Norberto Bacher (especial para ARGENPRESS.info)
Si se toma como fase inicial de esta crisis agosto de 2008, cuando estalló en Estados Unidos (USA) la denominada crisis de las hipotecas, con la secuencia inmediata de derrumbes bursátiles, quiebras financieras y bancarias, el primer rasgo resaltante es la extensión de la misma, su prolongación en el tiempo, sin antecedentes en el capitalismo que emergió después de la 2ª Guerra Mundial (1945), es decir desde hace más de sesenta años, crisis que está próxima a los cuatro años y cuyas perspectivas –conforme a los últimos acontecimientos – es a un agravamiento.
En realidad las causas más profundas de la crisis se remontan a mucho tiempo atrás, al menos más de dos décadas, pero a través de distintos mecanismos económicos y políticos (en realidad una combinación inseparable de ambos factores) la burguesía mundial pudo ir controlando sucesivas recesiones y convulsiones financieras localizadas, recuperando tras cada sacudón el proceso global de acumulación del sistema.
Ahora la crisis es mucho más grave que en el 2008, porque aparece comprometido el capitalismo mundial en su conjunto, con mayor gravedad en sus principales centros, lo que acostumbramos a mal llamar primer mundo: USA, Europa, Japón. Por eso se habla de crisis sistémica, aclarando inmediatamente que nos estamos refiriendo sólo a la base material, objetiva, económica, en la cual se sustenta el modo de producción capitalista.
Esto no significa de ningún modo desconocer que esta situación crítica de la estructura económica se entrecruza con otros aspectos no menos críticos, que afectan seriamente la vida humana y tienen su origen en el propio modo de producción capitalista, como la indudable crisis ecológica y la cultural, pero que no serán motivo de este análisis.
En realidad la fecha antedicha, agosto de 2008, indica el estallido de una enorme burbuja de capital especulativo, sólo la fase financiera de la crisis, incubada desde mucho antes, como se dijo. Pero la crisis, que ya ninguno de los ideólogos y propagandistas del capital puede desconocer, no se reduce al aspecto financiero, como pretenden engañosamente hacernos creer esos mismos personajes, buscando la solución de la misma a través de regulaciones nuevas o diferentes a los flujos del capital financiero en el circuito mundial, como infructuosamente están intentando en las sucesivas cumbres del G 20.
El segundo aspecto importante a señalar es que la crisis en que está sumergido hoy el mundo es una crisis de la estructura productiva, intrínseca del modo de producción capitalista, crisis que comenzó a gestarse a partir de la década del 70.
La crisis en realidad comenzó con un proceso de superproducción, como todas las crisis capitalistas importantes. La creciente productividad del mundo capitalista, fruto de constantes innovaciones tecnológicas, no encuentra como contrapartida un alza simétrica de la demanda, por las necesidades propias del capital, de aumentar la productividad sin un alza correlativa de los salarios reales, es decir que el crecimiento se realiza en base a una mayor explotación. En este momento, gran parte de la economía mundial está por debajo del crecimiento vegetativo o directamente negativo (recordar que para mantener un crecimiento vegetativo el PIB mundial debe estar alrededor del 3% anual).
Una vez más se verificó el análisis marxista de la crisis: los ciclos de las crisis se gestan en la producción, aunque se visualizan en forma tardía por sus efectos, cuando estallan los mercados financieros y asociados a esos derrumbes bursátiles aparecen las corridas y quiebras bancarias. Vale como comparación: cuando nos afecta una bacteria o virus, nos enteramos porque aparece la fiebre, que es un síntoma, no es la causa de la enfermedad, sino que expresa un trastorno mucho más profundo. El funcionamiento de las bolsas, que tienen una dinámica especulativa propia, que en sus oscilaciones cotidianas sólo refleja los rápidos desplazamientos de capital de un sector de la economía a otro, cuando sufren convulsiones de magnitud, generalizadas en casi todos los mercados y prolongadas en el tiempo, como está ocurriendo en los últimos años, son manifestaciones convulsivas de quiebres profundos en el corazón productivo del sistema, un epifenómeno de la crisis sistémica.
Sin embargo el tercer elemento más relevante de esta crisis, no está en el aspecto económico de la misma, si no que lo más significativo es que coincide con el fin de un ciclo de hegemonía mundial, es decir que la crisis económ ica es a la vez la crisis de un largo ciclo de hegemonía mundial del imperialismo yanqui, hegemonía que la potencia yanqui consolidó con la 2ª Guerra Mundial y ahora está en franca declinación. Se ha entrado –y desde hace tiempo – en un período de abierta disputa por esa hegemonía y probablemente la resolución de la crisis mundial estará asociada también a la posibilidad de resolver esta crisis de hegemonía, es decir a una nueva configuración del mapa geopolítico.
Habrá que ver si el capitalismo puede resolverla exclusivamente por medios políticos, sin recurrir, como sucedió en las grandes crisis del siglo XX, a la guerra. Los movimientos militares de las últimas semanas indican, al menos, que el sector más fascista del imperialismo se prepara seriamente para esa última alternativa.
De lo que no hay dudas, es que en lo inmediato las distintas fracciones de la burguesía mundial han acordado en resguardarse imponiendo las clásicas recetas del FMI, para que los costos de la crisis la soporten las espaldas de los sectores asalariados. Como ocurrió siempre, la posibilidad que tengan de aplicarlas con mayor o menor rigor no se define en la esfera de la economía, sino en la capacidad de resistencia y organización que demuestren los explotados.
I- Disputas capitalistas
El imperialismo yanqui no logró su supremacía mundial por azar. El actual es un capitalismo muy diferente al heredado de la primera y segunda Guerra Mundial, que en su momento estallaron como una forma de resolver sucesivas crisis, propias del sistema capitalista. No se puede entender la lógica actual de funcionamiento del capitalismo que nos toca enfrentar sin verlo en esa perspectiva, en sus grandes líneas, como heredero de esas confrontaciones intercapitalistas, interimperialistas, del siglo pasado.
