uso la expresión para descalificar las menciones que nos endilgan (como siempre digo en la prensa argentina que “somos la extrema izquierda, sectaria y ultra” vacuno a mis contendientes, que concluyen que si alguien dice esto tan descaradamente, debe ser una persona perfectamente razonable como ellos mismos). En esta circunstancia, en que el gobierno obtiene un voto plebiscitario y la izquierda democratizante vota a la derecha, nosotros, la izquierda revolucionaria, tenemos esta votación elevada. Hemos ampliado el campo de influencia de la izquierda revolucionaria y hemos atraído al nuestro campo a un electorado sin antecedentes de voto por la izquierda.
El método político de la participación electoral
Naturalmente, si intercambiamos un par de ideas con posterioridad a la charla, podemos profundizar algunos aspectos que ustedes les pueda interesar, pero lo que tiene que ver con América Latina y lo que tiene que ver con Uruguay, la cosa es muy sencilla: hay que desarrollar una oposición política socialista y obrera a los gobiernos existentes. La crisis capitalista se va a llevar puesta a todos los gobiernos capitalistas sean de centroizquierda, de pasado tupamaro, pasado montonero, pasado lo que quieran, porque es una dinámica social imparable. Y hay que oponer, a la salida capitalista, la salida anticapitalista. Nosotros lo ilustramos muy bien porque hoy me di cuenta que muchos de ustedes lo deben haber visto en la televisión, en la publicidad (hoy, en una radio de Montevideo, pasaron la publicidad para ilustrar nuestra campaña). La campaña publicitaria nuestra escenificaba la vida cotidiana de la clase obrera y salidas políticas - hemos ganado, de hecho, la campaña publicitaria. Esto es un fenómeno único, ¿dónde se vio que la izquierda le gane en publicidad a la derecha? La izquierda le gana a la derecha en la extensión de los discursos: la derecha habla menos, la izquierda habla más. Después tiene expresiones complejas para expresarse, pero nosotros le ganamos en la publicidad de 15 segundos. La gente se mataba de aburrimiento viendo la publicidad de todos los demás partidos y se divertía con la nuestra.
En el Frente de Izquierda, compuesto por tres organizaciones, hay visiones muy sectarias o estrechas, por ejemplo, aceptan que hemos tenido un éxito bárbaro, pero están incómodos, les molesta tener éxito en la elección, entonces, ahora que terminaron, se sienten mejores porque vuelven al viejo oficio del trabajo de hormiga (¡que nunca hay que dejar, y que nunca dejamos, incluso en la campaña electoral!). Nosotros hacíamos trabajo de hormiga antes, lo hacemos durante y lo hacemos después: el trabajo sistemático. La participación electoral tiene una tradición fabulosa en el movimiento socialista. Los dos organizadores electorales más grandes fueron Augusto Bebel en Alemania, y Vladimir Lenin en Rusia. Hay un tomo de escritos de Lenin que salió publicado bajo el título: “Lenin como gran organizador de elecciones”, y seguramente debía ser un gran organizador porque el Partido Bolchevique tenía que participar en elecciones, nada menos que contra el zarismo. Cristina Kirchner, imagínense, al lado del zarismo, es un poroto. No se ha entendido que las elecciones y las instituciones parlamentarias, que tienen limitaciones brutales y están al servicio de la burguesía, no son un capricho, son el resultado de una evolución histórica, llegaron donde están como expresión de un desarrollo histórico; solamente las va a superar un desarrollo histórico superior. Pero uno no lo puede simplemente negar, como por ejemplo le ocurre a quien no le gusta lo dulce, que rechaza un chocolate. Tiene que participar porque la experiencia nacional se ha formado en torno a ella. Inclusive hay fenómenos curiosos: el nuestro, de Argentina, y el de ustedes, el uruguayo, donde tuvimos dictaduras militares, y por eso todo el mundo quería volver al parlamentarismo, porque volver al parlamentarismo significaba sacarse de encima a militares, como Álvarez o Videla y Suárez Mason, y todo el mundo gritando “queremos elecciones”. Es decir que, en definitiva, tenemos elecciones porque las conquistó el pueblo; la burguesía que apoyó a la dictadura, las moldeó en función de sus necesidades, recuperó a los partidos preexistentes y dio forma al régimen político.
Comprender la limitación de ese método político de la participación electoral, significa, al mismo tiempo, reconocer que ocupa un lugar, que no obedece a la arbitrariedad. Por ejemplo, yo fui legislador en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, en un momento en que la izquierda conquistó bastantes votos, y se produjo un hecho curioso: con el ingreso de la izquierda en la Legislatura, la calle de la Legislatura empezó a ser invadida sistemáticamente por gente que, por primera vez, pensaban que en la Legislatura podía ocurrir algo porque había gente de izquierda. El ingreso de gente que critica al parlamentarismo potenció el espacio político del parlamentarismo al punto que, en un momento determinado, quedó de manifiesto la limitación del parlamentarismo. Por ejemplo, yo presenté un proyecto de ley para reducir la jornada laboral de los trabajadores del subterráneo de Buenos Aires, hicimos una gran movilización con los trabajadores del subterráneo, peleas, etc., etc., y, finalmente, ocurrió lo increíble: la ley fue aprobada con el 75% de los votos, fue el momento de gloria en esa Legislatura. El jefe de Gobierno la vetó, cuando hubo que insistir con los dos tercios, algo que se daba por descontado porque habíamos sacado los tres cuartos, no apareció nadie, no obtuvimos siquiera la mayoría absoluta, los habían comprado a todos. Quedó claro el agotamiento del parlamentarismo. Sin embargo, esa ley rige hoy en Argentina, porque después que fue vetada hubo una huelga general y, ante la huelga general, tuvieron que sacar la ley bajo otra forma. iMiren qué experiencia! Los obreros, que habían tomado la iniciativa de interesar a la Legislatura en ese proyecto de ley, luego siguieron con pasión los debates, e inclusive se movilizaban para expresar su adhesión -porque estaba en juego algo fundamental para ellos-, cuando vieron la traición del parlamentarismo declararon la huelga general, que es la superación del parlamentarismo como método para imponer las propias leyes; agotaron la experiencia parlamentaria a través de una acción parlamentaria, para pasar a la acción directa.
