viernes, 13 de enero de 2012

Requiescat in pace

Octavio Quintero (especial para ARGENPRESS.info)

La potencia nuclear de Irán (si la tiene), es una pulga en medio de abejas. Del fin del mundo apocalíptico al fin del mundo nuclear.

Ahora que estamos de Fin del Mundo en el calendario Maya, y que nos visita por los lados de Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Cuba el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, con su reto nuclear al Imperio, vale la pena recordar una conferencia del científico norteamericano Alan Robock hace poco más de un año (14 de septiembre de 2010), en la Habana, que ni siquiera registró el 1 por ciento del total del despliegue informativo que se le ha dado a la visita por estos lares del mandatario iraní.

Nos hemos acostumbrado a hablar del fin del mundo desde el Apocalipsis, y nos resulta lo más normal porque, como eso parece inexorable en términos religiosos, pues, “que se haga la voluntad de Dios”…

Al cabo de los tiempos, este fin del mundo se va pareciendo más a una decisión humana que divina. Y, ahí es donde debiéramos empezar a aterrarnos porque, si no sabemos para cuando Dios nos tenía proyectado este fin, ahora sí sabemos, a ciencia cierta –como dicen-, que el fin del mundo puede estar en las manos de un loco que a cualquier momento le dé por hacer clic sobre una ojiva nuclear…

A partir de Hiroshima (6 de agosto de 1945), primera muestra masiva de potencia nuclear, el mundo se ha llenado –en sólo 67 años después-, de bombas atómicas cuyo poder actual convertirían en un pinchazo de alfiler a aquella monstruosidad de entonces.

Si ese loco hiciera estallar hoy sólo el uno por ciento de las bombas atómicas que existen en el planeta, las ciudades arderían durante semanas e incluso meses, extendiendo una vasta nube de cenizas que pintaría el cielo de negro. Los hongos de las explosiones termonucleares elevarían nubes de polvo y humo a altitudes estratosféricas, donde permanecerían en suspensión durante años, velando la luz solar. Las temperaturas en la Tierra bajarían drásticamente a las pocas semanas. Por lo menos durante uno o dos años, la insolación sería débil. Tras este desastre, emergería un mundo helado y yermo en el que el 90 por ciento de las cosechas mundiales quedarían malogradas y la capacidad de generación de energía habría disminuido a más de la mitad. Sin medios para calentarse, las ciudades se convertirían en témpanos de cemento y sus habitantes, los que hayan podido sobrevivir hasta entonces, sometidos a la hambruna.

Estados Unidos aprovecha la controvertida visita de Ahmadineyad a Suramérica, para hacernos creer que ese es el loco encerrado en el laboratorio nuclear. No, locos más potentes andan dispersos por todo el mundo con un arsenal mil veces superior al del iraní.

Las armas nucleares detectadas en el 2008 dejan una lista de 9 países con la siguiente potencia en número de ojivas:

Rusia, 14.000; Estados Unidos, 9.400; Francia, 300; Gran Bretaña, 200; China, 176; Israel 116; India, 85; Pakistán, 52 y, Corea del Norte, 10 (sin confirmar). No aparece Irán. Luego, pudiéramos considerar que lo de Irán es pura bulla, como fue lo de Irak.

En la mencionada conferencia, Robock, del Departamento de Ciencias Medioambientales de la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, junto a un equipo de prestigiosos investigadores norteamericanos y rusos, confirma la teoría del “invierno nuclear”.

Bastaría, entonces, con un pequeño conflicto entre la India y Pakistán, dos países que poseen armas de esa naturaleza, para que se hiciera realidad la pesadilla.

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