miércoles, 25 de abril de 2012

Mendoza es una sociedad Malbec adulterada

Marcelo Padilla (MDZOL)
A los desfavorecidos, cuando protestan, se los reprime, a los beneficiados, cuando hacen lobby, se los exime y alienta. A los que cometen delitos entre los primeros, se los manda a la Penitenciaría. A los que evaden el fisco y realizan estafas entre los segundos, se los intima a no ser desprolijos.

La película del inglés Richard Linklater -“A scanner darkly”- reconstruye una ciudad adormilada por los efectos de las drogas. La misma se encuentra bajo el control de la oficina antinarcóticos en la cual sus hombres utilizan un novedoso invento biotecnológico denominado “trajes de confusión”. Construidos con miles de fracciones de rostros humanos, estos trajes van mutando segundo a segundo y permiten confundirse en diferentes identidades para no ser detectados. No obstante, los que visten estos ropajes tienen en sus filas a dealers y adictos que traicionan a sus amigos y conocidos con el fin de obtener más droga.

Ficción y realidad

En la política actual -y especialmente la mendocina- la droga podría estar representada en los cargos a conservar por funcionarios que -en estos últimos meses- se visten con los “trajes de confusión” de la empalagosa nueva política. En este caso, constituidos por una amalgama de rostros políticos que van mutando, semana a semana, para no ser detectados por la población.

En esa trama, los políticos de diferentes historias políticas negocian cargos -no proyectos-, se alinean y desalinean de sus líderes -sin lealtades-, varían sus discursos y sus prácticas como nunca antes en pos de acuerdos electorales -sin ningún escrúpulo-.

Ocupados en sus menesteres, la casta de funcionarios políticos en estado de éxtasis, dejan de lado la problemática social y la proyección de la provincia. No pueden pensar. Están bajo los efectos de su droga: la nueva política que produce adicción al personalismo de los cargos.

Las dos Mendoza

Una muestra de la Mendoza que nos legó la década del noventa es la que parcela zonas sociales protegidas y desprotegidas. Están los que se beneficiaron en ella y los que la padecieron.

Tomemos un caso: el Corredor del Oeste. Este corredor no es sólo una vía de acceso rápido para el tránsito automotor. También es una división material y concreta que separa y clasifica el mundo social.

De un lado, los que se vienen beneficiando desde hace décadas: los que antes importaban y ahora exportan, los gerentes de empresas multinacionales o nacionales trasnacionalizadas, aquellos que mandan a sus hijos a colegios privados y se socializan en los shoppings, aquellos que la problemática de la inseguridad la miran por la televisión o la escuchan por radio en sus 4x4. A aquellos, les da lo mismo que sea Pérez o Martínez o López, el gobernador provincial, siempre y cuando sigan estos así, vistiendo sus trajes de confusión, sin proponer nada que cuestione sus privilegios.

Aquella porción minoritaria de la sociedad local, mira la montaña tras imponentes ventanales de vidrios fijos y sueña con una sociedad donde los pobres no se crucen por el corredor y tomen sus casas y violen a sus mujeres y maten a sus hijos.

Desde ese lado, se vive y se piensa en un tipo de provincia con zonas encapsuladas, con atmósfera propia y servicios propios, con medios de transportes propios. Una pura sociedad utópica de clase, hecha realidad. Gimnasio, spa, masajes, bancos, cajeros, seguridad, piscina de verano, otoño, invierno y primavera; escuelas, médicos, odontólogos, dealers, putas y peloteros. Compañeritos para los hijos, vecinos para las esposas. Y jueces, para que todo quede “justamente” silenciado.

Del otro lado, están los del oeste. Aquellos que viven en barrios pobres, con casas pobres. Donde el frío es más frío y el sol más implacable. Donde los niños se socializan en bulevares con chipica espolvoreada entre las piedras del piedemonte. Donde las lluvias encuentran su cauce natural en casas y en calles. Donde las paredes se pintan de ilusiones futboleras, y los vecinos aprueban porque embellecen el barrio. Allí donde los micros cargan como ganado, cientos de hombres y mujeres trabajadores. Donde la problemática de la inseguridad, las adicciones y la violencia diaria es comidilla de noticieros que naturalizan la relación pobreza-violencia. “Pobre gente de mierda”.

Es desde allí, desde la privacidad de los espacios privados donde se mira y se piensa desde otra Mendoza. Una Mendoza que los excluye en la redistribución de las riquezas que la provincia adquiere por el turismo o por la vitivinicultura.

Muchos de ellos -trabajadores de la construcción- les hacen las casas a los de enfrente; muchos de ellos son empleados municipales con categorías bajas; muchos de ellos son vendedores ambulantes. Muchas de ellas son empleadas domésticas. Otros, limpian de noche los shoppings. Muchos de ellos son inmigrantes indocumentados.

Ellos viven en los barrios de las páginas policiales. Los de enfrente viven en los barrios de los suplementos de arquitectura y decoración.

Glamures y miserias de la gleba

Los que visten los trajes de confusión han “naturalizado” esta clasificación arquitectónica y social. Para ellos la sociedad es así. A lo sumo, su preocupación consiste en corregir desigualdades mediante reformas cosméticas. Pero se mueven a ambos lados de la frontera social como peces en el agua. De un lado, buscan punteros y votos; del otro, aliados y acuerdos económicos.

A los desfavorecidos, cuando protestan, se los reprime, a los beneficiados, cuando hacen lobby, se los exime y alienta. A los que cometen delitos entre los primeros, se los manda a la Penitenciaría. A los que evaden el fisco y realizan estafas entre los segundos, se los intima a no ser desprolijos.

Los políticos del establishment mendocino están dentro del juego. Nadie se anima a romper las reglas. Nadie construye empoderamiento social en las instituciones y menos aún en los ya desvencijados partidos políticos.

Sólo las organizaciones con base social en los barrios, en los sindicatos y en los sectores discriminados por el poder, pueden llegar a hacerlo. Desde ahí deberán resurgir los liderazgos auténticos que proyecten otra Mendoza.

De no ser así, nos tendremos que conformar a ser “Mendoza: tierra de hostels, wine bars y bodegas boutique”. Una provincia de drugstores y glamorosos cursos de catación.

Se impone que se rediscuta la política en todos los ámbitos sociales, y no hacerle asco a la única herramienta de transformación social posible. La base social popular, debe demostrarle a los políticos, que la política no puede confundirse con sus vestuarios.

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