lunes, 5 de marzo de 2012

Herencia soviética en Cuba (Parte VI)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Ciertos críticos atribuyen las carencias del sistema político cubano al traslado mecánico de experiencias soviéticas a la realidad isleña; otros opinan que aunque la copia ha estado presente no es determinante. Las deficiencias existen, mas no son estructurales sino funcionales, algunas se relacionan con la arquitectura de las instituciones y otras son netamente culturales.

El fenomeno cultural

Un elemento negativo de la herencia soviética fue la promoción de su versión del Marxismo-Leninismo como la única ciencia social “…En una sociedad que tiene como base la lucha de clases no puede existir una ciencia social "imparcial"…La doctrina de Marx es omnipotente porque es verdadera…” -escribió Lenin- y Stalin no necesitó más. A la exclusividad ideológica se sumó el monopolio de la verdad y la exclusión de la herejía. Los efectos de esas concepciones devenidas políticas de Estado aplicadas por medio siglo, en los países del socialismo real, fueron culturalmente devastadores.

En occidente donde están nuestras raíces y horizontes culturales (incluyendo el socialismo y el marxismo) se desarrolló una doctrina de la organización social que tiene como centro al Estado y como condición la democracia. Democracia, Poder y Estado son las categorías políticas básicas de la más avanzada concepción de la convivencia social. Según esa doctrina, llamada liberal, en ocasiones tildada de burguesa y en realidad revolucionaria, el poder reside en el pueblo. El pueblo y no el rey es el soberano.

Por tratarse de un nivel avanzado de la convivencia social, la democracia no sólo es una meta difícilmente alcanzable, sino uno de los elementos centrales de los debates políticos en los últimos tres siglos. No obstante la diversidad de puntos de vista y el aporte de las culturas y las tradiciones nacionales; las esencias son inalterables. Es erróneo creer que existe una democracia europea, una china, otra árabe; una para cuando se es pobre y otra para cuando se alcanza el desarrollo. La democracia es como la aritmética: una, aunque se pronuncie, se escriba o se viva de diferentes maneras.

Debido a que el poder no puede ser ejercido por todo el pueblo, el Soberano delega en representantes elegidos por él mismo. La elección se realiza mediante el voto universal y secreto en comicios y a tenor con leyes escritas que regulan esos y otros procesos y suelen llamarse constituciones. Así, sobre la base de la participación social jurídicamente regulada y amparada y no por la fuerza ni sobre la base de dogmas, se legitima el poder.

Para ejercer el poder, que naturalmente el pueblo posee, se necesitan órganos que lo hagan funcional; así aparece el Estado y sus instituciones, concebidas como entidades colegiadas y representativas. El Estado no es reducible a la condición de un “árbitro neutral” ni de una “maquinaria represiva”; es todo eso y más. El Estado resume el ser nacional, aquel que confiere la identidad, es el país y el pueblo, las instituciones y los símbolos, la historia y la cultura, la tierra y el clima, la patria, la gente y sus anhelos.

La función básica de este órgano es regular la convivencia, lo cual se hace a tenor con los intereses de la clase dominante pero no exclusivamente en su beneficio y mediante leyes, formando de ese modo el tejido del Estado de Derecho integrado por ramas diferentes: legislativa, ejecutiva y judicial que, regidas por reglas escritas y consensuadas, actúan como contraparte y unas de otras formando la esfera o cosa pública.

El esquema sesgado por la presencia de las clases sociales, las oligarquías, las élites y las vanguardias, afectado por la corrupción, el autoritarismo y el dinero, no es perfecto ni funciona de modo óptimo en ninguna parte, mas es perfectible y no existe nada mejor.

Por razones difíciles de resumir, al concebir la idea de que la sociedad estaba madura para avanzar un trecho más y alcanzar un estadio de pleno ejercicio de la justicia social, ciertos precursores socialistas creyeron fracasado este esquema y decidieron repudiarlo para caer en la paradoja de los conquistadores de Roma, que podían destruir una sociedad que no eran capaces de sustituir. Es como si por el hecho de que las tres cuartas partes de los adultos no sepan algebra haya que prescindir de ella.

El leninismo que tan brillantemente se desempeñó en la conducción de las masas en la lucha por arrancar el poder de manos de las élites, erró al demonizar al Estado y equipararlo a la maquinaria represiva en que los opresores lo habían convertido y no en el instrumento rector de la convivencia que es, debe o puede ser.

Por ese camino, procedente del entorno soviético, se instaló en el pensamiento de izquierda, no una crítica, sino un repudio visceral a todo lo “liberal”. De ese modo con el agua sucia se botó la criatura, llegando a prevalecer la idea de que para luchar contra las desigualdades sociales que alcanzaron un clímax de deshumanización bajo el capitalismo decimonónico, con razón denominado “salvaje”, era necesario prescindir de la democracia.

Los resultados del equívoco están a la vista. En nombre de nobles ideales, en la Unión Soviética se auspició un sistema político que al renunciar a la democracia y al Estado de Derecho negó siglos de civilización.

En Cuba donde con elegancia el equipo a cargo de las reformas, nominalmente limitadas a la “actualización del modelo económico” se adentra en zonas de la triple frontera entre economía, sistema político y concepciones teóricas, resulta evidente la necesidad de enriquecer y diversificar la cultura política, no sólo de las masas, no para reivindicar las doctrinas liberales sino para enriquecer el marxismo y el socialismo, liberándolo del peso muerto de los dogmas y de los prejuicios.

Luego les cuento del apasionante capítulo de la arquitectura del sistema político cubano que las reformas han comenzado a desmontar sin demoler. Como debe ser. Allá nos vemos.

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