
Octavio Quintero (especial para ARGENPRESS.info)
El último año ha sido mortal para el sistema capitalista que gobierna al mundo, especialmente exacerbado por el modelo neoliberal.
Esto ya no es un sueño de izquierdismo trasnochado, sino pesadilla de unos potentados que andan preguntándose en el centro de Davos 2012: ¿El capitalismo tiene futuro? ¿Es apto para el siglo XXI? Y si lo es, ¿qué debe cambiar?
La cumbre de los más poderosos del mundo se instaló el pasado miércoles 25 de enero en Davos (Suiza) y el tema central: la desigualdad entre ricos y pobres, también indica que los Indignados, han logrado colarse al corazón del monstruo.
Es, por demás, un mentís también a encopetados analistas que profetizaron el fin de la indignación mundial sin pena ni gloria “porque no tenían un mensaje claro”. Cuando la ola de indignados se extendió desde España a Grecia, Reino Unido, Israel, Bélgica y Estados Unidos, surgió el interrogante de qué efecto tangible tendría su mensaje. Fue entonces cuando de entre la multitud de indignados que sitiaron Wall Streat, apareció un NN con una pancarta subliminal en la que se podía leer: “Si antes no tenía nada qué hacer, ahora me ocupo en esto”.
En efecto, la nueva ocupación de los desocupados es luchar por cambiar un sistema (el capitalismo) y un modelo (el neoliberal) que ha arrasado en los últimos años con todas las esperanzas de la clase media y, ni se diga, con las ilusiones de los de más abajo.
El mensaje de los Indignados copa también el debate político del más poderoso de los poderosos del mundo: Estados Unidos.
En torno a la injusticia social, el presidente Obama levanta su campamento: “Podemos conformarnos con un país donde un número cada vez menor de gente tiene mucho éxito, mientras que más estadounidenses apenas cubren sus gastos; o podemos crear una nación donde todos tengan una oportunidad justa", precisó en su mensaje sobre el estado de la Unión, pronunciado el martes 24 de enero.
Y en torno a esta disyuntiva, han ido apareciendo magnates estadounidenses que reconocen, abiertamente, que proporcionalmente pagan menos impuestos que sus secretarias.
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