El siglo XX nació bajo el signo de la lucha entre imperialismos, por imponer una nueva hegemonía mundial, ya que los viejos sistemas coloniales, con la supremacía hasta ese entonces del Imperio Británico y la libra esterlina, no reflejaba el ascenso de los nuevos capitalismos, particularmente alemán y estadounidense, con alto grado de concentración monopólica y crecientes necesidades de mercados y fuentes de abastecimiento de materias primas. La disputa por la hegemonía condujo directamente a la primera Guerra Mundial del 14/18, que por esa vía buscaba resolver un nuevo alineamiento y la supremacía mundial. Sin embargo, aunque desde el punto de vista militar hubo vencedores (Tratado de Versalles), tuvo que recorrerse un largo periodo de más de veinte años, el que media entre la 1ª y la 2ª Guerra Mundial, para resolver la crisis de hegemonía.
Sin embargo esa 1ª guerra trajo consecuencias que no estaban dentro de las previsiones de ningún bando capitalista: se produjo la primera Revolución Obrera en el mundo, con lo cual un nuevo actor, el proletariado y los explotados, aparecían como una alternativa real de poder frente a las fracciones capitalistas. Surgió un nuevo estado de conciencia del proletariado, lo cual le planteaba tanto a la burguesía mundial como a las direcciones obreras reformistas de esa época una situación inesperada para ellos, con nuevas formas de organización de los trabajadores para enfrentar las crisis del capitalismo, como los nacientes Consejos y Comités de fábricas, que ponen en discusión el derecho de la propiedad privada sobre los medios de producción, base del poder burgués. Para los no capitalistas, que son la inmensa mayoría del pueblo, apareció otra posibilidad para enfrentar las consecuencias sociales de las crisis capitalistas, situación que resulta insoluble si la posibilidad de superar las crisis se limitan a la esfera de la economía, a meras medidas económicas, por más audaces que estas pudieran parecer en su momento.
No hay crisis económica, por grave que sea, que acabe por si misma con la hegemonía política y social del capital y la burguesía. Las crisis se resuelven, en última instancia, en el terreno de la lucha de clases.
Cabe agregar que esta última fue la perspectiva histórica de Marx y los principales revolucionarios de aquella época sobre las crisis, desmintiendo de paso a quienes acusan al marxismo de ser un economicismo. Para el pueblo las crisis del capitalismo se resuelven desde la lucha de clases, o sea que es el momento histórico en el cual se plantea como tarea necesaria y de actualidad poner en el debate público en beneficio de cual clase se está gobernando, qué clase podrá asumir el poder político.
Fue en este cuadro de alta conflictividad de clases y crisis de hegemonía mundial capitalista que apareció la mayor depresión económica conocida por el capitalismo hasta entonces, la siempre citada crisis del 29/30, cuyo primer episodio comenzó en octubre de ese año con el derrumbe de las bolsas de Wall Street.
La magnitud de esa crisis, que no tenía precedentes en las anteriores, por su extensión, prolongación y por la cantidad de las ramas de producción afectadas, obligaron al capitalismo a implementar un nuevo tipo de políticas para intentar superarla y evitar la agitación social, “el peligro rojo” como decían entonces. Estas medidas salían del marco impuesto hasta entonces por la visión tradicional del liberalismo económico, amarrada al prejuicio que la “oferta genera su propia demanda”, al cual pomposamente le daban carácter de ley económica y que además lo aceptaban como un hecho incuestionable.
Es pertinente recordar que recientemente el neoliberalismo –repitiendo una vez más que no es un sistema ajeno al capitalismo sino un conjunto de medidas económicas dentro del propio sistema, eslabonadas en interés hegemónico del capital financiero – volvió a introducir ese viejo prejuicio como si fuese una mandamiento inexorable: que la economía debe quedar librada al criterio “de los mercados”. Bajo otra forma se reproducía la antigua falacia, la oferta debería generar su propia demanda. En este caso ofertando y promoviendo la inversión de capitales, que actualmente sobreabundan a nivel mundial. Por eso la gran preocupación del capitalismo actual es cómo venderlos, a una tasa de interés que no derrumbe su rentabilidad, su tasa de ganancia. Con la crisis actual, como en aquel lejano 1929, este interesado prejuicio volvió a mostrarse tan falso como impotente.
El estallido del 29 no hizo más que exponer con brutalidad lo que todos los capitalistas sabían desde hacía más de treinta años: el eje de la economía mundial se venía desplazando rápidamente del juego del libre mercado hacia el predominio de los grandes monopolios, que controlaban los “mercados” de las principales ramas de producción, produciéndose una suerte de “socialización bajo pocas manos” de sectores centrales de la economía, aumentando enormemente su capacidad productiva y agrandando cada vez más la distancia que hay entre la capacidad capitalista de oferta y la posibilidad de consumo de las grandes masas, posibilidad que siempre está limitada por un nivel de ingresos salariales amoldado a la necesidad y criterio de la ganancia del capital.
La burguesía mundial, en sus principales sectores, rápidamente comprendió en ese momento que para salir de la gravedad de la situación, potencialmente prerevolucionaria, debía imponer un giro sustancial a sus políticas económicas. En lugar de esperar que se reinicie lentamente el proceso productivo, luego del largo período de paro productivo, tras agotarse los stock, se decidió recurrir al gasto público, utilizando las palancas del Estado que controlaban, para estimular en el corto plazo el consumo mediante un conjunto de medidas fiscales, monetarias y de redistribución del excedente nacional.
La utilización del gasto público como una palanca para estimular la demanda se impuso como un nuevo criterio, que vendría a ser el predominante durante los siguientes cuarenta y cinco años en casi toda la política mundial, conocido como políticas “keynesianas”, que tienen en su base una nueva forma de INTERVENCIÓN DEL ESTADO en los fluctuantes ciclos de la economía capitalista. De paso debe decirse que es una falsedad propagada en los últimos años por los neoliberales la “no intervención del Estado”. Toda la historia del capitalismo muestra que, bajo distintas formas o modalidades, el Estado nunca dejó de intervenir en la economía, a favor de una u otra fracciones de la burguesía. Lo que cambió con la crisis del 30, fue la forma específica de esa intervención. Tanto en su versión “democrática” en USA, como bajo su forma fascista en Alemania, esas fueron las políticas que el capitalismo mundial utilizó para intentar remontar esa crisis del 30.
Pero lo que realmente permitió al capitalismo salir de esa situación de enorme sobreproducción no fueron esas políticas económicas “proactivas” (como también se las conoció) sino que fue la 2ª Guerra Mundial (1939-45). La guerra significó una inmensa destrucción de fuerzas productivas, tanto de trabajo vivo como de trabajo acumulado (capital), después de lo cual el capitalismo mundial comenzó un largo y exitoso ciclo de expansión y crecimiento, que se extendió hasta comienzos de la década de los 70.
