martes, 10 de enero de 2012

De los mercados y el mercado

Antonio Peredo Leigue

Un analista especializado en economía escribió, en estos días, un largo y sesudo artículo contra los detractores del mercado. Les decía, por si no lo sabían, que los aztecas comerciaban con los incas antes que llegasen los europeos a esta Nuestra América. Concluía que, hablar del mercado como una maldición del capitalismo, era desconocer la historia. No usaba esas palabras, pero la conclusión era la misma: el mercado existió desde la prehistoria y seguirá existiendo. Lo que no dijo es que habrá mercado, aunque el sistema económico cambie. Pudo haberlo dicho pues, en forma deliberada, confundió el mercado como lugar de intercambio de productos y el mercado como mecanismo de manejo monopólico de la mercancía que se compra y se vende. Esa diferencia, que conoce muy bien el analista referido, es la que demuestra cómo, el capitalismo, retiene la plusvalía en manos de unos cuantos y deja en la pobreza a la mayoría de la población de este planeta.

Los mercados en que se venden productos perecederos, que pueden podrirse, es un lugar de intercambio que se da con dinero o sin él. Posiblemente aquí se diga que no es el caso de los super-market, donde todo se paga con dinero o tarjeta bancaria; ese tipo de mercado sólo puede existir en el sistema capitalista. ¿Se imaginan un super-market en la Edad Media o el Renacimiento? Sencillamente no podría subsistir. Y aunque lo conozcamos ahora y lo utilicemos ampliamente, tampoco podrá existir en una sociedad socialista; ni siquiera en una sociedad comunitaria.

Pero no es ese el mercado que caracteriza al capitalismo. Se trata del gran mercado, que primero fue globalizador de un país, luego de un continente y ahora se extiende alrededor de la Tierra. Sus componentes son: los productos industriales de los países enriquecidos, las materias primas de las naciones empobrecidas y las bolsas de valores que maneja el gran capital. Desde las bolsas, se determina el precio de unos y otros, de productos industriales y de materias primas. Si hay bonanza económica, los dueños de las bolsas ganan. Si llega una crisis, los dueños de las bolsas siguen ganando. Esa es la estructura que prevalece y seguirá dominando, en tanto el capital maneje el comercio internacional.

En nuestro país, en Bolivia, ese mecanismo sigue funcionando, pese a todos los esfuerzos que se hacen para sacar nuestra economía de su funcionamiento. Es difícil lograrlo y algunos de los que se empeñaron en la transformación, se han debilitado y comienzan a rendirse ante el capital. Es cierto que, allí donde está el capital, están las herramientas, está la maquinaria e incluso están los expertos y los mejores profesionales, aunque provengan de países empobrecidos. De los dueños del capital depende darnos o no, lo que requerimos para salir del círculo vicioso de vender barato y comprar caro en el mercado internacional que está en Nueva York, Londres, Tokio o Hamburgo.

No se trata de discursos políticos. Son las reglas del juego del sistema. ¿Alguna de las potencias industriales nos daría crédito para herramientas o maquinaria productiva? No; por supuesto que no. Están dispuestas a otorgarnos préstamos para obras viales, sistemas de agua y alcantarillado, protección del medio ambiente, incluso educación y salud. De ninguna manera para producción. Estoy seguro que este gobierno, nuestro gobierno, lo ha comprobado reiteradamente.

Un caso que conocemos todos es el intercambio comercial con Estados Unidos de Norteamérica. Nos ofrecen el TLC como un beneficio que nos otorga el poderoso. Pero el Tratado de Libre Comercio entre un país que tiene productos industriales y otro que exporta materia prima y está intentando industrializarse, es un tratado para enriquecer más al poderoso y empobrecer más a los explotados. Es la ley del mercado, del mercado capitalista, no el de incas y aztecas. No se trata de tomates podridos, sino de mercancía que puede abarrotarse con el propósito de aumentar precios. Quien puede hacer eso es el país enriquecido, pues la nación empobrecida debe vender lo que explota para comprar lo que necesita.

Otro caso. La supresión del ATPDEA estremeció a los empresarios, quienes comenzaron diciendo que se perderían, en Bolivia, más de 60 mil empleos. No fue así. Aún más: las empresas que cerraron, fueron muy pocas y pertenecían a empresarios que aprovecharon la oportunidad para trasladarse a otro rubro. Ahora que vuelve a darse la posibilidad de reabrir el ATPDEA, los capitalistas –chicos, pero capitalistas al fin y al cabo- presionan para que nuestro gobierno acepte las condiciones de ese tratado. ¿Cuáles son esas condiciones? Nada tienen que ver con el comercio. Se trata de controlar el cultivo de coca, de rendir cuentas del gasto fiscal, de cumplir con los derechos humanos según la normativa que expide Washington y otras cosas más por el estilo. En otras palabras: nos abren una franja muy delgada de su mercado textil y de manufactura exótica, a cambio de la cual, debemos rendir cuentas de nuestros actos económicos, políticos, sociales y culturales.

De ese mercado se trata, cuando se habla del mercado capitalista. El analista que dijo que el mercado existe desde que los tomates se pudren, sabe muy bien cuál es la diferencia. Es una lástima que haya perdido seriedad en sus análisis.

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