viernes, 13 de enero de 2012

Una guerra psicológica en torno a Irán

Fiodor Lukiánov (RIA NOVOSTI, especial para ARGENPRESS.info)

En el primer número de la revista estadounidense ‘Foreign Affairs’ salta a la vista un artículo bajo un título provocador y simbólico: ‘Es hora de atacar Irán. ¿Por qué un ataque es la opción menos mala? ’ .

Irán fue el tema clave al cierre del año 2011 y sigue centrando la atención al inicio del año 2012.

Las intenciones de los países occidentales de imponer un embargo sobre el petróleo iraní han provocado amenazas por parte de Teherán de cortar el Estrecho de Ormuz, en el Golfo Pérsico, un paso marítimo extremadamente importante para el transporte del petróleo. Estados Unidos, por su parte, advirtió de que contestaría con una operación militar: la libertad de navegación es uno de los pilares del poder mundial norteamericano, por lo que Washington nunca admitirá que alguien la intente menoscabar. Está desarrollándose una guerra psicológica, y el objetivo de cada una de las partes es mostrarse dispuesta a luchar hasta las últimas consecuencias.

Y digo mostrarse porque seguramente esperan evitarlo.

¿Por qué el conflicto se agrava precisamente ahora? ¿Será porque Irán logró un gran progreso en su programa nuclear? Es poco probable. Es verdad que el comportamiento de Teherán es provocador: recordemos, por ejemplo, su declaración sobre una pronta puesta en marcha de una nueva planta de enriquecimiento de uranio.

Pero incluso el secretario de Defensa de Estados Unidos, Leon Panetta, dijo hace unos días que, según la información de que disponía, Irán no estaba construyendo armas nucleares, aunque sí la infraestructura para hacerlo. Hay que decir que los militares estadounidenses de nuevo, al igual que hace un año en el caso de Libia, no están entre los partidarios más activos en favor de una guerra. El propio Panetta cree que medidas como la presión diplomática y económica sobre Teherán ya son bastante eficaces.

El crecimiento de las tensiones se debe a que por primera vez en largos años de discusiones en torno a las ambiciones nucleares iraníes se combinan dos factores: uno, global, el planteamiento de no proliferación, y otro, regional, que es la oposición entre los regímenes sunitas de los grandes países árabes y el Irán chiita, agravada a raíz de la Primavera árabe. Estados Unidos, ante todo, está resolviendo el problema de carácter global. Un Irán con un arma nuclear perjudicaría seriamente el prestigio de Washington, que lleva 15 años insistiendo en que eso no se puede admitir. Pero para Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes y otras monarquías árabes está en juego el predominio regional. La destrucción del régimen de Sadam Hussein, el principal contrapeso para la influencia iraní, como resultado de la invasión estadounidense en 2003, condicionó afianzamiento de Teherán. La primavera árabe permite tomarse la revancha: el régimen de Bashar al Asaad, el principal partidario de Irán en la región y patrocinador del
movimiento chiíta en el Líbano, Hezbollah, está cayendo. Si el poder en Siria cambia, el balance regional, ya muy desequilibrado, variará definitivamente.

Para Estados Unidos la situación es un problema con dos caras. Por una parte, empleando la terminología del ex Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, podríamos decir que está apareciendo una coalición de voluntarios: las monarquías árabes, Israel, Estados Unidos Cada uno aspira, por sus propios motivos, a cerrar la cuestión iraní.

Por otra parte, Washington corre riesgo de verse involucrado en una complicada intriga en torno a Irán, en la que el papel de líder pertenece a los países árabes, sobre todo las monarquías ricas del Golfo Pérsico. Pero no es un momento oportuno para verse metido en asuntos iraníes después de que Barack Obama declarara, con mucha solemnidad, que el decenio de guerras ha terminado.

¿Cuál es la postura de Rusia? Moscú tradicionalmente se pronuncia en contra de una presión dura y, tanto más, en contra de las operaciones militares. Rusia parte de la idea de que es inadmisible interferir en los asuntos internos de cualquier estado, teniendo en cuenta que a menudo el pretexto y el objetivo real no coinciden (como sucedió en los casos de Iraq o Libia). Este principio fue violado por Moscú sólo una vez, en el caso de la cuestión de Libia.

Conociendo la manera de actuar de la diplomacia iraní, podemos suponer que después de haber demostrado lo convencidas que están las autoridades del país volverá a la nueva "ofensiva pacífica" con nuevas propuestas para la comunidad internacional, dirigidas en primer lugar a Moscú y a Pekín: así ocurrió en otras ocasiones. Pero nada indica que Rusia sea una defensora activa de Irán en cualquier caso. Así, por ejemplo, el ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia acaba de expresar su disgusto en relación a las declaraciones de Teherán respecto a la puesta en marcha de una nueva planta de enriquecimiento de uranio: no se puede pasar por alto la voluntad de la comunidad internacional.

Si dejamos a un lado los razonamientos de carácter ideológico, así como las simpatías y antipatías, una intervención bélica en Irán puede resultar provechosa para Rusia. Es muy probable que dicha acción retrase la obtención de armas nucleares por parte de Irán. Y es que ni Moscú ni otras partes del conflicto quieren ver un Irán nuclear. La intervención dará un fuerte impulso a los precios del petróleo, lo que está bien para Rusia, por lo menos, a corto plazo. Además, si Estados Unidos se entrampa en el conflicto, será mucho más complicado para los estadounidenses entrometerse en lo que ocurre en el territorio de la antigua Unión Soviética. Y cuanto más complicada sean las cosas para Estados Unidos en Eurasia Central, más dependerá de la ayuda de Rusia. Lo vemos ya en el ejemplo del tránsito por Afganistán. En el caso de Irán puede resultar aun más interesante, convirtiéndose Rusia en un socio indispensable.

Sin embargo, parece que por ahora tanto Teherán como Washington se abstienen de cruzar el límite entre debates retóricos y actos irreversibles. Aunque, dada la confusión total a nivel internacional, hacer unas previsiones acertadas resulta una tarea imposible.

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