II- Crisis de la hegemonía yanqui
La hegemonía que Estados Unidos logró imponer con esta guerra tuvo su base no sólo en su condición de amplia supremacía militar, sino también en la revitalización de su aparato productivo, que a diferencia del capitalismo europeo o japonés no fue afectado por la acción bélica y se fortaleció en su tecnología. Además, una inmensa área geográfica quedó bajo su exclusivo control, como la del Pacífico, extendida desde la costa oeste de su territorio hasta la lejana Australia. La imposición del dólar como moneda mundial afianzó o consolidó esa hegemonía (1944- Bretón Woods) y fue, en cierta medida, el reflejo en el plano de la economía mundial de los factores objetivos señalados, que aseguraron la supremacía yanqui en la posguerra, por un período que se extendió por más de medio siglo.
El largo ciclo expansivo de la 2ª posguerra mostraba su agotamiento a finales de los 60. Las respuestas de masas a esa situación, que comenzaban a gestarse incluso en el corazón de la vieja Europa, implicaban un alto riesgo para el capitalismo mundial, que veía amenazada el estatus de convivencia y reparto de áreas de influencia que existía de hecho con el bloque del socialismo soviético, gestado a partir de los acuerdos de posguerra, como los de Yalta, Postdam y afianzado luego por la política de coexistencia pacífica anunciada por Jruschov, pocos años después de la muerte de Stalin.
La decisión adoptada en agosto de 1971 por el gobierno de Nixon, suspendiendo la convertibilidad del dólar en oro, que para esa época tenía una equivalencia que oscilaba alrededor de 35 dls/onz troy (31,10 gr), era una forma implícita de reconocer la seriedad de la crisis que reaparecía y que golpeaba otra vez a las economías capitalistas. Esta medida unilateral del capitalismo yanqui lo liberaba para adoptar futuras decisiones monetarias, que permitiesen aumentar su capacidad de maniobra económica frente a la tormenta anunciada.
Las políticas anti-cíclicas implantadas desde los años 30, que en la posguerra sirvieron para extender por dos décadas – principalmente en los países de capitalismo desarrollado – una prosperidad que burgueses y reformistas se ilusionaban con perpetuar, se mostraban como absolutamente inútiles para controlar una situación que la economía capitalista desconocía, en la cual estancamiento e inflación elevada se combinaban, lo que se conoció desde entonces como “estanflación”. Ocurría que nuevamente el capitalismo mundial enfrentaba un proceso generalizado de sobreproducción, lo cual se entrecruzaba con una enorme masa de sobreacumulación de capitales.
No bastaba con reiniciar un nuevo ciclo de expansión productiva tras el agotamiento de los stocks por la clásica vía de renovaciones tecnológicas y el impulso a nuevas ramas de producción, sino que también era necesario darle un cauce a esa enorme masa de capital. Las políticas monetaristas que prevalecieron desde entonces, con eje en las inversiones especulativas (financieras), articuladas bajo el dogma conocido como neoliberalismo, respondieron a esa necesidad capitalista de reajustar todo el ciclo de acumulación.
La economía de Estados Unidos pudo desatarse de antiguos compromisos con sus socios capitalistas gracias a la liberación cambiaria del dólar iniciada con Nixon, con lo cual desde entonces pudo trasladar esa crisis al resto de las economías, por vía de la libre fluctuación de su moneda, que es también la moneda mundial. El resultado concreto de esta medida puede apreciarse en toda su magnitud ahora, cuarenta años después. El precio actual del oro cotiza aproximadamente a 1700 dls/onza troy. ¿Qué nos dice esto? El valor del oro, en el sentido de lo que es el valor de una mercancía (el tiempo de trabajo social necesario para producirla) prácticamente no cambió, sigue siendo el mismo de aquella época. Lo que varió es su precio en dls, o lo que es igual, disminuyó la proporción de riqueza real que hay atrás de cada dólar que circula mundialmente. Un simple cálculo aritmético muestra que la riqueza potencial de la economía estadounidense que debería respaldar a su moneda ha caído nada menos 48 veces (1700/35) en cuatro décadas, o sea un promedio de 12 veces por década.
Esta situación sólo fue posible de mantenerse porque USA tiene el monopolio de la moneda mundial y al costo de un endeudamiento desmesurado de su economía, astronómico, que hoy se calcula, sólo para la deuda pública del gobierno federal en prácticamente igual al l00% del PIB anual. Cómo término de comparación debe recordarse que los acuerdos fundacionales de la Unión Europea establecen para cada país un máximo de deuda tolerable hasta un 60 % de su PIB, aunque en la actualidad prácticamente ninguno cumple esa pauta y superan ampliamente ese nivel de deuda. En el caso de USA, si a la deuda pública federal se agrega las deudas de cada Estado y la deuda del sector privado es absolutamente impagable. Aunque nos cueste pensarlo de esta forma, por el impacto ideológico que lapublicidad burguesa nos ha impuesto, en realidad ocurre que la estructura productiva de la superpotencia fue quedando relegada, retrasada, frente a la de sus competidores de los otros países capitalistas, que es un factor decisivo para la apropiación de la tasa de ganancia.
La economía yanqui atraviesa un largo período en el cual viene perdiendo competitividad en términos capitalistas. Situación que no es reciente, que ya estaba presente en los años 70 en muchas ramas de la producción – recordar la “invasión” de la industria automotriz japonesa al mercado interno yanqui – y que a lo largo de las últimas décadas no ha hecho más que acentuarse, como tendencia generalizada.
Con el gobierno de Reagan, a inicios de la década del 80, la reestructuración que necesitaba la burguesía para recuperar la rentabilidad de sus capitales llegó y despejó el camino para imponer una combinación de estímulo a las inversiones financieras sobre las productivas y reorganización de los procesos del trabajo de las cadenas de producción en función de obtener mayor apropiación de plusvalía. En la misma época, el mismo tipo de políticas se consolidaron en Gran Bretaña con el gobierno de Thatcher, para expandirse muy pronto por toda la geografía capitalista, derribando todo tipo de barreras jurídicas, obstáculos políticos y resistencias sociales, en una acción concertada desde los grandes “centros pensantes” del capitalismo mundial, como la Trilateral Comisión y concretamente en nuestro continente mediante el llamado “Consenso de Washington”, que logró imponerlas a través de la mano dura de dictaduras o la complicidad de gobiernos aparentemente democráticos, a los cuales con exactitud Eduardo Galeano denominó como “democracias tuteladas”.
