jueves, 26 de abril de 2012

El próximo paso, la reforma impositiva

LA ARENA

Después de la reforma de la carta orgánica del Banco Central, que le otorga facultades a la entidad para intervenir en la fijación de las tasas, la orientación del préstamo y la apertura de sucursales -en definitiva, para que el Estado cuente con herramientas legales de control frente a un negocio muchas veces especulativo y leonino-, debería avanzarse, en una segunda etapa, en la reforma del sistema tributario.

En verdad, con los cambios en la carta orgánica del BCRA ya se dieron pasos positivos en esa dirección, aunque aún quedan muchos más por dar atento al esquema regresivo que viene rigiendo desde hace muchos años en el país.

Quizá el ejemplo más emblemático de esa regresividad sea que mientras las clases populares pagan un 21 por ciento de IVA al comprar los productos de la canasta básica, los sectores financieros especulativos no aportan un centavo al fisco por la compra-venta de acciones y títulos públicas ni por las colocaciones millonarias de plazos fijos.

En el medio también aparece la necesidad de subir los mínimos no imponibles, ya que un trabajador soltero con ingresos mensuales menores a 6.000 pesos tiene que pagar ganancias, como si se tratara de una suma que le alcanzase para vivir holgadamente y ahorrar todos los meses. O fueran beneficios obtenidos por utilizar medios de producción que no tiene. Valga otro ejemplo de cómo se aplica este impuesto en el país: si una persona física se compra un departamento en 1.000 y lo vende en 2.000, tributa 350 pesos; si esa misma operación -aunque por sumas multiplicadas por cien- es realizada por una sociedad, no abona un peso.

El presupuesto 2012 que aprobó el Congreso deja abierta la puerta para recaudar casi 5.000 millones de pesos extras si se eliminara una serie de exenciones que hoy rigen y que suenan como anacrónicas para estos tiempos: a los intereses de los títulos públicos y a la renta de los depósitos en entidades financieras y obligaciones negociables de personas físicas (ya que las empresas sí pagan ganancias por este negocio). Esas eliminaciones, y otras menores, servirían para pagarle la asignación universal por hijo a un millón de madres durante un año.

El gravamen a la renta financiera está lejos de tratarse de una "revolución" impositiva, ya que se aplica en numerosos países del mundo. Desde el vecino Chile -al que muchas veces la derecha puso como modelo cuando carece de un acceso igualitario a la educación- hasta el "super liberal" Estados Unidos, que le fija exigencias económicas al resto de las naciones que ese país no cumple.

Un trabajo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe muestra claramente que no sólo en la Argentina, sino también en la región, el peso de los impuestos directos (más progresivos), aplicados sobre la renta y el patrimonio de las sociedades y de las personas es un 40 por ciento menor en comparación con Europa; pero en cambio los impuestos indirectos al consumo (menos progresivos) son un 75 por ciento mayor.

Es verdad que el gobierno nacional, con errores y aciertos, ha enfrentado y sigue enfrentado grandes batallas (la última es la expropiación de la petrolera YPF), pero también lo es que una mayor equidad contributiva no sólo es una asignatura pendiente, sino urgente.

La presidenta puede elegir los momentos -en definitiva se trata de decisiones políticas-, pero sería conveniente que esos momentos no se estiren ilimitadamente en el tiempo. Es hora que los que más ganan, más paguen, si se pretende avanzar en un modelo de justicia social.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.