viernes, 20 de enero de 2012

Ilusiones recicladas

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

La crítica de la izquierda europea de hoy alude al desempeño del capitalismo, no a sus esencias. No será con apreciaciones subjetivas y excesivamente optimistas que parten de premisas probablemente erróneas acerca de una presunta revolución anticapitalista como se profundizará la conciencia política de las masas; sino que puede ocurrir lo contrario. En política nada es tan desmovilizador como las decepciones y las expectativas no cumplidas.

Sobrevalorar coyunturas y actores y forzar interpretaciones para atribuir un desmesurado papel en los procesos políticos globales a fenómenos como el de “Los indignados” en lo que algunos quieren percibir una expresión de “lucha de clases”, un movimiento anticapitalista y los albores de escenarios revolucionarios en escalas que no existen, lejos de contribuir al desarrollo político de los pueblos, puede obstaculizarlo. Las lecciones de la historia están a la vista.

Nada caracterizó mejor a la Europa de los siglos XIX y XX que las masivas, enérgicas y fundamentadas luchas obreras; así como el auge del socialismo y el comunismo. En respuesta a demandas reales surgió el Manifiesto Comunista (1848), el documento político de mayor calado de la época, se creó la Asociación Internacional de Trabajadores (1864), hasta hoy la organización obrera mundial más relevante y autentica y tuvo lugar la Comuna de París (1871), el primer ensayo de gobierno popular.

Como parte de aquel mismo proceso surgieron los sindicatos modernos y los partidos obreros socialistas de matriz inequívocamente marxista, llamados socialdemócratas y bajo la influencia del papa León XIII contemporáneo con Marx y autor de la encíclica Rerum Novarum, hasta hoy el documento político más importante de la Iglesia católica, se fundó el movimiento socialcristiano y en 1889, Centenario de la Revolución Francesa se constituyó la II Internacional.

Acogido por las fuerzas y las vanguardias políticas europeas, a pesar de la ferocidad conque fue confrontado por la reacción que lo demonizó, en un periodo brevísimo, el marxismo, la más ilustrada critica al capitalismo y sus propuestas estratégicas se difundieron por todo el mundo, propagándose por Europa, Asia, Iberoamérica y los Estados Unidos.

Por esos caminos, asociado con situaciones coyunturales especificas de Rusia de principios del siglo XX y el liderazgo de Lenin, que realizó una ciclópea labor de propaganda socialista, convirtió aquellas ideas en hechos de masas y en movilización política que condujeron al triunfo de los bolcheviques en 1917, al proclamado inicio de la construcción del socialismo en la Unión Soviética, empeño que con particularidades se desplegó también en China y Europa Oriental.

En un momento crítico de aquel proceso ideológico y político, caracterizado por más de 100 años de ascenso prácticamente ininterrumpido del movimiento político de masas, se produjo un evento político inesperado y negativo cuya magnitud logró revertir los avances alcanzados en un siglo de luchas revolucionarias; se trató del stalinismo que dio lugar a un sin número de tendencias negativas que al combinarse con la hostilidad imperialista, dieron al traste con la Unión Soviética y con el socialismo real, que en su caída arrastró a la izquierda tradicional europea, asiática y latinoamericana.

Mientras que, superado el período fascista, en la Unión Soviética ciertas corrientes del partido comunista fracasaban al impulsar reformas para deshacerse de la rémora stalinista y no sólo dejaron sin resolver los problemas acumulados, sino que generaron otros; en el occidente europeo, floreció un extraordinario movimiento obrero formado por poderosas organizaciones sindicales asociadas a los no menos influyentes partidos comunistas, socialdemócratas y socialcristianos, proceso que con matices y escalas propias alcanzó a Iberoamérica y los Estados Unidos.

Como si hubiera existido un conjuro diabólico, en cuestión de meses, los partidos de izquierda y las centrales obreras integrados por millones de afiliados, simpatizantes y activistas que en prácticamente toda Europa Occidental eran capaces de movilizar a decenas de millones de trabajadores, paralizar mediante huelgas a ramas y países enteros, retar electoralmente a la derecha e imponerle condiciones a los gobiernos y a los capitalistas, desaparecieron sin dejar apenas rastro.

En la medida en que no han existido fuerzas políticas avanzadas capaces de reflexionar sobre todos esos procesos y extraer de ellos conclusiones certeras, la humanidad se enfrenta a un período de crisis globales, sin herramientas teóricas, experiencias prácticas ni referentes históricos que le permitan forjar sus organizaciones y sustanciar su quehacer; de ahí que cierta izquierda, que no ha logrado ella misma deshacerse de los enfoques tradicionales, intente aplicar su envejecida conceptualización a expresiones nuevas porque obedecen a realidades inéditas.

No debe dejar de anotarse que la existencia de elementos aislados que reivindican la certidumbre de algunos enfoques de Carlos Marx, no significa una conversión, sino un reconocimiento a la viabilidad del método y la aceptación de ciertas afirmaciones acerca del funcionamiento del capitalismo y no una tendencia a compartir sus conclusiones políticas.

Es demasiado pronto para alentar resultados y demasiado peligroso levantar expectativas que pueden conducir a nuevas decepciones. Orientar a las masas no implica necesariamente festejar sus tendencias espontaneas no pocas veces hijas de la desesperación y del desconcierto. Allá nos vemos.

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