El triunfo de las políticas neoliberales no hizo más que postergar en el tiempo la emergencia de las tendencias profundas de la economía yanqui, que culminan con la fase financiera de la crisis de 2008. A pesar de ciclos expansivos temporales, que entusiasmaron a sus clases dirigentes y potenciaban su capacidad propagandística acerca de las bondades del “american way of life” – facilitada también por el colapso soviético – los últimos veinte años muestran sucesivas recesiones de esa poderosa maquinaria. Antes del estallido financiero ya era visible uno de los efectos más graves de la crisis que se incubaba: el estancamiento de los salarios reales, con la consecuente caída del consumo de gran parte de la población, que se sostuvo sobre la base de un crecimiento exponencial de la tarjeta de crédito y la consecuente caída de la capacidad de ahorro del ciudadano estadounidense. A medida que el “sueño americano” se hacía más inalcanzable para una creciente parte de su población se producía un ascenso vertiginoso del negocio de la guerra. El gasto militar y de defensa, a partir de la “guerra de las galaxias” y las sucesivas aventuras militares iniciadas desde la época de la 1ª Guerra contra Irak en 1990, no dejó de crecer, lo cual aceleró las necesidades de financiamiento de un Estado sobrepasado por sus deudas.
La extensión y gravedad de la crisis, que no encuentra resolución, sacó a la luz la basura acumulada durante más de treinta años debajo de las alfombras doradas del capitalismo más desarrollado de la historia. De hecho está en curso un ajuste dramático que se verán obligados a profundizar, lo cual significa una enorme licuación (depreciación) de activos físicos y financieros y mayor empobrecimiento para una amplia franja de esa sociedad.
Esta suerte de purga económica es como liberar presión de una caldera que necesita ser descomprimida ante la amenaza de estallido, que en este caso llevaría a una parálisis mayor del aparato productivo. El camino a recorrer para realizar esta suerte de depuración ha comenzado a fracturar seriamente a las elites políticas y empresariales del imperio. Se evidencia, por ejemplo, en las trabas que el Congreso pone a sucesivas medidas presupuestarias propuestas por Obama o en la suerte de parálisis en la que ha entrado la comisión bicameral del mismo, designada para que antes de fines de noviembre se expida sobre los sectores en los cuales deberían hacerse recortes para disminuir el gasto público por un monto de 1,2 billones de dólares, que no logra ponerse de acuerdo.
Un sector de la clase dirigente –por ahora minoritario – impulsa recortes y regulaciones más rigurosas a los enormes privilegios que el sector financiero acumuló en este período neoliberal, con la ilusoria esperanza de retornar a los patrones productivos del capitalismo de la 2ª posguerra, tomando como ejes de política económica algunos de los utilizados en la década del 30.
En tanto se definen posiciones, la política global del imperialismo yanqui continúa bajo las orientaciones del poderoso complejo militar industrial, cuya meta es recuperar a corto plazo una hegemonía mundial que se les escapa de las manos, al precio de las guerras que sean necesarias. Necesitan actuar antes que esa tendencia sea irreversible.
En el medio de esas disputas intestinas está creciendo, por primera vez desde los años de la guerra de Vietnam, la indignación popular, limitada aún a un sector minoritario y sin dirección política precisa, pero que aparece como una sombra amenazante para el bipartidismo, mediante el cual la mayor plutocracia de la historia controla a Estados Unidos.
III- La desunión europea
En los últimos meses el epicentro de la crisis se desplazó a las economías europeas, que siguiendo el rumbo trazado en los años precedentes por el capitalismo yanqui recurrieron al endeudamiento público para sucesivos salvatajes de su sector bancario, que técnicamente estaba en una situación de quiebra. De esa forma los riesgos especulativos del sector financiero se transformaron en una descomunal carga de la deuda pública, que ha pasado a ser el problema central en prácticamente toda la comunidad europea y en particular en los países atados al euro.
Esta operación de transferencia de las deudas privadas al sector público pone a los Estados endeudados en grave riesgo de insolvencia, con lo cual la opción de financiar sus deudas a través del método de emitir bonos de deuda soberana se encarece notablemente, agravando aún más la situación.
La baja en la calificación de esos bonos de deuda de países europeos que vienen haciendo las agencias que asesoran a los grupos inversionistas (como S&P, Moody’s y Fitch) no hacen más que blanquear la situación real, pero a la vez es la forma que utilizan los grandes grupos financieros para presionar a esos gobiernos –cuya base social está hoy sensiblemente corroída – para que terminen de aceptar las políticas de shock: un recorte drástico del presupuesto estatal (ajuste), para aplicar esos ahorros al pago de la deuda y sus intereses. De hecho los gobiernos europeos ya tienen asumida esa decisión, en consonancia con los intereses del gran capital y con el beneplácito de éste.
La Europa del llamado Estado de Bienestar Social – término demagógico acuñado para eclipsar cualquier perspectiva socialista –, que enorgullecía a reformistas de distinto pelaje, pronto será recuerdo de las viejas generaciones, pues estos recortes se harán a expensas de una brutal pérdida de los beneficios sociales conseguidos por las masas de Europa occidental en la 2ª posguerra.
En este acuerdo se esfumaron las diferencias entre partidos de la derecha y de la izquierda light institucionalizada, de conservadores y liberales, de republicanos y monárquicos, de demócratas y filofascistas. La razón es simple: todos están montados en el barco capitalista y necesitan ponerlo a navegar lo antes posible porque corren muchos riesgos, no sólo el de la ingobernabilidad, sino que la indignación, que ya se adueñó de calles y plazas, haga resurgir en la memoria colectiva de los pueblos europeos la posibilidad de encontrar alternativas diferentes a las del ajuste capitalista, traspasando los límites impuestos por los centros financieros del sistema, con la perspectiva siempre fantasmal de la revolución social. Más allá de las resistencias populares que estas medidas producen, existen serias dificultades para que el barco capitalista europeo vuelva rápidamente a navegar en condiciones aceptables, porque profundos intereses dividen a sus burguesías.
Para comprenderlo mejor es necesario recordar como surge la unión económica europea. La integración económica, forjada primitivamente alrededor de un acuerdo franco-alemán de convergencia para la industria siderúrgica, fue una necesidad impuesta para adaptarse a las nuevas condiciones de competencia mundial que convenía a los grandes monopolios y que paulatinamente se hicieron obligantes para todos los países a través de las normativas que impuso la OMC (Organización Mundial del Comercio), aboliendo las barreras proteccionistas nacionales.
