lunes, 12 de marzo de 2012

Hacia las utopías revolucionarias (XXIV): Un regreso complicado

Manuel Justo Gaggero (especial para ARGENPRESS. info)

Cuándo el avión comenzaba a descender en el aeropuerto de Praga, mi preocupación aumentaba, ya que no tenía la certeza de que me esperaran los compañeros de la Embajada de Cuba en este país y, no sabía, como les iba a explicar a las autoridades migratorias checas que no quería que me sellaran el pasaporte, para evitar problemas en el ingreso a la Argentina.

Al mismo tiempo, me reía solo, recordando lo que pensaba en los años 40 cuándo tenía 9 años de los países de la "Europa del Este".

En esa época, a sólo cuatro años del final de la guerra, la propaganda anticomunista era muy intensa.

Los medios de información, básicamente radios y diarios, que eran los únicos existentes, hablaban de una "cortina de hierro" que dividía a estas naciones, de las de Europa occidental.

Con la imaginación infantil suponía que era como la "muralla china". Por su lado alguna literatura, recomendada en la escuela, describía, a los que vivían en estos países, como habitantes carentes de todo avance tecnológico.

Por otra parte en mis meditaciones recordaba que ese país era muy joven. Había nacido el 18 de octubre de 1918, luego de la primera guerra, al lograr la independencia del imperio austrohúngaro.

Tenía un importante desarrollo industrial y abundantes recursos minerales.

En marzo de 1939 fue invadido por la Alemania nazi.

Los invasores enviaron a los campos de exterminio a miles de judíos y de gitanos que habitaban en este territorio.

Los checos constituyeron un gobierno en el exilio, encabezado por Edward Benes, que fue reconocido por los aliados y que suscribió un acuerdo con la URSS.

Por su lado los eslovacos se unieron a los invasores y sus tropas combatieron en el frente ruso, junto al ejército hitleriano.

En 1944 fueron derrotados los nazis por el avance del Ejército Rojo regresó al poder Edward Benes, apoyado, además por las tropas eslovacas que se habían sublevado, derrocando a las autoridades pro nazi, de esa región.

La aeronave ya había desactivado sus motores y comenzaba el descenso de los pasajeros, que éramos traslados al hall del aeropuerto en el medio de una intensa neblina y de un frío que calaba los huesos.

Por suerte, antes de partir, los compañeros cubanos me habían proporcionado ropa de invierno, ya que si bien había comenzado la primavera, todavía la temperatura era muy baja.

Abonando mis suposiciones nadie me esperaba. Me puse al final de la fila y pensé que hacer, como evitar que me deportaran ya que carecía de visa, dónde ir en el caso de que esto no sucediera.

Los nervios me estaban consumiendo. Se trataba de un país amigo, que tenía fuertes lazos con Cuba y cuyas autoridades sabían de que era, este aeropuerto, el tránsito obligado de todos los que habíamos viajado a la "isla del lagarto verde" en búsqueda de preparación, para llevar adelante la Revolución en nuestros países.

Cuándo llegue frente al funcionario de Migraciones intenté explicarle en un inglés de secundario, que esperaba a compañeros cubanos que me tenían que recibir y alojar.

No sé si me entendió pero me hizo seña de que me quedara a un costado.

Luego de más de dos horas, que a mí me parecieron una eternidad, apareció un mulato cubano que se identificó como Francisco, que sonriendo me preguntó como estaba y se disculpó por la tardanza.

Me entregó una visa volante para usar en mi estadía, conversó, largamente, en checo, con el funcionario de ese país y una vez completada la documentación y retirado el equipaje, nos dirigimos, en su automóvil, al centro de la ciudad.

Le pregunté como hablaba tan fluidamente un idioma que me parecía tan complicado. Me contestó que, pese al color de su piel, su padre era de ascendencia alemana y antes del triunfo de la Revolución cursó el secundario en un Colegio alemán.

Luego había integrado el frente urbano del movimiento 26 de Julio, participando en la organización de la huelga general llevada a cabo en las postrimerías de la Dictadura batistiana.

Estos conocimientos idiomáticos determinaron que fuera destinado al servicio diplomático, primero en Alemania del Este y luego en Praga.

El checo tenía giros idiomáticos similares al alemán, lo mismo que su gramática, por lo que le fue fácil aprenderlo.

Luego de un trayecto que no me pareció muy largo y que sí fue muy instructivo, me señaló que esta ciudad tenía algo menos de un millón de habitantes, que había numerosos becarios universitarios extranjeros, sobre todo en carreras técnicas, provenientes de países del Tercer Mundo.

El gobierno lo ejercía, desde el final de la segunda guerra, un Frente Nacional hegemonizado por el Partido Comunista que respondía a la URSS, lo que estaba generando una creciente oposición; aún en las filas de esta organización política.

Al llegar al lugar en el que me iba a hospedar, me quedé maravillado.

Se trataba del Hotel Internacional, un antiguo edificio de principios de Siglo, majestuoso y muy bien conservado, que me recordaba el Hotel Nacional en La Habana, en el que se alojaban fundamentalmente, representantes diplomáticos.

Al entrar, ya en la recepción, Francisco me indicó que cuándo tuviera todo preparado para continuar mi viaje me avisaría, que aprovechara para conocer esta ciudad, que según él "nada tenía que envidiarle a París".

Al visualizar a un compatriota que estaba hospedado en este, lo llamó, me presentó y le recomendó que me hiciera conocer Praga, la ciudad en la que residieran Juan Huss y Franz Kafka.
Así conocí a Mario Fuentes, colaborador del Che, que vivía en Tokio y tenía una historia fascinante, que contaré en la próxima nota.

Manuel Justo Gaggero es abogado, ex Director del Diario "El Mundo" y de las revistas "Nuevo Hombre" y "Diciembre 20".

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