miércoles, 25 de abril de 2012

Natalia Melmann y la vereda de la injusticia

Claudia Rafael (APE)

La plaza funciona como fotografía de la historia. “De la vereda de enfrente de la Justicia, está la injusticia. Estamos nosotros”, dice Gustavo Melmann a APe. El cabello revuelto, apenas veterano de una siesta en el frío otoño dentro de la carpa que instaló pocos días antes. Las canas se entremezclan con viejos vestigios tenuemente pelirrojos. La soledad era diosa imperturbable en la tarde.

El edificio majestuoso de Talcahuano 550 contrasta abruptamente con la plaza fría y desvestida del otro lado de la calle. Allí están como radiografía eterna el manojo de sintecho que encienden el fueguito que entibie por un rato, los monumentos a los desaparecidos, a los pibes de Cromañón, a los muertos de la AMIA y también, ahora, desde el 18 de abril, la carpa por Natalia Melmann. Su papá, Gustavo, en huelga de hambre, espera. Y convoca para mañana a las 11 de la mañana a un reclamo colectivo junto a la carpa.

Con quince años eternos, Natalia sigue sonriendo desde las imágenes colgadas en el entorno de la carpa que cobija a su padre. Allí se ven también los nombres de sus victimarios: Oscar Echenique, Ricardo Suárez y Ricardo Anselmini, todos policías de ese mal endémico que es la Bonaerense. Pieza clave de una institución que –definió la socióloga Alejandra Vallespir en su libro “La policía que supimos conseguir”- “utiliza la estructura legal para la ilegalidad y que a lo largo de la historia incorpora la metodología de los grupos que combate”. Por eso insiste: “no hay dos policías, sino una única institución que suscribe una doble matriz. Esto no ocurre por desidia del poder político, sino por su complicidad”.

La condena a reclusión perpetua se diluye. Artilugios legales permitieron la conmutación de la pena y un beneficio que los dejaría en libertad condicional en pocos meses. Gustavo Melmann no entiende. Los ojos se humedecen mientras habla.

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-Natalia hubiera cumplido 27 años el mes pasado…

-Sí, y seguramente sería médica. Era extremadamente afanosa. Fue abanderada del colegio. En ese momento atravesábamos igual que otros montones de familias situaciones difíciles porque estábamos en el menemato. Trabajando, vendiendo diarios, Natalia ya tenía pagada la matrícula del año que venía. Iba a un colegio semiprivado porque era el que estaba orientado hacia medicina que era lo que le gustaba. Pero por otro lado tenía una cuestión muy definida desde lo social. Era delegada estudiantil, se planteaba que no quería tener chicos porque en la calle había demasiados chicos sin padres y quería adoptar. Tenía un grado de solidaridad extremo. No hubo situación de la familia o de compañeros en la que ella no fuera la primera en salir. A veces pienso y no sólo por mi hija sino por haber estado en contacto con muchos familiares de víctimas que estas cosas son las que los exponen a nuestros hijos a ser más vulnerables. Porque no creen que puedan haber gentes tan perversas que puedan generarles algo así. Por eso se da la característica de que cuando hablamos de nuestros hijos salgan estas cosas, cuando uno piensa quiénes eran nuestros hijos...son tan buena gente que no pueden imaginarse esto desde la razón y no tienen cuidado de gente que puede ser tan mala, tan perversa para hacer estas cosas.

-¿Qué nuevo Gustavo asomó a partir de lo que ocurrió con Natalia?

-Se me reafirmaron muchas cosas. Nosotros fuimos una familia militante durante nuestra adolescencia. Y habíamos ido a Miramar a tratar de buscar una alternativa, era la época de Menem, de crisis de conformaciones de luchadores, no había militancia política, mi señora sufría de agorafobia. Necesitábamos vivir en un lugar más tranquilo, tratar de hacer una vida familiar reposada. Después me di cuenta de que la salida individual no existe, de que no hay un lugar en Argentina en donde se puedan llegar a dar esas condiciones y que somos sujetos a todo esto. Que hay que luchar para cambiar esas situaciones de país y principalmente de justicia. Por mi experiencia de vida de estos once años es ahí donde tenemos que hacer centro los argentinos para tratar de modificar la justicia argentina. No hay seguridad de ningún tipo si no tenemos seguridad jurídica. Podremos elegir cada tantos años distintos gobiernos, nos representarán o no, pero no podemos dejar una injusticia enquistada durante tantos años que no representa a los intereses de la gente, que se aisla de la realidad totalmente y se aleja de lo que la gente pretende que fallen, sea en lo económico, en lo civil, en lo social, en lo penal.