El período de bonanza que vivió el capitalismo europeo con la oleada neoliberal fue posible por esa integración, porque aisladamente difícilmente hubieran podido competir con sus socios yanquis, con la elevada productividad del capitalismo nipón y con la arrolladora irrupción de China en el mercado mundial. Cabe aclarar que esa bonanza tampoco alcanzó para todos, ya que parte de la juventud y especialmente los inmigrantes fueron relegados a recibir sólo las sobras de lo que parecía un interminable festival consumista.
Con la aparición del euro como moneda de la comunidad económica se creyó alcanzar el momento más esplendoroso de la unión, al punto que la posibilidad de destronar al devaluado dólar como moneda mundial no aparecía como una meta ni utópica ni tan lejana.
Contradictoriamente, las fortalezas fundacionales de esa unión – moneda común y disciplina (rigidez) sobre la deuda pública y el déficit fiscal- con las que el capitalismo europeo pretendía enfrentar mejor a sus socios anglosajones de ambos lados del Atlántico, con la crisis se trastocaron en lo inverso, en uno de sus flancos débiles. Ahora aparecen como serios obstáculos para superar la grave situación. Por ejemplo, los diecisiete países que cambiaron su moneda por el euro, han resignado uno de los instrumentos básicos para aliviar la carga de sus deudas, porque no pueden acudir a la devaluación monetaria (licuación). En este punto el capitalismo europeo está en desventaja frente a los yanquis, que recurren sistemáticamente a esta alternativa y lo seguirán haciendo. En un contexto mundial de retracción del comercio, la imposibilidad de devaluar la moneda también afecta en forma negativa a la competitividad exportadora europea frente a la de los otros capitalismos.
La dura oposición de Alemania, con el apoyo francés, a cualquier intento de flexibilizar esas normas que impiden la licuación de deuda por vía devaluatoria se explica porque una medida de ese tipo lo perjudicaría en su condición de gran acreedor de la región y porque para bajar su propio endeudamiento, que también creció, cuenta con mejores instrumentos que sus vecinos: las ventajas de su productividad, sustentada en su gran tecnología y un atraso relativo de su costo salarial. La tendencia del eje franco-alemán se orienta a imponerles a sus socios del euro un mayor rigor fiscal a corto plazo y a cualquier costo, para salvar la moneda común.
Si triunfan estas medidas que pretende el gobierno de Ángela Merkel, que parece lo más probable, se deberá darle una suerte de superpoderes al gobierno europeo – y específicamente a sus tecnócratas financieros – para fiscalizar las medidas económicas de cada país, por encima de sus gobiernos e instituciones. Lo cual significaría una clara resignación de soberanía, que no todo el arco político burgués está dispuesto a conceder.
Esta situación no ha hecho más que agravar las tensiones internas de la Unión Europea, al punto que analistas de la burguesía hablan de una “Europa de dos velocidades”, una forma elegante de anunciar la posibilidad de fractura del bloque. Debe recordarse que hace apenas dos o tres años atrás la mayoría de los países del viejo continente hacían cola para que se los admita en el selecto club del euro; ahora muchos están pensando en buscar una puerta de salida.
Gran Bretaña, que para el eje franco-alemán es un socio conflictivo pero indispensable para evitar un continente con dos cabezas, no parece dispuesta con la crisis a desprenderse de ningún elemento de autonomía económica. Debe recordarse que no resignó la libra a favor del euro en momentos de euforia europea, cuando se creía que ese era el sendero al paraíso capitalista de la región. A pesar que los británicos también tienen sus cuentas en rojo y están realizando un plan de ajuste no menos draconiano que en otros países europeos, con una conflictividad social en ascenso, seguirán optando, como lo han hecho a lo largo de casi todo el siglo XX, por navegar como un modesto remolcador en la estela que traza el portaviones yanqui.
Los Estados europeos también se encuentran en peores condiciones que sus socios y competidores yanquis para el financiamiento de sus deudas. En tanto que estos pueden recurrir a la Reserva Federal – que actúa como su Banco Central – para monetizar la deuda pública, los países de la zona euro carecen de esa posibilidad, dado que el Banco Central Europeo (BCE) tiene vedado actuar como prestamista de última instancia de sus gobiernos, sólo puede financiar la banca. De esta forma para los países europeos de la zona euro las alternativas de financiamiento de sus deudas quedan reducidas a nuevos préstamos a altas tasas a través de los mercados de capitales o los préstamos del FMI, condicionantes de toda su economía. Los latinoamericanos sabemos por experiencia que cualquiera de estas alternativas es un salvavidas de plomo para los pueblos.
IV- Un mundo fracturado
La preocupación de las capas dirigentes del capitalismo occidental no termina en sus crisis domésticas ni en las dificultades que esta situación crea para las históricas relaciones e intercambios entre yanquis y europeos. Saben perfectamente que se les está escapando de las manos el control y disposición que tuvieron del mercado mundial en las décadas pasadas, especialmente tras la implosión de la URSS y la balcanización de lo que fue su área de influencia, cuando la inmensa geografía humana del socialismo estatista europeo quedó a disposición del capitalismo.
A pesar que la andanada ideológica de la derecha impuso la idea que con la desaparición de la amenaza soviética se abría una nueva época inevitable e irreversible, plena de armonía, que llamaron mundo unipolar, las contradicciones propias del capitalismo no tardaron en reaparecer. Sin embargo esta situación sirvió por un período a las múltiples fuerzas y agencias del gran capital para controlar las fluctuaciones coyunturales de la economía global, amortiguarlas y adaptarlas a la medida de sus necesidades, económicas, políticas y militares. Pero en la última década esa hegemonía comenzó a ser cuestionada desde distintos ángulos por fuerzas sociales y políticas muy disímiles que emergieron en la escena internacional. Algunas de ellas, paradójicamente, crecieron estimuladas por la mano del propio capitalismo central.
Tal el caso de las burguesías de países como India, Sudáfrica y parte del sudeste asiático, que durante décadas habían sido relegados al papel de importadores de mercancías y capitales o mero suministradores de materias primas, pero que por las necesidades globalizadoras del capitalismo central – entre las que resalta la utilización del bajo costo laboral del tercer mundo - ahora se han constituido en países exportadores al primer mundo de productos industrializados, algunos de avanzada tecnología, además de acreedores de sus clientes occidentales.
