viernes, 30 de marzo de 2012

Puerto Rico: Crisis en la democracia

Lcdo. Ricardo I. Delestre Rivera (CLARIDAD, especial para ARGENPRESS.info)
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“-Quiere decir -sonrió el coronel Aureliano Buendía cuando terminó la lectura-
que sólo estamos luchando por el poder”
Cien años de soledad

Los partidos políticos son instituciones de poder de corte ideológico y económico que sustentan el ordenamiento electoral y justifican la democracia: ese ejercicio de participación ciudadana en la administración organizacional de un país. La democracia, en cambio, se ejerce a través de los partidos de forma imperfecta: masticada por la influencia partidaria que quita de los intereses generales del pueblo y da a los partidos políticos. Éstos, por medio de sus miembros, reciben preferencia sobre los “no” miembros.

La ciudadanía, por su parte, ve a los partidos políticos con un alto grado de desconfianza, por ser ineptos, corruptos, faltos de transparencia y de sensibilidad social. Por ello, los partidos están en crisis continua (y por ende la democracia), de carácter irreversible: formulan programas para ganar elecciones y una vez en el poder se surten de improvisación olvidando todas las promesas de la campaña eleccionaria.

Por defender partidos los hombres han hecho la guerra, han ido presos y han abandonado a sus familias. El partido es el que llama, el que invita a desnutrirse de la vida misma e inmiscuirse en una carrera donde gobierna lo más nefasto y troglodita de un hombre: el poder.

Un estudio realizado por Latinobarómetro reveló que “el 57% de los latinoamericanos prefiere la democracia como forma de gobierno pero casi 70% está insatisfecho con la misma”. Esto podría vincularse con la falta de oportunidades políticas y desigualdad que sufren la mayoría de estos. Además, el mismo estudio reveló que el 78% de los latinoamericanos desconfía en los partidos políticos, lo que podría vincularse con la ineptitud y la corrupción de los últimos.

Son esos factores: el descrédito político —donde los ciudadanos se sienten menos representados por los partidos—, la corrupción política y el desinterés por la política, los que provocan la crisis partidaria.

Como bien mencionó Ricardo Córdova Macías: “resulta paradójica y en cierto sentido contradictoria esta valoración de los latinoamericanos que muestra un fuerte apoyo al sistema de gobierno democrático y a la vez inconformidad respecto al funcionamiento de la democracia”.

La abstención, por otra parte, se presenta como un fenómeno de apatía participativa y se manifiesta en forma de castigo-político por “el dominio de los partidos políticos, la desvinculación de éstos con los asuntos concretos y de la vida comunitaria, la tecnificación del debate político cuando éste existe en condiciones de publicidad y transparencia, la ausencia de renovación de la clase política, la falta de credibilidad de las fuerzas políticas ante el incumplimiento de las promesas electorales, el carácter cerrado de las listas electorales, o el descontento con el método tradicional de participación son los factores que pueden influir en la abstención como forma de castigo”, según nos comenta Enrique A. Alcubilla.

Y es que la brecha entre ciudadanos y partidos se ensancha, el discurso político gana más desconfianza y recelo, y el político sigue la opinión pública en vez de dirigirla. Según María L. Marván: “la crisis de los partidos políticos no es sino el reflejo de una crisis más profunda que cuestiona simultáneamente las formas de la representación política, la relación de los individuos con la sociedad, de los individuos con el Estado y de la sociedad con el Estado”. La relación entre los partidos políticos y la sociedad se logra ver deteriorada cuando se rompen los vínculos de representación y participación en la democracia: “cuando los partidos políticos se reducen a meras maquinarias electorales cuya única función es organizar el proceso de selección de candidatos, hacer propaganda y conseguir votos, los partidos se olvidan de la sociedad y de los procesos sociales”.

La corrupción política significa que el Estado, mediante el ejercicio del poder político financiado con capital privado, sirve como plataforma de negocios y el enriquecimiento de políticos y allegados donde los partidos sirven como “medios para hacerse del poder y realizar una serie de actos en beneficio propio sin que les importe la concepción del bien común”. Se tiene la percepción, según nos comenta Roberto Tomado de Reyna, “que la política es una actividad casi delictiva y “que los partidos utilizan los recursos públicos para financiar sus propios aparatos o para contribuir al enriquecimiento personal de sus dirigentes”. Por ello, y según opina Zovatto: “Los escándalos continuos de corrupción por una parte, y de narcofinanciamiento por otra, no hacen otra cosa que profundizar el sentimiento de repudio que grandes sectores de la ciudadanía sienten respecto de la política y de los políticos, generando incluso en algunos países condiciones que afectan la estabilidad y gobernabilidad política.

En Puerto Rico, como ocurre en muchos otros países, no escapamos del mal político, de la crisis en los partidos, de la crisis en la democracia. Mientras, en el diálogo del desarrollo democrático, nos desafectamos de la democracia, se aleja la política de la sociedad y comenzamos hablar de una crisis en la democracia directamente vinculada a la corrupción política.

Si bien los partidos políticos acabaron con una forma directa de autocracia tiránica bajo el ejercicio colonial español, no es menos cierto que estos nuevos entes están marcados con sistemas de autocontrol y dominación de la democracia: utilizando sus maquinarias de poder para ejercer el control, olvidándose de los intereses generales del pueblo.

No hemos dejado de ver cómo en los pasados veinte años han reventado grandes casos de corrupción pública en los dos partidos de mayoría en Puerto Rico. La crisis en los partidos es un mal que sustituyó a otro mal, legitimizado por una difuso-utópica aspiración a una democracia verdadera: de la que estamos muy lejos.

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