-¿Qué imágenes le vienen a la mente de aquellos días?

-Una desesperación grandísima. Nunca esperamos ese desenlace. Nosotros buscábamos a Natalia con vida, pensábamos que le había pasado algo grave porque ella no era de ausentarse, de faltar. Pensábamos que podía haber sido abusada, que podía haber tenido un problema serio, que algo le había pasado pero nunca esto… encontrarla muerta. Era luchar contra el tiempo. Eran días de mucho calor y era encontrarla rápido para que no estuviera deshidratada porque se podía sentir mal. Y después…todo lo demás. Tratar de seguir manteniendo la lucha que ella llevó, lo que dice su propia autopsia, los propios testigos…que ella genera una defensa atroz por su vida. Se me replican montones de veces los pedidos de clemencia, de `por favor dejame`, no tuvieron ninguna piedad …me duele mucho no haber podido estar para defenderla. Y esta defensa que uno puede hacer ahora es tardía. Viene detrás. Lo que podamos hacer es para los demás, para la sociedad. No es ni para la familia ni para Natalia.

-¿De dónde salen fuerzas para seguir?

-Yo pienso que primero de ella misma, de encontrar otros familiares y no sé…siempre quisimos cambiar las cosas y no somos de resignarnos a que las cosas no se pueden cambiar. No me resigno. No es lógico. No está dentro de lo ético. No marca pautas a la sociedad. Acá no se va a recuperar a nadie. Lo que quieren hacer es soltar a una manada de sádicos perversos que se van a reclutar nuevamente como escuadrón de la muerte. Con toda sinceridad no pretendemos ninguna medida más allá de lo que designaron los jueces de primera instancia, de la Cámara de Casación o de la Suprema Corte de la Provincia que son 25 años que es lo que pauta la reclusión perpetua más accesorias. Pero 8 años es una burla.

-La plaza se asemeja a un símbolo. Allá está ese grupo de familias que no tienen un techo, acá usted…

-Sí, al lado hay además un monumento por los desaparecidos de la junta militar, otro por los chicos de Cromañón y también por los muertos de la AMIA. De la vereda de enfrente de la Justicia, está la injusticia. Estamos nosotros.

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“¿Quién mejor para conseguir un coche que la división Robo Automotor? ¿Quién mejor para encubrir traficantes a cambio de unos dinerillos que la división Narcotráfico? ¿Quién mejor para inventar una causa por drogas que los policías de Narcotráfico afectados a investigaciones del juez que inventa las causas de drogas? ¿Quién mejor para extorsionar empresarios que los de la división Defraudaciones y Estafas? ¿Quién mejor para coimear quinieleros barriales que la comisaría del barrio?”, se interroga Vallespir. Y agrega: “hay una especie de división institucional que ha hecho una organización racional de sus recursos pero en espejo”. Un perfecto espejo que no se construye sin el aval político y judicial.

Natalia Melmann, secuestrada, violada, asesinada, es un nombre en el medio de un océano de víctimas de ese espejo institucional. Como lo son también María Soledad Morales, Walter Bulacio, Miguel Bru, Ezequiel Demonty, Luciano Arruga, Julio López, entre tantos otros. El mismo Gustavo Melmann dijo varios años atrás que “la impunidad no se resuelve encontrando a los culpables directos del homicidio. Para que se acabe la impunidad hay que descubrir la cadena de encubrimientos. Es como en una obra de teatro. Los actores principales no son los únicos que participan. Están los actores secundarios, los que escribieron el libreto, los que pusieron la escena, los que alquilaron el teatro y los que vendieron la escena. Romper con la impunidad es demostrar toda esa cadena que hizo posible el homicidio”.

A Natalia la secuestró, violó, torturó y asesinó un grupo de representantes de la fuerza de seguridad más potente y numerosa de todo el país. Que tiene vía libre para actuar según marquen los tiempos y contextos de país a partir de pactos de impunidad celebrados con otros poderes de turno. Y termina constituyéndose en el último gran eslabón para asegurar la operatividad imprescindible de los otros poderes. Si en el medio, esa necesaria operatividad cuesta las vidas de una, diez o cientos de Natalia, es simplemente a los ojos de un sistema de perversidades el precio a pagar.

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