miércoles, 11 de abril de 2012

Argentina. 10 de abril, Día del Investigador Científico: Una carrera de apasionados y curiosos

CONICET

Hacer ciencia no es cosa de unos pocos, pero sí requiere ciertas cualidades esenciales. Quienes la ejercen desde lo profesional aseguran no arrepentirse del camino elegido.

La típica imagen de investigador científico ya no es tan típica. Históricamente, sondear entre el común de la gente acerca de su idea sobre la actividad científica ha arrojado como resultado un guardapolvo blanco, tubo de ensayo, libros, aislamiento y hosquedad. También, por qué no, un poco de locura. Pero en los últimos años, la apertura de muchos ámbitos científicos, como también de la comunicación orientada a la divulgación científica, ha logrado modificar aquellos preconceptos y crear una nueva percepción acerca de quienes hacen investigación. Así, aquel científico caracterizado fue mutando en el imaginario social hasta convertirse en una persona común y corriente, que se distingue por perseguir con fervor la materia que lo apasiona, para saber más sobre ella y dar solución a los interrogantes que se le presenten.
“Como no puedo elegir qué es lo que más me gusta, hago de todo un poco”
Su presencia en los medios de comunicación es hoy muy fuerte debido al proyecto para que la Argentina produzca baterías de litio que lo tiene como creador. Sin embargo, la temática es sólo una más de las tantas a las que el físico Daniel Barraco se ha volcado con pasión.

“Cuando estoy haciendo ciencia, me dan ganas de hacer algo más; y cuando estoy haciendo otra cosa, siento ganas de hacer ciencia”, asegura este investigador del CONICET especialista en Astrofísica, Cosmología y otros temas relacionados, que entre publicación y publicación también se ha hecho tiempo para la docencia, la militancia política, la divulgación científica, y la ocupación de importantes cargos directivos y académicos. Todo esto, sin olvidar sus facetas de ferviente lector que atesora una biblioteca con 6 mil libros; coleccionista de long plays, soldaditos de plomo, maquetas de aviones y barcos, y antigüedades; y fanático de la orfebrería y el estudio de las ciencias sociales.

Imposible es para Barraco -que se desempeña en el Instituto de Física “Enrique Gaviola”, de Córdoba- elegir una de todas las actividades que ha llevado adelante. “Como no puedo elegir qué es lo que más me gusta, hago de todo un poco”, dice, y se define como “obsesivo, ansioso e hiperactivo”. Otra percepción de sí mismo lo convence de ser un “investigador científico atípico, porque no tengo una mirada sesgada sobre las ciencias, no diferencio entre las duras y las humanísticas; a mí me impulsa el hacer, concretar, sin discutir tanto”, según sus palabras. ¿Y cuál es el contrapunto de toda esta vida de múltiples y plenas actividades? “Tengo tres separaciones a cuestas. Siempre lo digo: nada es sin costo. Pero todo lo que hice fue por elección”, concluye, decidido.
“Los arquitectos tenemos que ser muy perseverantes para hacer aportes en investigación”
Una de las pocas en su profesión que se vuelca hacia la investigación científica, la arquitecta Mariana Gatani quedó cautivada por la posibilidad de contribuir con personas de bajos recursos que sufren deficiencias habitacionales. “Ver y estudiar realmente las condiciones en que vive la gente pobre es tremendo”, cuenta Gatani, investigadora del CONICET, desde su laboratorio en el Centro Experimental de la Vivienda Económica (CEVE), en Córdoba. Por realizar allí su formación doctoral, eligió dedicarse al desarrollo de sistemas constructivos para viviendas sociales. Su trabajo derivó en la interesante iniciativa de armar placas a base de cáscaras de maní que pueden utilizarse como cielo raso y revestimiento interior.

En la búsqueda de materiales a partir de residuos, Gatani y otros expertos preguntaron a los dueños de plantas maniceras qué hacían con las cáscaras. “Como es una cobertura que protege el fruto bajo tierra, no se degrada ni enriquece los suelos”, explica. Así fue que probaron una mezcla con cemento, que no resultó bien. Los ensayos los llevaron hasta un equipo de trabajo en Brasil que mezclaba resinas poliméricas o plásticas con coco y caña de azúcar. A la vuelta, lo aplicaron a las cáscaras, en una combinación que no registra antecedentes en el mundo. El resultado fue una especie de aglomerado que seca rápido y es muy aislante.

En su caso, fascinarse por un tema de estudio fue lo que la llevó a hacer investigación científica. “Nuestra formación de grado está orientada al ejercicio profesional: poner un estudio y tener clientes. Me llevó mucho tiempo comprender esta otra forma de inserción”, describe la investigadora, y asegura que “los arquitectos tenemos que ser muy perseverantes para realmente hacer aportes en el campo de la investigación”. Para Gatani, no se puede ser científico si no se es curioso y tenaz. Tampoco sin aceptar el sacrificio de dejar de lado cuestiones de índole familiar. “Hoy miro para atrás y sé que he tenido ausencias, algunas conscientes y otras inconscientes. Pero por suerte mi familia me acompañó siempre en mis veinte años de carrera”.
“No soy una gran científica; soy una aventurera y naturalista”
De la geología apenas tenía el falso concepto de que es una carrera de hombres. No obstante ese prejuicio, la eligió como profesión al considerarla la síntesis perfecta entre lo que buscaba: “libertad y conocimiento”, rememora Andrea Concheyro, investigadora del CONICET en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA que hoy, décadas después de aquella acertada decisión, atesora innumerables anécdotas de las 16 campañas a la Antártida en las que participó.

La primera vez viajó como ayudante en el verano de 1988-1989, recién recibida. Allá juntó muestras de fósiles de todo tipo, y se decidió a continuar sus estudios orientados a los más pequeños: los nanofósiles, una especialidad que le permitiría viajar por el mundo. Durante su doctorado, estuvo en España, Italia y Suiza. Pero las campañas antárticas siempre la trajeron de vuelta hacia el hemisferio sur. Se trata de expediciones de no más de seis personas, que duran dos meses, con temperaturas de -30ºC. El trabajo se ve interrumpido cada cuatro o cinco días, cuando se levantan tormentas con vientos de 160 km/h. Si no pueden salir a explorar, los investigadores se reclutan en sus carpas y aprovechan a volcar los datos de las muestras halladas. En la Antártida, se “levanta” todo lo que se encuentra para ser distribuido luego entre biólogos, paleontólogos, botánicos, y más.

Las expediciones le han dado a Concheyro una plenitud que no puede explicar con palabras: “Me gusta llegar al límite de todo: hasta dónde me da el físico; hasta dónde el espíritu”, se conmueve.

A la hora de definirse, elige hacerlo como “una romántica de las ciencias, una aventurera y naturalista, como los de siglos pasados, más que una gran científica”. “No quiero honores ni fortuna, lo que quiero es abrir cabezas, transmitir conocimientos con entusiasmo”, señala.

¿Si pospuso muchas cosas en su vida por seguir el camino de la investigación? “Sí, claro, la carrera es sacrificada. Pero no me arrepiento; todo lo que dejé de lado fue por elección”.

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