martes, 27 de marzo de 2012

Conozcan a Ghrelina: La hormona que cura la ansiedad con comida

CONICET

Frente a la tensión nerviosa, aumenta el hambre como forma de canalizarla. Los científicos buscan inhibir esa respuesta, pero sin causar efectos negativos sobre los estados de ánimo.

Para muchas personas, la relación entre estrés y desórdenes alimentarios es indiscutible, y la perciben con frecuencia. ¿Quién no atravesó alguna vez una situación tensionante y encontró el camino para encauzar la ansiedad en la ingesta desmedida de comida? O bien, todo lo contrario, experimentando un nudo estomacal que le impide probar bocado.

Diversos estudios se han ocupado de analizar los mecanismos por los cuales, en determinadas circunstancias de estrés, algunas personas adelgazan y otras engordan. En este sentido, los índices más preocupantes a nivel mundial son aquellos que reflejan el aumento de la obesidad; según la OMS, el 65% de la población mundial vive en países donde el sobrepeso se cobra más vidas que las deficiencias nutricionales.

Entre los que perfilaron sus estudios hacia esta problemática, se encuentra un grupo de investigadores del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) en el Instituto Multidisciplinario de Biología Celular (IMBICE) de La Plata, que recientemente publicó en la revista Public Library of Science One (PLoS One) un trabajo acerca de los circuitos neuronales involucrados.
Doble efecto

Liderados por el doctor Mario Perelló, lo que descubrieron los expertos a partir de pruebas en ratones es que una misma hormona, llamada ghrelina, actúa a nivel cerebral tanto sobre el estrés como el apetito, y de ahí que ambas cuestiones estén tan estrechamente ligadas. En concreto, los estudios indican que esta hormona, producida por el estómago y transportada por la sangre, se encarga de regular las dos razones por las cuales comemos: para ingerir calorías, y por placer. A su vez, también influye sobre los estados de ánimo negativos, como el estrés, la ansiedad y la depresión. Toda esta múltiple influencia tiene lugar en un mismo punto: el hipotálamo.

Ahora bien, dado que en períodos de estrés aumenta en sangre la cantidad de ghrelina, se intensifica el estímulo sobre el apetito, y por eso aumentan las ganas de comer, no por necesidad, sino por placer y para calmar los nervios. La solución, entonces, está a la vista: inhibir el papel de la ghrelina, culpable de la glotonería que ataca en ciertas circunstancias. Sin embargo, esa intervención podría tener severos efectos adversos.

“Dado que la ghrelina regula el apetito y la respuesta al estrés, si la frenamos afectaríamos no sólo la ingesta de alimento sino también los estados de ánimo negativos, y se incrementaría la sensibilidad a sufrirlos”, explicó Perelló, y agregó que desde la industria farmacéutica ya hay quienes están trabajando en medicamentos para bajar de peso actuando sobre la ghrelina. Un buen ejemplo de las consecuencias que tendría esta solución a medias, de acuerdo a la explicación del investigador, es lo que sucede con las personas que han sido sometidas a la cirugía bariátrica, en la que se reduce el tamaño del estómago, justamente el órgano que produce la hormona en cuestión. “Los médicos nos han dicho que los pacientes operados pierden el placer por la comida; no comen porque no tienen ganas”, apuntó.

Disociar mecanismos

Los estudios que arrojaron estas conclusiones fueron realizados en ratones, y consistieron en someter a los animales a situaciones de estrés e inyectarles ghrelina, para analizar luego cómo se comportaban con respecto al alimento. Se vio entonces un aumento marcado en el apetito.

Actualmente, los esfuerzos del equipo están abocados a determinar en detalle los mecanismos celulares y moleculares a través de los cuales la hormona actúa en el cerebro. La intención es disociar sus dos funciones, para poder controlar la acción que tiene sobre el hambre, sin profundizar el estrés.

Además de Perelló, bioquímico de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), participan de las investigaciones la licenciada Agustina Cabral, la doctora Olga Suescun y el doctor Jeffrey Zigman. Cabe destacar, en este sentido, que la financiación partió de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, la Fundación Florencio Fiorini y la International Brain Research Organization.

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