Para el capitalismo occidental, pero en particular para Estados Unidos, la gran preocupación estratégica es la China moderna, no por ser difusora de ideología marxista o exportadora de revoluciones socialistas –que nunca lo ha sido –, sino como la mayor potencia emergente que influencia gran parte de la economía capitalista mundial. Es decir como competidor del cual no puede ni deshacerse ni prescindir.
Los yanquis no tienen capacidad política para impedir que la moderna China avance con su comercio en regiones que hasta no hace mucho le eran inaccesibles, porque estaban bajo control yanqui, como el área del Pacífico, áreas del Oriente medio y particularmente América Latina.
Además, la crisis agravó la dependencia estadounidense de China, que necesita, además del acceso a su inmenso mercado interno, que el gigante asiático siga subvencionando al dólar mediante el mecanismo de compra de bonos del Tesoro, vía por la cual China se ha constituido en el principal acreedor financiero de la gran potencia endeudada.
Si en tiempos lejanos, los estrategas del Departamento de Estado tenían la secreta expectativa que el deshielo de las relaciones entre Beijing y el occidente – conocida en esa época como diplomacia del ping-pon –, con la progresiva apertura de China al mercado capitalista, terminaría por corroer el elemental igualitarismo agrario y desmoronar el régimen forjado por Mao, ahora saben que ocurrió lo inverso: los capitales yanquis, sin proponérselo, contribuyeron a fortalecer un Capitalismo de Estado, que ahora es su más serio competidor.
La apertura al capitalismo se produjo en grado tal que China pasó a ser miembro de la OMC, la sociedad agraria se industrializó asimilando la tecnología capitalista e innovándola, el igualitarismo social cedió paso a diferenciaciones internas de clase más profundas en la sociedad china, al punto que florece una burguesía industrial y
financiera. Pero el fuerte Estado creado por la revolución y controlado por la burocracia política del Partido no implosionó – como en el caso soviético – sino que hasta el presente ha mostrado ser lo suficientemente sólido como para controlar el paso conflictivo de una economía planificada a otra con fuerte incidencia del libre mercado, subordinar a las clases sociales y navegar en medio de la larga crisis mundial con mayor prudencia que la demostrada por las viejas seudo-democracias occidentales, totalmente subordinadas a los intereses de las grandes corporaciones capitalistas, ahora con predominio financiero.
El imperialismo yanqui ha tomado consciencia que su estrategia nunca podrá ser convergente con la de los chinos.
Algo similar pasó con Rusia. El desmoronamiento de la Unión Soviética se transformó para el capitalismo mundial en una fiesta no sólo política sino económica. Las políticas neoliberales de los primeros tiempos de la restauración capitalista, impulsadas por paladines como Yeltsin, coincidían con los intereses inmediatos de una ascendente lumpen-burguesía necesitada de desmembrar el poderoso aparato productivo estatal soviético para apropiárselo. Las expectativas de esas elites dirigentes, puestas en ocupar un lugar de privilegio en el mercado capitalista asociándose a la tecnología occidental – superando el estancamiento en que había derivado el socialismo burocrático – se disiparon tan pronto comprobaron que el viejo capitalismo sólo le reservaba un papel satelital como mercado financiero y proveedor de materia prima, especialmente energética para Europa. La nueva burguesía rusa enfrentó el dilema de resignarse a ese papel de país tercermundista que le destinaban sus nuevos socios o recrear un Estado sólido, capaz de garantizarle presencia en un escenario mundial conflictivo, preservar su mercado interno y su entorno histórico de influencia. El desplazamiento que se produjo en pocos años del gobierno del equipo abiertamente neoliberal a uno de perfil más estatista, dirigido por Putin, se explica por esa necesidad de una parte importante de la nueva burguesía y la burocracia estatal, que aunque deslastrada de cualquier idea socialista del pasado en el que se formaron, mantienen con firmeza las ancestrales aspiraciones rusas de gran potencia, heredadas del zarismo y que penetraron incluso el período soviético, determinando gran parte de su política, salvo el breve lapso de dirección leninista y protagonismo proletario.
Ese espíritu gran ruso, sustentado en el fenomenal potencial de su riqueza territorial y en la tradición de un Estado con fuerte incidencia en el desarrollo de las clases sociales, está enraizado en los cuadros políticos y militares que ahora controlan el Estado. La magnitud de la crisis, que agudiza las diferencias entre los países capitalistas, no ha hecho más que consolidar mediante políticas concretas esa visión, que tiene expresiones diplomáticas, tanto en las relaciones de Rusia con sus vecinos – particularmente con los de la cuenca energética del Asia Central - en el fortalecimiento de las alianzas con China, muy deterioradas en tiempos del socialismo estatista, con la estratégica Irán y con la actualización de su poderío militar.
El imperialismo yanqui también ha tomado consciencia que su estrategia es cada vez más divergente de la del sector burgués que gobierna Rusia. Por esa sencilla razón se empeña en rodearla de misiles, que están sembrando en países de Europa oriental.
El fortalecimiento y consolidación acelerado que se observa en los últimos años de alianzas recién nacidas, con distintos niveles de acuerdos, tales como el citado de Rusia y China, consolidado a través de la OCS, el de los capitalismos ascendentes de Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica (BRICS) , la UNASUR, que escapan al control de yanquis y europeos, es la respuesta defensiva a un mundo en el cual la creciente interdependencia económica de los países exigida por la globalización resulta perjudicial para los intereses inmediatos de muchos de ellos y a largo plazo terminaría siendo amenazante para su soberanía nacional, porque se estructuró bajo las reglas de la ganancia capitalista y no de la asociación cooperativa de los pueblos.
Se está configurando un nuevo mapa mundial, multicéntrico o multipolar, para dirimir nuevamente la hegemonía de un mundo, ahora absolutamente capitalista e interdependiente. Pero esta nueva geografía política surge como consecuencia de un creciente conflicto de intereses capitalistas, que recién está en sus primeras fases y sólo tiene manifestaciones bélicas limitadas, pero graves. Se están definiendo nuevas relaciones de fuerza que ponen todo en entredicho, desde la moneda mundial, aún cuando en lo inmediato no se avizore alguna capaz de sustituir al dólar en esa función, hasta las superestructuras políticas internacionales heredadas de la 2ª posguerra, empezando por la propia ONU, que reflejan el mundo de la segunda mitad del siglo pasado, pero no las nuevas relaciones de fuerza que se están conformando.
