lunes, 13 de febrero de 2012

Argentina: Espectadores

Miguel A. Semán (APE)

En Florencio Varela mataron a un hombre que quiso evitar que le robaran una pileta de lona. Un chico de 20 años cayó muerto de un balazo en la puerta de un boliche de Constitución y otro de 18 fue apuñalado por un adolescente de 17 en una pelea callejera en Rafael Castillo. Un pibe de 14 años recibió un balazo en la cabeza al quedar en medio de un tiroteo entre dos bandas de narcotraficantes en un barrio de Rosario. En Entre Ríos un cumpleaños terminó con la muerte de un adolescente de 13 años de un tiro en la cabeza.

Las noticias aparecen en los diarios del 31 de enero de 2012, pero podrían no llevar ninguna fecha, ya que dentro de pocos días volveremos a encontrarlas, con otros nombres y en diferentes lugares, como si la misma obra de teatro girara por los barrios reclutando actores de una sola gala.

Una investigación del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA dice que durante el período 2009 – 2010 los pobres fueron quienes sufrieron “más robos, hurtos y ataques, por ejemplo, de patotas”. Hablando en números, mientras en 2009 el 16 % de los consultados dijo haber sido víctima de algún delito, en 2010 la cifra trepó al 25 %.

Los más vigilados en la ciudad de los otros quedan desprotegidos, librados a su infalible mala suerte cuando caminan por sus propias calles. El control de arriba genera y arrincona a la violencia de abajo que acaba por explotar, como una granada retenida demasiado tiempo en la mano, en los patios de atrás de la pobreza.

Bandos, barras, hinchadas, sectas, grupos y patotas se disputan a tiros el escenario de una obra que un autor despiadado ha escrito exclusivamente para ellos. Una tragedia donde los que mueren se mueren para siempre y los que sobreviven celebran rápido, antes de que les caiga la bala o el puntazo.

Alguien dirá que ése es el destino de todos los hombres: Morir o esperar la muerte. No siempre es así. Los familiares del pibe asesinado en Rosario decidieron donar sus órganos y salvaron las vidas de cinco personas. Un lector del diario La Nación escribió este comentario: “¿Vieron? Al final el pendejo sirvió para algo”.

Mientras unos mueren otros se divierten con el espectáculo.

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