martes, 10 de enero de 2012

Gabriela Laperrière y su trabajo social

Andrea Oliva (especial para ARGENPRESS.info)

Desde hace unos meses en un cantero en Puerto Madero parece asomar el recuerdo de una mujer, que se encuentra entre las intelectuales pioneras que se preocupó por la clase trabajadora en Argentina.

Recordemos que el 8 de enero de 1907 moría en Buenos Aires Gabriela Laperrière, una francesa comprometida con los problemas de su tiempo.

Estas líneas intentan expresar nuestro reconocimiento también con el objeto de recordar su nombre, porque además de borrarla prácticamente de la historia, en las pocas referencias desaparece su apellido y casi siempre se la menciona como Gabriela de Coni, como si solo mereciera ser reconocida como la “esposa de”.

En este breve artículo, me detengo en algunos hechos que nos interesan como antecedentes del Trabajo Social en Argentina. Otros escritos recuperan varias facetas de Gabriela, aunque generalmente más se ha escrito sobre la figura de Emilio Coni. Menos aún se ha incursionado sobre los 23 años que transita el matrimonio entre Buenos Aires y Paris involucrados en la vida política.

Gabriela con 18 años de edad se establece en 1884 en Buenos Aires con su pareja, el médico Emilio Coni, que había estado ese año nuevamente en Europa participando de congresos y promoviendo la inmigración desde un cargo que ocupaba en el gobierno de la Provincia de Buenos Aires.

En 1892 una decisión clave comienza a mostrar un rumbo distinto sobre los problemas de la vida cotidiana y las formas de intervención desde el Estado.

Para ese entonces había comenzado el financiamiento público para la cobertura de necesidades de la clase trabajadora, que ya daba muestras de su organización con las demandas colectivas que emergen como la “cuestión social” en Argentina.

En el mes de Marzo de ese año, Emilio es designado director de la Asistencia Publica a propuesta del concejo deliberante electo en la ciudad de Buenos Aires. En sus artículos e informes denunciaba la corrupción en los últimos tiempos de ese organismo que tenía 10 años de existencia, la desidia frente a las epidemias y venía presentando duras críticas a la administración y algunas prácticas de la Sociedad de Beneficencia.

Ubiquemos que en 1892, además de no haber leyes laborales, la Asistencia Pública no era una oficina de Servicio Social, ni tenía profesionales que se ocupen de recibir a las personas que se encuentran desempleadas, que son ancianas, que están enfermas, que necesitaban alimentarse o un lugar para vivir en una sociedad que emprendía un importante desarrollo urbano.

Emilio y Gabriela con su hijo de 6 años se van a vivir a la casa de la Asistencia Pública, con la convicción de ponerse al frente de una política transparente y abierta para recibir las demandas.

En esa casa, todos los días por la tarde se había dispuesto un horario para entrevistas donde el público podía dirigirse directamente al director de la Asistencia pública.

Como habrá sido desempeñada esa tarea? Aún queda mucho por indagarse, pero no podemos dejar de imaginar la casa transitada por personas enfermas, en situaciones paupérrimas, sin lugar donde dormir, trabajadores que al perder un mano o una pierna en un accidente quedaban desempleados, mujeres despedidas por estar embarazadas, personas discriminadas por padecer tuberculosis, niños sin hogar e innumerables situaciones que eran contadas desde sus rasgos singulares pero remitiendo siempre a la “cuestión social” en la creciente urbe porteña donde italianos, españoles, rusos, franceses, alemanes, habían venido con ansias de mejorar sus condiciones de vida.

En la Asistencia Publica escucharon historias y se acercaron a las vivencias del Buenos Aires trabajador, pobre, con padecimientos y enfermedades, convalecientes, desamparados, personas que habían perdido sus raíces, su cultura, sus afectos.

Tuvieron que remontar los servicios que prestaba la Asistencia Pública, que venía con sueldos atrasados por meses a sus empleados, ambulancias (y sus caballos de tiro) que eran inservibles, la asistencia domiciliaria que no tenía personal ni vehículos, no había elementos para la desinfección de las casas que se realizaba por las epidemias y la tuberculosis, un solo consultorio central con pocos médicos, las líneas telegráficas inutilizadas… en fin, los problemas de las prestaciones y demás recursos de la época.

No cabe duda que frente a las crecientes demandas cada vez más se agudizaron los problemas de presupuesto en el marco de las contradicciones de la administración pública. A ello se sumaban los enfrentamientos con las “damas” de la Sociedad de Beneficencia por la mala administración de los hospitales.