En este escenario de crisis y confrontación intercapitalista nadie se resignará a ser desplazado y mucho menos los yanquis, cuya estructura económica esta orientada en función del poder hegemónico que mantuvieron por décadas. Cada paso atrás en su capacidad de imposición mundial implica inevitablemente un factor de agravamiento a la ya grave crisis de su economía y las consecuencias sociales que esto implica. Por eso en los últimos meses pudo observarse una contraofensiva yanqui que se manifiesta en diversas formas y en distintos frentes, con aspectos a veces grotescos – como el intento del Departamento de Estado de asociar los iraníes con los narcos mexicanos – y logran disímiles resultados.
Nada indica que esa contraofensiva será abandonada, sino todo lo contrario: las capas dirigentes de Estados Unidos – tanto en su versión demócrata como republicana – están unificados en lanzar una carrera contra el tiempo para frenar cualquier nuevo retroceso en sus áreas de influencia, retomar la iniciativa política donde la perdieron y reimponer su hegemonía por la vía bélica donde no encuentren otra alternativa, mediante conflictos más o menos focalizados.
La satanización de Irán como “Estado terrorista”, la escalada en imponerle sanciones económicas y las maniobras militares yanquis en el Golfo Pérsico, se inscriben en esta perspectiva bélica, porque el régimen iraní es un obstáculo mayor para concretar un plan que data de la época de Bush.
Plan que en su origen se conoció con el nombre de “gran Medio Oriente”, se puso en marcha en 2003 con la invasión imperialista a Irak y cuyo objetivo es poner bajo control imperialista una extensa región, extendida desde el extremo atlántico de Marruecos hasta la zona energética del Caspio en Asia Central, pasando por los países de la costa norafricana y el Medio Oriente, de vital importancia estratégica, porque allí la gran existencia de hidrocarburos se combina con su condición de ruta y puente entre puntos vitales del comercio mundial.
Con el papel de Israel como avanzada de la política imperialista en esa región y la complacencia de las corruptas monarquías árabes proyanquis, esta estrategia está en plena ejecución, a pesar de las adecuaciones que las nuevas circunstancias impusieron en el 2011, fundamentalmente la crisis desatada por las revueltas de las masas árabes que jaquearon antiguos aliados imperialistas, como los regímenes de Egipto, Túnez, Yemen y también sirvieron de pretexto para la intervención de la OTAN en Libia.
La ruta imperialista hacia Irán pasa también por terminar de descomponer a su aliado regional, el régimen laico de la vecina Siria, detentado desde hace décadas por el partido Baas, tratando de catalizar hacia una guerra civil –que justifique la intervención extranjera – el descontento generado en un sector no despreciable de su población por el carácter autoritario del sistema político y los privilegios de sectores del entorno de la fuerza gobernante.
Si se concreta la amenaza contra Irán pondría al mundo al borde de una grave situación bélica, amenazando la paz mundial. La agresión escaparía al control de quienes la impulsan, afectando el abastecimiento petrolero mundial, lo cual golpearía a muchos países industrializados, entre otros China e India, amenazando a Rusia en lo que ésta considera sus fronteras, poniendo en acción la indiscutible capacidad militar iraní y fundamentalmente desataría una masiva respuesta antiimperialista del pueblo persa, que lleva varias décadas de activo rechazo al imperialismo occidental, cuyas consecuencias sobre los pueblos de una región altamente conflictiva son impredecibles.
V- De nuevo la lucha de clases
Si por algo será recordado el año que termina será por la irrupción de grandes movilizaciones y acciones de masas que se desarrollaron en la más diversas geografías, desde Medio Oriente, pasando por Europa y Estados Unidos, hasta regiones de Asia y los renovados reclamos sectoriales en la siempre reactiva América Latina, donde destacan los cimbronazos de Chile, el elogiado modelo de la derecha regional, que por vía de sus estudiantes puso sobre el tapete las desigualdades que afectan a amplias capas sociales y desnudó la creciente fisura que se está produciendo entre estos sectores y las fuerzas políticas que administran el régimen heredado de la dictadura pinochetista, sean progresistas o reaccionarias. Debería retrocederse varias décadas atrás para encontrar una situación en la cual, en pocos meses, convocatorias masivas cruzaron tanta diversidad de países. A pesar que estas protestas fueron impulsadas por reclamos de naturaleza diferente, puede descubrirse atrás de ellos un rasgo común: directa o indirectamente expresan formas de resistencia a los efectos restrictivos que la crisis impuso en las condiciones de vida de las clases no capitalistas, en la pérdida de beneficios sociales disfrutados por generaciones anteriores o simplemente hizo intolerables para los pueblos situaciones de opresión y desigualdades de vieja data. Tampoco es difícil encontrar los nexos concretos, las mediaciones internas, que conectan cada una de estos reclamos con el marasmo económico en el que entró el capitalismo mundial.
La vieja y temida lucha de clases, muerta y enterrada mil veces por los voceros de la derecha, irrumpió nuevamente de la mano de una crisis que, para preocupación de la burguesía mundial en sus múltiples fracciones, está avivando una llama que expande este deshielo popular.
En la mayoría de los casos estas acciones se desarrollan dentro de las líneas conceptuales y reglas que el propio sistema capitalista cristalizó en la conciencia social: democracia, entendida en esta coyuntura como exigencia popular a ser consultados en las graves decisiones que están tomando las burguesías en defensa de sus intereses inmediatos; rechazo a los despilfarros y corrupción de las clases dominantes; rechazo a los privilegio fiscales del sector financiero; rechazo a los recortes presupuestario en los subsidios y/o políticas sociales.
La izquierda y los revolucionarios socialistas no pueden menos que celebrar este paso inicial de los pueblos hacia su autoconciencia.
Pero también es importante que los sectores en lucha – y en general todos los sectores explotados – avancen en la comprensión que existe una profunda contradicción entre estas exigencias de las masas movilizadas buscando respuestas a sus demandas dentro del marco capitalista y lo que la propia crisis pone en evidencia. Vuelve a demostrar – y a la vez poner en debate – la incapacidad de un sistema estructurado sobre la base de la apropiación de plus valor y la ganancia – tal el capitalismo – de darle solución a los problemas más elementales de la existencia humana, trabajo, vivienda, salud, educación, que ahora afectan a millones de personas.