Una campaña electoral revolucionaria
Lo que hicimos en esta campaña electoral argentina fue buscar unir la conciencia que el pueblo entero tiene de la crisis, por medio de la propaganda, con la crisis como realidad histórica, como una tendencia hacia la auto disolución del capital. y procurar acercar los dos polos, el polo estratégico del derrumbe del capitalismo, y el polo subjetivo, que aún no es realmente estratégico, porque todavía no sabe cómo lidiar con este derrumbe del capitalismo. La revolución social es la unión de lo subjetivo con lo objetivo. En eso debe consistir el trabajo político que nos exige esta crisis mundial, y que debe partir de construir, en primer lugar, una oposición política obrera y socialista al régimen existente –que se transforme en un partido de la clase obrera. No sirve de nada desarrollar querellas internas, como por ejemplo en el Frente Amplio, que gobierna para el capital. Hay que establecer una oposición política obrera y socialista al gobierno del Frente Amplio, que es una alianza de la pequeña burguesía ‘progre’ y la burocracia de la izquierda y los sindicatos con el imperialismo. El país tiene que ver, frente a esta crisis mundial, el planteo anticapitalista, a través de una fuerza organizada. El desarrollo requiere un punto de partida, para clarificar y construir un partido. Uno puede decir “no me gustan los partidos”, pero entonces deberá explicarnos cómo pretende desarrollar una política sistemática para ganar a las masas a la lucha contra el capitalismo, y para hacer frente a su bancarrota. No te gustarán los partidos ¿Pero cómo le vas a dar un carácter sistemático a una lucha? Hay gente a la que no le gusta las computadoras, pero hasta el más anciano termina aprendiendo como manejar una computadora, porque no hay otra variante.
Esta es la caracterización que tiene el Partido Obrero de esta experiencia electoral. De aquí en más atravesaremos una contradicción: el gobierno que ganó con el 54% marcha en forma acelerada a una crisis política. Ya nos quiere meter un tarifazo de los servicios públicos del orden del 300%. Están cayendo los precios de las exportaciones y están saliendo capitales. Lo que se llama una tormenta perfecta; entramos en un período muy importante de lucha.
Señalé en la televisión que en los últimos 15 días tuvimos 10 elecciones sindicales, aproximadamente, donde ganaron compañeros de algún modo vinculados al Frente de Izquierda. En la imprenta del diario Clarín, una lista encabezada por un compañero muy reconocido derrotó a una alianza ultra peculiar entre la patronal de Clarín y los kirchneristas de Moyano, que sin embargo se pelean por la Ley de medios todos los días –una lucha que quizás llegue a su pico en las próximas semanas, cuando el gobierno intervenga la empresa de Clarín y La Nación, Papel Prensa. Estos ‘enemigos mortales’ hicieron frente único contra nosotros en Clarín, y les ganamos.
Es decir esta campaña nos sirvió para politizar por lo menos a un sector de la población porque entre los obreros sucedió algo que hoy lo vi en un libro sobre el Partido Comunista en Uruguay, escrito por un individuo que estudia en Jerusalén. Él cuenta en una parte que en la década del ’30 el Partido Comunista ganaba las elecciones sindicales, pero los obreros que votaban a comunistas en los sindicatos no los votaban en las elecciones generales, lo hacían por los partidos patronales. Esto ya no ocurre hoy. En Argentina empieza a darse el fenómeno de que los trabajadores que nos votaron en las elecciones generales, o que se interesaron por nuestros planteos, se han ido acercando a los núcleos fabriles vinculados al Frente de Izquierda, favoreciendo victorias contra la burocracia sindical.
Ahora, claro, como Frente tenemos estas contradicciones. El esfuerzo que pone el PO para explicar todo esto apunta a refutar el enfoque estrecho de la situación política que es sindicalero en el enfoque de la lucha y sectario en las conclusiones políticas que derivan de la bancarrota capitalista y política mundial, por un lado, y de la relación de esta bancarrota con las masas y las organizaciones de las masas, por el otro. Nosotros hemos hecho una campaña electoral revolucionaria – de ningún modo electorera. ¿Qué tiene de electorero decir que frente a la crisis energética hay que nacionalizar sin indemnización y bajo control obrero las empresas privatizadas y las petroleras y meterlo en un spot de 15 segundos para que a nadie se le escape? No fue una versión clandestina de nuestro programa: figuraba en el horario ‘top’ de la televisión de la campaña electoral. Discutimos planteos semejantes en los medios, con los representantes de la burguesía. En La Nación del lunes, su principal columnista, Carlos Pagni, dice que las acciones del gobierno (tarifazo, en especial) “favorecen a Altamira”. Tampoco hay que exagerar, solamente sacamos 660.000 votos, no estamos todavía para asustar a nadie. La implicancia es sin embargo clara.
Bueno creo es una experiencia política importante que tenemos que profundizar. La centralidad de la bancarrota capitalista fuerza a todos los sectores explotados a replantear la tarea de la revolución socialista internacional.
Bueno, muchísimas gracias.
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