No faltaron las traiciones ni quienes les dieron la espalda a Emilio y Gabriela. Solo 13 meses duró esa experiencia en la Asistencia Pública, y al asumir Miguel Cané como intendente, el matrimonio decide irse a vivir a Francia.

Ese tránsito por la Asistencia Pública había dejado al matrimonio endeudado porque había pagado salarios de su bolsillo, se sentían derrotados y por eso buscan otro horizonte.

La tarea intelectual que empezaba a desarrollar Gabriela, con 27 años de edad, encontró otros insumos en los dos años que vuelve a residir en París.

A fines de 1895, de regreso al país, Emilio sufre un ataque cerebral que lo deja convaleciente por varios meses. En ese tiempo Gabriela respondió a solicitudes que le llegaban a Emilio que estaba semi-hemipléjico.

Es a partir del 24 de agosto de 1901 que Gabriela cumple una tarea que queremos resaltar, cuando es designada por la intendencia de Buenos Aires para realizar un estudio y presentar informes sobre las condiciones de trabajo de mujeres y niños. Gabriela, entre otras cuestiones, había tomado conocimiento en París de la actividad de las inspecciones de trabajo, y el relato de esas experiencias le servirá para desempeñar la tarea que le esperaba con las patronales que escondían a los niños para evitar que ella los registre en sus informes.

Gabriela no solo va a los lugares de trabajo sino que transita barrios, visita ranchos y conventillos, presencia numerosas situaciones de indigencia, personas comiendo de la basura, enfermos de tuberculosis.

La preocupación por la salud y la alimentación se evidenciaba también en su tarea educativa realizada en la Liga Argentina de lucha contra la Tuberculosis. A esa institución le hace llegar una sus propuestas para la creación de las cocinas populares.

“En el desempeño de mis funciones como inspectora, he podido comprobar a la salida del mediodía de los talleres, cuan defectuosa es la manera de alimentarse de gran número de nuestras obreras y niños menores”.

Tomando como ejemplo distintas organizaciones europeas, propone hacer un ensayo en Buenos Aires, resaltando que no se requerían muchos recursos, dado que al ser barata la carne (a diferencia que en Europa) con una mínima instalación podrían brindarse raciones de comida al costo para las mujeres obreras, evitando entre otras cuestiones la doble la jornada de quienes tenían que correr a sus casas para hacer la comida. Otra propuesta era la creación de salas-cuna en lugares de trabajo para que las trabajadoras pudieran amamantar a sus hijos.

El acceso a los servicios urbanos se evidencia como otro factor de preocupación sobre la vida cotidiana. Los contrastes entre la ciudad que se vanagloria del desarrollo de la infraestructura y equipamiento urbano se contrasta con los barrios que habitan quienes viven inclusive de los desechos. En febrero de 1902 decía:

“De un lado electricidad bajo sus diversas formas, pavimentación lisa, provisión agua y cloacas; y del otro, pantanos, humo infecto y acre de la quema, olores pestíferos de las graserías, curtiembres, porquerizas y mataderos”.

En ese año Lola Mora había terminado la fuente de las Nereidas que debía ser colocada en el centro de la Plaza de Mayo. Acaso Gabriela cual nereida de la mitología griega, quería emerger de las profundidades para rescatar a aquellos que necesitaran. Pero así como la fuente no fue ubicada en la Plaza de Mayo, el conservadurismo no dejó solo que los desnudos cuerpos de la fuente sean expuestos sino que hizo que se borrara todo lo que pusiera en evidencia lo que la producción capitalista generaba en la sociedad.

Gabriela se indignaba frente a los precios de los alquileres que se cobraban para habitar miserables chozas:

“Pregunto al ser más egoísta, más indiferente, aún al que critica la trabajador, que le condena y acusa de turbar con sus ambiciones el orden social: ¿qué merece el capitalista que abusa hasta este punto de la miseria, de la salud y del dinero del pobre, ganado con tanta pena?”

Nadie le contó lo ocurre en ese otro Buenos Aires, describe lo que observa, lo que escucha de los relatos de vida de quienes visita.

Presenciar las condiciones de indigencia la conmueven y perturba su forma de vida.

“De repente, delante de esa procesión de miserables, mi vestido, sin embargo sencillo, paréceme insolente, mis guantes queman mis manos, el abanico pesa como plomo en mis dedos, cierro mi sombrilla: tengo vergüenza”.