En este punto reside la principal contradicción de nuestro tiempo y el obstáculo mayor para que la crisis trascienda en una perspectiva más allá del capital, el socialismo.
Bien decía Lenin – en los años de su ruptura con la 2ª Internacional – que sólo cuando las grandes masas comienzan a buscar solución a sus problemas por fuera de la senda trazada por el capitalismo puede hablarse de una situación prerevolucionaria. Aunque siempre existe el riesgo de la abstracción al generalizar sobre procesos sociales de desarrollo tan desigual, es evidente que pese a los importantes avances del 2011 aún no se ha llegado a ese punto.
Predecir si las esperanzas de retorno a un “capitalismo humanizado”, perspectiva que todavía predomina en amplios sectores movilizados, terminará cediendo el paso a una conciencia crítica de las mayorías, es decir histórica, que se refleje en que comiencen a buscarse alternativas en direcciones opuestas a las variantes del capital, como señalaba Lenin, es más incierto. En este sentido es importante recordar que la crisis también es una escuela política donde las masas más despolitizadas hacen su experiencia en tiempos más cortos. Pero no puede ignorarse que existen factores que inciden negativamente para que ese salto cualitativo en la conciencia política se produzca en una dirección anticapitalista y con la rapidez que las circunstancias exigen.
Uno de ellos, no menor, es la debilidad política de las organizaciones de masas existentes que podrían aglutinar y orientar a los heterogéneos sectores sociales movilizados. Es el caso de los otrora poderosos sindicatos europeos, que ven disminuido su poder de convocatoria o directamente han quedado relegados frente a la acción espontánea o inorgánica de amplias masas. Estas no se sienten representadas en esas organizaciones, que a fuerza de amoldarse a las exigencias del capital durante décadas, trasmutaron su concepción de clase explotada en una visión corporativa, adoptando para sus propios reclamos la lógica del capital.
Si en tiempos de bonanza económica esa asimilación al capitalismo permitió a esos sindicatos negociar, logrando algunos éxitos parciales, en una época de profunda crisis los dejó desarmados e impotentes para evitar que el peso de la crisis caiga sobre las espaldas de los sectores asalariados y no capitalistas.
El carácter de espontaneidad que primó en las recientes movilizaciones, si bien puso en evidencia la potencialidad de “la indignación” popular y fue uno de los elementos que facilitó su masificación, expresó a la vez esa debilidad, o directamente la inexistencia, de las organizaciones de masas.
En contra de lo que pregonan ciertas concepciones espontaneístas tan en boga, el desarrollo político futuro de esta oleada de movilización popular, necesariamente exige que aparezcan esas organizaciones de masas, rescatando las existentes allí donde aún conservan vínculos reales con las masas, con un programa y una dirección anticapitalista, o creándolas directamente, donde no existen o han quedado devaluadas frente al pueblo.
Otro factor que conspira contra un desarrollo acelerado de la conciencia anticapitalista de los sectores movilizados son las debilidades e insuficiencias que muestran las minoritarias vanguardias ideológicas que reivindican la alternativa socialista como salida a la crisis. A la extrema fragmentación, en muchos casos resultante del sectarismo del pequeño grupo, debe agregarse que esta izquierda, que puede adscribirse a una posición revolucionaria, sólo logra levantar sus posiciones como mero elemento propagandístico porque, más allá de impulsar las movilizaciones, carece de una estrategia definida para superar el marco capitalista. A estas claras limitaciones se suman errores teóricos, como el lastre del electoralismo, que conduce en no pocos sectores de esta izquierda a enarbolar un socialismo abstracto, sin ninguna referencia de clase en sus plataformas políticas. O la reivindicación acrítica que hacen otros del estatismo, como si este fuese el puente a transitar hacia el socialismo, reminiscencia de la distorsionada visión estalinista del marxismo, que en la práctica conduce a solapar algunas posiciones políticas de esta izquierda con las de la derecha nacionalista, sembrando más confusión, en particular en las nuevas generaciones que llevan el peso de las recientes luchas.
Confusiones tanto más peligrosas porque dificultan cerrar la brecha que existe entre la situación objetiva de la economía mundial, que empujan a resolver la crisis en una perspectiva socialista, y la dificultad que todavía existe en la conciencia y la organización de los pueblos para emprender ese camino. No cabe ilusionarse que esta contradicción encuentre pronta resolución.
Es en este contexto que – junto a la radicalidad sin programa de los sectores movilizados – también se observa como aumenta la desesperación de amplios sectores sociales, que hasta hace pocos meses gozaban de relativo bienestar y que bruscamente se ven sumidos en la desprotección. Políticamente esto se traduce en un crecimiento de la derecha, que levanta un demagógico discurso populista del orden, la denuncia de la corrupción en las élites gobernantes y tiene por objetivo desviar el enojo de los sectores sociales afectados de los verdaderos causantes de la crisis, los capitalistas, hacia otra de sus víctimas, los inmigrantes pobres, acusados de venir a apropiarse del trabajo escaso y los disminuidos beneficios sociales.
Así ocurrió en Portugal, España, Hungría, Polonia, Grecia, Finlandia, el amenazante repunte del Frente Nacional en Francia, del ala republicana más reaccionaria en Estados Unidos e incluso explica en parte el crecimiento de sectores reaccionarios en Egipto, Túnez y otros países de esa región.
La crisis capitalista vuelve a enseñar que si no se encuentra una solución revolucionaria reaparece el riesgo del fascismo, como forma de encausar y controlar las masas en función de los intereses del capital más concentrado. Inevitablemente crecen las tendencias nacionalistas de derecha y xenófobas en la medida que cada burguesía busca mayor protección de su propio mercado, a pesar del discurso globalizador y de integración que proclaman y en la medida que los sectores más pobres y afectados sigan creyendo que su propio destino está atado al futuro salvataje de los capitalistas de su país.
Frenar ese curso hacia la derecha, particularmente en Europa donde existe una larga tradición proletaria, es urgente y posible. Pero no puede ser tarea de un solo sector ni de la acción espontánea de “la indignación” popular, sino que se impone con urgencia una decidida acción unitaria anticapitalista de clase – que en la mejor tradición revolucionaria se conoció como frente único proletario – capaz de asumir las movilizaciones en curso ganándose la confianza de los sectores que se movilizan y de todos los afectados por la embestida capitalista, especialmente la juventud, que carece del peso muerto de la tradición política.
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