Si la profesión de Trabajo Social nació con el título de “visitadora”, indudablemente Gabriela fue pionera en una modalidad de visitas que ponían en el horizonte los intereses de la clase trabajadora en lugar de la acción controladora sobre la moral de los que menos tienen.

Además de ser su tarea con un cargo ‘ad honorem’ no tenía el respaldo del poder político para las funciones que desempeñaba en relación a los lugares de trabajo. Dejemos que nos hable la misma Gabriela lo que ocurre cuando al no dejarla ingresar a un taller textil, regresa acompañada por un inspector municipal

“ …en vez del bulldog que nos recibió la primera vez, vimos un ángel vestido de joven, con rosa en el ojal y en las mejillas, que ruborizándose cual virgen, con voz suave, nos dijo ser imposible la inspección ese día. ¡Pobre inspector municipal¡ Tenía yo más ganas de reír de su situación, que de la mía. Para mitigar la afrenta, el joven, hijo del patrón, añadió que volviésemos otro día, pero avisando siempre de antemano el día y hora”.

Su tono irónico no corresponde a unas notas de su registro de campo o a unos apuntes propios de los sucesos, sino que corresponden a artículos publicados en los diarios porteños, y en este caso la nota fue publicada en La Nación. Continuando con su relato, dice:

“En aquel momento esa manufactura, que ocupa a más de mil obreros, trabajaba para el ejército. Era época álgida con Chile, y se hubiera podido creer en algún secreto de fabricación que se debía guardar. Pero no eran armas las que elaboraban sino calzoncillos. Y como cada cual saca la altanería de donde puede, de la confección de esas prendas íntimas sacaba la suya el protegido del gobierno, no recibiendo a dos empleados públicos”.

En ese artículo publicado en 1903, Gabriela denunciaba a Joaquín V. González que se escudaba en la falta de datos para no presentar la propuesta sobre legislación laboral.

Gabriela había elaborado un informe en cuatro partes con recomendaciones para la legislación laboral.

“… 105 patrones que nos dejaron visitar sus establecimientos ‘por pura cortesía’, confiando quizás en nuestra impericia. Retribuimos mal la complacencia, es cierto, por tratarse de intereses muy superiores a ella”.

En mayo de 1902 presenta el proyecto de ley de protección del trabajo de las mujeres y niños, luego de haber recorrido empresas y talleres donde había detectado numerosas situaciones de trabajo indignas.

Este proyecto es presentado en el congreso por Alfredo Palacios, sancionándose en 1907 después de fallecida Gabriela. Ella había participado de la campaña electoral y había contribuido al logro de incorporar al congreso al primer diputado socialista de America Latina en 1904.

Ese año, seguramente es un momento de inflexión en su praxis, principalmente con la participación activa como delegada en las negociaciones de una larga huelga de mujeres. Al año siguiente escribe

“Para el proletariado la lucha parlamentaria, tan cortés, tan burguesa, tan desigual como número, tan desalentadora como resultado, lo impulsa a llevar a otro terreno su lucha de clases”.

Había dejado la tarea en el municipio y comenzado una práctica política militante, para mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora, sumándose a las organizaciones partidarias y sindicales, procurando cambios revolucionarios en la sociedad.

No llegó a desarrollar su participación desde esa perspectiva, ni siquiera llega al 7 de marzo a cumplir sus 41 años ni a conocer la conmemoración internacional del 8 de marzo.

La historia de la profesión de Trabajo Social ha escrito sobre sus orígenes en Estados Unidos, y no precisamente en las luchas de la clase trabajadora de ese país sino en personajes vinculados a las organizaciones de filantropía a quienes se las considera pioneras. Otros buscan a los pioneros en el santoral de la iglesia católica o en los pastores protestantes. Pero la historia como dinámica de la sociedad, no solo en lo que respecta a la sucesión de gobiernos o cambios económicos, sino de lo que surge de la vida cotidiana, lo que se mueve por las necesidades y como se busca cubrir la alimentación, la vivienda, la vestimenta, el transporte, la salud, y como en esa búsqueda emergen las organizaciones autónomas de la clase trabajadora, en esta historia: los pioneros son otros.

Como trabajadora social me inclino a ubicar a Gabriela entre las pioneras que, como otras mujeres extranjeras, se sumaron a las luchas de la naciente clase obrera en Argentina.

Foto: Gabriela Laperrière con obreras en huelga.

Andrea Oliva es Doctora en Trabajo Social, profesora de la carrera de Trabajo Social e investigadora del Grupo de investigación y Acción Social de la Facultad de Ciencias Humanas-UNICEN (Tandil).

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